Capítulo 1
Los pasillos del tren olían a humedad. Nox no estaba acostumbrado a estar en estancias como aquellas: pequeñas y angostas. Sobre su piel solo sintió sofoco; apremiado y abriéndose paso como el mismo fuego. Pronto el sudor empezó a calarle el traje.
Por desgracia, al joven se le intensificó el mareo por culpa del traqueteo del tren, y angustiado decidió dirigirse hacía las cabinas. Ahí esperaba encontrar la tranquilidad que necesitaba.
Agarró bien las asas de su equipaje de mano y renqueando se adentró en un pasillo que resultó ser tan angustioso como esperó. Estaba lleno de gente cuyas conversaciones le parecieron a Nox ser ruidosas, –molestas incluso – repletas de tonos demasiado estridentes y entusiastas. Serpenteó a los pasajeros y estudió con tiento cada una de las cámaras del tren. Las fue abriendo una a una, y viendo que estaban ocupadas, las descartó con rapidez.
Huía de la claustrofobia y del mareo.
Nox,— quien era consciente que de entrar en una estancia llena de gente solo conseguiría empeorar sus síntomas— se encontró picando con su bastón por todas y cada una de las puertas por las que pasaba, dando siempre dos toques con el.
—¡Está ocupado!— decían las voces desde el interior de los habitáculos, con la voz amortiguada porque se encontraban tras la puerta de un lugar que estaba se encontraba cerrado.
Tardó mas de lo que esperaba en dar con la habitación perfecta. En un momento dado no se creyó la ausencia de ocupantes, pero después, al dar con más fuerza con el bastón y no hallar respuesta, sonrió. Lo había conseguido. Ahí no había nadie, así que decidió entrar en la habitación del tren con ánimos renovados.
Se deslizó rápidamente tirándose por completo en un mullido sofá de tapicería granate y tuvo cuidado en no poner más peso de lo que correspondía en su aquejada rodilla. Apoyó su bastón preferido en el hueco de la pared contigua y se permitió respirar lentamente, – tal y como le había enseñado el médico que ofrecía sus servicios a la nobleza – y cerrando sus ojos dejó escapar la tensión con una exhalación lenta y comedida.
Sin embargo, una voz profunda y ronca le sacó de su ensimismamiento. Un hombre mayor, moreno y de semblante estoico, le preguntó, señalando al bastón:
—¿No eres demasiado joven para llevar eso?—escupió alguien de manera acusatoria.
Nox era consciente que los demás veían al objeto antes que a él; y sabía que las preguntas albergaban tras sí un escepticismo que no era para nada voluble. No querían aprender, de hecho lo que buscaban con esa clase de preguntas directas, —llenas de condescendencia y orgullo — era desestabilizarlo y hacerlo pequeño. Así que cuando respondió, lo hizo como merecía:
—¿Lo soy? La última vez que alguien me preguntó si era demasiado joven para algo, creo recordar que no llevaba mucha ropa... — suspiró el sarcasmo, se incorporó hacía adelante, y acabó diciendo mientras le guiñaba un ojo —. ¿No es usted demasiado mayor para no llevar ninguno, señor?
Y Nox encontró la reacción que esperaba. Aquel hombre se levantó resignado, mientras murmuraba:
—¿Quién se cree que es? — lo cierto era que ni él mismo sabía contestar a aquella pregunta, pues tenía demasiados matices. Y por supuesto, dependía a quién le preguntarás. Para el resto, Nox era un joven perteneciente a una de las familias más importantes de San Petersburgo. Tenía los suficientes recursos como para costearse cualquier cosa. Era un privilegiado y en ocasiones también un arrogante. El culpaba su comportamiento a la ostentosidad que lo había envuelto desde pequeño. Culto pero ajeno a la empatía. Y aunque otros hubieran escondido sus rasgos más vergonzosos, él los vestía como un traje de gala. Orgulloso, le volvió a guiñar un ojo, mientras el hombre abandonaba la habitación:
—Claro, que incluso podríamos compartir el bastón, ¿no cree?— dijo elevando la voz para que el desdichado caballero lo escuchase desde el pasillo.
Disfrutó de la soledad de la estancia. Y observó. El habitáculo era de color abroncerado. Donde destacaba una tapicería; que como ya había reparado antes, tenía tonos de granate apagado. Agarró el bastón y pasó el pulgar por la empuñadura acariciando con tranquilidad la madera de la que estaba confeccionado.
Le proporcionó la meditación que buscaba. Ya no tenía aquel incipiente mareo y sin duda estar a solas le proporcionó la tranquilidad que necesitaba. Miró por la ventana.
Aún faltaban horas para su encuentro con Lyza.
