Los Soldados de Evan

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Summary

Todos sabemos que el mundo guarda secretos en su profunda oscuridad. Cuando los descubres, te desprenden de la realidad; replanteándote sobre todo el tiempo que perdiste creyendo. Esto mismo le pasó a Chris. Un chico que creyó que vivir una vida alejada en la creencia en algo poderoso lo salvaría de la locura. Por supuesto que su plan no resultó. La oscuridad lo tomó y le abrió los ojos. Los dioses existen, los monstruos existen, y los peligros constantes hacia el mundo, también existen. Algo más existe... Soldados mortales con capacidades especiales. Una de ellas es el poder de destruir a un dios. ¿Quieres descubrir cómo? Sigue leyendo. «¿En serio crees que un dios puede contra su propia creación, hecha para acabarlo? Tal vez se lo deberías preguntar a quien decidió crear a la raza humana». [Vieja versión. Contiene errores y fallos.]

Status
Ongoing
Chapters
28
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
16+

La maldición de la escuela me persigue

Después


Mi historia. ¡Vaya!, mi historia. Jamás pensé que haría esto. Jamás pensé que me tendría que sentar aquí y explicarles toda esta locura. ¡Es una locura total!

Bien, supongo que tendré que empezar por el principio, naturalmente.

¿Quién soy ahora? Al parecer, soy un Soldatul etern (Soldado Eterno).

¿Qué significa? Que sirvo a un Dios.

Soy un Soldatul Etern al Zeilor (El Soldado Eterno de los Dioses). Me entrenan para proteger y para matar a cualquiera. Incluso, sí, a otro Dios.

¿Mi historia? Nada diferente a otra historia que hayan escuchado antes.

Al parecer, uno de mis familiares me ofreció como ofrenda a un Dios. Y, antes de que el día viniera, antes de que aquel dios me reclamara, pues ya saben: mi vida era como de cualquier adolescente normal. Lo más normal que pudo ser, claro.


Antes

Desde niño tenía mis cinco sentidos muy presentes. Tal vez más que otros. Podía ver cosas... diferentes. Cosas extrañas. Mi madre me elogiaba por ello. Decía que mi imaginación era enorme y hermosa. Aunque, las cosas que “imaginaba” no eran hermosas en absoluto. Ahora entiendo por qué.

Mi vista siempre fue capaz de localizar hasta los objetos más escondidos o más pequeños. Mi sentido del olfato era casi como el de un animal: Capaz de percibir aromas más... fuertes, digamos.

Y mi audición no se quedaba atrás. Y sí, sí, ya lo sé. Cualquiera pensaría que podría tener el sentido arácnido. Hasta ahora, a veces creo que realmente podría ser el siguiente Spider-Man, pero, supongo que antes de poder hacerlo oficial, ya tendría una demanda por Copyright.

Lo siento, divago mucho. Eso sí es una maldición.

En la mitad de mi vida como estudiante fue realmente buena. En la Secundaria La Cumbre de Oro (no haré comentarios acerca del nombre. Jamás terminaría si lo hago) fui algo popular gracias al ser parte del equipo de basketball... y tener una novia porrista y millonaria. Desgraciadamente, no duré más de dos años. La Cumbre de Oro ahora es: Los Escombros de Oro. La maldita Secundaria se vino abajo de repente.

Nadie supo qué paso. No hubo ni terremoto ni temblor, simplemente, a la mañana siguiente, todo estaba hecho polvo.

Tuve que terminar la secundaria en la Escuela Bendita (No, tampoco discutiré el nombre). Y tal vez te preguntarás: ¿Qué paso con mi novia? No sabría decirlo. Ella me cambió por la nueva estrella de fútbol americano de su nueva escuela.

En mi nueva secundaria, donde su patio es un pequeño piso de tierra y alambres (A saber de dónde son aquellos alambres), el único equipo era el de quemados. Y, según mis experiencias, podría decir que eran más unos bárbaros que unos jugadores. Uno de los equipos estaba conformado por los típicos bully de las escuelas: un grupo de grandotes, robustos y fortachones chicos de 17 a 21 años.

Sí, 21. Algunos de ellos tenían rocas en vez de cerebro. Tampoco es que yo fuese el mejor de la clase, pero, qué va, era mejor que ellos.

Al menos eso creía. Claro, no era tan cierto.

Mi primer y horripilante día de clases en la Escuela Bendita empezó con unos chicos advirtiéndome de que no me metiera con nadie.

Estaba en la entrada del salón, observando a la mayoría de mis nuevos compañeros. Había un grupo de chicos con sus pupitres en círculo y hablaban con muchas expresiones, había otro grupo solo de chicas, otro de chicos y chicas, y, al lado de este, un grupo de chicos y chicas que parecían capaces de romperme el cuello.

Fruncí el ceño al verlos.

De repente, alguien se acercó a mi lado, y me dijo:

—Si quieres vivir... no te meterás con nadie de ese grupo. Ellos podrían... romperte en diferentes maneras —susurró en mi oído una chica.

—¿Qué? —Brinqué de un susto al ver a Karyn. Ya antes nos habíamos presentado cuando mi mamá me inscribió en aquella cárcel denominada escuela.

