Preludio
—Venga ya, la vida sigue Becca —dijo, con esa sonrisa resplandeciente que le dibujaba unas líneas en las mejillas demasiado atractivas—. Tú y yo no íbamos a estar juntos por siempre, qué más da, incluso es mejor —continuó, con ese tono engreído que a veces usaba para dirigirse a mi—. ¿O tú si lo creías?
Mi madre se había encargado de convertirme en alguien fuerte, al menos en apariencia podía fingir ser la persona más fría e inalcanzable posible, mentir con lo que era y sentía me había sido inculcado y aunque odiaba serlo, podía. Podía fingir. Lo bastante bien para que nadie supiera cuánto odiaba hacerlo, pero dadas las circunstancias, dibujé una sonrisa sardónica al encararlo.
—Me causarás un montón de problemas con mi familia —señalé usando un tono despreocupado—. Espero que seas tú quien les informes que no vamos a continuar esta relación —expliqué con una mueca y tomé el vaso de agua con tranquilidad—. Y haz el enorme favor de señalar que es porque no quieres continuar con esto, en buenos términos, odio el drama.
Le di un sorbo al agua y de reojo capté su mirada, sus ojos verdes fijos en los míos como si hubiese esperado algún otro tipo de reacción. El enorme diamante brillando en el anular de mi mano sobre la mesa.
—Claro, claro que si —volvió a sonreír y acercó su mano para tomarme de la mano—. Estamos bien ¿no?
No.
—Seguro —le sonreí y aparté la mano con sutileza—. Pero si eso es todo lo que íbamos a hablar, disculpa si me retiro, —dije alcanzando mi bolso—. Comprenderás que debo prepararme para hablar con mi familia de esto una vez lo hagas publico.
Me puse de pie rogando al universo que no me flaquearan las piernas cuando usaba tacones tan altos y él me imitó, porque él era un galán de primera y de buena educación.
—¿No te quedas a almorzar? —preguntó y la sorpresa en su voz no era fingida.
—No, pero tomate un café a mi salud —dije y di un paso atrás cuando se adelantaba para abrazarme—. Harás lo que te pedí ¿cierto?
Sus ojos me estudiaron, buscaron una fisura, una pequeña muesca en mi mascara para poder quebrar los pedazos y quebrarme a mi. Alcé el mentón desafiante.
—Ya que no te quedas, mejor iré de una vez con mi familia —asintió—. Pero oye, ¿estamos bien? Dime que si Becca, antes que nada...
Se calló, lo hizo cuando enarqué una ceja retándolo a terminar esa pequeña frase de antes que nada tu y yo somos amigos, porque ya no lo éramos.
Y no habíamos estado bien desde mucho tiempo antes, pero se nos daba bien pretender, intentar, fingir, obviar, porque había cosas entre ambos que fluían, que nos habían hecho quedarnos juntos incluso cuando no debió ser así.
—Adivínalo—sonreí de forma espléndida—. Cuídate, Franco.
Era buena mentirosa social, con la clase de mentora que había tenido por supuesto que lo era, pero aún así, el tiempo que demoré en llegar al auto y manejar hasta la casa de mi mejor amiga, me pareció eterno, me sudaban las manos y las náuseas seguramente ya me habían palidecido. Y no es que me doliera dejarlo, o que me hubiera dejado, era lo que había detrás. Lo que yo le había dado a él de mi, lo que había dejado también y lo que aún no lograba perdonarme y que ahora...
—¡Pero si es mi mejor amiga! —Lexy me saludó desde el balcón, vestida con una de esas batitas de seda con estampados que le gustaban y una copa de champagne en la mano—. ¡Ven aquí reina!
No hablé, tenía miedo de hacerlo y romperme, por ende corrí a la entrada y abrí con mi llave sin poner mucha atención. Había música y seguramente la pareja de turno estaba por ahí, pero ella era bastante terminante con su privacidad y nadie nunca hablaría de alguna indiscreción sucedida detrás de sus puertas, por eso al cerrar la puerta tras de mi cedí, las rodillas se me doblaron, me dejé caer en el pasillo y pude llorar al fin.
