Wiccard

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Summary

Primer acto: Sabina no cree en los hechizos de amor. Segundo acto: Sabina, convencida por su mejor amiga, hace un hechizo para gustarle al chico de sus sueños. Tercer acto: Arrepentida, Sabina intenta deshacer el hechizo y, en el proceso, comienza a sentirse atraída por alguien más. ¿Cómo se llamó la obra? ¡Wiccard!

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Complete
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20
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16+

Cómo pedir un deseo y no morir en el intento



El Caldero Pagano de Raven

Si me preguntan, es preferible morir en el intento que pedir un deseo mediante el blog obsoleto de la tal Raven, pero, claro, esta es la opinión de un alma escéptica que no tiene nada que hacer un viernes por la noche, así que, según Emma, no vale, y como no vale, se va directo al basurero junto con los últimos resquicios de mi dignidad.

A un lado de mí, sentada en el piso, mi mejor amiga prepara el altar que, según una página de internet para novatos, funciona como punto de conexión con la divinidad. Eso es si tenemos alguna divinidad en mente, de otra manera la que sea es buena. Y para que este funcione como tal, se requieren dos velas, un athame, el cual tuvimos que sustituir por un cuchillo para pan, un pentáculo mal dibujado en una hoja blanca, sal, agua, incienso, y objetos que representen a los cuatro elementos. Quizás un encendedor, una pluma para simbolizar el aire, un puñado de tierra, etc. Y mientras Emma se empeña en perfeccionar su altar, algo imprescindible en cualquier ritual Wizard habido y por haber, yo cuestiono todas las decisiones que me han traído hasta este momento, el momento en el que me doy por vencida y dejo que la voluntad de mi amiga me arrastre hacia los confines de su locura.

La semana pasada, a petición de ella, pasamos toda la noche vagando por el parque en un intento por ver una estrella fugaz y así pedirle un deseo. Como eso no funcionó, decidió dedicar dos horas de su vida para investigar el mundo de la brujería. Obviamente, al ser ella un ser impulsivo e impaciente, dio clic en el primer sitio web que llamó su atención, y de esa manera llegamos a El Caldero Pagano de Raven, un blog que lleva tres años sin ser actualizado, de procedencia sospechosa y para nada confiable, donde la última publicación pretende enseñar a las personas cómo pedir un deseo a través de rituales paganos. Y no solo eso, sino que también asegura el éxito de quienes sigan las instrucciones al pie de la letra, pues hasta el error más insignificante puede modificar o anular el hechizo.

Al mirar el cuchillo para cortar pan estoy más que convencida de que vamos a fracasar en nuestra misión por cumplir nuestros deseos más profundos.

Bueno, no son tan profundos, y mucho menos interesantes, pero se quiere lo que se quiere, así que no hay mucho que se pueda hacer al respecto. Además, si hubiéramos visto una estrella fugaz, no estaríamos aquí en el cuarto de Emma, encerradas a piedra y lodo, con las luces apagadas, escuchando música instrumental y preparándonos para llevar a cabo una actividad que pone en riesgo mi reputación. Por lo que no es del todo nuestra culpa.

—¿Puedes leer la lista de materiales que necesitamos, Sabina? —Emma pide en voz baja.

—Claro —respondo—. Se necesita un incienso de canela, el cual compramos de camino a tu casa, una vela para ti y otra para mí, papel, un caldero o un tazón de barro donde podamos quemar nuestras esperanzas, un lápiz, y, desde luego, el altar.

Emma aplaude. —¡Tenemos todo!

—Yupi.

—¿Qué sigue ahora?

Me acerco a la pantalla para poder leer lo siguiente.

—Ahora tenemos que colocar los materiales en el altar. Después de eso, hay que encender nuestra vela con cerillos de madera, y luego debemos escribir nuestro deseo en el papel de la manera más específica posible.

—Okey, digamos que quiero viajar, ¿sí? —pregunta, a lo que yo asiento en silencio—, entonces tendría que escribir a dónde voy, cómo, con quién, en qué, y todos esos detalles, ¿verdad?

—Supongo que sí.

—Ya entendí. —Sonríe—. ¿Empezamos?

De modo que comienzo a relatar mi deseo.

Yo, Sabina Kisai Carrillo, deseo que el amor de mi vida pose sus ojos sobre mi rostro, que venga a mí con la lluvia y que me invite a salir tantas veces como desee, ya que yo gustosa lo acompañaré. Pido que sea tan mío como yo soy de él, y que nunca me olvide si nuestro destino llegase a separarnos.

—¿Lista? —La voz de Emma se cuela en mis pensamientos.

Volteo el papel para protegerlo de la curiosidad en su mirada. —Lista —respondo.

