ł𝘯𝘵𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘤𝘪𝘰́𝘯
Todo se había acabado, aunque él todavía no lo supiera. No con claridad. No con la certeza que llega después de la caída.
Entró en aquella habitación arrastrando el cuerpo, cargando la esperanza como si fuera un abrigo viejo y lleno de agujeros. Era tarde. Lo supo apenas sintió el aire denso que se agolpaba en sus pulmones. Silencio. Luces apagadas. Y un susurro. Un susurro que no era para él.
Los pasos lo llevaron al dormitorio que tantas veces lo había abrigado, como si fueran guiados por una fuerza que quería romperlo en mil pedazos. Abrió la puerta. Y lo vio.
Su corazón se detuvo. Por un segundo, solo uno. Lo suficiente para sentir cómo todo dentro de él comenzaba a resquebrajarse.
La escena que presenciaba podría haber salido de una película de terror, pero no había efectos especiales. No había guión. Solo había realidad. Cruel, repulsiva, desalmada. Ji Hoon, su pareja, su supuesto refugio... enredado en los brazos de su media hermana, Haneul. La misma que había pasado años lanzándole miradas cargadas de celos y desprecio. La misma que fingía indiferencia, pero que no podía ocultar su obsesión. La misma que siempre deseó lo que Taehyung era, incluso si no entendía por qué.
Una risa ahogada salió de la garganta de alguien. Él no supo de quién. Tal vez de ella. Tal vez de su mente queriendo protegerse de lo absurdo.
No sabía que era el final de todo. No aún. Algo en él seguía queriendo creer que había una explicación, una razón que justificara lo injustificable. Pero mientras observaba sus cuerpos enlazados, la evidencia silenciaba cualquier esperanza.
Lo había dado todo. Todo. De sí mismo, de sus noches en vela, de sus sueños a medio formar. Y lo habían traicionado como si no valiera nada. Como si fuera desechable. Como si su amor fuera una nota escrita en lápiz, fácil de borrar.
Pero lo que más le dolía no era Ji Hoon. No. Era él mismo. La confianza ciega. La negación voluntaria. ¿Cómo había permitido durante tanto tiempo aquellos acercamientos extraños sin cuestionarlos? ¿Cómo había ignorado las señales, los silencios incómodos, las miradas esquivas?
Lo supo antes de que sucediera. Lo vio antes de que se hiciera real. Y no hizo nada. No dijo nada. Lo permitió.
Porque así era él. Confiaba. Esperaba. Amaba. Aunque le costara la paz. Aunque le arrancaran la piel con cada decepción.
—¿Por qué?, —preguntó. Su voz salió rota, apenas un eco de lo que alguna vez fue.
Ji Hoon lo miró sin culpa. Como si el amor de tres años pudiera desecharse con un gesto. Como si el sufrimiento frente a sus ojos fuera irrelevante. Como si Taehyung no fuera más que una fase, una excusa, una molestia.
Taehyung sintió el corazón hacerse añicos. Era un sonido interno, sordo, persistente. Sus ojos se humedecieron, pero no permitiría que lo vieran así. No después de todo. No frente a ellos. No frente a ella, que siempre deseó verlo romperse.
¿Era normal tirar una relación de tres años por el caño? ¿Así, sin más? ¿Sin remordimiento? ¿Sin siquiera fingir respeto?
Y encima, lo engañaba con su media hermana. Con Haneul. La ironía era grotesca.
Taehyung tragó la rabia como si fuera fuego. Quería gritar. Quería destrozar algo. Quería llorar hasta quedar vacío. Pero no lo hizo.
—No. ¿Sabes qué? No me importa en lo absoluto, —dijo con voz firme. Como si las palabras pudieran construir un muro entre él y el dolor.
Desistió de pedir explicaciones. Ya no valían nada. Las respuestas no cambiarían el hecho de que había sido humillado, traicionado, desechado.
Se dio media vuelta, con la dignidad rota pero aún presente. “Espero sean muy felices”, soltó, más como un veneno que como una bendición.
Y con eso, recogió los pedazos que quedaban de su dignidad, la empacó junto a la esperanza rota, y se marchó de aquel espantoso apartamento que ahora solo le causaba desesperación y asco.
Al cerrar la puerta detrás de él, no lloró. No aún. Pero supo que dentro de él algo había muerto. Algo que no volvería a ser como antes.
No era el final de todo.
Era el principio de otra historia.
Una que, por primera vez, escribiría para sí mismo..