Capítulo único
—¿Dos horas para ponerte unos aretes? —Alhaitham recargó un hombro contra el marco de la puerta; cruzado de brazos, mantuvo la mirada fija sobre Kaveh, quien se colocaba unos llamativos aretes dorados muy de cerca al espejo.
—Usted disculpe, Señor Escriba —agregó con una mordaz ironía que nunca faltaba en alguna de sus conversaciones—, pero le recuerdo que la reunión a la que estamos por asistir es de mí generación y no es obligatoria su compañía.
—Créeme que no estaría haciendo esto si no tuviera que contactar con alguien que vendrá a Sumeru sólo por esta ocasión.
—Gracias a eso me recordarán como el arquitecto que llevó a un aguafiestas a la reunión.
—Al menos al fin te recordarán, así que: de nada.
—¡Alhaitham!
El nombrado se retiró en el mismo silencio con el que llegó, reflexionando cuándo fue el momento exacto en que su relación se volvió pasivo-agresiva. Parecía un acuerdo tácito en el que ambos aliviaban el estrés acumulado y, en el fondo, pese a no demostrarlo en el rostro, era divertido para Alhaitham. Un Kaveh explosivo siempre era lindo de ver. No conocía a otro ser vivo capaz de arrancar emociones tan fuertes en Kaveh. Sólo él era digno. Era su lujo y capricho personal.
«Si Kaveh supiera quién le dio los aretes que tanto le gustan… —pensó—. ¿Algo cambiaría?».
No discutieron en el trayecto a la Academia. Para el resto del mundo podría ser inusual verlos en paz, caminando a la par; ellos, por su parte, eran capaces de mantener los momentos de compañía en plena quietud. Alhaitham aprovechaba esa calma para leer o escuchar sus pensamientos, antes de que el tempestuoso huracán «Kaveh» azotara contra las playas de su paciencia y buen juicio.
En esta ocasión, un recuerdo del pasado le asaltó la memoria.
Varios años atrás. El día de la graduación de Kaveh.
Alhaitham vio el inicio de la ceremonia en el Gran Salón desde un piso superior. Aquella larga cabellera rubia era inconfundible incluso a la distancia.
Dio media vuelta, alejándose entre los pasillos. La primera graduación a la que asistió fue la de la Gran Erudita Lisa. Por lo que sabía, el protocolo en todas y cada una de ellas era el mismo, así que, una vez visto una: has visto todas. La de Kaveh no sería diferente, muchos menos la propia. Aun así, la mayoría de los estudiantes asistían a ese tipo de eventos por solidaridad.
Por el paso apresurado que llevaba, no le tomó nada de tiempo llegar a una puerta en la sección de alojamiento para estudiantes. La Academia de Sumeru no era, como tal, un internado; a los estudiantes de mayor prestigio y mejores notas se les permitía vivir allí para que pudiesen aprovechar mejor el tiempo de estudio al ahorrarse el traslado. Por tales motivos, personas como Alhaitham nunca salían de la Academia, salvo en situaciones puntuales. Para Kaveh, el asunto era el mismo. Alhaitham seguía sorprendido de que una celebridad como esa en verdad contara con el cerebro necesario para ocupar una habitación; una frente a la cual, por cierto, se encontraba de pie.
Ingresó al cuarto tras verificar que se hallaba en soledad, con la confianza de que nadie lo vio o lo siguió.
Cerró la puerta a sus espaldas.
Las cortinas abiertas daban paso a que la luz natural iluminara cada rincón. Todas las habitaciones contaban con lo mismo: tocador, guardarropa, librero, cama, buró, sofá individual, escritorio, baño completo detrás de otra puerta. Lo que cambiaba era la decoración que cada uno aportaba con objetos personales.
Echó una mirada al tocador: ligas, pasadores, un peine y un cepillo con algunos cabellos rubios enredados entre sus cerdas. Eso, aunado a los libros de arquitectura en la estantería, el restirador y los materiales de medición que reposaban sobre el escritorio, le aseguraban que se trataba de la recámara de Kaveh.
Las mangas de la túnica que usaban los estudiantes le permitieron mantener en la mano y fuera de la vista al público, una caja color oliva de diez centímetros por lado, con cuatro de altura.
«Ya es muy tarde para echarse atrás. Debí meditarlo más» dijo para sus adentros.
Depositó la caja sobre la cama destendida. Destacaba entre las cobijas rojas con dorado.
