Capítulo único
La argolla metálica le lastimaba la delicada piel de su cuello. La sentía pegajosa, señal de que la sangre había empezado a manar de sus llagas, pero Draco no se quejaría, ningún indigno lamento saldría de sus labios. Aunque se encontrara en esa situación, aunque se hubiera visto atrapado casi sin darse cuenta en aquella locura, él seguía siendo un Malfoy, y un Malfoy no suplica.
Un fuerte tirón de la cadena en la que estaba enganchada la torturadora argolla lo hizo caer de rodillas, a los pies de su señor, dónde se suponía que debía estar. El otro extremo de la cadena se enroscaba alrededor del brazo del hombre que era su rey y su ruina, Tom Riddle, el color del acero contrastaba con el negro de su túnica. Draco pensó que se veía hermoso, debía estar volviéndose loco.
Se obligó a sí mismo a no mirar a su señor a los ojos, aquellos ojos oscuros que lo hacían sumergirse en un pozo de tinieblas del que, a ratos, no estaba seguro de querer escapar. No quería mirar a ese, en apariencia, apuesto adolescente que encerraba a un sádico torturador en su interior, no deseaba ver aquella piel blanca como la nieve, que tan bien lucía con sus oscuros cabellos, luz y oscuridad en un mismo cuerpo, en un cuerpo sin alma. No podía permitirse perderse en la visión de aquella boca, de esos labios que le besaban con dulzura y esos dientes que le mordían con ferocidad. Tom era la única persona capaz de entregar dolor y placer en un mismo beso, el único capaz de hacerle querer gemir y llorar al mismo tiempo. Era el hombre que poco a poco lo estaba llevando a la locura, a un mundo inconexo donde él era el amo del juego, y cambiaba las reglas cada vez que se le antojaba.
Aquella mañana había sido una de las de luz, como Draco las llamaba, una mañana en la que Tom lo había despertado entre besos y caricias, lamiendo las heridas de su cuerpo y de su alma, porque Tom se enterraba en él tan profundo que dejaba heridas en lo más recóndito de su ser. Le había entregado placer blanco, de ese que no venía manchado de dolor, aquello rara vez sucedía, pero Draco bebía esos momentos con avidez, como si llevara vagando cuarenta años por un desierto y por fin hubiera encontrado la tierra prometida.
Esa mañana no hubo cadenas, al menos no de las físicas, porque las mentales seguían en su sitio, en el mismo sitio donde habían estado desde que toda aquella locura con Riddle empezó. Tom había encadenado sus almas, y Draco ni siquiera sabía como había ocurrido aquello.
Se entregó como tantas otras veces, dando lo que su señor le exigía y aceptando lo que él le daba, concentrándose en no pensar, en no cuestionar si aquello estaba bien o mal, pues si se atrevía hacerlo todo se desmoronaría, y los finos hilos que aún lo ataban a su escasa cordura se romperían irremediablemente. Todo había terminado en un hermoso éxtasis de paz, de sentimientos a flor de piel, de algo que se parecía al amor pero que no lo era, pues el amor era algo puro, inmaculado, mientras que lo que ellos tenían apestaba a sangre, muerte y agonía. Estaba mancillado en cada molécula de su existir.
Pero al caer la noche todo había cambiado, el momento de luz se había extinguido como si jamás hubiera llegado a ocurrir. Algo había salido mal, terriblemente mal, Tom estaba furioso, sus planes desbaratados, sus mortífagos le habían fallado, más concretamente uno de ellos, Lucius Malfoy.
Supo inmediatamente lo que venía, un momento de oscuridad, uno de esos en los que habría más dolor que placer, un momento destinado a destrozar al mismo tiempo su cuerpo y su espíritu.
Draco sabía que la argolla que ahora desgarraba su fina piel no era un castigo para él, era un castigo para su padre, una forma de humillarlo, de destruirlo. Verse obligado a observar a su heredero, a su único hijo, desnudo y encadenado a los pies de su amo como si de un vulgar un perro se tratara.