Lyza era un Vínculo. Una diplomática que establecía relaciones entre el mundo en el que había nacido Nox, y en el terrenal que vivía entonces; que también era una vieja amiga. Confiaba en su palabra, pues habían quedado en el tren, y no había recibido instrucciones más allá del tren que debía subirse para que el encuentro llegará a producirse. Se acordó del momento en el que exaltado y nervioso leyó la palabra Darkarri en la carta.
El nombre del mundo aún sonaba arenoso cuando lo pronunciaba, ajeno, como aquello que no se dice muy a menudo.
Nox pensó en Lyza, en su olor afrutado y sus rizos indomables. Le apetecía abrazarla y perderse en el consuelo que pudiese ofrecerle su amiga. Sabía que las sombras habían llegado al mundo terrenal y también era consciente, que sin Academia ni Destino no podía defenderse. Cuando leyó la carta comprobó que lo qué decía en sus líneas fuera cierto. Y en efecto así era, pues un boleto para el tren se encontraba en el interior del sobre.
Así que allí se encontraba él. Esperando.
Ya no respiraba la ansiedad e inquietud. Ahora solo le quedaba un resquicio de nerviosismo que se disipó al ensimismarse.
Las casas rurales que vio desde la ventana le ofrecieron una perspectiva que nunca había vivido. A menudo se preguntaba, que si lo que decía su padre era cierto; que podrían haberlo vendido por tullido a cambio de un par de vacas. ”Podrían“, le decía su padre. Claro que la nobleza, con su cultura, ”nunca hubiesen hecho algo así”. Hablaba de Nox como un diezmo, que más allá de querer a su hijo por quién era, lo exponía como una obra de caridad. Si encontraba la estabilidad en su enfermedad, Nox se preguntaba a menudo si su padre lo vería con los mismos ojos. Si lo apreciaría.
Suspiró mientras se pellizcaba el puente de la nariz.
Cerró los ojos por un momento y dejó escapar todo lo que veía. No dejó que los pensamientos divagaran, ni que lo condujeran por caminos sinuosos y peligrosos. Poco a poco el ruido de su cabeza se fue sustituyendo por el tono tranquilizador de su madre —un recuerdo agraciado lo ayudaría— y no habría sitio para su enfermedad ni su padre. En su lugar la encontró leyéndole bajito mientras le acariciaba el cabello.
Los mechones lacios y oscuros de Nox se escapaban de entre sus dedos de su madre provocando en él una sensación cosquillosa y placentera. Por las historias contadas de su madre, Nox había desarrollado su gusto por la lectura. Cada vez que su padre ocupaba sus inseguridades, Nox optaba por perderse entre las líneas de los cuentos, — su madre siempre había recitado aquellos pasajes con voz tranquila y cálida — que consideraba que eran bálsamo para heridas que no eran físicas. Le sanaban el alma.
En su imaginación rescató un recuerdo. Era apenas un crío. Ingenuo, pero feliz. Su madre, le trazó con movimientos perezosos unas caricias que a Nox se le antojaron lo más agradable que había vivido jamás.
—Nuestro príncipe podrá elegir a quién quiera...— un dedo grácil se posó en el libro de relatos de Nox—. ¡Anda! Pero si parece que nuestro apuesto protagonista tiene varios pretendientes... ¡Seguro que encontrará el amor!
Le hizo cosquillas con la otra mano e hizo a Nox el niño más feliz del mundo. En su microcosmos, con su madre y los relatos, era invencible. Un ser querido y lleno de cariño, pero sobre todo un ser sin inseguridades. Cuando estaba triste o sobrepasado, recordaba momentos como aquel; en los que sabía que encontraba la calma y el sosiego que tanto necesitaba. Aquel niño no era tan pícaro como su versión adulta, pero aún así entendía el mundo a través de un humor muy poco corriente para alguien de su edad. Había sido feliz con su madre, con su risa risueña y sus rizos salvajes y que tan diferentes eran al lacio de su cabello ; y que por ende había heredado de su padre. Su madre; en su memoria, paró de leer y le preguntó:
—¿Quieres inventarte un final?
—¡Claro! Quiero que elija entre dos, no espera, ¡Entre cuatro pretendientes! — alzó cuatro deditos de manera vehemente y decisi...
Una sombra hizo que Nox despertará de su letargo. Se acercó a la habitación del tren y por lo que pudo intuir a través del cristal translúcido de la puerta. Era una mujer.
No picó, ni pidió permiso.
Sin la cortesía a la que Nox estaba acostumbrado en su mundo remilgado, no pudo más que sorprenderse ante aquel acto que hasta a él se le antojó raro.
Así que le desconcertó.
—Buenas tardes caballero — dijo la mujer inclinando su rostro mientras se tocaba la boina al entrar —.No encontraba ningún sitio libre y la verdad es que necesitaba un descanso.
