Introducción
Luz
Permanecía mi niñez, pero se asomaba el rastro de la adolescencia.
«Eres pequeña aún para entender cosas».
Sobre todo aceptar la perdida de papá, el hecho es que jamás iba a regresar. Luego estaba Manuel al que rara vez veía, según Romina es que estaba en ese trabajo donde inició hace algún tiempo atrás. Lo más curioso es que había días que se hacía el enfermo, hasta parecia un zombi sin dar golpe. El casi siempre veía tele o se mantenía ocupado con su móvil.
«Oye niña tráeme algo de beber o ayudame con el papeleo»
Decía frases parecidas o se burlaba de mí cuando metía la pata.
El obedecia sin rechistar cuando vivía papá, él lo ponía en Vereda.
Pasado
No tardé en percibir un ruido que procedía de abajo, enseguida quise saber quién llegó por eso a hurtadillas me aproximé hasta la barandilla y luego bajé algunos escalones sin que advirtiera ninguna presencia. Entonces sonreí al momento de verlo, sin embargo no aprecie que tenía la compañía de ella. Al fijarme bien... vestía elegante, su conjunto consistía en una falda plisada y chaqueta de paño. También llevaba su pelo recogido. Seguro que no hace tanto estuvo en una peluquería. Intuí que papá la trajo por algún motivo aún no me decidí a bajar por no descubrirlo.
Siempre tenía miedo porque anhelaba ser suficiente para mi papá pero sabía que él necesitaba una mujer para casarse.
Era tan ingenuo de la vida.
Pensó que ella traería felicidad pero más bien trajo complicaciones, hasta a mi me costó asimilar a esa tal Romina, porque así se llamaba.
Pasado el tiempo papá se cansaba más seguido, yo lo acarreaba a su trabajo porque ser chófer es muy duro.
Recuerdo que me desperté en la noche. Sentí un mal presagio que me hizo sobresaltarme.
A partir del día siguiente todo cambió. Lo veía débil. El sangraba por la nariz pero no tenía importancia porque aquello sucedía con frecuencia. A la semana siguiente él comenzó a escupir sangre por la boca, entonces empecé a preocuparme.
Ella, su esposa en vez de preocuparse, de aconsejarle que vaya a mirarse solo se quejaba de que no la sacaba a pasear.
No tenía ni un ápice de empatía, no quería ver qué mi papá era humano, tenía sus limitaciones. Él callaba porque la quería, aguantaba sus quejas y sus caprichos.
Hasta que dije «basta ya».
Tenía que convencerlo que fuera a un médico. Podía hacerle ver que tenía que mirarse y lo conseguí, porque era tan cabezota como papá. Él me miraba con buenos ojos, a pesar que era un cero a la izquierda para su esposa.
,








