Prologo
El sol se asomaba tímidamente en el valle de Ónice, un lugar poco habitado y alejado de la civilización. El terreno, de color oscuro y origen volcánico, había dado nombre a la región. A excepción de algunos campos de cultivo, un pequeño pueblo y una antigua torre de vigilancia, la zona estaba prácticamente desierta. La subsistencia de los habitantes se basaba en unos cultivos de gran calidad, cuyo sabor exótico y particular se debía a la rica composición del terreno, además de un turismo atraído por sus famosas aguas termales.
La torre, enclavada en las faldas del volcán inactivo, se encontraba alejada del pueblo y de todo lo demás. Ya había dejado atrás su función original como torre de vigilancia y ahora era el hogar de un mago solitario. Había obtenido la bendición del duque de la región para instalarse allí, y se ganaba la vida ofreciendo servicios ocasionales de herboristería y curación.
Desde que el mago se estableció en la torre, los senderos sinuosos que llevaban hasta allí solo eran transitados por personas simples con solicitudes modestas. Sin embargo, un carruaje lujoso y ostentoso se deslizaba lentamente por los escarpados caminos, desafiando la tranquilidad del lugar con su mera presencia.
Los duques de Esnain viajaban en su carruaje, con la mirada clavada en el paisaje desolador que se desplegaba ante ellos. Observaban con desdén la llanura árida y yerma que se extendía a su alrededor, y no podían evitar compararla con las elegantes calles del anillo central de Zinthfair, al que estaban acostumbrados.
- No entiendo cómo un mago de la posición de Reedal puede preferir vivir en este erial -dijo el duque, sin apartar la mirada de la ventana.
- Es un hombre complejo, pero nadie duda de sus habilidades -respondió la duquesa, volviéndose hacia su esposo.
- No dudo de sus habilidades, sino de su juicio. Zinthfair es la capital cultural del imperio. Le ofrecí un lugar en la corte, una residencia en la zona central... -señaló con la mano hacia la ventana-, pero uno de los magos más poderosos y reputados del imperio prefiere vivir en medio de la nada.
La duquesa sonrió y volvió a apartar la mirada de la ventana mientras el carruaje disminuía su velocidad al acercarse al destino. El duque, por su parte, dejó de mirar por la ventana y clavó sus ojos en la duquesa.
- ¿Estás segura de que él es el indicado para esto? -insistió el duque.
El carruaje se detuvo y el cochero bajó para abrir la puerta desde fuera.
- Si consideramos que es uno de los magos más poderosos del imperio, y que ya lo conocemos y es de fiar, me parece la apuesta más segura -afirmó la duquesa-. Y si esto no es suficiente, piensa que la torre en la que vive nos la debe a nosotros. No puede negarse.
El duque frunció el ceño, pero después de unos segundos asintió. El cochero abrió la puerta y ambos bajaron del carruaje. La torre estaba construida en un terreno plano en las faldas del volcán, pero se apreciaba que estaban a una considerable altitud. Casi todo el valle podía verse desde allí, lo que hacía a la pequeña planicie el lugar perfecto para construir una torre.
La escolta de los duques ya había desmontado sus caballos y estaba estableciendo posiciones defensivas alrededor de la torre. El duque miró a su alrededor y notó que además de la torre, había un pequeño establo en un estado deplorable que parecía no haber sido utilizado en años. El jefe de la escolta se acercó a los duques y realizó un leve asentimiento con la cabeza.
- ¿Algún problema en el camino, comandante? -preguntó el duque.
- Ninguno, señor. Uno de mis hombres notó que nos estaban vigilando en el último pueblo, posiblemente alguna banda de ladronzuelos local. Pasado el pueblo no se han atrevido a seguirnos. Si lo considera oportuno, vigilaremos que nadie nos haya seguido por los caminos -dijo el comandante Gibbs con energia.
- Gracias, comandante. Pero no será necesario. Dudo que nadie se atreva a asaltarnos teniendo a Reedal el calcinador de nuestra parte. Pueden descansar, esto será rápido -respondió el duque con seguridad.
