I
El irritante sonido de la alarma del celular comenzó a inundar mi habitación. Oprimí los ojos con fuerza y me eché las sábanas sobre la cabeza. De verdad no quería enfrentarme a otro día tedioso en la universidad, sobre todo si le sumaba el hecho de que tendría examen de Geometría. Pasé casi toda la noche estudiando y con trabajos retuve algo de información. ¿Acaso podía empeorar un poco más? Claro, ya veía venir cómo mi personalidad me haría mandar a todo el mundo al diablo antes de las 8 de la mañana.
—Maldición —dije suspirando.
Lancé la colcha que ahora me aprisionaba y observé a mí alrededor. Por suerte vivía sola, no necesitaba que nadie me dijera qué hacer o no de mi monótona vida. Me erguí dirigiéndome al baño, me metí a la tina y pude relajarme un poco mientras cavilaba. O al menos era el plan, pues lo único que conseguí fue hundirme en mis recuerdos.
Hoy hace 4 años, cuando tenía 16 años, mi papá me abandonó en este infierno al que decidieron llamarle Monterrey. Él decía que para que pudiera “continuar con mis estudios” y me hiciera una mujer independiente. Lo que realmente quiso decir, esa última vez que nos vimos, hacía ya cuatro años, era que no soportaba tener que cuidarme todo el tiempo debido a la muerte de mi madre y que yo significaba un estorbo para él.
Viví traumada por tantos años, extrañándolo cada día, esperando a que se diera cuenta de lo que estaba haciendo y regresara por mí. Mas nunca lo había hecho, y estaba casi segura de que no lo haría.
Sacudí mi cabeza en un intento de olvidar el eco del dolor. No dolía si no pensaba en eso. O eso intentaba creer—
Cepillé mis dientes y me apresuré a vestir: una blusa larga negra y un pantalón de mezclilla gris. Pinté mis labios de un intenso rojo. Me miré por última vez en el espejo y me mentalicé a enfrentarme a cualquier cosa que me esperaba. Después de ese día hace 4 años, lo que pasara no importaba.
No me molesté en desayunar. Abrí el pequeño refrigerador de la cocina, saqué un jugo y unas galletas que no me comí la noche anterior y las guardé en mi mochila. Salí casi corriendo y paré a un taxi con una señal de manos. Le indiqué el camino y el hombre arrancó el auto mientras asentía con la cabeza.
Apenas bajar del taxi supe que sería un día largo. A unos cuantos pasos de la entrada estaba Jorge. Maldición. No me podía ir peor.
—¿A clase tan temprano? Apenas son las seis y media —dijo, ocultando una sonrisa. Ése era el problema con Jorge, ni siquiera era su intención ser irritante. Y la verdad es que no lo era. Al contrario, siempre fue muy amable y paciente conmigo, pese a mi mal humor. La verdad es que, además era muy guapo. Y, por si fuera poco, yo le gustaba. Era tan sólo que… Yo no era el tipo de chica agradable, linda y atenta que le presentas a tus padres, le cae bien a tus amigos y presumes por todas partes, que él buscaba. Y tampoco me interesaba serlo. Además, muy en el fondo, tenía la sensación de que yo no le interesaba realmente a Jorge. Le interesaba el desafío que implicaba conseguir salir conmigo, y el desafío que sería para sus padres el salir con alguien que no “encajaba” con las expectativas. No le interesaba yo.
—¿Seis y media? —lo miré ceñuda.
—¿Olvidaste el cambio de horario?
Me encogí de hombros por toda respuesta. Qué humillante. ¿Cómo no pude ver que el amanecer se acercaba lento?
—¿Y tú qué haces aquí? —pregunté, para desviar la atención.
—Tengo que pasar a la biblioteca antes de clase para dejar unos libros. Vamos, te acompaño a tu salón —me tomó del hombro.
—De acuerdo —acepté zafándome sin disimulo de su abrazo. Odiaba que hiciera eso. Demasiada cercanía.
Caminamos por el patio hasta llegar a mi edificio, subimos las escaleras y al llegar al salón me acomodé en la silla más lejana a la pizarra. Dejé mi mochila en mi respaldo con cuidado y saqué una libreta cuadriculada y un lapicero. Pensé que demostrándole a Jorge que necesitaba repasar antes de la clase comprendería la indirecta y se retiraría. Por supuesto, me equivoqué.
—¿Quieres que te haga compañía mientras llegan los demás? —habló Jorge, carraspeando.
