Capítulo 1
LUCAS
El sonido de una cascada tranquila y pájaros cantando se internaron en mi sueño y lograron despertarme, mi alarma tranquila de las cinco de la mañana se hacía presente. Si bien tener un trabajo se podría considerar una bendición con la actual economía del país, eso no le quitaba lo agotador que me estaba resultando. Trabajo en una empresa que recientemente se ha vuelto conocida, en la que se fabrican jabones y productos de aseo, Limpiemos; sí, soy consciente de su nombre tan original, llevo trabajando casi dos años en el área de contabilidad, mi primer año fui parte del área de facturación y actualmente me encuentro como asistente del Señor Suárez, el dinosaurio contador que es ya casi un jubilado de la vida.
Froto mis manos contra mis ojos mientras un bostezo largo me adormece aún más. Respiro profundamente, me levanto perezosamente y camino hacia el baño. Durante el último mes nos han cortado el agua casi todos los días durante la noche por un supuesto problema que persiste con la tubería vieja del edificio. Debo aprovechar cualquier minuto de agua y más a esta hora que es menos congestionado el uso de las duchas así que, me dispongo a bañarme y alistarme rápidamente para terminar la semana laboral con buena actitud.
Luego de una ducha llena de agua fría y pereza, me seco rápidamente y voy a mi habitación, busco una camisa blanca de algodón y el traje de color gris claro, peino mi cabello y le aplico un poco de cera para que permanezca en su lugar durante el día, por último, me pongo un poco de colonia en el cuello.
¿Será que por fin hoy voy a poder decirle a Camila que salgamos?
María Camila es una compañera del área de publicidad que me trae caminando como perrito faldero desde mi primera semana trabajando en esa empresa.
Con ese mal humor que se gasta, mínimo me dice que deje de preguntar bobadas y la deje de molestar, pero se vale intentar ¿No?
Salgo de mi habitación, camino hasta la nevera y al abrirla, por desgracia veo que ya es hora de ir a comprar el mercado de las próximas dos semanas porque no creo que pueda seguir sobreviviendo a punta de sólo café por las mañanas. Acomodo en mi bolso los audífonos, el portátil, el celular, la cartera y mi agenda personal. Me tomo una taza de café recalentado que lo único que me va a producir es acidez, lavo mis dientes, pero antes de salir, busco mis gafas en la mesa de noche, me las pongo y me voy.
La entrada a la empresa es a las siete y media de la mañana, pero con el tráfico que tenemos en la ciudad últimamente, hay que salir más temprano. Son las seis en punto cuando voy subiendo al bus que pasa, afortunadamente, justo al frente de mi edificio. No es mi medio de transporte favorito y es por eso que estoy ahorrando para poder comprarme una moto y de una vez por todas dejar de lado el molesto acto de madrugar y el detestable transporte público.
Hoy voy con la actitud de hablar bien con Camila, yo sé que va a ser difícil convencerla para que salga conmigo, pero con la confianza que traigo estoy seguro que al menos una risa puedo lograr con ella. Me bajo del bus 5 calles más abajo de la empresa, camino sin prisa, voy bien de tiempo, son las siete y diez. Rezo para que hoy el día se compadezca de mí y me deje llegar antes que Camila o al menos encontrarme con ella en la entrada. He estado bastante emocionado por invitarla a salir, sobre todo después de que supe que su relación tan maravillosa con el ingenierucho que tenía de novio por fin se terminó. Obviamente no quería molestarla con citas al momento de su ruptura, pero ya pasaron dos meses y creo que es suficiente tiempo. Llegando a la empresa y justo antes de siquiera entrar, una moto enorme se mete imprudentemente al parqueadero del edificio.
–Un animal manejando, qué maravilla. –digo con enojo siguiendo mi camino. Perfectamente me pudo haber atropellado y mi maravilloso día se habría ido a la mierda, sin saber si al menos le tiene seguro a ese monstruo de moto que tiene.
