El piso de arriba

All Rights Reserved ©

Summary

Siempre le he tenido miedo al ático de mis abuelos... Mi cuarto esta debajo de este, y todas las noches escucho tarareos. Nadie me cree y sólo tengo a mis amigos conmigo... mis peluches, para ser sincera. ¿Orejudo?... creí escuchar a mi peluche de conejo hablar... tal vez no sea nada.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

El piso de arriba

Siempre me dio miedo el ático de mis abuelos.

Ese ático tan frío y oscuro está grabado en mi memoria… especialmente por lo que escuchaba cada noche proviniendo de ese tenebroso lugar. Hablo de un sutil y animado tarareo… un tarareo que se filtraba en mis más siniestras pesadillas.

Contaba con 8 años cuando sucedió… aún si las décadas han transcurrido con el paso del tiempo, se presenta de igual forma que el ayer en mi memoria.

En aquella ocasión, me despertó de madrugada aquel sueño. En él, el tarareo del ático me atraía hacia él, arrastrándome con fuerza sin poder hacer nada al respecto. Grandes ojos carmesí me observaban a la orilla de mi cama, asomándose con grandes garras de sombras subiendo por mi respaldo. Di un grito sordo, atrayendo a Nana a mi lado. Rápidamente tomó su lugar detrás de mí, abrazando mi cabeza contra su pecho mientras acariciaba maternalmente mi espalda… no era la primera vez que sucedía. En realidad, ya habíamos perdido la cuenta de las ocasiones en las que despertaba de esta forma.

Nana fue la hermana menor de mi papá, quien cuidaba de mi tras la pérdida de mis padres a muy corta edad. Nana tenía apenas 19 años cuando descubrió que había sido elegida por ellos para cuidarme en caso de lo peor… nadie le enseña a una joven de 19 años a cuidar a una bebé de medio año de un momento a otro. Nana tomó la mejor decisión para las dos sobre quedarnos con mis abuelos, quienes la orientaron en mi crianza, al igual que cuidándome cuando ella debía ir a la universidad al igual que al trabajo. Conforme fui creciendo, se volvía cada vez más difícil para Nana el mantenerme, tomando el primer trabajo que pudo encontrar con tal de darme de comer. Siempre sintió que papá sabía que ella sola podría cuidar de mí, por lo que nunca les pidió un solo centavo a mis abuelos… todo lo que les pedía era un techo junto a ellos por mi bien, pero la comida que consumíamos siempre vino de los bolsillos de Nana.

Fue por mi culpa que Nana no pudo vivir la vida usual de una universitaria… jamás me podré perdonar por ello.

Cada que tenía esa atroz pesadilla y me encontraba en brazos de mi Nana, le pedía que me hablara de mis padres… siempre obteniendo la misma respuesta.

- Tu mamá era una mujer muy hermosa y amable… siempre pensaba en otros antes qué en ella, especialmente en ti. Cuando tomó la decisión de embarazarse, dejó de trabajar para dedicarse completamente a ti. – decía Nana con nostalgia. – Por otro lado, tu papá era muy duro de cabeza… una vez estaba convencido sobre algo, no había fuerza humana que lo hiciera cambiar. – Repetía nuevamente con afecto. – Ambos siempre quisieron tener una niña, ¿sabes? El día que naciste, mi hermano salió a la calle gritando una y otra vez lo feliz que estaba.

- Nana… ¿Cómo murieron mis papás? – pregunté con inocencia en aquella ocasión. Hasta ese momento, nunca se me había comentado que había pasado con ellos, sólo que ya no se encontraban en este mundo.

- Es muy tarde… ¿Quieres dormir conmigo? – nuevamente había evitado la pregunta… cómo tantas veces antes.

Resignada, no tarde en acurrucarme en sus brazos mientras residíamos en el seno de la oscuridad, rogando a quien sea que pudiese concederme un único deseo… que no se llevarán a mi Nana.