Draco observó a su padre, arrodillado en el suelo de las mazmorras de su propia mansión, torturado, con restos de sangre en su rostro y en su ropa, sus rubios cabellos otrora impolutos ahora manchados de suciedad, la cabeza gacha, la mirada perdida, sin atreverse a enfrentar los ojos de su señor ni de los de su hijo.
Cobarde – Pensó Draco.
Draco se preparó para lo que pasaría a continuación.
Tom caminó hasta situarse en frente de su padre, arrastrando la cadena consigo, él se vio obligado a avanzar de rodillas, siguiendo los pasos de su señor sin atreverse a levantarse. Tom agarró el cabello de su padre, tirando de él con fuerza, obligándole a levantar la cabeza, forzándolo a mirar lo que estaba a punto de suceder.
Su señor se giró para mirarlo a él y tiró una vez más de la cadena, arrastrándole hacia un lado para asegurarse de que quedaba completamente a la vista de Lucius. Con una mano firme, dura y fría lo abofeteó tan fuerte que lo hizo caer de espaldas. Draco no gimió, no lloró, no se lamentó, simplemente volvió a incorporarse, quedando de nuevo de rodillas, esperando por más.
Tom lo abofeteó de nuevo y Draco repitió el proceso de volver a arrodillarse frente a él sin dejar que ningún sonido de queja saliera de sus labios. Aquello no duró demasiado, un par de bofetadas más y Draco sintió un fuerte tirón de la cadena hacia arriba, sabía que era su señal para ponerse en pie y lo hizo, notando como el filo de la maldita argolla se clavaba aún más en su garganta. Tom agarró sus cabellos con fuerza, atrayéndolo hacia sí y atacó su boca, desgarró de un mordisco su labio inferior antes de introducir su lengua, besándolo con rudeza, de manera posesiva. Draco sentía la sangre que manaba de su labio escurrir por su barbilla, notaba como Tom lamía esa sangre, para luego volver a violar su boca con aquella lengua manchada. Pronto, el ya conocido sabor metálico los inundó a ambos. Draco supo que aquello no era más que el principio, a su señor le inflamaba sobremanera beberse su sangre.
Cuando Tom despegó los labios de los suyos Draco se atrevió a girar la cabeza para mirar a su padre. Su cara reflejaba la más pura expresión de total y absoluta desolación, profusas lágrimas regaban su rostro, lágrimas de impotencia, de furia y de vergüenza. Así debía ser, Lucius debía saber que el señor oscuro no toleraba errores, y que siempre quitaba mucho más de lo que daba. No sentía pena por su padre, su deplorable estado no despertaba su compasión, se lo merecía.
Todo esto es por tu culpa, por tu cobardía, por tu inutilidad.
Sin embargo, apenas pudo mirar a su padre unos segundos. Tom lo agarró bruscamente de los hombros y lo hizo girar, dejándolo de espaldas, le empujó con rudeza hacia abajo y lo hizo caer de rodillas. Colocó un pie enfundado en un elegante zapato italiano entre sus omóplatos y presionó hasta dejar su pecho completamente pegado al suelo, se arrodilló detrás de él y se enterró en su cuerpo, duro y rápido, de una única y brutal estocada. Draco sintió el grito de dolor que se fraguó en su pecho y que luchó por salir de su garganta, pero lo contuvo llevando un puño a sus dientes y mordiéndolo con fuerza. No gritaría, él nunca gritaba, a Tom no le gustaba que lo hiciera.
Ni siquiera tuvo un segundo para acostumbrarse a la intrusión, Tom ya se movía frenéticamente dentro de él, desgarrándolo, destrozándolo, hundiéndose tan profundo que parecía querer follarse a sus entrañas. Agradeció el momento en que la sangre empezó a manar de su interior haciendo las veces de lubricante, volviendo las embestidas mas resbaladizas, más suaves, así empezó a encontrar algo de placer en el dolor.
