Gideon :: Romance Medieval

All Rights Reserved ©

Summary

Las promesas de su padre obligan a lady Orla a desposarse con un desconocido, sin embargo, ¿Logrará ser feliz sin antes aprender a amarse a sí misma? • • • Muchas cosas han cambiado para Gideon en el último año. La muerte de su severo padre lo obliga a dejar el servicio del rey para adoptar las labores de lord, lo que provoca el resentimiento de su hermano menor Eudon. Y para variar, también ha llegado la hora de desposar a Orla, la muchacha con quien ha estado comprometido desde la infancia. Desde corta edad, Orla supo que no encajaba. Mientras sus hermanas eran alabadas por su belleza, ella era el hazmerreír del castillo por su contextura gruesa y semejanza con su torpe padre. No obstante, desde que la fecha de su matrimonio con Gideon fue fijada, sus inseguridades físicas no hacen más que resonar, recordándole que jamás será suficiente.

Status
Complete
Chapters
49
Rating
4.7 10 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

Caister Hall, Inglaterra, 1370.


Desde que tuvo uso de razón, Orla supo que debía casarse con Gideon Latham.

Apenas había cumplido ocho años cuando su padre, lord Volkran Caister, la prometió a ella y a sus hermanastras con los primogénitos de sus amigos más cercanos. En aquel entonces, siendo una niña, no significó nada. No conocía al muchacho, y la fecha de su matrimonio parecía a siglos de distancia. Sin embargo, al llegar a la adolescencia, Orla se resignó a pensar que era su mejor opción, ya que nadie querría desposarla de otra forma.

Por deseo de su difunta madre, y al contrario de lo que el canon de la sociedad dictaba, Orla aprendió a leer y a escribir. Y por deseo de su padre, al no tener un hijo, entrenó a la niña en distintas destrezas de batalla.

Orla destacó en la arquería, superando incluso los conocimientos y habilidad de su propio padre. La muchacha no sabía si en serio le gustaba, o tan solo lo hacía para complacerlo, aunque le parecía injusto tener que crecer apartada de sus hermanastras. Sin embargo, cuando su hermano Charles nació, ella y sus entrenamientos fueron olvidados.

Fue en ese entonces donde Orla comenzó a sentirse insegura acerca de su físico. Al crecer notó como sus medias hermanas se transformaban en esbeltas doncellas, mientras ella se convertía en una imitación maciza y torpe de su padre.

Con apenas doce años, Orla le sacaba una cabeza y varios kilos de más a su siguiente hermana en edad, Regina. Y como si las voces en su mente no fueran suficientes, todos en el castillo comentaban como Orla parecía haber heredado la complexión del lord, con quien compartía dichas características físicas, incluso los pequeños y centelleantes ojos azules. La muchacha deseaba parecerse a su difunta madre, con su porte imponente y cabello oscuro.

Sus hermanas menores tampoco eran amables con Orla, al menos no Regina y Joana. Cada vez que algo les molestaba sobre ella, comenzaban a llamarla Tabernera, ya que compartía el mismo físico relleno descrito en una de las tonadas del bardo del castillo. A las muchachas no parecía importarle que Orla jamás hubiera puesto un pie en una taberna. Desde que la fecha de su matrimonio con Gideon había sido fijada, sus hermanas la trataban peor qué nunca.

En esos años, donde la pubertad la hacía sentir como una extraña en su propio cuerpo, Orla conoció a Gideon. Cuando el muchacho entró al castillo acompañado por sus padres, todas las jóvenes del castillo quedaron mudas. A pesar de llevar días viajando, Gideon lucía mejor que cualquiera ahí. Era delgado como una flecha. Su cabello rizado le caía hasta los hombros, envolviendo su esculpida mandíbula, y rasgos delicados.

Orla sintió lástima por él, no porque fuera atractivo, o por su rostro angelical, sino porque había sufrido la mala suerte de ser elegido su esposo.

En el banquete fueron ubicados frente a frente. Fue ahí donde Orla descubrió que, a pesar de su apariencia, y la atención que las personas le prestaban, Gideon era tímido.

Todos quienes los rodeaban parecían querer saber más de él, haciéndole preguntas y contándole anécdotas sobre ellos. Él no parecía acostumbrado a la atención, pero se las arreglaba para clarificar las dudas de los demás, ganándose su estima con sus tímidas sonrisas y ojos verdes.

Finalizado el banquete de bienvenida, las niñas Caister se reunieron en la habitación que compartían para hablar sobre el muchacho.

