Capítulo único
Draco nunca debió hacerlo, pero para cuando quiso darse cuenta ya era demasiado tarde. ¿Cómo iba a saberlo? Solo era un niño cuando todo empezó, un tierno niño de doce años, un niño curioso al que jamás le habían negado nada, excepto la libertad para elegir lo que quería ser. Por eso, cuando vio como su padre dejaba caer disimuladamente un pequeño cuaderno de tapas negras dentro del caldero de la niña Weasley, no pudo resistir la curiosidad. Lo cogió cuando nadie miraba, apresurándose a ocultarlo en uno de los bolsillos de su túnica. Salió de aquella librería como si nada hubiera pasado. Al fin y al cabo, él siempre fue un buen ladrón.
Nadie se dio cuenta de lo que había hecho, ni siquiera su padre, pero lo hizo. Draco estaba acostumbrado a tomar todo lo que quería, quiso el diario y lo tomó. Nunca llegó a Hogwarts de la mano de quien estaba planeado, como su padre había pretendido, la cámara de los secretos nunca volvió a abrirse, ni se liberó al monstruo que la habitaba.
En su lugar, un monstruo mucho más terrible acabó viniendo al mundo, y una desgracia mucho mayor acabó aconteciéndole al hombre que lo había ocultado durante tantos años.
No tardó mucho en averiguar cómo funcionaba el extraño libro, y menos aún tardó en quedar encandilado de ese fantasma que no era tal, y que se hacía llamar Tom.
Durante años volcó en él todos sus sentimientos, sus dudas y sus miedos. Le habló del famoso niño que vivió, que había provocado la caída del mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos cuando solo tenía un año de edad. Le habló de la inmerecida fama que poseía, le habló de cómo aquel estúpido le había rechazado cuando le ofreció su amistad, y de cómo le había dolido aquello.
Tom le contestó que no debía envidiar a nadie, debía superar a quien pudiera, y eliminar de su camino a aquellos que fueran insuperables.
Le contó sobre el miedo al fracaso que lo perseguía a todas horas, de cómo temía no estar a la altura de las exigencias que venían con su apellido, del terror que lo invadía al pensar que podía no ser más que una cara bonita a la sombra de su padre, de su miedo a no saber nunca quien sería por sí mismo, pues su vida estaba marcada desde que nació y le obligaba a seguir un camino que no estaba seguro de querer recorrer. Le habló del miedo a verse atrapado en un matrimonio sin amor, pues su futura esposa ya estaba decidida desde antes de que él naciera, y era consciente de que no la amaba, y que nunca podría llegar a hacerlo.
Tom le consolaba y le decía que no debía lealtad a nadie más que a él mismo, que si quería algo lo tomara, tal y como había hecho siempre, que escogiera su propio camino, sin dejarse arrastrar por los lastres que querían llevarlo por otros derroteros. Le aseguró que su futuro estaba en sus manos y que debía ser él quien lo creara, pasando por encima de quien fuera necesario pasar.
Escribió sobre sus dudas sobre si mismo, su convencimiento de que era alguien imposible de amar, pues sus padres lo trataban como un proyecto de futuro o una escultura de arcilla que podían moldear a su antojo, más que como a un hijo. Le contó que no tenía verdaderos amigos, no estaba en su naturaleza saber hacerlos, él solo tenía seguidores, gente que lo apoyaba por su apellido o por su posición, pero nunca por lo que realmente era.
Tom le aseguró que era mejor ser temido que ser amado.
Con el tiempo Draco fue consumiéndose, para cuando cumplió trece años ya había perdido el interés por todo aquello que no tuviera algo que ver con Tom, apenas comía, casi no dormía, las clases ya no le importaban, sus seguidores dejaron de serlo, pues ya no era un buen líder al que adorar.
Dejó de interesarse hasta por el niño que vivió, que tanto le había fascinado desde incluso antes de empezar el colegio, ahora le parecía insignificante, no era nada comparado con Tom. Se pasaba las horas escribiendo en su diario, conversando con él, contándole cada cosa que sentía o que pensaba.
Fue un veinticuatro de diciembre, Draco tenía catorce años. Le preguntó a Tom como era él, y le expresó su deseo de verle, de conocerle, de ponerle cara y saber cómo era. Y Tom se lo concedió.
