Capítulo 1
Amelia Hudson
Respiré hondo antes de tocar la puerta de aquel lugar al que todo el mundo le daba miedo entrar; la oficina del director.
A los pocos segundos escuché como me invitaban a pasar, por lo que guardando mis nervios en lo más profundo de mi ser, tomé el pomo de la puerta con mi mano libre y lo giré lentamente hasta que el mismo cedió y la misma se abrió.
Miré con atención al director de la universidad donde estudiaba, el mismo se encontraba sentado en su escritorio con la mirada fija en la pantalla de su computadora y con unos lentes que le quedaban divinos.
Era algo joven para ser director, pero no lo suficiente como para ser considerado un adolescente.
Debía de tener al menos unos treinta y tantos, casi cuarenta. Pero conservaba muy bien su físico, pues era demasiado apuesto y a simple vista no parecía ser alguien viejo.
Ignorando mis pensamientos, cerré la puerta detrás de mí con delicadeza y decidí quedarme allí de pie, era primera vez que entraba a aquel lugar y la verdad era que sentía demasiado miedo sobre su reacción al decirle el motivo de mi visita a su despacho, pues en los pasillos se escuchan cosas de él y no precisamente buenas.
Tenía fama de ser un poco malhumorado y de ser más estricto que en un colegio de monjas, por lo que a ninguno de mis compañeros de clase les interesó acompañarme a su despacho, dijeron que preferían repetir el curso antes que tener que verle la cara o estar cerca de él.
—Buenas tardes, director, ¿Puedo hablar con usted? —le pregunté amable y con voz temblorosa a causa de los nervios.
Él, como lo temía, me ignoró por completo y no me respondió absolutamente nada. Siguió tecleando en su computadora con la mirada fija en la pantalla y actuó como si no estuviera allí.
¡Bendita la hora en la que decidí venir, nojoda!
Miré todo con atención intentando ignorar que no me estaba prestando atención, pues pasaban los minutos y por nada del mundo decía nada. Quizá no me había escuchado o, tal vez sí, pero estaba terminando de hacer equis cosa en su computadora y ya me respondería.
Quería creer que era así.
Con mi mano derecha, sostuve la pequeña cajita donde traía el postre que le obsequiaría para que pudiera probarlo y, si corría con suerte, pudiera comprarme en un futuro no muy lejano.
Para poder sobrevivir, ayudar a mis papás con la carga de la casa y mis estudios, había decidido vender postres de todo tipo en la universidad y, gracias al cielo, mis compañeros siempre me compraban.
Gracias a ello podía pagar ciertos gastos como pasaje, deudas, impresiones, comida en la universidad y más.
No era la gran cosa, pero me servía para poder sobrevivir y no tener que depender completamente de mis padres, quienes trabajaban de sol a sol para poder sacarnos adelante a mis hermanos y a mí.
Salí de mis pensamientos cuando noté como luego de unos segundos en completo silencio, levantó la mirada del computador, se quitó los lentes, los dejó encima de la mesa, me miró de arriba a abajo con curiosidad y prácticamente me desnudó con la mirada.
Oh
Por
Dios
Sí así es el cielo, llévame señor.
Su mirada era demasiado intensa y logró despertar emociones en mí que no sabía que tenía, como por ejemplo, despertó a los dinosaurios bailarines de mi estómago.
Carraspeó devolviéndome nuevamente a la realidad y allí comprendí que me había quedado en silencio por un lapso de tiempo que espero no haya sido demasiado, de lo contrario, de seguro había pasado pena.
—Buenas tardes, ¿Qué se le ofrece? —preguntó con voz ronca y juro que sentí como mi centro se mojó solo al escucharlo.
Nerviosa y sin saber qué carajos hacer, pasé mi mano libre por encima de la falda que tenía, en un vano intento de alisarla o, quitarle las pelusas imaginarias.
—Vine a traerle un obsequio para usted mío de mí —dije rápidamente y al escucharme quise pegarme una bofetada por idiota.