—Orla, tienes tanta suerte de poder casarte con él —dijo Zinnia, la menor de las hermanas, y la más amable con ella.

—Suerte para ella, pero una maldición para él —respondió Regina, quien era un año y medio menor que Orla—. Él debería casarse con alguien mejor, con una princesa.

En aquellos años, Regina estaba obsesionada con los poemas acerca de princesas de tierras lejanas. La chiquilla de diez años dedicaba sus tardes adornando sus atuendos, y creyendo que todos a su alrededor eran sus súbditos, incluyendo a Joana, su hermana y mejor amiga.

—¿Te refieres a alguien como tú, Regina? —inquirió Joana, quien idolatraba a la misma.

—No, no a alguien como yo, sino conmigo misma —respondió la rubia a la vez que trenzaba su platinada cabellera.

—Lástima, tú te casarás con el hijo de Lord Gaunt, el pelirrojo de las orejas de duende —respondió Zinnia, quien apenas había cumplido los ocho años, pero jamás temía en defender a su hermana mayor.

Dos años atrás, en el cumpleaños de su padre, conocieron a Destrian Gaunt. Regina había enloquecido al ver al niño pequeño y enfermizo con el que debía casarse, al punto de causarse a sí misma fiebres que la enviaron a la cama por el mes que estuvieron de visita en Caister.

—No hables antes de tiempo, Zinnia —contraatacó Regina—. Si muere Orla, seré yo quien se quede con Gideon. Nuestro padre no dejaría que el primogénito de su mejor amigo se case con otra teniendo tantas hijas. ¿Qué opinas tú, Orla?

—Supongo que, si me muero, te podrás casar con él —accedió Orla intentando no avivar el enojo de su hermana—, pero Joana se quedará con el futuro Lord Gaunt y sus orejas.

Ya habían pasado seis años desde aquel recuerdo, Orla llegó a la edad adulta sin morir, ni ser asesinada por su envidiosa hermana menor.

Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.

—¿Puedo entrar? —era Zinnia, quien se había convertido en una adolescente preciosa. Ella era la única, además de Orla, que heredó los ojos azules y altura de su padre.

—Adelante, la puerta está destrabada.

Orla esperaba sentada a los pies de su cama a que fuera llamada a la capilla. Su madrastra, Sufficia, le había bordado un hermoso vestido azul zafiro con hilos dorados. Según ella, esos colores hacían lucir los ojos y cabello oscuro de la futura novia.

Zinnia entró en la habitación con lentitud. No quería alterar a Orla, aun cuando la muchacha se viera tranquila, sabía que por dentro se encontraba tan nerviosa como los demás. Orla sería la primera de ellas en contraer matrimonio, pero no faltaba mucho para que Regina la siguiera.

—Tu futuro esposo ya llegó a la iglesia —anunció Zinnia—, apenas llegue el sacerdote, comenzará la ceremonia.

Orla quería hacerle mil y una preguntas sobre Gideon, pero prefirió torturarse a sí misma guardando silencio.

—Ya estoy lista —contestó con la voz tan tranquila como siempre—, solo necesito ayuda con el tocado.

Si bien intentaba no aparentarlo, Orla estaba nerviosa. No por la ceremonia, ni por lo que sucedería al caer la noche, sino por tener que dejar su hogar. Sus hermanas no siempre eran cariñosas con ella, pero Orla las amaba, y pese a que a veces no lo demostraran, sabía que el sentimiento era mutuo. Le dolía ser la primera en partir, la mayor. No vería crecer a su hermano menor, y pasarían años antes de que volviera a ver a sus hermanas, a su torpe padre, y sobre todo a su madrastra.

Tenía meses de nacida cuando su padre se casó con Sufficia. La mujer se hizo cargo de Orla tras la muerte de su madre, y la había criado con el mismo cariño con el que crio a sus hijas de sangre.

Era doloroso dejar a las personas que amaba por un total desconocido. Recordaba a Gideon como una persona amable, pero los años pasan y la gente cambia, y no siempre para bien.

Orla enumeró lo poco que sabía del muchacho: Primero, él era cuatro años mayor que ella. Por lo que debía tener veintidós años. Segundo, su padre falleció hace poco tiempo, heredando así el feudo de Latham. Tercero, su madre se unió a un monasterio luego del fallecimiento de su esposo. Cuarto, él tenía dos hermanos menores, y ambos servían al rey. Quinto, Gideon también sirvió al rey, pero al fallecer su padre debió tomar la labor de lord. Sexto, su rostro era idéntico al de las estatuas paganas que su padre trajo de sus viajes al continente. Séptimo y último, él era amable y callado, o lo había sido la única vez que fue de visita a Caister.