Una nueva mañana había llegado.

Me acerqué por primera vez a mi abuelo para preguntarle sobre el ático, esperando que pudiera explicarme quien – o que – era lo que se escondía allá arriba.

- ¿El ático? Ahí sólo hay cosas viejas, no gastes tiempo en eso. – mi abuelo solía pensar que no era más que una niña llorona y mimada… él quería que dejara de jugar con muñecas y me concentrara en mis clases. Él atribuía mis pesadillas a mi gran imaginación… pero yo sabía que había algo más ahí.

Mi mente se ahogaba más y más en la duda sobre la verdad del piso de arriba. Tomé mis peluches en un círculo, hablando con ellas en el jardín para llegar a saber qué era eso que me aterraba tanto.

- Se que ustedes no se burlaran de mi porque son mis amigos y los amigos no se hacen eso. Si no hacemos algo, ¡ese monstruo se llevará a Nana! – exclamé frente a mis valiosos compañeros, esperando llegar a una respuesta con ellos. –

- ¿Qué creen que sea? – Voltee a ver a mi elefante, poniendo mucha a atención a lo que me decía. – Si, tienes razón… no tardará en llover – dije desanimada, pues mi sesión de apoyo se acercaba a su final apenas iniciada.

Fue entonces que le escuche.

Una voz serena y amable, incluso podría decir juguetona. Provenía de mi peluche favorito: Orejudo, mi conejo.

- ¿Por qué no subes? – escuché a mi amigo café de largas orejas caídas.

Tome a Orejudo, levantándolo a la altura de mi rostro mientras lo rotaba frente a mí.

- Orejudo, ¿desde cuando hablas? – dije pensativa.

- Tú me enseñaste a hacerlo cada que me hablabas estando alegre, triste o incluso asustada. Vamos, subamos al ático.

- ¿Estás loco? ¡No quiero ir allá!

- Entonces él se llevará a Nana. ¡Sube y dile que no le tienes miedo!

Comencé a llorar con gran fuerza, soltando a Orejudo para llevarme las manos a mis ojos. Mi querido amigo cayó al suelo, recibiendo sobre su rostro tejido las primeras gotas de lluvia de esa tarde.

Mi abuela, al escucharme, vino a mi para tomar mi mano y ayudarme a entrar de vuelta a la casa, dejando a Orejudo llenándose de tierra y lluvia en medio del jardín.

Una vez pude calmarme lo suficiente para articular palabra, mi abuela tomó mi rostro entre sus manos, mirándome fijamente con ojos amables.

- Pequeña, no llores… las niñas bonitas no lloran.

- Pero yo no soy bonita, abuelita – dije esperando que me permitiera hacerlo en futuras ocasiones.

- Entonces, recuerda: a los hombres no les gustan las lloronas. Si lloras, ningún hombre te querrá. Ellos se cansan rápido, no lo olvides. Si lloras, hazlo escondida en el baño; recuerda hacerlo en silencio.

Estoy segura de que mi abuela tenía las mejores intenciones de ayudarme a crecer, que esa había sido la forma en que ella fue educada. En ese momento solo me callé y asentí con la cabeza.

Si lo que mi abuela decía era cierto, entonces… ¿Nana estaría cansada de mí?

El llanto se encontraba atascado en mi garganta, evitándome respirar de manera correcta. Sentía un fuerte nudo en el estómago… Los pensamientos de Nana abandonándome se amontonaban uno tras otro dentro de mi cabeza, llenándome de miedo, haciendo mis manos temblar con fuerza mientras mi estomago urgía con intenciones de vomitar.

Hasta que lo hice.

Vomité en los pies de mi abuela.

Habían pasado las horas desde que había sido castigada en mi habitación a oscuras, encontrándome encorvada en la esquina de mi cama. No podía encender las luces, pues se llevaron el foco que lo alumbraba.

