Relato
Una luz arremetía por la ventana de aquella pequeña, sucia y oscura habitación. La luna, era la que iluminaba a una pequeña chica que posaba delante de ella, ambas percibiendo como la ama de la chiquilla comenzaba el rumbo por una carretera solitaria, triste, con unas maletas en manos. Esas mismas manos pequeñas que se notaba en aquel marco que sotenia el vidrio de la ventana que muchas veces las vio llorar. Sus pequeñas manos, que alguna vez limpiaron las lágrimas de su ama, y la sangre que brotaba de su cuerpo sostenían un metal, que al moverlo de un lado a otro provocaba que la luz lo acariciara.
Decidida y en silencio, ella emprendió el rumbo a la habitación que se encontraba al lado, una habitación que odiaba, que aunque todo estuviera en silencio los gritos la atormentaba. Con cautela entró al cuarto donde cálidamente ya posaba su amo en un profundo sueño debido al alcohol que ya consumía su cuerpo.
Ella, era una moza que tenía destreza en las mentiras, en la manipulación, conocía y dominaba las estrategias para hacer que cualquier persona con tan solo una mirada pensara e hiciera lo que a ella se le antojara, pero ¿qué se podía esperar de esta chiquilla? Fue entrenada por el mejor.
Por unos pequeños minutos lo dudó, ¿Quién era ella para arrebatarle algo tan preciado? Pensó, pero al mismo instante otra pregunta cubrió su respuesta, ¿Quién era él para arrebatarle eso a ella? Él no era Dios.
El sonido de la puerta principal siendo tocada despertó la curiosidad de la chica, ¿Su ama había vuelto? ¿Había vuelto por ella? Un toque de esperanza estaba impidiendo aquel acto impuro a punto de cometer.
¿Su ama al final si la quería? Se preguntó,. Con cautela, logró llegar sin hacer ningún tipo de ruido, es que cada que su amo caía tumbado en aquella asquerosa cama, el silencio era quien tenía que ser su mejor aleado, para no despertar a la bestia.
Al abrir la puerta un aire frío chocó contra sus mejillas, ese aire pertenecía a un señora, a una mujer. Unos le tenían miedo, otros, por su propia cuenta se iban con ella llamándola desesperadamente por vivir en un mundo tan asqueroso y repulsivo como este. Dios te daba la vida, y ella con mucho placer te la quitaba.
Al ver que no había nadie y ya frustrada por la interrupción, decidió relajarse colocando una de sus melodías favoritas, el sonido relajaba su cuerpo, y endurecía su corazón. Emprendió su camino a iniciar lo que ya quería terminar.
La. La. La. La, la, la, la, la, la. La voz de una niña reproducida del equipo de sonido inundaba sus oídos, empezó a danzar al ritmo de la canción que su mente procesaba, imaginando como podía acabar con esto y su sonrisa se extendió de placer.
—Hoy podré estar en paz —se susurró a si misma al entrar a la habitación.
Lo que vio la sorprendió al instante, una mezcla de asombro y alegría la poseyeron, su amo que ahora ya se encontraba despierto estaba sin aire agonizando en su cama. Los ojos azules tan azules como el agua de mar cristalizados del hombre, le suplicaban a aquella chiquilla que hiciera algo, que lo ayudara, sus ojos denotaban y pedían piedad.
Lentamente se fue acercando a él y logró escuchar lo que su asquerosa voz, como ella lo llamaba me decía
—Por favor —logró escuchar.
—Por favor —volvió a repetir como si no creyera aquellas palabras.
El hombre agarró la mano de la chica implorándole mientras que terminaba su existencia por la falta de aire.
—Es curioso, ¿no?—como una estrella fugaz, pasaron los recuerdos por su mente inundando sus ansias ganas de venganza.
Esos en donde su ama tenía que limpiar sus heridas, se acordó cuantos moretones les contó a su madre a medida que iba creciendo, las veces que en su habitación reían en el día, pero al llegar la triste y oscura noche sus vidas se volvían más terribles con cada día que pasaba.
—Son 203, ¿te acuerdas? —pausó a ver si te contestaba— 203 moretones por todo su cuerpo, hasta ese número contaré y si aún sigues en este mundo, me lo pensaré para ayudarte —le informó
Los ojos del hombre casi se salen al escuchar lo que la pequeña le había dicho, y es que él pensaba, suponía que aún le tenía miedo, pero se equivocó porque aquel miedo se fue convirtiendo en odio, y ahora ni la muerte de apiadó de él, pues era ella quien en un acto de amor había ayudado a la niña.
—1, 2, 3, 4, 5, 6… —la chica empezó a contar los números demostrándole que iba a cumplir lo dicho.
—Por… Favor —logró decir entre medio de jadeos por la falta de aire.
Ella soltó una carcajada terrorífica, acordándose de que esa era la palabra que más decía su ama y que por primera vez disfrutaba escuchar.
—Por favor no. Por favor no lo hagas. Por favor no empieces. Por favor déjalo. Por favor no me toques más. Por favor me duele —una lagrima se desprendió de su ojo derecho que ella rápido limpio mientras decía lo que le tocaba escuchar cada que aquel hombre despreciable tocaba a su madre y a ella.
Su amo lentamente fue perdiendo las fuerzas, sus pupilas se dilataban, su color de piel era un pálido horrible y su cuerpo sudaba mientras intentaba no perder el conocimiento.
Y aquella niña se sentó en frente de su amo, tranquila, en silencio, sin escuchar los gritos de su ama, sin escuchar cómo se rompían los jarrones, sin escuchar nada, el silencio que provocaba la agonía del hombre ella lo disfrutó.
Aquella noche la maldad reinó, y una pobre criatura pudo descansar. Para poder reposar en los pétalos de la rosa hay que primero pisar sus espinas, porque para llegar a la felicidad lamentablemente hay que pasar por la tristeza.
La chica apenas había llegado a 32 cuando su amo se había ido de este mundo, llamó a emergencia y en una hora dos hombres reportaban a un hombre muerto en la casa de los Desley, un paro en el corazón fue la causa de la muerte, fue lo que logró escuchar la chica.
Otra mujer no se separó de ella, porque aunque la mujer pertenecía a la maldad sintió lastima por la chiquilla. Pensaban que era mala, pero no, está vez hizo su trabajo por una buena razón, más dañada su alma no podía estar, por eso, la dama se apiadó de ella. Una cosa cubría otra, aquella niña vivió y el monstruo que la atormentaba cada día, murió, ambas habían ganado, pero ahora su alma permanecía a ella, su alma estaba condenada por la Señora Muerte.
FIN.