¡Coño de la madre!
Sólo a mí me pasan ese tipo de cosas y, como guinda de la torta, frente al director.
—Es usted venezolana, ¿No?
Asentí.
—Creo que estudió muy poco el idioma Ruso, pues le faltó estudiar la conjugación de las oraciones.
Hola, Dios, soy yo de nuevo.
—Mi segunda lengua es el ruso, lo que pasa es que... —mi respuesta quedo a medias, pues me interrumpió.
—No lo parece, ya que segundos antes conjugó muy mal una frase en mi idioma natal, señorita Hudson —soltó con voz dura y, aunque quise morirme de la vergüenza, un detalle en particular llamó mi atención y me hizo olvidar la pena por unos segundos.
—¿Cómo sabe mi apellido? —pregunté confundida al escucharlo decir mi apellido con tanta familiaridad.
—¿Se le olvida que soy el director del instituto y, que por ende, me sé uno y cada uno de los pasos de los alumnos que aquí estudian?
Negué muerta de la vergüenza porque tenía sentido lo que decía.
Era el director y obviamente se sabía hasta mi fecha de nacimiento, pues todos nuestros papeles importantes se encontraban en su oficina.
Es que definitivamente si yo no era idiota, iba en camino.
—Pensé que sí, pues nuevamente hizo una pregunta algo incoherente.
Bajé la mirada ante sus palabras y decidí dar por terminada aquella absurda visita, no tenía caso seguir intentándolo si el tipo parecía ser un ogro que no soportaba a cualquier persona que estuviera cerca de él.
—Le pido disculpas si vine a molestarlo, director, creo que mi visita ha sido un completo error —dije dando pequeños pasos hacia atrás.
Él, para mí sorpresa, me miró fijamente antes de levantarse de su asiento y caminar con pasos rápidos hasta donde me encontraba.
—¿Y qué fue lo que vino a hacer a mi despacho, señorita Hudson?
—Y-yo... -comencé a tartamudear al notar como caminaba y cada vez más se acercaba a mí, con pasos determinados y sin despegar su mirada de mis ojos.
Al notar como cada vez se acercaba más y no le importaba la poca distancia que iba quedando entre nosotros, puse mi cerebro a trabajar e inmediatamente me acordé que ya le había mencionado el motivo de mi visita anteriormente, solo que lo dije mal.
—Ya se lo había dicho antes, le traje esto -le ofrecí la pequeña cajita y él, para mí mala suerte, solo la miró y me dejó allí con las manos extendidas.
Pero, se siguió acercando cada vez más a mí, tanto que ya casi ni quedaba espacio entre ambos.
—¿Y a qué se debe este obsequio? —interrogó poniéndome aún más nerviosa.
—Yo vendo postres acá en la universidad y bueno, le traje ese como regalo para que pudiera probarlo y, si le gusta, pueda comprarme en un futuro no muy lejano —dije todo casi en automático y justo como me lo había aprendido, pues sabía que él me haría esa pregunta.
No había tenido la oportunidad de mediar ni una sola palabra con él hasta ahora, pero imaginé que esa sería una pregunta que formularia en cualquier momento.
—¿Y por qué a mí? —preguntó nuevamente y me quedé en blanco y sin saber qué carajos responder.
—Porque tú eres el director e imaginé que tal vez te podría gustar mis postres —dije en automático y agradecí en silencio que mi cerebro y boca no fallaran en ese momento, pues si llegaba a tartamudear nuevamente frente a él, me tiraría por la ventana de su despacho, eso era seguro.
—¿Me está tuteando, señorita Hudson?
Y ahí fui consciente de mi garrafal error.
Dios mío guárdame y no te acuerdes dónde.
—Perdone, no quería hacerlo, de verdad —me disculpé rápidamente al notar como su mirada se tornaba oscura y reflejaba lo que sentía en ese momento; furia.