Al entrar a la empresa, saludo a Marta, la recepcionista, subo al ascensor contiguo y me bajo en el cuarto piso. Paso directo a mi escritorio y empiezo a preparar mis cosas para trabajar. Ya que estamos a final de mes, casi todos empiezan a traer quejas del trabajo atrasado que tienen y con eso, sólo regaños por parte del Señor Suárez.
Yo llevo mis cosas al día así que, simplemente me estreso por supervisar el trabajo que tienen atrasado los demás para poder entregar todo a tiempo. Normalmente a las 7:40 el Señor Suárez llega y se sienta en su oficina a perder el tiempo con su celular o se sienta a revisar su correo, pero para el momento en que me doy cuenta de la hora, ya son las 8:10 y él sigue sin aparecer.
Probablemente se le pegaron las cobijas, la gente vieja y a punto de jubilarse se puede volver mañosa. Es cosa de la edad.
Continúo revisando uno a uno los archivos que han ido llegando a mi correo de parte de Facturación hasta que siento una mano pesada tocando mi hombro izquierdo. Levanto mi cara rápidamente y veo que es el Señor Suárez con una sonrisa se dirige hacia la persona que tiene al lado.
–Mire, éste es mi asistente Lucas. –dice dándome palmaditas suaves en el hombro. Me levanto de mi asiento sin siquiera mirar directamente a su acompañante– Es un muchacho confiable y bastante dedicado, créame que le va a ser de mucha ayuda mientras usted se adapta.
–Mucho gusto, me llamo Lucas Guzmán. –digo y en un afán por terminar la formalidad, extiendo mi mano hacia la persona junto a mi jefe y al instante, siento que una mano bastante firme me corresponde el apretón.
–Hola, Lucas. Mi nombre es José Guillermo Hurtado, es un placer conocerlo. –su voz es profunda y amable, miro directamente su cara, es un hombre joven y sonriente.
Soltamos el apretón de manos y el Señor Suárez con toda su amabilidad lambiscona usual, se dispone a confesarme que por fin se va a retirar de la empresa, que su querida esposa por fin logró convencerlo y que el chico que tengo enfrente es su reemplazo. Se ve bastante joven, casi sin algo de experiencia. La sola noticia de que se iba ya era sorpresa y el hecho de que estaba preparando a su reemplazo, dejaba aún más en claro la decisión que había tomado.
El reemplazo del Señor Suárez, vestido con un traje bastante justo, me daba unos vistazos rápidos a mi cara, su sonrisa amable no se iba y parecía entender cada cosa que mi futuro ex jefe le explicaba. Su altura parecía ser similar a la mía y esto, por un lado, era bueno pues así no tendría que hablarle al piso cada que hablara con él. Un aire juvenil le traería vida al área de contabilidad y a lo mejor, podría llegar a tener una relación más estrecha con él que con el Señor Suárez, cuya máxima expresión de aprecio no era más que un saludo efusivo cada fin de mes.
El chisme y el interés por la vida de los demás no era lo mío y el ser un buen amigo de mi nuevo jefe no se siente como una prioridad, a decir verdad. Haberme enfocado en mi trabajo todo lo que restaba de la mañana logró que la hora del almuerzo se sintiera como un tesoro bien merecido, además de que salir a tiempo me daba una oportunidad de hacer la invitación para Camila con más naturalidad.
Miro la hora en mi portátil, 12:05 del mediodía, dejo lo que estoy haciendo y agarro mi celular y mi cartera, tomo el dinero necesario para el almuerzo y algo para tomar en la tarde, paso por la oficina vacía del Señor Suárez sin evitar sentirme un poco ansioso por el humor que podría tener mi nuevo jefe y su nivel de exigencia sobre mi trabajo.
¿Lo voy a tener que llamar ‘Señor Hurtado’ o por su nombre de pila?