Eran siete cosas las que sabía de él. Orla se sintió afortunada. Existían muchas mujeres que apenas sabían el nombre de su futuro esposo.

—Tabernera, ¿estás lista? El sacerdote ya llegó. —Regina entró acompañada de Joana.

—Estoy lista —contestó Orla, acomodándose el tocado y poniéndose de pie con decisión.


La ceremonia fue breve. Ambos jóvenes se tomaron de las manos, mientras el sacerdote pronunciaba una oración uniéndolos en matrimonio. No hubo palabras, ni besos de por medio. Gideon le sostuvo la mirada de forma inexpresiva, y Orla no esperaba nada diferente. Sin embargo, ella al verlo casi tropieza con el tapete de la capilla. Con amargura aceptó que él lucía aún más deslumbrante de lo que recordaba. Gideon lucía como una ilustración celestial vuelta a la vida.

Desde la última vez que lo vio, él había crecido al menos una cabeza. Su físico ya no era tan delgado como en sus años adolescentes, ahora su musculatura —aunque ligera— llenaba su túnica con garbo. El verde oscuro de esta, con los detalles en dorado, acentuaban su piel pálida y rasgos suaves, esculpidos como el mármol a manos de un artista.

A Orla le dolía el estómago al verlo, por lo que desviaba su mirada cada vez que se descubría a sí misma admirándolo.

A mediados del banquete, Orla comenzó a perder el temple. El vestido le apretaba, no quería que Gideon la viera comer y además se estaba volviendo loca viendo cómo Regina y Joana susurraban y se reían de ella. Aun así, Orla no quería que la cena terminara, ya que, al finalizar, Gideon y ella deberían compartir la habitación que les habían preparado.

—Orla —llamó su madrastra asomándose desde su izquierda—. Bebe más vino, te ayudará, te noto un poco pálida.

—No gracias, estoy bien —tartamudeó la joven. No le gustaba él vino, porque hacía que sus mejillas se tornaran rojas y sus hermanas siempre se reían de ella cuando pasaba.

—Bebe un poco, te ayudará también para el asunto del dormitorio.

Si Orla hubiera tenido algún líquido en su boca, lo habría expulsado por la nariz. La recién casada miró a su madrastra rogándole que parara antes de que alguien más se fijara en su conversación, y así lo hizo.

A su derecha se encontraba Gideon, con una copa de vino en su mano. El joven miraba a la nada mientras asentía a lo que fuera que le estuviera preguntando su suegro. Parecía despreocupado, lo opuesto a Orla.

No pasaron muchos minutos después de servidos los postres cuando sintió cómo Gideon se levantaba de la mesa y se acercaba a uno de los caballeros de su comitiva. Este era inmenso, rubio y también muy atractivo. Podía ver cómo sus hermanas no le quitaban la vista de encima, claro, cuando no se burlaban de ella.

Al volver a la mesa, Gideon anunció:

—Les agradezco este abundante banquete. Estoy seguro de que mi padre se siente complacido por la unión de nuestras familias —«No mencionó que él también lo sintiera» pensó Orla—. Sin embargo, es largo el trecho que debemos recorrer para volver a Latham. Es por esto qué nos retiraremos temprano a descansar para mañana partir a primera hora.

Mientras Orla lo miraba espantada por la noticia de su apresurada partida, Gideon le ofreció uno de sus brazos para llevarla a la alcoba.

El momento había llegado. No estaba preparada. No había entendido la explicación de su madrastra sobre la copulación y el resto. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Qué pasaba si el dolor era tanto que moría? Regina tendría que tomar su lugar. Ni en sus sueños, Regina ya tenía la fecha prevista para su propio matrimonio.

Debió haberse hecho monja mientras pudo.

Al mirar atrás, justo antes de salir del salón, vislumbró los rostros preocupados de sus hermanas y madrastra.

El camino a la alcoba se le hizo especialmente lento. Tal vez porque sus piernas se sentían adormecidas y rígidas. Escuchaba cómo cada paso retumbaba en las paredes de piedra como tambores fúnebres. Cuando estuvieron en el umbral, Orla sintió cómo el frío abarcaba cada gota de su sangre. Su madrastra le había dicho que no duraba mucho, por lo que, si resistía unos minutos, sobreviviría.