Gibbs frunció el ceño al mirar la torre. Claramente no había sido informado de quién habitaba en ella. Realizó un asentimiento y un saludo militar antes de apartarse a un lado.
Los duques avanzaron lentamente hacia la torre. Sus lujosos zapatos apenas proporcionaban ayuda en el terreno pedregoso. Cada paso que daban venía acompañado de punzadas de dolor. A pesar de las dificultades, lograron llegar a la puerta de la torre y el duque llamó a la puerta tres veces con sus nudillos. Al no recibir respuesta, llamó tres veces más después de unos segundos.
- ¿Tal vez ha salido? -preguntó la duquesa.
El duque se encogió de hombros.
- Es posible. Estoy seguro de que aparecerá pronto. Después de todo, en estas tierras no hay muchos lugares a los que pueda haber ido.
La puerta se abrió lentamente, moviéndose hasta detenerse por completo. En el interior de la torre, a unos metros de la entrada, se encontraba un hombre de mediana edad sentado frente a un escritorio. Llevaba el cabello largo y castaño, recogido con una cinta de cuero en la frente, y una barba bien cuidada. Sin apartar la vista del escritorio, el hombre bajó suavemente el brazo que tenía extendido hacia la puerta, y esta se detuvo.
- ¿Qué se le ofrece? -preguntó Reedal de forma mecánica y sin apartar la vista de sus libros.
El duque, estupefacto, abrió la boca para protestar por tal falta de respeto, pero antes de que pudiera hacerlo, su esposa habló:
- Nos gustaría discutir un asunto de gran importancia -dijo la duquesa con voz firme-. Lamentamos no haber notificado con tiempo nuestra llegada, pero hemos preferido venir en persona.
El mago alzó la cabeza de golpe, con expresión de horror. Durante años, solo había recibido la visita de lugareños que venían a solicitar remedios para dolencias comunes como el cansancio o las quemaduras. No se esperaba recibir visitas tan importantes de manera repentina, y mucho menos visitas que tuvieran el poder de ordenar su ejecución pública.
Con un gesto de mano, dos sillas se acercaron flotando a la otra parte del escritorio en el que estaba sentado, se levantó con prisas y se dispuso a ordenar rápidamente y como pudo los libros que tenía apilados en el escritorio.
- Discúlpenme. No pretendía faltar al respeto. Las visitas que suelo recibir últimamente son... mucho mas humildes. Si hubiera sabido de su llegada, habría preparado un recibimiento adecuado -dijo Reedal mientras se afanaba en ordenar su escritorio.
Notando que sus palabras habían surtido efecto en el duque, Reedal se sintió un poco más aliviado y continuó hablando con un tono más relajado.
- Por favor, tomen asiento. ¿Puedo servirles algo de té o agua? Me temo que no hay mucho más que pueda ofrecerles.
El duque negó, con un gesto de mano. Parecía agradecido por el cambio de actitud del mago y tomó asiento en una de las sillas que había en frente del escritorio. Observó con apatía la decoración de la torre, notando la gran cantidad de libros, hierbas y pociones que había en ella. No había a la vista ninguna cama ni armarios de ropa, pero la altura de la torre parecía sugerir que el dormitorio del mago estaba situado en la planta superior.
- Tengo que admitir que visto desde dentro, el lugar tiene su encanto -dijo el duque con cierta ironía en su voz-. Es muy... rústico.
- Comprendo que pueda parecer así a alguien acostumbrado a los lujos de la corte, pero para mí es un lugar muy acogedor -respondió el mago con una sonrisa amable-. Aquí puedo concentrarme en mis experimentos y estudios sin distracciones ni interrupciones.