Tom tiró de la cadena hacia atrás obligándolo a incorporarse de nuevo, dejando a la vista la goteante erección que muy en contra de su voluntad se había formado. Pasó un brazo alrededor de su pecho y con una de sus pálidas manos le agarró fuertemente el mentón, haciéndole girar la cabeza hacia su padre.
- Mírale, mira a tu padre. – Ordenó mientras una de sus implacables estocadas rozaba por fin aquel punto secreto de su interior que lo hacía estremecer.
Draco no pudo evitar dejar escapar un sutil gemido ¿Era dolor? ¿Era placer? No estaba seguro, pero realmente tampoco le importaba, no mientras su señor siguiera maltratando ese punto, ese lugar que tantas corrientes de placer le provocaban. Su cerebro era un caos. Debía odiar aquello, debía odiarle a él por hacerle eso, por tratarle así. Aquel hombre debería despertar sus más oscuros deseos homicidas, o al menos su instinto de supervivencia, debía querer huir de allí, de todo aquello, de él. Pero no era así, quizás podía engañar a su mente si se esforzaba, pero no podía mentirle a su cuerpo, su erecta verga era la prueba más fehaciente de que en realidad lo único en lo que podía pensar era en que quería que Tom se lo follase duro, suave, rápido, lento, como él quisiera hacerlo, pero que se internara hasta el fondo de su cuerpo y no saliera de allí jamás. Aquello estaba mal, muy mal, quizás era él mismo el que estaba mal, algo muy enfermo debería habitar en su interior para desear algo así, para desearle a él.
Pronto sintió el cosquilleo previo al orgasmo formarse en la zona más baja de su vientre, iba a correrse así, sin ni siquiera rozar su erección, con la fuerte mano de Tom aferrada a su mandíbula, clavándole las uñas en la piel.
Sin saber por qué buscó los ojos de su padre, ahora lo miraban inexpresivos, como si estuviera en estado de shock, como si lo que estaba viendo fuera tan duro para él que su cerebro se había desconectado para proteger su propia salud mental.
Cobarde – Pensó por segunda vez.
Le dedicó a Lucius una sonrisa lasciva justo antes de sentir como se endurecía y las mieles del orgasmo lo sobrepasaban, exigiendo ser liberadas, se derramó en el frio suelo de piedra sin apartar los ojos de su padre, todavía mirándolo con esa expresión de lujuria a la que Lucius no parecía ser capaz de reaccionar.
Aún temblaba con las reacciones post orgásmicas de su cuerpo cuando Tom lo empujó hacia delante, tirándolo contra el suelo sobre la mancha de semen que él mismo había dejado un segundo antes, se tendió encima de él, aprisionándole contra la piedra que dejaba pequeños arañazos y rozaduras en su nívea piel. Le mordió el hombro mientras lo llenaba con su semilla, dejando una marca de sus dientes que se unió a las otras muchas que ya tenía por el resto de su cuerpo, a Tom le encantaba marcarlo, era su manera de decirle que era suyo, la máxima expresión de amor que él podía sentir, cada desgarro de sus uñas, era un te quiero y cada mordisco de sus dientes era un te amo. O al menos así los sentía Draco.
Se levantó rápidamente. Draco se quedó tendido en el suelo, sintiendo como el semen de su amo se escurría entre sus nalgas, sin atreverse a levantarse sin permiso, aún con sus orbes grises cargados de pecado fijos en su padre.
Tom apuntó a Lucius con su varita, un rayo de luz salió de esta y sus globos oculares estallaron dentro de las cuencas, cegándolo para siempre. Nunca más volvería a ver nada, y las imágenes que había presenciado esta noche serían las últimas, las que quedarían grabadas a fuego en su mente. Pero aún estaba vivo, Tom no le mataría, eso habría sido devastador para Draco, y Tom nunca le infligía más dolor del que podía soportar. Lo llevaba al límite, si, todas y cada una de las veces, pero ver morir a su padre habría sido demasiado, era un cobarde y un inútil, pero era su padre al fin y al cabo.
Draco se volvió para mirar a Tom a los ojos por primera vez, le mostró una amplia sonrisa, agradeciéndole que le perdonara la vida a su padre. Tom no le correspondió el gesto, tampoco Draco lo esperaba.
