1: ALCOHOL
La punta de mi lengua acaricia mi labio superior y sonrío, porque sé que el interior de mi boca aún no sangra. La noche está comenzando bien.
Con una sonrisa y los ojos cerrados me deslizo entre la multitud, aquí es mucho más importante sentir las cosas que verlas. Tan solo mi segunda, quizás tercera noche aquí, pero ya amo el lugar.
Mis poros absorben la música que me rodea, que se escucha como un eco ahogado por los movimientos de más personas de las que debería haber en un espacio tan reducido. Estoy empapada, no solo por la lluvia que recuerdo con vaguedad, sino por la cantidad indecente de sustancias que jamás debieron haber tocado mi cuerpo.
¿Mi trago siempre fue de este color?
𝕄𝕚𝕤 𝕕𝕚𝕖𝕟𝕥𝕖𝕤 𝕙𝕠𝕣𝕞𝕚𝕘𝕦𝕖𝕒𝕟, así que sonrío, porque esa siempre es la mejor manera de rascarlos. Alguien ríe y lo imito, aunque me sienta como un espejo sin control sobre mis propias acciones.
La letra de la canción que amenaza con reventarme los tímpanos no importa tanto como la monotonía del tono. El tic tac hipnótico con el que las palabras se repiten, una tras la otra, hacen que entre en trance. Y mis labios se mueven como si supiera lo que estoy haciendo, soy una más entre el montón de cuerpos y de pronto siento que pertenezco.
Me hace falta solo un poco más de combustible y lo busco con desesperación, mis labios secos me lo imploran. Unas cuantas gotas para terminar de vaciar mi cerebro y que mis caderas terminen por soltarse. Mi lengua viaja hasta afuera de mis labios y prueba el aire frente a mí, sabe a jugo de piña con algodón de azúcar.
Larga vida a los cigarrillos electrónicos por hacer que incluso algo tan insípido como el aire sea divertido en sitios como este.
Poco a poco.
Por fin mi mente comienza a nublarse y los recuerdos de cómo llegué a este lugar se desvanecen segundo a segundo. La lluvia hace una aparición fugaz antes de perderse para siempre, un moretón en mi rodilla trata de decirme algo que no logro entender, el sabor salado de algo que no existe ya.
¿Lágrimas?
Un grito suena y como si fuera lo que estaba esperando, comienzo a rebotar entre los hombros y codos que me rodean. Voy de un lado a otro, sin control alguno de a dónde me está llevando el movimiento. Dejo todas mis preocupaciones ir, porque no estoy aquí para recordar; la gracia es poder escaparme.
Es lo único que todos tenemos en común, lo sabemos aunque no tengamos consciencia de quiénes somos en realidad. En este instante no soy nada más que una chaqueta amarrada en la cintura, pies pisados y el interesante sujeto que tengo sacudiéndose el sudor frente a mí.
Salado.
¿Como qué?
Quizás, si lo olvidé, es porque nunca fue importante.
Una mano se abre paso por entre los cuerpos apilados, sostiene una jeringa con un líquido azul eléctrico que me llama, brilla al compás de los cuerpos que me rodean. La chica, más piel que ropa, me toma del mentón y yo abro la boca con obediencia. Saco la lengua mientras me aseguro de beber el veneno que me ofrece, e intento detallarla pero parece casi parte del mobiliario. Cuando la jeringa termina de vaciarse puedo jurar que ha desaparecido, succionada por una de las paredes del club.
Mi lengua ahora sabe a uva y siento una desesperación descontrolada por dejárselo saber al tipo sudoroso.
Tomo su camisa blanca y lo halo hasta mí, apropiándome de la sensación de su piel chocando contra la mía. El líquido baila entre nuestras bocas y siento como sus uñas se clavan en mis caderas. Mi cuerpo se tensa, pero no estoy en condiciones de negarme, no ahora. Así que paso mi lengua por su paladar. Sabe a gloria, con colonia barata de por medio.