Viajó a través del tiempo entre las páginas de ese diario, y vio a Tom por primera vez, un muchacho moreno, no mucho mayor que él, de ojos oscuros y penetrantes, de mirada seria, de porte regio. El rey del carisma, poseedor de un magnetismo que atraía a Draco como la miel a las moscas. Quiso tocarlo, pero su mano lo atravesó limpiamente, quiso hablarle, pero Tom no le respondía. Se dio cuenta de que lo que veía no era real, que solo era un intruso en el recuerdo de otra persona, en los recuerdos del propio Tom, podía observar, pero no interactuar. Se le partió el corazón.
Aquella noche lloró amargamente, sabiéndose enamorado de alguien que no era más que un fantasma, un recuerdo, un ser inalcanzable.
Quiso alejarse pero no pudo. Intentó deshacerse del diario, pero este volvía a él una y otra vez. Se juró que no volvería a escribirle, pero se dio cuenta de que ya no le quedaba nada más. Perdido en su obsesión con Tom no fue consciente de que había ido dejando de lado todo lo demás, y para entonces ya no le quedaba nada.
No tardó en volver a caer. Volvió a escribir sus sentimientos y temores en aquel diario, y Tom le mostró todos y cada uno de sus recuerdos. Draco lo veía hablar, comer, reír, conspirar, estudiar y aprender. Se perdía en esos recuerdos como si fueran suyos, fascinado con cada una de las escenas que le mostraba, y frustrado por no poder tocarle, por no poder sentirlo, por no poder tenerle, por no poder ser suyo.
No fue hasta su quince cumpleaños que se atrevió a confesarle a Tom lo que sentía. Tom le aseguró que estaba confuso, que no podía amarlo, que ambos eran iguales y las personas como ellos no estaban hechas para el amor.
Draco le dijo que precisamente por eso le amaba, porque no había nadie como él, era único, eran iguales y a la vez opuestos y por eso se atraían como imanes.
Aquella noche Tom le mostró un recuerdo diferente, uno con el que pretendía asustarle, o tal vez probarle, no lo sabía con seguridad. Lo vio en una antigua casona, parado enfrente de un anciano matrimonio y su hijo. Los tres lo miraban aterrorizados, pero Draco apenas les dedicó un mísero vistazo, no eran nada, él solo tenía ojos para Tom.
Aquel Tom irradiaba poder por cada poro de su piel, sabía que su interior ardía de ira, y se maravillaba ante su capacidad para mantener el semblante inexpresivo, sin dejar relucir ninguno de los ardientes sentimientos que lo consumían por dentro.
Draco cayó de rodillas, como si estuviera ante una aparición divina, rendido ante el poder que emanaba de aquel muchacho. Lo vio matar, frio, sin compasión, tan fuerte, tan decidido... se limpió furioso las insolentes lágrimas que se atrevieron a escapar de sus ojos.
Le juro a Tom que lo amaba más que nunca. Y él le creyó.
A partir de ese momento fue Tom quien le habló de sí mismo, le habló de la madre demasiado débil como para sobrevivir y cuidar de su hijo, del padre que le abandonó antes de nacer, del orfanato en el que creció donde era diferente a los demás, era superior, y no lo entendían, nadie le comprendía, pero le temían, y el temor de los mediocres le llenaba el alma mucho más de lo que lo hubiera hecho su apoyo o su comprensión. Le dijo lo mucho que odiaba su nombre, tan común, tan intranscendente. Le contó cómo había adoptado uno nuevo, uno que algún día todos los magos temerían pronunciar, le confesó quien era en realidad.
Draco le dijo que ya lo sabía, que hacía mucho tiempo que se había dado cuenta, no podía ser de otra manera, solo el mago más poderoso de todos los tiempos era digno de tener su amor. No le temía, no podía temerle, le deseaba, le necesitaba, le comprendía, le apoyaba.
Tom le dijo que ellos eran almas gemelas. Seres superiores que se habían encontrado en un mar de mediocridad, porque sus almas se llamaban a través del tiempo y el espacio.
Pero Draco estaba destrozado. Jamás podría tener a aquel al que amaba, porque no existía en ese mundo, en ese tiempo, no era más que un recuerdo atrapado en un papel.
Tom le dijo que había una manera de que pudieran estar juntos, pero que requería un gran sacrificio.