Fue en cierto momento que aquel tarareo inundo la habitación.

Comencé a gritar, tomándome de los oídos mientras las palabras aparecían en mi cabeza cual melodía que le acompaña. Mis piernas se negaban a moverse, sentía como si la oscuridad se volviera cada vez más y más profunda a mi alrededor.

Ese día comencé a temerle a la oscuridad.

No…

Temía a lo que había dentro de ella.

Finalmente me dejaron salir. Me enteré entonces que Nana volvería hasta largas horas de la noche, pues debía trabajar horas extras. Sabía que, si tenía esa pesadilla, nadie vendría por mi… debía hacerle caso a Orejudo.

- ¡Orejudo! – exclamé al recordar que lo había abandonado en el jardín varias horas antes. Ya había anochecido… debía ir sola por él.

Con cuidado, tomé una linterna y bate de plástico para defenderme de esa cosa. El pasillo que llevaba al jardín estaba inundado en oscuridad… me aferré con fuerza a mi bate y corrí con todas mis fuerzas, dando un grito de batalla hasta llegar a la puerta y, con ella, al botón para encender la luz.

Abrí de par en par la puerta para observar a mis peluches empapados por la lluvia… excepto a Orejudo, quien lo único que tenía era un poco de tierra, más unas pocas marcas hechas por contadas gotas.

- Orejudo, ¿Por qué estas seco? – le pregunté con gran curiosidad a mi amigo.

- Fue tu amor el que me mantuvo seco, ¡no te preocupes! Ahora, ¿qué tal si vamos arriba? ¡Vamos a ver que hay ahí!

Al principio temerosa, terminé por acceder a su idea. Sabía que nada malo podría pasarme con Orejudo a mi lado. Dejé al resto de mis peluches afuera para que tuvieran oportunidad de secarse… ¿Qué era lo peor que podría pasar?

Abrazando a mi conejo con el mismo brazo con el que agarraba la linterna, logre llegar al comedor que se encontraba adyacente al pasillo y, con él, las escaleras al ático. Dejé el bate al pie de las escaleras, pues algo me decía que estaba de más. Tomé con cuidado el barandal, alumbrando mi camino apoyándome de la linterna… agradecía tanto a quien sea que pudiera escucharme por haberle puesto baterías nuevas una vez salí de mi castigo.

Con cada paso que daba, mis piernas cobraban más fuerza, pero mi corazón corría con fuerza… estaba por enfrentarme a mi mayor temor, pero no me encontraba tan aterrada como imaginaba. Los recuerdos fluían dentro de mi mente: aquellas noches sin dormir, la mano de Nana acariciando mi cabello con amor…

Nana.

Esto era por Nana.

Faltaba poco para llegar al temido ático… el piso arriba de mi cuarto que me hacía llorar con solo pensar en él. Cambie la linterna a mi mano libre con el fin de aferrarme aún más a Orejudo en caso de ver algo.

- No me vayas a soltar de nuevo, o no te perdonaré… – dijo mi fiel amigo con cierta irritación.

- Aja… – Fue todo lo que contesté.

Finalmente habíamos llegado al final de las escaleras.

Con mi linterna, iluminé poco a poco por donde mi vista se posaba. El lugar estaba repleto de cosas: telarañas, libros, una cama… el resto de las cosas se encontraban cubiertas por sabanas.

Fue entonces que mi linterna se apagó y el miedo verdaderamente se apoderó de mí. Mis piernas me rogaban escapar de ese lugar lo más pronto posible.

Di media vuelta y me dispuse a bajar nuevamente, pero algo me detuvo… era Orejudo.

- ¡No corras!

Cerré con fuerza mis ojos y me golpeé en la cabeza con la linterna para volver a mis sentidos.

Ya no iba a huir… Por Nana.

Se lo debía a Nana.

Tomé una fuerte respiración y me concentré en lo que había frente a mí.