El ritmo se vuelve lento y sus manos viajan por mi espalda, bajo mi camisa. Estoy jadeando y cada vez que intento respirar él me besa con más violencia. Mi cabeza choca contra la pared de atrás y, al arquearme por la sorpresa, siento su entrepierna presionarse con la mía. Sus labios me sueltan por fin y en el segundo en el que intentan viajar hasta mi cuello, lo empujo con la fuerza que ya no me queda.
¿Por qué?
No deja de mirarme, sediento y desesperado, con un hilillo de saliva deslizándose por la comisura de sus labios. Intento detallar su rostro pero pareciera como si sus facciones cambiaran con cada movimiento que hace. Me agacho y logro deshacerme de su agarre, escabullándome por el laberinto de personas.
De pronto, tengo ganas de ir al baño.
Me escurro entre los cuerpos empapados, golpeándose entre sí de maneras poco discretas. Si subo la mirada puedo ver las cuatro paredes del local y sé que está lejos de ser grande, pero desplazarme de un extremo a otro se vuelve una odisea cuando tengo de sortear la cantidad de gente amontonada.
Paso cerca de la barra y sé que estoy cerca, cuando logro liberarme de la maraña en la que estaba atrapada sonrío al ver el cartel de neón indicando el baño.
Porque aquí existen carteles para todo, menos para la salida.
¿Cómo es que sé eso?
Corro hacia un cubículo, agradeciendo que no hay fila.
𝕄𝕖 𝕡𝕚𝕔𝕒 𝕖𝕝 𝕔𝕦𝕖𝕣𝕠 𝕔𝕒𝕓𝕖𝕝𝕝𝕦𝕕𝕠 y la sensación empeora con cada arcada. Mientras más me deshago de la cantidad de basura que le he metido a mi cuerpo, vuelvo a estar en sintonía con mi alrededor. El suelo del cubículo está pegajoso y me arrepiento de haberme arrodillado frente al retrete.
Puede ser el dolor en el pecho que me da cada vez que vomito, o que esté comenzando a poner los pies en la tierra, pero empiezo a llorar. Y cuando me doy cuenta, me odio por hacerlo. Entonces lloro con más intensidad.
No puede ser, me estoy arrepintiendo.
Tengo que asegurarme de reponer todo lo que acabo de botar.
La música, cada vez más lenta, empeora la situación. Y ya ni sé qué hora es. Entonces, en contra de todo lo que deseo, comienzo a recordar.
No es mi primera vez aquí, y siempre ocurre lo mismo. Mi teléfono desaparece, no existen los relojes y nunca puedo adivinar cuánto tiempo ha pasado en realidad. Jamás logro adivinar cuándo me iré y ni siquiera sé cómo salir de aquí.
Es el precio a pagar por volver mierda mi cuerpo y mi cerebro, y estoy dispuesta a hacerlo.
Logro reponerme y bajar la palanca con un pie mientras salgo del cubículo dando tumbos. Busco un espejo desesperada porque siento que mi rostro está 𝕕𝕖𝕣𝕣𝕚𝕥𝕚é𝕟𝕕𝕠𝕤𝕖 pero una pared con destellos neón se burla de mí. El agua de todos los grifos está corriendo y parece ser fosforescente, cuando empapo mi rostro con ella me doy cuenta de que sabe a cerezas. Otras personas entran y salen del baño, y yo me adhiero al grupo arrastrando los pies.
Las mujeres que se encargan de hacer guardia me miran sin ojos y yo me encojo de hombros. Sin dinero no hay propina. Quizás la próxima vez puedan encontrar un lugar que no sea de mala muerte para trabajar, o como mínimo limpiar un poco el pegoste del suelo que ahora adorna mis rodillas.
Suelto un grito apenas salgo y la ola de humedad me da una bofetada, pero yo salto porque adoro la canción que está sonando, aunque no recuerde el título. Alguien más sale junto a mí, siento su brazo rodeando mi cadera y comienza a cantar junto a mí. No importa que estemos obstruyendo el tráfico de gente desesperada por ir de un lado a otro.