—Me temo que tendrás que ser castigada, Amelia —saboreó mi nombre en sus labios y me sorprendí al notar como me estaba tuteando también luego de regañarme por hacerlo con él.
Tomó mis muñecas entre sus manos y las apretó suavemente.
«Necesito que me aprietes así, pero el cuello»
Pensé y me regañé mentalmente al ser consciente de mis pecaminosos deseos.
Tenerlo de cerca me permitió verlo más a detalle y la verdad es que no tenía anda que envidiarle a ningún otro muchacho de mi edad, pues a pesar de sus años y demás, estaba como para darle y no precisamente consejos.
A los pocos segundos y, para mí mala suerte, soltó mis manos, tomó la pequeña cajita, caminó hasta el escritorio y la dejó allí.
Luego, se volteó y vino nuevamente hasta donde me encontraba, me acorraló entre sus brazos y pegó su cara un poco más a la mía, casi sin dejar espacio alguno.
Chocó su pelvis con la mía y tomó mi quijada entre sus manos, obligándome a mirarlo a los ojos.
Y así lo hice porque los mismos eran hipnotizantes, sin mencionar que los nervios no me permitían actuar como era debido.
Sabía que eso estaba mal, que debía alejarme y salir de su despacho sin mirar atrás, pues ese tipo de acercamientos entre él y yo no debían ser.
Él era el director de la universidad y yo una alumna.
Pero en el momento eso fue algo que me importó muy poco, pues lo que sentí cuando mordió mi cuello con delicadeza fue algo de otro nivel.
Dios mío.
Gemí bajito al sentir como chupaba y mordisqueaba mi cuello sin parar, él sabía lo que estaba haciendo y las sensaciones que generaba en mí, pues soltó mi rostro y tomó mis caderas entre sus manos para hundir sus dedos en mi piel con algo de fuerza, sin llegar a hacerme daño y al instante sentí su erección en mi vientre bajo.
Mi mente me gritaba que debía pedirle que parara, pero mi lado menos racional me pedía que continuara con lo que él había comenzado. Sabía que estaba mal, pero me gustaba, me gustaba demasiado.
Intenté alejarme de él un poco al recuperar la cordura durante un instante, pero en respuesta solo apretó más su agarre en mí y mordió mi cuello con más fuerza.
—Las niñas que se portan así de mal como tú, deben ser castigadas y, de aquí no te vas hasta que recibas unas cuantas nalgadas por faltarme el respeto, querida Amelia.
—E-esto está mal, por favor detente y déjame ir —le pedí en medio de un susurro ahogado aún sin querer que lo hiciera, pues me estaba gustando demasiado como me hacía sentir y solo con ligeros toques.
Ignoró mis palabras y llevó sus manos hasta mi centro ya mojado, hizo a un lado mi ropa interior y comenzó a jugar con sus dedos ahí abajo. Yo gemí bajito al sentir como mi centro se contraía al sentir su toque y sin más hundió sus dedos en mí.
Ahogué un gemido y cuando le iba a pedir que se detuviera, unos golpes en la puerta me hicieron volver a la realidad.
¿Qué estaba haciendo?
Intenté separame de él lentamente y que sacara su mano de ahí abajo, pero él solo me apretó más contra sí y llevó su boca hasta mi oído.
—Te dejaré ir, pero quedamos con algo pendiente. No se me olvida que aún no te he castigado como debería, este es solo el principio, Amelia.
Sacó sus dedos de mi centro, se los llevó a la boca, los chupó aún sin dejar de mirarme y se separó de mí dando la autorización para que quien sea que estuviera tocando la puerta, pasará.
Y así fue, pues a los pocos segundos entró un compañero de clases que, al verme, me sonrió inocente de toda la situación.
Intenté disimular y me despedí de ambos, agradeciéndole al director por su amabilidad y salí como alma que llevaba el diablo de aquel despacho.
Sí así era el principio no me quería imaginar lo demás.