—Muy bien. —Se aclara la garganta—. Por el poder de tres veces tres…

—¿Qué? ¿También tenemos que recitar eso? —la interrumpo.

Ella abre los ojos y los clava cual dagas en mí. —Mira —Señala el texto que hay entre comillas en la pantalla—, lo tenemos que decir en voz alta para que resulte —me explica.

—¿No te parece que es como un copia y pega de Jóvenes Brujas? ¡Por el poder de tres veces tres! —Agito los brazos en el aire.

—¿Lo vas a hacer o no, Sabina?

—No tengo otra opción —respondo, agachando la mirada.

—Exacto, entonces cállate y repite conmigo.

Me muerdo los labios en un intento por no reírme de sus contradicciones. Emma, ajena a mí, regresa a su estado de concentración y recita de nuevo el conjuro. Yo repito con ella.

Por el poder de tres veces tres, por el Dios, la Diosa y los cuatro elementos aquí presentes, pido al universo que me cumpla este deseo tal y como está escrito, sin herir a nadie, sin privar a nadie de su voluntad. Que este ritual cumpla su función y se materialice ante mí. El mensaje es más claro que el agua. Muéstramelo, quiero verlo, porque no hay imposibles y todo es posible. Así será y así es, porque como es arriba también abajo, y porque como es abajo también es arriba. ¡Que así sea!

Al finalizar la invocación, tomamos el pedazo de papel, lo prendemos con el fuego de la vela, y lo ponemos en el caldero para que arda hasta convertirse en partículas irreconocibles de nuestra estupidez. En su blog, Raven instruye que se arrojen las cenizas en el inodoro y que tiremos de la palanca para que el deseo fluya de la misma manera en que el agua lo hace.

Al hacerlo, nuestro deseo se va por el drenaje.

Excelente presagio.

—¿Te sientes diferente? —Emma pregunta minutos después.

—Me siento estúpida —le digo—. Lo suficientemente estúpida como para hacer un hechizo Wizard y esperar que funcione.

—Wicca —dice Emma entre risas—. Es Wicca, no Wizard.

Me encojo de hombros. —Es lo mismo.

Emma comienza a recoger los objetos desperdigados sobre su mesa. —No lo es. En fin, ¿qué pediste?

Me dejo caer en el piso antes de contestar. —Pedí que Markel me invitara a salir.

Emma deja escapar un suspiro. —¿Ese fue tu deseo? ¿En serio? —La indignación se hace presente en sus facciones. —Pudiste haber pedido dinero o, no sé, vida eterna, o un viaje a Irlanda. ¡Qué sé yo!

—Dijiste que podía pedir lo que quisiera, Emma—me defiendo—. En fin, ¿qué pediste tú?

Sus mejillas enrojecen. —Bajar diez kilos —responde casi de inmediato.

Arqueo una ceja. —Al menos no soy la única que pidió una estupidez.

—No es una estupidez. Quiero perder peso.

— Y yo quiero una cita con Markel, de otra manera voy a ser víctima de eso que llaman combustión espontánea.

Emma me da la espalda y continúa recogiendo el tiradero que hay sobre su altar. La observo en silencio. Recorro de arriba abajo su cuerpo en busca de los diez kilos que desea perder, pero no los encuentro por ningún lado. —No necesitas bajar de peso, Emma.

—Y tú no necesitas a Markel —ella contraataca.

—Oh, claro que sí. La última vez que lo vi, soñé con él. ¿Qué soñé? Pues, para no dar detalles, diré que desperté en medio de un orgasmo casi fulminante.

—No entiendo. ¿Crees que Markel es el amor de tu vida o solo quieres cumplir tus fantasías húmedas con él?

—Ambas cosas. No voy a tener sueños húmedos con nadie que no sea merecedor del título de “El Amor de mi Vida”. Se le llama sentido común, historiadora. Además, ¿cuándo sabremos si se cumplió el deseo?

—Según el blog, sentiremos su materialización tan pronto como terminemos el hechizo. Imagino que es cuestión de tiempo.

—¿Y si no? —pregunto casualmente.

—Si no, escuché que hay deidades a las que puedes pedir deseos a cambio de tu alma o de algún sacrificio humano.

Me abalanzo sobre ella y la abrazo por la espalda. Utilizo mis brazos para apretarla contra mi pecho. Ella deja salir una carcajada al tiempo que intenta zafarse, sin éxito, de mi agarre. —Entonces te voy a extrañar, historiadora. —Le doy un sonoro beso en la mejilla.

Emma me regala un codazo en la costilla a modo de respuesta. —No, preciosa: yo te voy a extrañar más.

—Pero yo te voy a extrañar primero, muñeca.

En realidad, no pienso sacrificar a mi mejor amiga.

Para eso tengo hermanos.