El duque examinó detenidamente la apariencia del mago, notando su vestimenta sencilla y austera, compuesta por una camisa y pantalón negros, que parecían más apropiados para un campesino que para un hombre de su posición. Las ojeras marcadas debajo de sus ojos sugerían que no había estado durmiendo bien últimamente. “¿Realmente cree que esta vida es mejor que lo que le ofrecimos en la capital? ¿Ha caído tan bajo?“, pensó el duque con una mezcla de condescendencia y curiosidad.
Finalmente, Reedal terminó de ordenar y se sentó erguido en su silla, entrelazando las manos sobre la mesa y dirigiendo su mirada hacia los duques, que ya estaban sentados frente a él. Se giró hacia el duque y continuó hablando:
- Por supuesto, no es un lugar para todos los gustos. Pero es mi hogar y me siento cómodo aquí. ¿En qué puedo ayudarles exactamente?
El duque realizó un leve asentimiento de aprobación y dirigió su mirada hacia las escaleras del interior de la torre, intentando adivinar el tamaño del dormitorio de la planta superior.
- ¿Ha oído hablar de Shiz, Kadyn y Pallius Lamalli? -preguntó con firmeza mientras mantenía su mirada fija en Reedal.
- Me temo que no estoy muy al día con los acontecimientos del ducado últimamente -respondió Reedal sin apartar la mirada del duque-. Pero sí que he oído hablar de Pallius Lamalli en el pueblo. Si no me equivoco, es propietario de la mitad de los cultivos de estas tierras y distribuye los bienes producidos por todo el país.
Mientras Reedal hablaba, pensó para sí mismo: “Y si no estoy equivocado, la palabra ‘esclavista’ también suele mencionarse junto a su nombre”.
El duque esbozó una sonrisa con orgullo.
- Es posible que no esté al tanto de los asuntos de mi ducado, pero debo decirle que sus palabras subestiman el alcance y la influencia de mi tercer hijo. Controla no solo la mitad, sino la gran mayoría de los comercios en esta región - dijo el duque, inclinándose ligeramente hacia el escritorio-. Dado su aislamiento, no me sorprende que no haya oído hablar de Shiz ni de Kadyn. Shiz, mi primogénito, es capitán del ejército de Zinthfair y uno de sus más destacados estrategas. Todavía es joven, pero va camino a convertirse en la máxima autoridad militar. Kadyn eligió el camino de la fe, pero no se ha quedado atrás respecto a sus hermanos. El año pasado fue ascendido a cardenal y con el tiempo, acabará convirtiéndose en la máxima autoridad religiosa del imperio.
- Tiene usted una descendencia impresionante, mi señor. Debe estar muy orgulloso de sus tres hijos -dijo Reedal.
La sonrisa del duque se ensanchó.
- Por supuesto. Pero todavía no he mencionado a nuestro cuarto y último hijo, Vaenal Lamalli -dijo el duque, con una expresión ligeramente sombría.
- Recuerdo un Vaenal Lamalli -dijo Reedal levantando una ceja-. Muy hábil en su control de la electricidad.
« Un tipejo repugnante. Según he oído era un despiadado torturador que disfrutaba infligiendo dolor a sus prisioneros.»
- Muy perceptivo -dijo el duque, moviendo la cabeza con aprobación-. El hermano menor de mi padre. Eligió el camino de la hechicería desde una edad muy temprana y lo siguió hasta el día de su muerte. Sufrió un desgraciado accidente unos años antes de que naciera nuestro pequeño Vaenal, que recibió su nombre en su honor.
- Oí muchas historias de Vaenal, incluso coincidimos en Greyshire. ¿Puedo preguntar qué le ocurrió? -preguntó Reedal, interesado por el destino de su compañero de profesión.
- Desafortunadamente, Vaenal sufrió un trágico accidente durante una expedición arqueológica -continuó el duque-. Un guía activó por accidente una trampa y fue alcanzado por una lluvia de flechas.
Reedal asintió respetuosamente.