—¿Qué pasa? Por Dios Becca, háblame —oí minutos más tarde, y digo minutos porque aunque fui consciente de su presencia, mi llanto no me había permitido oírle hasta ese momento—. ¿Te lastimaron? ¿Vamos al médico? ¿Qué pasa?
Me aferré a ella y medio susurré lo que había pasado, dejé que me consolara en el piso de su recibidor y lloré por lo que me parecieron horas y contrario a lo que creas, no lloraba por él. Lloraba por mi. Por lo que había perdido y dejado ir por él, indirectamente.
Aunque más lloraba por la horrible sensación de carecer del control, de estar aferrada a expectativas, tradiciones, convenios y hasta opiniones que favorecían a terceros.
Mi vida había sido un trámite, como hija de buena familia, como heredera de un buen nombre desde la adolescencia había aprendido a hacer las cosas bien, a tener los amigos correctos y hacer lo que se esperaba de mi. Solo la casualidad y la buena fortuna me habían permitido encontrar a Lexy en ese camino. Pero además de ella, nada en mi vida era mío o era real. Desde el trabajo en la empresa familiar, hasta las amistades que veía en mi club de tenis, incluyendo a los parientes con quienes celebraba mis cumpleaños y salía en las portadas de sociales.
—Lex, yo... tú sabes lo que hice —murmuré contra su pecho—. Dios mío, apenas estoy haciéndome a la idea de que fue lo correcto y él...
—Becca, no, no puedes culparte —me dijo, y era firme aunque amable—. Mira que fue lo mejor ¿si? Y si él se fue, bueno: mejor sola que mal acompañada.
—¡No es él quien me duele! soy yo y...
—No, no más Becca —volvió a reñirme, tomó mi rostro con sus manos y me obligó a mirarla—. Lo hemos hablado, fue lo mejor, para los tres, lo analizamos antes y millones de veces después y concluimos en eso.
Lo sabía, pero yo tenía pesadillas, yo tenía síntomas falsos, yo tenía dolor, yo tenía culpa. Yo continuaba mi vida como si todo estuviera bien cuando algo había quebrado dentro de mi a pesar de los meses pasados.
—A mi me duele —insistí, sentada en el suelo—. Te lo juro, y no porque me arrepienta es porque me duele —me apreté el estómago—. Y es que que todo fue tan malditamente calculado en mi vida que incluso eso era demasiado ¡un escándalo!
—Oye, yo sé que duele pero ya no hay nada que hacer, solo ponerse de pie y tú linda, tienes muchísimo que acomodar —me empujó con suavidad y estudió mi rostro—. Si te ven así, pensarán que es por él y sabes que tú madre y tú abuela...
—¡No es por él!
—Eh, tranquila —Lexy se puso de pie y me llevó consigo, el chico con el que salía se asomó por el pasillo—. Cariño, llama a Uma, dile que necesito urgente que venga a hacernos un tratamiento a domicilio, ella tiene que llegar a la cena presentable ¿entiendes?
El chico asintió y a mi ella me arrastró hasta la habitación que usaba en mis visitas.
—Mira Becca, podemos sanar esto, pero a menos que quieras decírselo a tu familia esta noche es mejor que dejes de llorar y adoptes la postura de perra dueña del mundo para seguir adelante —apostilló y me sentó en la cama—. Sé de una excelente terapeuta que tiene un tipo de especialidad en ese tema, podríamos hablarle.
—Para que deje de sentir culpa —ironicé.
—Si, porque te sientes culpable pero en el fondo sabes que de haber seguido adelante las cosas habrían ido muy mal —me riñó—. Y por Dios Becca, no puedes seguir así, perderás el control.