Nox no fue consciente en aquel momento de que estaba siendo analizado.
Con su respuesta, aquella chica podría discernir si era paciente o calmado; hablador o conciliador o simplemente alguien que decidía ignorar a quien le hablase. Alzó la vista y se quitó la boina antes de sentarse, liberando con el gesto dos largas trenzas de color azabache. Le ofreció su mano.
—Encantada.
Ahora que se había quitado la boina, y bajo la luz tenue de las velas; Nox pudo atisbar las decenas de pecas que decoraban su rostro, que además acentuaban su mirada vivaracha, —aunque más tarde Nox aprendiese que aquello le servía para esconder un divisar analítico, y que en ese mismo preciso instante a Nox le parecieron algo artístico— se relajó sin saber muy bien porqué y acabó aceptando el gesto.
—Lo mismo digo — Nox repasó lentamente su atuendo y acabó diciendo —. Bonito estilo.
No pudo más que sorprenderse al verla vestida con una una blusa semi-escotada beige; pantalones de pinza ceñidos color canela y un par de mocasines negros que a decir verdad estaban muy bien lustrados. Aunque parecían elementos masculinos por separado, en su figura resaltaban una feminidad elegante. Su vestimenta estaba confeccionada para provocar y aquello a Nox le encantó:
—Digamos que no es moda autóctona — dijo ella bajando la voz mientras le ofrecía una sonrisa pícara. No obstante, añadió—. Bonita tarde por cierto; aunque no por ello menos acalorada ¿Puedo abrir la puerta para que entre un poco de corriente?
—Por supuesto.
La muchacha apoyó la mano en su barbilla. Parecía aburrida, como si aquello fuese un escenario de una obra sin gracia. Se cruzó de piernas y empezó a repiquetear con los mocasines una melodía que sonaba exótica y lejana. Todo en ella era extraño. Destacaba tanto que parecía estar allí simplemente para que Nox reparase en ella. Entonces, se dirigió a él:
—Todos tenemos un rastro, una esencia que nos une al lugar que nos vio nacer — se señaló a sí misma y luego a Nox —.Somos parte de las historias del sitio al que pertenecemos ¿no crees?
Nox balbuceó. No encontró palabras lógicas para aquella metáfora. Tal vez si le daba la razón la chica de las trenzas acabaría dejándolo tranquilo. Solo buscaba silencio y parecía que el día solo le ofrecía conversaciones. Debía ser cordial, cortés y en última estancia caballeroso. Lástima, pensó Nox, que ninguno de aquellos adjetivos se adecuará a su personalidad.
Pero lo cierto era que la joven lo había dejado sin palabras.
Nox eran de los que las arrancaban pues prefería el silencio y el suspiro entrecortado que le ofrecían sus amantes. No había peticiones, ni promesas; era él quién decidía dejar a los demás sin habla y nunca era a la inversa.
Aquello le sacó de quicio pues le hizo pensar que no tenía control. ¿Cómo podía haberse quedado sin palabras? Nox achicó la mirada y estudió a su interlocutora. Seguía aburrida, ajena incluso, pero también parecía querer una respuesta.
—¿Qué quieres que te responda?
—Sólo busco una conversación trivial. Algo ameno con lo que pasar el rato hasta que lleguemos a la siguiente estación -sonrió y agregó — .Responde lo que tú quieras.
— Pues no sé la verdad. Yo lo único que busco es algo de silencio — su equipaje de mano descansaba entre sus talones. Abrió la cremallera, agarró la petaca y llevó su contenido a los labios dejando que el licor le calentara el cuerpo—. Tranquilidad, vamos.
Ella podía haber continuado con la conversación. Podía perderse en las no respuestas de Nox y aprender de sus silencios más que de sus palabras. Lástima que aquello terminase tan pronto, pues todo rastro de comunicación murió cuando el supervisor se acercó a los dos:
—¡Boletos!
Nox le acercó el suyo. El que le había comprado Lyza tenía el aspecto de los que se pedían por anticipado, turquesa y gravados con la insignia del comprador. En este caso, las suyas. Ella se había encargado de dejar como beneficiario a Nox. Además en su carta había sido vehemente. Le daba igual si Nox podía costearse el viaje, —que sí— que aquella travesía debía correr por su cuenta, ya que de lo contrario nunca podría llegar a Darkarii.
La joven de las trenzas acercó su boleto al supervisor.
—Me facilita el trabajo, —les dijo a ambos el supervisor — que los tickets los haya grabado la misma persona.
En ningún momento, mientras el supervisor hacía su trabajo, la joven de las trenzas separó la vista de Nox. Sonrió, ya no parecía aburrida y ajena. Ahora parecía pletórica, como si las piezas de su plan ya hubieran empezado a funcionar.
Entonces Nox reparó.
Iban al mismo lugar.