Toma mi mano y me dejo llevar hasta una esquina apartada de la pista, con sofás iluminados por luces fluorescentes que no permiten que distingamos nada que no sean siluetas en colores sobresaturados.
Sus labios se sienten distintos a los otros, más suaves, jugosos. La punta de su lengua recorre los míos con calma y enredo las manos en su cabello. No siento ya la presión en mi pecho, es como si estuviera inhalando alguna droga de diseñador.
Escucho un quejido salir de mi garganta y termino de dejarme llevar por completo. Su aliento canta junto al mío y nos reímos en simultáneo. Se siente bien, en contraste con el desespero y poco tacto del tipo de antes. Parece que ha sido una década atrás, pero podría jurar que ocurrió esta misma noche.
Extiendo mi mano hasta la mesa junto al sofá y tomo el primer vaso que siento, bebo el contenido que sabe a leche agria y sus labios beben los restos que se han derramado por mi mentón hasta mis clavículas. Sentir su roce explorando mi pecho ayuda a que vuelva a perder el control de mis acciones. Dejo caer mi cabeza hacia atrás y sus manos atajan mi cintura, de pronto estoy recostada sobre el sofá y no necesito abrir los ojos para saber lo que está ocurriendo.
Es dulce, pero no empalagoso.
Y quiero más, mucho más. Yo también dejo que mis manos recorran su cuerpo y se deslicen en el espacio minúsculo entre la tela y su piel. Sus jadeos me nublan los sentidos y halo su cabello como si fuera a arrancárselo. No puedo hablar, no puedo pensar. En este instante son solo nuestros instintos primitivos lo que están actuando.
Estoy temblando y me aferro más a su cuerpo, no quiero que exista espacio alguno entre los nuestros. Pero cada vez tengo menos fuerzas.
Su sudor sabe a terciopelo y cada vez que respira puedo sentir que vuelvo a nacer. Solo el pensamiento de que necesito que descubra lo más íntimo de mi ser, que me desnude, que me exponga tal como soy. Sin vergüenza, sin preocupaciones.
Solo quiero estar a su merced para siempre y que este momento jamás se acabe.
Pero me voy, estoy yéndome de nuevo, me pierdo.
𝕄𝕖 𝕕𝕖𝕤𝕧𝕒𝕟𝕖𝕫𝕔𝕠
Pero no, no estoy lista, ¡no aún!
Sus manos ahora son las que se aferran a mí, en lo que parece un intento por mantenerme allí. Se cuelan entre el borde de mi pantalón y mi piel.
—Un poco más, solo un poco más —susurra, mordiendo mi oreja, con voz quebrada.
Y yo gimo entre extasiada y desesperada. También necesito más, más, ¡más!
Está llorando.
Estamos llorando.
Y sé que se acabará, y lo olvidaré.
Y quizás lo sabe también.
En esos últimos segundos de lucidez estoy segura de que solo recordaré las luces de neón y el laberinto de cuerpos en el que estaba atrapada, con más extremidades de las que debería haber.
No quiero irme. Me niego a hacerlo.
El último recuerdo llega a mi cabeza, como burlándose de mí. La certeza de que esas manos han viajado por mi cuerpo antes, que esto ha ocurrido más de una vez.
El destino está jugándome una broma pesada, torturándome. Las partes de mí que se desvanecieron en alguna de las otras tantas noches se resquebrajan sobre mi conciencia, como un rompecabezas donde ninguna pieza termina de encajar.
Acaricio su piel como si fuera la última e intento agarrarme de cada una de sus esquinas, de sus más intrincados recovecos. La sensación es cálida y placentera, pero poco a poco se desaparece. Intento concentrarme en lo bien que se siente el movimiento que está haciendo con sus dedos en mi interior, en su aliento sobre mí.
Pero me voy una vez más.
Y me odio por ello.
—Ven —intento susurrar, pero las palabras nunca salen de mi garganta.