—Yo sé —suspiré porque más de una vez habíamos hablado del tema, solo que Lexy no era yo y no nos dolían las cosas del mismo modo—. Anunciar el rompimiento es lo de menos, —murmuré sacando los pies de las zapatillas—. Podría decirse que eso está solucionado, cumplirá su palabra y mi madre antes de lo que te imagines empezará a llevarme a todas las reuniones sociales que vea para hacerme la esposa florero de alguien —admití con un tono frío—. No me duele eso, porque estoy tan harta que sé no se lo permitiré, lo que me duele es que para darme cuenta cuán incorrecto era eso, perdí algo que habría conservado si hubiese podido —admití, presionando una mano en mi estómago.
Lexy se sentó junto a mi y me abrazó por los hombros.
—Sé que algún día, esto será solo un mal recuerdo, para entonces estarás bien y sabrás que lo que hiciste, tenía que ser así —me consoló.
—Duele muchísimo —reconocí—. Lo peor es que dadas mis circunstancias, sé fue la mejor decisión, pero Lex —apreté los puños—. ¿No lo entiendes? Si yo hubiese estado bien, si yo hubiese tenido las riendas de mi vida, habría...
—Deja de ver lo que podría haber sido si hubieses tenido o podido ofrecer algo —me detuvo tomando mis manos—. No pudiste, cariño primero tienes que salvarte tu. Mírate nada más.
Salvarme yo.
Era un eufemismo, una broma del destino, un atroz recordatorio de que parecía libre y feliz pero no lo era y deseaba con mi alma serlo, porque en otra vida, en otro momento, habría logrado hacer las cosas distintas y no cargar con remordimientos.
—Lo sé —dije al cabo de unos segundos, inhalé profundo y me limpié el rostro.
—Vas a ponerte de pie, vas a sanar todo esto, vas a hacer lo necesario para tomar las riendas de tu vida —aseguró—: vas a estar bien.
—¿Cuándo? —quise saber—. Odio fingir que estoy bien.
El chico de turno tocó la puerta y Uma se asomó tras de él.
—¡Mira esa cara! —gritó—. Largo niño, tengo que salvar a una reina.
—No sé cuándo, pero podrás —Lexy me sonrió—. Y si te caes en el camino, siempre me tendrás, no estás sola.
—Déjame verte, ¡cielos! Mira esos ojos —Uma tomó mi mentón—. Pero descuida, estoy aquí, y obraré un milagro.
—Déjala perfecta, tiene que decirle a su familia que está feliz por romper su compromiso —pidió Lexy y Uma sonrió—. Buscaré un vestido lindo.
—Ah, ¿al fin libres de ese? —Uma chasqueó la lengua—. Bien, no lloras por él ¿verdad?
—¿Tan malo sería?
Ella me dio una mirada de incredulidad y yo la seguí hasta la silla del tocador, meditando en cuando las cosas eran buenas, o lo parecían, o al menos en ese tiempo cuando las cosas iban mal y yo no lo sabía.
—Uma, haz hecho esto por mi, maquillarme y dejarme presentable para que nadie me vea hecha un lío desde que tengo quince años —dije, mirándola por el espejo.
La hermosa maquillista colocó su rostro junto al mío sobre el hombro y me sonrió desde el espejo.
—Dejarás que alguien vea tus fisuras y lo que eres detrás del maquillaje cuando estés lista —enunció con dulzura—. Si tu armadura para caminar con la frente en alto es un peinado perfecto y un delineado impecable, te daré eso, tú decidirás a quién mostrarte tal y como eres.
Le sonreí y dejé que trabajara en mi rostro, extendí la mano para tomar mi celular del tocador y marqué el número de mi madre.
—Mamá, esta noche iré a cenar —le avisé directamente—. Me encantaría hablar con ustedes.
Y mientras la oía responderme me prometí que de ese día en adelante, lucharía por dejar de fingir.
Lucharía por mi libertad.