Genesis
«Hace mucho tiempo que tengo en mi mente cierta opinión según la cual hay un Dios que todo lo puede, y por quien he sido creado y producido tal como soy. Pero ¿quién podría asegurarme que ese Dios no ha hecho que no exista ninguna tierra, ningún cielo, ningún cuerpo extenso, ninguna figura, ninguna magnitud, ningún lugar, y que sin embargo yo tenga la percepción de todas esas cosas, y que todo eso no me parezca que exista de otro modo que yo lo veo?»
Discurso del método, Descartes
13 de octubre 2000
Adán contempló la manera en que las gotas resbalaban por la ventanilla, portando en ellas los reflejos de luces de freno y de los semáforos en rojo. A su paso dibujaban diminutos y efímeros caminos en los que, cuando era un niño, le encantaba distraerse. Ahora, en cambio, le sacaban de quicio, pues cada camino se sumaba a los segundos que llegaba tarde.
Esa conferencia era tan importante para él… Si lograba vender el proyecto —y sabía que lo lograría— estarían sembrando un antes y un después en todos los campos de la ciencia. Quién sabe, quizá incluso ganaría un premio Nobel —siempre que lograse acallar las voces conservadoras que se aferraban a una moralidad cínica—. Pero ¿qué sucedería si llegaba tarde? Le darían el estudio a otro. No podía consentir que tantas horas de trabajo se echasen a perder por culpa de la maldita lluvia.
—¡Vamos a llegar tarde! —apresuró a su padre, como si acaso la lluvia de otoño y el tráfico denso fueran por su culpa.
—¿Quieres relajarte? Tranquilo, te esperarán.
Adán resopló. Después, abrazó su exposición, debidamente maquetada y con el título en Times New Royal 24: El legado de Zaratustra: cuando la ciencia desterró a Dios.
—¿No es demasiado pretencioso, hijo?
—De eso se trata, papá. —¿No era obvio?—. El título tiene que ser llamativo.
Finalmente, tras siete semáforos en rojo, una salida de extraescolares, la operación regreso de algunas fábricas y el reencuentro de dos señoras en el paso de peatones, llegaron al Centro de Investigación, un gran edificio que se erguía tras una gran valla de seguridad, como si fuera una cárcel de lujo cuyas paredes de cristal espejado ocultaran la crueldad del interior.
—Este sitio da miedo —murmuró su padre. Al hacerlo, el bigote respingó un poco. Aún quedaban rastros de café en él.
—Es el paraíso.
—El infierno, diría yo.
Adán ignoró el reproche, le limpió esa molesta mancha y, cuando lo vio bien, extrajo su identificación personal para pasarla por el detector. Al momento, la barra del aparcamiento se elevó, dejándoles paso.
Casi todos los sitios estaban ocupados, por lo que tuvieron que descender hasta el tercer subterráneo, más húmedo que los anteriores y con tan solo dos coches en él: una Berlingo azul y un Ford Fiesta negro.
—Lo que faltaba, Adán. No hay cobertura. ¿Crees que tendré que esperar mucho tiempo?
—¿No pensarás quedarte en el coche? Seguro que dentro hay alguna cafetería para acompañantes.
Era evidente que a su padre no le hacía gracia entrar ahí: él, que estaba en contra de las farmacéuticas y cuya educación había sido plenamente humanista, acompañando a su hijo al interior de una de las empresas contra las que tanto despotricaba en su día a día. Aun así, ahí estaba, su gran apoyo.
Adán sonrió para sí. Era algo borde, a veces, tenía tendencia al estrés y eso sacaba la peor versión de sí mismo, pero amaba a sus padres y estaba muy agradecido con ellos.
Apenas salieron del vehículo, un conserje se acercó con la braga del cuello subida y la gorra que lo identificaba ligeramente inclinada hacia abajo.
—¿Adán Ruiz Pérez? —preguntó.
Reconocía esa voz. Adán tragó saliva. Despacio, cubrió su trabajo con la chaqueta. Su padre, en cambio, lleno de orgullo, se apresuró a contestar:
—Así es. Mi hijo es la estrella del día.
El conserje sonrió, sacó el arma y disparó.