Reí. Como si me llevara medianamente bien con alguno de los “demás”. Los únicos que me soportaban eran él y Juliana. Y él lo sabía perfectamente. Después de conocerme, mis compañeros me mantuvieron lejos de ellos; lo cual más allá de molestarme, me dio alivio. Justo lo que yo necesitaba para estar tranquila.
—Para nada, Jorge. Si te soy sincera, tengo que estudiar —dije sin mirarlo. Sólo escuché sus pasos saliendo del salón.
—Sí, entiendo. Entonces nos vemos más tarde —lo escuché decir antes de salir, sin inmutarse tras mi respuesta.
Suspiré aliviada.
En el salón solo se oía el eco de mis pies taconeando el piso y el de mi lápiz rayando la libreta, tratando de resolver problemas matemáticos que se hacían más confusos cada vez. De pronto me sentí muy cansada y me recosté en el pupitre cerrando mis ojos, dejando que la culpabilidad se apoderara de mí. Tal vez debí conversar más con Jorge. Tal vez debí darle las gracias al conductor del taxi hacía un rato. Tal vez…
En realidad… yo no era tan mala.
— ¡Erika! —un grito a lo lejos me hizo despertar del sueño profundo en el que había caído.
Abrí los ojos arrugando un poco la cara y me di cuenta de que el grupo estaba ya casi completo. Todos platicaban felices mientras la maestra entraba acomodando sus materiales en su escritorio. El grito provenía de Juliana que se acomodó en el asiento contiguo al mío.
—Hola, Juliana —saludé sin entusiasmo—. ¿Qué chismes me traerás el día de hoy? —pregunté sabiendo que ella terminaría abarcando toda la conversación y no tendría que agregar nada.
— ¡No te imaginas! ¿Te acuerdas de Carmen? Según ella sufría a muerte por su ex y andaba deprimida por todas partes, pero… —una sonrisa enorme surcó su rostro—. El viernes la vieron con Antonio en un antro del centro. Sí sabes de cuál Antonio te estoy hablando, ¿verdad? El mejor amigo de José Luis. —apenas si puede respirar entre una frase y otra—. ¡Dicen que hay fotos en sus blogs! Tenemos que verlas y esparcirlas por la escuela —agregó sonriendo maliciosa.
Vaya. No me esperaba eso. Llegué a sentir lástima por la sufrida Carmen que se ahogaba en sus propias lágrimas por el idiota de José Luis. Ojo por ojo y diente por, diente supongo. Un punto a favor para esa chica, al menos la venganza la sacó del abismo. Sonreí. Solo por ese acto la perdonaría. Si quería mantenerlo en secreto que lo hiciera, si el resto del mundo se enteraría, no sería por mí.
—No le vas a enseñar esas fotos a nadie —advertí.
—¿Por qué? —preguntó irritada.
—Porque yo lo estoy diciendo y te callas —le lancé mi mirada más fría.
—De acuerdo —finalizó cuando la maestra nos miró cruzando los brazos, como esperando a que nos calláramos para comenzar su clase.
La maestra comenzó a explicar qué tanto valía ese examen en nuestra calificación y la repercusión que tendría en nuestra vida el estudiar y bla, bla. Las clases posteriores no fueron mejores. Varias veces me quedé dormida siendo despertada por los cuentos absurdos de Juliana. Ya no recordaba ni la mitad de los chismorreos que me había comentado a lo largo del día. Sin embargo, ella seguía entusiasmada como siempre, ignorando mi indiferencia. Supongo que ya estaba acostumbrada. En nuestra hora libre salimos a comprar algo de comer, y en el camino, qué sorpresa, vimos a Jorge. Estaba en una mesa a unos 10 metros de nosotras, pidiéndonos que nos acercáramos.
—Eri, es Jorge —sonrió—. Vamos con él.
A Juliana le encantaba Jorge. En el pasado hizo de todo con tal de llamar su atención, pero nada funcionó. Desde entonces estaba tristemente resignada a que Jorge no sentía el más mínimo interés por ella, que no fuera amistad.
—Ve tú Juliana, no tengo ganas de soportar sus pésimos chistes hoy —le dije a secas. Ella lo tomó como una broma y se echó a reír, caminando hacia la mesa.
Di la vuelta para caminar en dirección contraria. Fui a un jardín donde los árboles daban sombra y me recosté en el pasto usando mi mochila de almohada. Miré al cielo sin mucho interés, secretamente enojada.