Mi vista comenzaba a acostumbrarse a la iluminación, las sombras comenzaban a tomar forma ante mi… podía ver los libros, también la cama. Seguí adentrándome un poco más en el lugar. Fue entonces que decidí preguntar:

- ¿Hay alguien aquí? – mi voz aun temblaba con temor… me aferré con ambos brazos a Orejudo.

Tras preguntar eso, apareció.

El tarareo apareció nuevamente.

Sentía como esa voz daba vueltas a mi alrededor, acercándose de vez en vez hacia mis oídos… y con él, las palabras aparecieron en mi cabeza.

- Conoces la letra… canta – dijo Orejudo. Negue con la cabeza, aun con miedo. – ¿No confías en mí?

Inhale hondo. Sólo me dejaba pensar a mí misma una cosa: Orejudo es mi amigo, el no haría nada para lastimarme.

Los versos comenzaron a fluir de mi boca en voz baja, como si alguien los jalara con un delgado hilo desde lo más profundo de mi mente.

Ven, pequeña

Ven a jugar,

Ven con nosotros

No te has de lastimar.


Ven aquí,

Te vas a divertir;

No temas ya, Ven a reír.

No llores más,

Ven a disfrutar,

Vamos a jugar, Vamos a cantar.

No huyas más, Conmigo dormirás.

Vamos a soñar, Vamos a volar.


Mami está aquí,

Pregunta por ti.

Papi quiere verte,

Poder abrazarte.


Confía en mí,

Confía en mi voz.

Te daré mi amor

Si sigues esta canción.

La música fluía en mi cabeza, y con ella mi voz se unía cantando cada tarareo… comenzaba a gustarme esa canción a la que temí por tantos años. Cada vez más animada, comenzaba a brincar en círculos mientras abrazaba a Orejudo.

Hasta que mi conejo me habló una vez más.

- ¿Te quedaras conmigo para siempre? – Su pregunta me desconcertó un poco.

- ¿Pero qué dices? Claro que estaré contigo siempre, ¡eres mi mejor amigo!

- ¿Aun si no soy Orejudo?

Dejé de saltar.

Levanté a mi peluche para verlo directamente. No podía descifrar a que se refería con esas palabras.

- ¿Orejudo?

- Yo soy un ángel que vive aquí… y me siento muy solo. – dijo la voz que salía de mi querido amigo. – Puedo ser tu mejor amigo si te quedas conmigo, ¿Sabes? No te preocupes, no iremos a ninguna parte, ¡podrás seguir viendo a Nana!

Sonreí con felicidad al saber que todo este tiempo era un ángel a quien escuchaba en las noches. Abracé con fuerza a mi peluche una vez más.

- ¡Claro que me quedaré contigo!

Eso es lo último que recuerdo.

Mi siguiente memoria ocurre en la madrugada. Los gritos de Nana inundaban la casa. Parecía estar buscándome. Escucho sus pasos subiendo apresurada y me siento en el suelo para recibirla con la gran noticia: ¡ya no le temía al ático!

Pero…

Algo no estaba bien.

Nana me estaba ignorando… o eso creía.

Mi querida Nana corrió hacia mí, no… hacia mi cuerpo en el suelo.

Mi cuerpo desangrado que descansaba en medio del ático. No tenía herida alguna, la sangre provenía de cada poro de mi piel, mientras lagrimas carmesí fluían de mis ojos eternamente abiertos. La linterna se había ido… al igual que mi querido Orejudo.

Nana se repetía las mismas palabras:

- Por favor, no otra vez… a ella no te la lleves, a ella no…

No podía hacer nada. Trate gritar, pero no me escuchaba. Intente sacudirla, pero mis manos la atravesaban.

Pasó el tiempo y Nana se fue de esa casa. Mis abuelos fallecieron años después y me quedé sola.

Sin Nana.

Sin Abuelos.

Sin mamá y papá.


Sin Orejudo.