Karyn estaba tan tierna con su suéter azul claro más grande que ella, un vestido blanco con estampado de flores amarillas y unos tenis también blancos. Su cabello negro lo tenía juntado con un moño color rosa claro. Sin embargo, sus ojos eran los que más resaltaban; eran grandes, en forma de almendra y color avellana. Se veían marrón claro cerca de la pupila y más verdes en el iris.

Esa chica de verdad que era muy hermosa, pero, con esa forma de vestimenta y sus dulces susurros de advertencia, yo solo podía verla como una hermanita menor. Esa clase de hermanita que despierta en ti tu instinto protector: el querer protegerla del mundo entero. Eres hasta capaz de declararle la guerra a la persona que se atreva a hacerle daño a aquella pequeña bolita de dulzura.

—Que no te metas con la pandilla de Brett. Ellos podrían hacerte... cosas malas. Muy malas —terminó de advertirme Jake al otro lado mío. Esos dos si que eran muy escurridizos y silenciosos.

Jake era el gemelo mellizo de Karyn. Sí. Gemelos y mellizos. Jamás había visto un par de gemelos mellizos, y menos conformado por un chico y una chica. Llámame raro si quieres. Eran tan parecidos que daba miedo.

A Jake lo había conocido el mismo día que a Karyn, pero con él fue en los baños de la secundaria. Y, bueno, como puedes notar, ese par de hermanos es capaz de pegarte unos buenos sustos. Digamos que ese día que conocí a Jake tuve que cambiarme de pantalón.

Ahora, Jake iba vestido con un pantalón negro, una camisa blanca con estampado de flores amarillas —sí, cómo no— y un suéter..., ya lo podrás imaginar, azul claro.

Aunque su cabello negro, a diferencia de su hermana, tenía unos destellos plateados. Estuve tentado a preguntarle sobre qué rayos tenía en el pelo, y cómo podía conseguir unos para mí.

—¿Por qué les temen tanto? ¿No hay algún oficial o alguna autoridad a la que recurrir? —pregunté.

—No. El último se marcho pidiendo a gritos unos días de vacaciones —respondió Karyn.

Los mellizos bajaron la cabeza en señal de tristeza o decepción, era difícil saberlo, y se fueron a sentar en sus pupitres. Mientras pasaban, pude notar como ninguno de los dos era capaz de ver a los ojos a alguno de aquellos romper cuellos de los que me habían advertido.

En mi antigua secundaria no habían muchos bravucones. En realidad, era casi todo pacífico. Sí, quizás digas que tal vez nadie me hacia nada por ser parte del equipo de basketball, pero, créeme, no siempre lo fui, y cuando no lo era, casi nadie me molestaba. Y si en algún momento lo hacían el director siempre ayudaba.

«Son chicos que necesitan atención y que tienen problemas en su vida —me dijo un día el director—. Solo necesitan que alguien los escuche y guíe. Para eso estoy aquí. No te preocupes, Chris.»

No sé cómo el director Martínez tenia tanta fe y paciencia hacia otros. Yo apenas, y con mucha dificultad, podía explicar sobre algún tema en concreto y no desesperarme o gritar de frustración por las preguntas que hacían, o en repetir una y otra vez lo que ya había dicho.

Supuse que en esa escuela no había ningún director Martínez al que acudir. Tendría que ser yo mismo el director Martínez.

Spoiler: No funcionó.

A una semana de estar en clases, uno de los bravucones pensó que mis ojos eran demasiado azules y felices y quería quitarles ese brillo. No me gustó cuando me dijo eso. Para nada.

Los siguientes meses no fueron mejores. Mis únicos amigos eran los gemelos y otros tres chicos: Collins, un chico robusto pero muy tierno; Hirman, un chico con problemas de déficit de atención; y Cassie, una chica con trastorno de ansiedad, pero con lindo pelo. De verdad, siempre le brillaba el pelo, incluso en la oscuridad. ¿Cómo lo hacía? No lo sabía, pero era impresionante.

Eran chicos geniales, a pesar de sus problemas. Cuando era hora del recreo siempre podíamos juntarnos y contarnos nuestros problemas y reírnos de ellos.

Pero, como te lo imaginarás, éramos los “marginados”. Los únicos con problemas en una escuela llena de gente “normal”.

Tal vez yo no tenia problemas tan grandes como los de Hirman, pero ya sabes, el juntarme con ellos daba a entender que también tenia problemas. Sin mencionar que era uno de los pocos que era capaz de enfrentarse a aquellos bárbaros y salir haciendo aún más el ridículo. Hasta mi madre tuvo que ir varias veces a dar la cara por mí a la oficina del director. Gracias a ella no me expulsaron creyendo que era yo el verdadero bravucón.

Era la primera vez que me juntaba con personas como los gemelos, Collins, Hirman y Cassie. Simplemente, era una maravilla. No sabría cómo describirlo. Era un ambiente muy alegre. Y debo de decir que aprendí mucho con ese pequeño grupo. Fue un cambio increíble el que ellos lograron conmigo y mi percepción hacia las cosas y personas.

Sin importar cuánto nos amenazaran y golpearan, siempre nos teníamos a nosotros seis. Así que, estaba bien.

Nadie lograría destruirme por completo si tenia a mis amigos a un lado mío para hacerme sentir mejor.