Sin soltar la cadena salió de las mazmorras, con Draco gateando detrás de él, dejando allí a un agonizante Lucius.
Lo siguió dócilmente hasta la alcoba principal de la mansión, aquella que una vez perteneció a sus padres y que ahora ellos compartían. Nada más cerrarse la puerta fue arrojado violentamente contra la cama, Tom se arrojó encima de él, con un gesto de su mano hizo desaparecer la cadena y la argolla que lo apresaban, lamió con suavidad las heridas de su cuello. Draco se mantuvo inmóvil, dejándose hacer, disfrutando del calor abrasador de esa lengua sobre su carne desgarrada. Tom se retiró un poco, clavando sus oscuros ojos en los de él, le acarició el cabello y depositó un sutil beso en su frente, en un gesto que casi podría resultar paternal, después se alejó de su cuerpo, tendiéndose en la cama, a su lado, y se quedó profundamente dormido.
Draco no se durmió, incorporándose en la cama, ignoró el dolor de su cuerpo y se quedó mirándolo. Ese hombre, ese maldito hombre que aparentaba ser un muchacho pero que era el mismo demonio, ese que había corrompido hasta la última fibra de su ser, que le había encadenado el cuerpo, la mente, el espíritu y el corazón, que se lo había quitado todo, que lo había destrozado en todos los sentidos posibles... Y ahora estaba ahí, a su lado, dormido, indefenso, al menos todo lo indefenso que podía estar alguien como él. Quería matarlo, debía matarlo, si lo hacía todo acabaría, podría fin a la guerra, acabaría con el sufrimiento de su familia, se desharía de una vez por todas de esos confusos sentimientos que habían anidado en su corazón, se convertiría en un asesino, pero ser un asesino no era peor que ser lo que era ahora, solo tenía que hacerlo, matarlo en ese instante, sería fácil, estaba en su mano el acabar con todo de una vez por todas.
Agarró su varita y apuntó al corazón de su amante, la mano le temblaba, sus latidos se volvieron desenfrenados, sentía la sangre bombeando en sus sienes.
Solo hazlo, maldita sea – Se dijo a sí mismo.
En ese instante Tom abrió los ojos. Al verlo así, temblando, apuntándolo directamente al corazón, le dedicó una sonrisa ladina.
- Hazlo – Le dijo con voz ronca, profunda, esa voz con la que le susurraba palabras sucias mientras lo poseía – Vamos, mátame, no te lo impediré.
Draco dejó caer la varita, un par de lágrimas de impotencia resbalaron por su rostro, Tom se apresuró a limpiarlas con el dedo pulgar antes de abrazarlo y acunarlo dulcemente contra su pecho.
- No lo harás jamás pequeño dragón, no puedes matarme, no lo harás porque yo soy el único que puede hacerte tocar el cielo y el infierno a la vez, y, aunque te niegues a admitirlo, esto te encanta, lo deseas, lo necesitas, no te arriesgarás a perderlo, nunca.
No, no quería perder eso, no podía perderlo. Tom no moriría por su mano, y si alguna vez lo hacía por las de otro, Draco moriría con él, porque Tom podía retirar las cadenas de su cuello, de sus muñecas, de sus tobillos... o de cualquier otra parte de su cuerpo donde se le antojara ponerlas, pero no podría quitar las cadenas de su corazón, su corazón podrido y destrozado. Esas cadenas que lo ataban eran las únicas que impedían que se hiciera añicos, eran las que retenían los pedazos, uniéndolos entre sí. Si su señor moría, las cadenas se desvanecerían con él, y Draco no resistiría el primer latido de libertad que bombeara por sus venas.
No importaba cuantas mentiras se dijera a sí mismo, no importaba cuanto se cuestionara si lo que hacía, lo que sentía, estaba bien o mal. La realidad era que, con cadenas físicas o sin ellas, Draco estaba siempre encadenado. Y lo estaría hasta el fin de sus días.
FIN