Al girar sobre sus talones para retirarse, sobre el buró aledaño, se topó por casualidad con un libro que ponía en la portada Nociones básicas de estructuras piramidales. Llevaba un par de días buscándolo. Lo tomaría prestado y se lo devolvería más tarde. Necesitaba revisar un detalle.
En el buró sólo quedó un collar que Kaveh no se sacaba de encima desde que lo compró. Alardeó haberlo conseguido de un coleccionista a cambio de una gran suma de dinero, pues se trataba de una pieza invaluable que llamó su atención. Lo cierto era que Alhaitham lo vio consiguiéndolo de un vendedor ambulante (y sospechoso) en el bazar.
Había que destacar que Alhaitham no seguía ni espiaba a Kaveh por gusto, tan sólo hacía algunas investigaciones y resultaba que el tipo siempre aparecía en los lugares que visitaba.
En aquella ocasión, hacía poco de haber escuchado un rumor acerca de un grupo de eremitas que saquearon una pirámide, cuyo contenido vendían como contrabando para obtener fondos que les permitieran financiar armamento.
Sí, era difícil que un estudiante tuviera acceso a información clasificada y pudiera andar por ahí a sus anchas; sin embargo, Alhaitham contaba con buenos contactos que cada tanto le permitían participar en investigaciones dada su capacidad deductiva.
Aquel día consiguió evidencia del contrabando de piezas arqueológicas, mejor dicho, Kaveh lo hizo. Podría haber notificado al departamento para el que trabajaba en ese momento y convencer a Kaveh de que diera su testimonio; no obstante, no lo hizo. Se sentía incapaz de borrar la sonrisa de ese chico y arrebatarle el collar que, a leguas, se notaba que le fascinaba. ¿La razón? Era una verdadera estupidez, pero la realidad era que Kaveh le gustó desde el primer instante en que lo vio: un muchacho de rasgos finos, presencia deslumbrante y voz potente.
Por un par de días creyó que su amor a primera vista sería sólo eso, hasta el día en que se conocieron. Ver que Kaveh le rebatía, le decía cualquier cosa que cruzara por su mente de forma honesta (a veces ruda) y que no se daba por vencido, no hizo más que aumentar la fascinación que sentía por él.
Él era incapaz de experimentar atracción sexual, interés o deseo, y estaba bien con eso, tan sólo tenía sed y hambre de conocimiento, de información y de… Kaveh. Por más que fingiera desinterés enfocándose en un manuscrito o le diera la espalda, cada que Kaveh hacía acto de presencia, tenía ojos y oídos atentos a él.
A esas alturas no sabía si era un lindo sueño o una horrible pesadilla. Hacía cosas que jamás creyó realizar por alguien más, aunque no se sentía mal o culpable por ello. Era consciente de que Kaveh le gustaba y le aceleraba el pulso y, aún así, se sentía alterado. En algún punto formuló la hipótesis de que, cuando se sintiera así, atraer a Kaveh hacia sus brazos lograría calmarlo. ¿Algún día podría comprobarlo?
—¡Alhaitham!
Escuchó una fuerte voz a sus espaldas. ¿La ceremonia había terminado? ¿Cuánto tiempo había estado en ese cuarto?
—Si fueras cualquier otra persona mandaría llamar a un académico para denunciar tu intrusión en mi habitación —agregó Kaveh, con la cabeza sobresaliendo entre flores y otros obsequios—, pero al tratarse de ti, sé que sólo mis libros peligran. —Desvió los ojos hacia lo que el otro sostenía—. Y por lo que veo, no me equivoqué.
Depositó los presentes sobre el sofá.
—Vine por esto. Lo necesito para un trabajo —explicó Alhaitham, señalando el libro que, por fortuna, jamás soltó.
—Si prometes rellenar el formulario de devolución a mi nombre, puedes llevártelo. De lo contrario, aquí lo dejas, porque hoy es la fecha límite de entrega y planeo regresarlo más tarde.
Alhaitham suspiró con pesadez antes de responder con resignación.
—De acuerdo. Lo devolveré en tu lugar sólo por esta vez.
Kaveh planeaba abrir sus obsequios como si se tratase de un cumpleaños, por lo que movió unos cuantos hacia la cama; no obstante, notó algo más sobre ésta.
—Alhaitham, ¿esto es tuyo? —preguntó, levantando la cajita color olivo, al tiempo que el otro daba media vuelta.