Realmente se notaba que estaba desesperadamente irritable con el mundo, hasta sentía que las hojas de los árboles se burlaban de mí. Cerré los ojos de nuevo y traté de relajarme. Cuando el frío de la brisa me recorrió la espalda me sentí muy vacía. Me coloqué en posición fetal y agarré con desesperación mi cabello, teniendo ganas de arrancarme la cabeza sólo para dejar de pensar un poco, de deshacerme de tanto malestar.
Me levanté secando las lágrimas de mis ojos creyendo que alguien podría haber visto mi patética escena. Observé que todos seguían sus vidas, nadie me veía, ni siquiera me lanzaban un reojo, era como si yo no existiese. ¿Realmente me agradaba ser lo que era? Sí, me respondí a mí misma. Era menos arriesgado, más seguro.
Me sacudí la ropa y tomé mi mochila para dirigirme a mi respectivo salón. Me prometí no volver a desvelarme otra noche, eso seguramente era lo que debía tenerme mal. No mi pésima actitud o mi cara de pocos amigos, no: el desvelo.
Entré y me senté en silencio en la silla. Los alumnos empezaron a entrar tras de mí y Juliana, que corría eufórica, se sentó cerca de mí. La maestra comenzó a dar sus explicaciones, cerrándoles la puerta en la cara a los muchachos que llegaron un minuto tarde. Me reí.
Pasaron los minutos que sentía que eran eternos hasta que por fin la hora de salida hizo acto de presencia. Todos salieron casi corriendo, como asfixiados empujándose en la puerta. Mientras tanto, yo guardé mis cosas con calma, al tiempo que Juliana me observaba impaciente. El salón ya estaba completamente vacío.
—¿Cuál es tu prisa o tu ansia? —pregunté por vez primera con auténtica curiosidad.
—No, ninguna —sonrió—. Jorge vendrá por aquí, así que tárdate cuanto quieras —se echó a reír.
—Sabes que no me gusta que nos dé aventón —contesté de malhumor. Era típico de Juliana aprovecharse de la nobleza de Jorge para sus propios fines. Y podría tolerar eso, pero no el pésimo gusto musical de Jorge que había que aguantar en el trayecto.
Terminé de guardar mis cosas y casi de inmediato apareció Jorge, mirándonos con una media sonrisa. Me di cuenta de que observó a Juliana con mirada cómplice. Algo raro estaba pasando.
— ¡Espera! —Jorge me tomó del brazo antes de que pudiera bajarme del coche, dejándome pasmada.
—¿Ahora qué pasa? —pregunté casi asustada.
—Es que, Juliana y yo queríamos invitarte a…
—¿Tanto rollo y sonrisas cómplices para eso? ¿A qué antro van o…?
—No vamos a un antro exactamente —interrumpió Juliana—. Se trata de un concierto.
—¿Concierto? —me incomodé—. ¿De quién? —pregunté de nuevo y ninguno de los dos me contestó.
—De Utopía —admitió Juliana, bajando la mirada.
—Es que me gané los boletos en el radio —explicó Jorge, nervioso—. Son tres y nosotros somos tres entonces…
Me dieron ganas de reír por el miedo que ese par me tenía sólo para invitarme a un concierto de rock. Lo cierto era que el verdadero problema no era el concierto en sí, sino que yo detestaba a esa banda. No los podía ver ni en una pintura, era muy crítica y dura al hablar de ellos. Mi mayor molestia no eran sus letras sin sentido o sus insoportables riffs, sino más bien el cantante. No porque cantara mal, sino porque su actitud prepotente y engreída de creer merecer el mundo era simplemente fastidiosa. Sí, tenía una banda buena y exitosa, pero eso no lo convertía en un dios ni mucho menos. Siempre que lo veía por casualidad en la televisión o revistas, me daban ganas de patearlo. No concebía que hubiera gente a la que le agradara él ni mucho menos el escándalo que hacían.
—¿Esperan que yo vaya ahí, a ver como un montón de niñas se desviven por un grupo que no tiene ni el mínimo talento? —pregunté riéndome aún.
—Ni siquiera te has detenido a oír profundamente su música —me contestó Juliana defendiendo a la banda.
—Ni lo haré. Pero está bien, no tengo mucho que hacer hoy así que iré. Sólo para divertirme un rato viendo a las chicas que no reciben ni una mirada de ese Klaus García o como se llame —me eché a reír.
—Klaus Gacías —me corrigió Jorge, riéndose también.
—Como sea. ¿A qué hora pasan por mí?
—A las siete. Arregla tu reloj —me contestó Jorge guiñándome el ojo.
—De acuerdo, nos vemos —dije, bajando del auto