« Una muerte rápida e inesperada. Mucho más de lo que merecía el viejo Vaenal tras todo el sufrimiento que ocasionó. »
- Pero no hemos venido a hablar de mi tío, sino de mi hijo -continuó el duque-. El joven Vaenal no ha demostrado hasta ahora las habilidades estratégicas de Shiz, la capacidad empresarial de Pallius o el interés en la religión de Kadyn. Tampoco muestra inclinación por el gobierno, lo cual es preocupante dada nuestra posición en la línea sucesoria. Todos los miembros de la familia Lamalli han destacado en diversos campos, y espero lo mismo de mi hijo más joven. Sin embargo, aunque tiene buena memoria y es bastante habilidoso con los libros, aún no ha elegido su camino. Me preocupa que termine siendo simplemente un erudito o bibliotecario, cuando nuestro linaje está destinado a cometidos más elevados.
« Típico. Con tres hijos con talento e influyentes espera que el cuarto también lo sea. »
- No me cabe ninguna duda, señor -dijo Reedal, interrumpiendo los pensamientos del duque-. Pero aún no entiendo en qué puedo ayudar.
La expresión de Reedal cambió, revelando su preocupación a medida que comprendía lo que los duques estaban insinuando. El duque intentó ocultar su sonrisa de satisfacción ante la comprensión de Reedal.
- Es usted un hombre inteligente -dijo el duque con una sonrisa-. Creo que está empezando a comprender el motivo de nuestra visita. Soy consciente de que la magia es un don que cualquiera puede desarrollar con entrenamiento y disciplina, sin importar su procedencia. El joven Vaenal recibió su nombre en honor a mi tío, por sus venas corre también la sangre de un mago reconocido. Creo que usted puede ayudarle a desarrollar su potencial.
- Sería un honor entrenar a su hijo, pero no creo que yo sea la persona indicada para esto -respondió Reedal, visiblemente incómodo-. Nunca he tomado un aprendiz, y este no es el lugar adecuado para...
« No me obligues a esto. »
- Tonterías -interrumpió el duque-. Usted es uno de los magos más poderosos y reconocidos del imperio. Todos sabemos lo que hizo en Greyshire. No tengo ninguna duda de que será el tutor perfecto para mi hijo. Además, le aseguro que le compensaremos generosamente por su tiempo y esfuerzo.
- Con todo mi respeto, señor, esta torre no me parece adecuada para alojar a alguien de tan alta alcurnia. Además del desorden, el dormitorio de la planta superior apenas cuenta con espacio suficiente para mí -explicó Reedal, esperando que su excusa fuera suficiente.
El duque asintió levemente, sin mostrarse afectado por la respuesta del mago. Ya había previsto esa objeción.
- Entiendo su preocupación, pero no se preocupe. Me he fijado en el viejo establo que hay en el exterior del recinto. En un par de semanas podríamos acondicionarlo adecuadamente y convertirlo en un dormitorio digno para alojar a un noble de su estirpe. Correrá todo por nuestra cuenta, por supuesto -propuso el duque.
Reedal dejó escapar un suspiro de resignación y se dejó caer en el respaldo de su silla. Sabía que no podía negarle nada al duque, quien era una persona decidida y poco dada a la compasión.
- Recibirá unos honorarios, no tiene por qué preocuparse por eso. Además, uno de nuestros criados estará a su disposición para satisfacer todas las necesidades de nuestro hijo. Así podrá concentrarse en su adiestramiento -continuó explicando el duque-. Y si eso no es suficiente motivación, piense en que reside en esta torre gracias a nuestra simpatía y buena fe. Simpatía que podría verse afectada si rechaza una petición que hemos venido a hacerle en persona.
Pasaron unos segundos de silencio, durante los cuales el mago parecía considerar todas sus opciones. El ceño del duque se fruncía cada vez más a medida que pasaba el tiempo. Reedal no veía ninguna salida. Si no aceptaba la petición, tendría que buscar otro lugar donde vivir. En el peor de los casos, bueno, todavía tenía aprecio por su cabeza y prefería que siguiera en el sitio para la que fue concebida.
« Empiezo a ver un patrón en esta familia », pensó Reedal.