Funeral en lugar de carteles y pasteles
Está cayendo una extraña oscuridad, la lluvia golpea al ataúd y los paraguas. Las rafagas de viento sacuden las copas de los árboles que se asoman detrás de las tumbas. Hay demasiadas, las recientes sobresalen entre las pulcras piedras con nombres tallados. Me fijo en el año y me estremezco por seguir respirando el mismo aire que los cadáveres solo dejaron de respirar ese mismo mes.
Me dieron una taza de café. La bienvenida no fue la gran cosa, suspendieron el pastel y el cartel y nos invitaron a asistir al funeral de la semana.
No conozco a está chica, pero tenía mi edad. No sé de qué color era su cabello, pero en su informe decía que el color se había perdido en el carmín de su sangre. La sheriff habló sin divulgaciones, de manera directa. No había tiempo para dejar que me colocara audífonos y, al menos, actuará como si pusiera una de mis canciones favoritas e ignorará lo que estaban hablando de camino aquí.
Me voy a resfriar. No creo que tío Thomas se de cuenta de que no estoy caminando a su lado, absorto en sus pensamientos. Se llevó con él el paraguas y las gotas de lluvia parecen estar enojadas conmigo. Me golpean el rostro y el cabello se me pega en las mejillas.
Tío Thomas se agacha y pone el ramo de flores blancas sobre el ataúd. Su esmoquin se arruga y controla su manía de estirarlo con las manos. Valoro su profesionalidad. Se acerca a los abuelos de la víctima para dar su pésame, la mujer adulta sostiene un pañuelo contra sus labios temblorosos, sus ojos perdidos en el extenso bosque que parece cubrir todo el pueblo. Su esposo tiene su atención en la fuerza de su brazo para sostener por mucho más tiempo el paraguas.
¿Todo el mundo en este pueblo tiene un paraguas negro? Me hace pensar en una planeación, en algo cotidiano. Una charla trivial de si ha comprado el último modelo negro de paraguas. Ya sabe, común en estos último revoltoso mes de un asesino suelto.
La idea de que esté cerca me eriza los vellos de la nuca y e frío me retuerce los dedos de las manos, ¿habrá asistido a alguno de estos funerales su causante? Tío Thomas no regresa, la abuela de la víctima lo ha atrapado por el traje, aferra su mano con el pañuelo con fuerza.
Leo sus labios "Encuéntrelo."
No sé qué le responde él, las gotas furiosas dejan de golpearme y eso interrumpe mi análisis. El calor de otro cuerpo me distrae, la leve brisa que trae consigo olor a una colonia que no conozco pone en alerta todos mis pensamientos.
Siempre fui una miedosa y desconfiada.
Un paraguas negro me mantiene fuera del alcance de la lluvia. Unas manos huesudas y llenas de venas se resaltan contra el mango negro del paraguas, tan pálidas que parecen parte de una estatua. Sigo el camino del brazo cubierto por una gabardina negra, la silueta alta se estira sobre mí y me lleva como dos cabezas. No identifico con claridad su apariencia o edad.
—¿Habrá asistido el asesino alguna vez al final de sus travesuras? —dijo, en un tono que bordeaba el desinterés. Lo suficientemente bajo para que el sonido de su suave y juvenil voz danzara solo entre nosotros dos.
No lo he planteado así en mi mente, pero se siente como si lo transcribiera. Me hace sentir expuesta. No respondo porque no hablo con desconocidos. La pregunta me inquieto y su tono desinteresado en la situación me helo la sangre.
—¿Te mordió la lengua el gato, ratoncito? —Siento su aliento caliente danzar en mi oído. Arqueo las cejas, hundo los talones en el suelo húmedo y doblo el cuello sobre mi hombro, lista para mandar al diablo la política de no hablar con desconocidos que no me dan confianza. Él me interrumpe incluso antes de que pueda formular mi respuesta y es demasiado tarde para cuando veo sus labios finos moverse, un rostro de porcelana color hueso y unos oscuros pozos sin fondo—. ¿O acaso nuestro asesino te corto la lengua? Escuché que eso hizo con Amelie.
Se me retuercen las entrañas. Siento la bilis en la garganta. Ácida y acre. Soy demasiado consciente del efecto de sus palabras, de cómo el miedo se asienta en mis huesos. Decido ignorarlo y enfrentar con determinación su punzante mirada.
Estrecho los párpados y levanto el mentón para musitar con rudeza:
—Deberías ocuparte de tus propios asuntos —me tomó una pausa para observar el brillo que adquiere su mirada, leo su satisfacción por mi respuesta o por solo obtener una. Agrego con los dientes apretados—: Lejos.
Me obligo a creer que los latidos frenéticos de mi corazón que me golpea las costillas se debe a un problema congénito.
—¿Soy demasiado vulgar comparado a las conversaciones de ciudad para ti?
El desinterés queda mejor que la diversión que adornaba sus palabras. Vuelvo el rostro al frente sintiendo su gélida mirada contra mi nuca. Resopló a mi espalda y las gotas de lluvia volvieron como flechas disparadas hacia mi cuerpo. El frío me recorrió de pies a cabeza, pero me quedé en mi sitio hasta que tío Thomas dejó de recibir presentaciones. ¿Acaso nadie recordaba estar en un funeral?
Cuando pareció recordar mi existencia se disculpó hasta que estuvimos en la seguridad del coche.
Antes de retirarnos mis ojos se sintieron atraídos hacia un grupo en particular. No iban vestidos distintos al negro habitual en los demás, no sonreían, pero ninguno parecía triste.
Se veían agotados, acompañados de una belleza aterradora y tétrica. Eran dos hombres adultos, dos chicas idénticas y él, que parecía ignorar lo irritante que era, sonriendo para sí mismo sin que nada le importara, como si los funerales fueran la actividad favorita de su día a día.
Cuando cruzamos miradas, la suya tan magnética y atrayente, que temí que pudiera leer mis pensamientos.
Y la sonrisa de maníaco que me enseñó, temblorosa e inquieta, como si tuviese un chiste en la punta de la lengua que compartir. Compartir conmigo.
La seguridad del coche fue un regalo. El silencio sepulcral dentro también lo era y no me atreví a agradecer en voz alta para no arruinarlo.
—Una gran bienvenida, ¿no?
No me gire para verlo, dejando mi mirada seguir los borrones del pueblo. ¿Por qué todo es tan oscuro? ¿Se adapta el pueblo a los sucesos recientes?
—Fue... distintivo.