—Estaba aquí cuando llegué —mintió, sin el mínimo atisbo de nerviosismo, tan estoico como siempre.
Kaveh sacudió el objeto, notando un ruido metálico en su interior.
—¿Será un regalo?
Alhaitham se encogió de hombros.
—Si estaba aquí, considéralo tuyo.
Kaveh levantó la tapa con cuidado. El característico color rojizo de sus ojos no tardó en volverse brillante cual rubí ante la emoción de lo que encontró.
Con una mano extrajo un arete relativamente grande, donde una piedra escarlata y tres esmeraldas eran sostenidas en cuencos geométricos por un metal que a primera vista parecía ser oro.
Se apresuró hacia el espejo sobre el tocador para sacarse los aretes con forma de pluma de ave que solía usar y colocarse los nuevos.
—¡Se ven geniales! ¡¿No crees?!
Alhaitham no logró responder. Kaveh volvió al buró en tiempo récord.
—¡Y hacen juego con el collar! —Lo sostuvo frente a sí antes de ponerlo alrededor del cuello. Por cosa del evento de graduación, ese día no podía usar objetos llamativos o extravagantes—. Listo. ¿Cómo me veo?
—Como siempre. Pareces pavo real —respondió con indiferencia.
—Tomaré tu comentario envidioso como algo positivo porque sé que se me ven espléndidos —dijo, colocando una mano sobre el pecho mientras volvía hacia el espejo, donde admiró su rostro durante un par de minutos—. Vaya, pero si parecen parte de una colección de antigüedades.
«Porque eso son» pensó Alhaitham, recordando el día en que acompañó a la persona a cargo del problema de saqueo de pirámides, meses atrás, a revisar cómo había quedado el último lugar vandalizado.
No se sentía orgulloso de haber escondido aquellos aretes que encontró entre los escombros. Probablemente se cayeron mientras se llevaban el resto de las piezas y los dejaron atrás. Más tarde, ese mismo día, restauró las piezas a su antiguo brillo y agradeció no haberse equivocado al teorizar que formaban un conjunto con la pieza que Kaveh había comprado.
—Me pregunto quién los habrá traído —habló Kaveh—. Dime, ¿en verdad no viste a nadie entrar o salir de aquí? ¿O caminar por los pasillos?
Alhaitham negó con la cabeza.
—Me hubiera gustado agradecerle —agregó Kaveh, sin dejar de admirar su reflejo—. Sea quien sea, debe conocerme realmente bien. Mañana intentaré averiguar quién fue. Avísame si llegas a escuchar algo al respecto, ¿está bien?
Al volver la mirada, Alhaitham ya no estaba en la habitación.
—Ese pedazo de... —susurró con cierto fastidio al ver que la puerta se hallaba emparejada—. Mira que salir sin despedirse. Mañana le daré una cátedra sobre modales.
—Sabes algo —dijo Kaveh, regresando a Alhaitham de vuelta al presente—, cuando mencionaste los aretes, hiciste que recordara que nunca supe quién me los dio. Incluso le pedí ayuda a Cyno en aquel entonces, pero nunca pudimos encontrar a la persona.
»¿Te cuento un secreto? —continuó, sin esperar respuesta—. Por éstos aretes cambié mi peinado.
—Cierto. Solías usarlo suelto y mucho más largo.
—Oh, ¿lo recuerdas?
—Toda la vida he tenido especial atención con los detalles que me rodean. Por algo mi trabajo como Escriba no representa un problema —explicó, creyendo, por un momento, que debía justificar el por qué recordaba tan bien al otro.
—Volviendo al tema: al no dar con la persona, creí que sería un lindo gesto que me viera usándolos, así que decidí cortar un poco mi cabello y recoger una parte hacia atrás para hacer que lucieran.
—Así que fue por eso el cambio de look.
—¡Por supuesto! Aunque, ni Cyno ni yo pudimos hallar a una persona que me viera más de la cuenta.
«Yo lo hacía... Todavía lo hago» pensó Alhaitham.
—Creíamos que, si alguien me clavaba la mirada, sería a causa de los nuevos aretes y así daríamos con nuestro sospechoso o sospechosa.
«Suerte que siempre te he mirado con discreción. Años de práctica».
—Bueno, parece que tienes otro dato para tu lista de «cosas que nunca sabrás» —agregó Alhaitham, orgulloso por conocer la historia completa sin intentar obtenerla.