Draco solo pudo reír ante aquellas palabras, a esas alturas le habría dado su propia vida, no se le ocurría nada que Tom pudiera pedirle y que él no estuviera dispuesto a entregarle.
Aquella noche entró al dormitorio de su padre, con el diario fuertemente aferrado a su mano izquierda, y una de las dagas ceremoniales de su tía Bellatrix en la derecha. No le había resultado difícil robarla, ya había dejado claro que él era un buen ladrón.
Observó a su padre mientras dormía profundamente, ajeno a cualquier peligro, sin saber que la muerte habitaba en su hogar aquella noche.
Hacía mucho tiempo que sus padres dormían en habitaciones separadas, recordaba que aquello solía entristecerle cuando era niño, pero ahora se alegraba de que su madre no estuviera allí, así no tendría que matarla también a ella para asegurar su silencio.
Se colocó al lado de la cabeza de su padre, en actitud ceremoniosa, sin dejar que ningún mísero ruido escapara de sus labios. Depositó el diario encima de su corazón, y de un tajo certero, le abrió la garganta con la daga encantada, aquella que absorbía al mismo tiempo la vida y la magia de la víctima.
Lucius abrió los ojos en ese instante de muerte y le miró, sin poder moverse. Sus orbes grises se clavaron en los suyos, haciéndole una muda pregunta.
¿Por qué?
Draco no cambió el semblante, no debía mostrar sus sentimientos, eso lo había aprendido de Tom.
Por amor, padre. Por amor.
No apartó la vista de su padre mientras agonizaba, la sangre manaba de su garganta, deslizándose por su pecho, para acabar siendo absorbida por las páginas del diario, que brillaba con una luz sobrenatural.
Duró más de lo que Draco había esperado, pero no se movió de allí ni cerró los ojos. Tom lo sabría si lo hacía, y Draco quería que estuviera orgulloso de él. Ahora eran iguales, ambos habían acabado con el hombre que les dio la vida con sus propias manos.
Cuando todo terminó el cuerpo de Lucius ya no estaba, su lugar en la cama era ocupado por el joven que se había convertido en su luna y su sol. El joven al que entregaría su vida y su alma si así él lo requería.
Esa noche lo único que le pidió fue su cuerpo. Se entregó a él ahí mismo, en la cama donde su padre había agonizado hasta la muerte, ya no le importaba nada.
Sus cuerpos chocaron como si dos planetas colisionaran, Tom era salvaje, fuerte, duro, abrasador. Rompió sus tiernos labios con los dientes y se alimentó de su sangre, desgarró con sus uñas la delicada piel de su pecho, lo marcó a fuego con su lengua, recorriéndolo, quemándolo por dentro y por fuera. Lo reclamó como suyo, lo poseyó como si jamás hubiera deseado otra cosa.
Se introdujo en su cuerpo, en su mente y en su alma, mientras Draco era reducido a cenizas en una vorágine de sangre, saliva, gritos de dolor y gemidos de placer.
Cuando todo terminó el cuerpo de Draco estaba destrozado, pero su alma se sentía completa. Por fin lo tenía, estaba con el hombre al que amaba, en carne y hueso, con una vida y una magia robada, que él mismo le había entregado.
Tom le había poseído, y al hacerlo, sin darse cuenta, también se había entregado, ahora ambos se pertenecían, Draco era de Tom del mismo modo que Tom era de Draco.
Durmieron juntos hasta que salió el sol, Tom le abrazaba y le acariciaba los rubios cabellos, le susurraba palabras de amor, le decía lo hermoso que era su cuerpo, y lo mucho que amaba su negro corazón.
Ambos eran muerte, estaban podridos, y entre las llamas del infierno se encontraban y se amaban.
Fue su madre la que les descubrió enredados entre las sábanas. Tom acabó con su vida con un movimiento de varita, la varita que había pertenecido a Lucius, rápido y letal.
Draco no pudo más que besarle, agradecido por evitarle el dolor de tener que hacerlo él mismo.
Ahora la mansión y toda la fortuna de los Malfoy le pertenecían, y Draco la pondría a disposición de Tom, porque con ella su amado conquistaría el mundo entero, y Draco estaría a su lado. Tom le entregaría todo lo que pidiera, a esas alturas bien sabía ya que aquel joven moreno sería incapaz de negarle nada, y él haría lo mismo. Nada deseaba más que estar a su lado para ver el mundo arder.
FIN