En la entrada de la empresa y con una perfecta cola de caballo, el ceño levemente fruncido que la caracteriza, está Camila. Camino hasta ella y en el camino trato de tomar el suficiente aire antes de empezar a saludarla. Sus ojos viajan hacia mi cara con rapidez, esboza una sonrisa bastante superficial y se arregla una manga de su camisa.
–Hola, Cami ¿Cómo vas? –digo al momento exacto en que me acerco a ella.
Mueve su cabeza hacia la dirección desde dónde yo venía y sus ojos se quedan fijos en algo lejano.
–Hola, Lucas. Bien. –responde sin siquiera regresar su mirada a la mía.
Auch.
Doy vuelta a mi cabeza en dirección hacia dónde ella mira y el entendimiento me cubre por completo. Su sorpresivo interés tiene un nombre y apellido, además de un nuevo cargo mejor que el mío. José Guillermo Hurtado.
Aclaro mi garganta tratando de llamar su atención, pero sólo logro que su mirada se pose fugazmente en mí.
Ahora es el momento, no puedo haber dejado pasar tanto tiempo y que ahora mi nuevo jefe me gane sin piedad.
–Cami, es que quería preguntarte una cosa desde hace un tiempito. –mi boca se siente dormida.
¿Qué putas estoy haciendo?
–Dime. –dice secamente. No se ve ni remotamente interesada en nuestra conversación, esto ya es patético de mi parte.
Doy una respiración con la resignación presente. Tengo un mal presentimiento.
–Es que quería preguntarte si te gustaría de pronto salir este fin de semana conmigo a comer algo o a ver una peli. Ya sabes, si tienes tiempo libre y no tienes ningún plan en mente.
Mi garganta está seca, es más que obvio lo mal que he preguntado eso, pero si ella acepta no va a ser una vergüenza por completo ¿O sí?
Sus ojos me miran con sorpresa un instante para volver a mirar hacia la dirección de mi nuevo jefe. Aclara su garganta para responder:
–Pues, Lucas ¿Qué te digo?... La verdad en este momento no estoy muy interesada en salir con nadie, a menos que sea como un plan de amigos y no románticamente ¿Sí me entiendes?
Vida perra…
–Ah ya… Claro, por supuesto que entiendo. Por eso te decía, como amigos.
Ahí va mi dignidad, ya dobló la esquina y se fue para la mierda.
Su mirada sigue a mi nuevo jefe hasta que él se acerca a nosotros. Su mano cálida sujeta mi hombro amistosamente y giro mi cuerpo sin mucho ánimo, sinceramente la energía que tenía se me fue por completo. La mirada del Señor Hurtado es bastante amable, sonriéndome con tranquilidad. Es ignorante del desánimo que me cobija en este momento.
–Lucas ¿Cierto? –Asiento y él vuelve a sonreír– Me da gusto saber que voy a poder trabajar con usted, Pedro me dijo mucho sobre usted y pensé que estaría bien si comenzamos desde hoy a relacionarnos un poco ¿No le parece?
¿Dijo ‘Pedro’? Por lo visto el Señor Suárez le permitió eso. Ventajas de su posición.
–Ah sí, por mí no hay problema, señor Hurtado. – Su rostro es bastante agradable, a decir verdad. Sus ojos marrones no apartan la mirada de los míos y no sé cómo interpretar el estremecimiento en mi nuca que se produce al momento de verlo sonreír.
No es de extrañar que le gustara instantáneamente a Camila, el maldito es guapo sin esforzarse.
–Bueno, dicho esto, cuando regrese de su almuerzo espero que podamos ponernos al corriente ¿Ok?
–Claro, señor.
Miro sutilmente a Camila, la cual se ve absolutamente encantada con mi nuevo jefe. Su gusto por él es tan notorio, sobre todo por el modo en que decide presentarse.
–Mucho gusto, señor Hurtado. Mi nombre es María Camila Valderrama, soy del área de Publicidad y Marketing.
Nunca la había visto tan amistosa, ni siquiera cuando tuvo que hacer un pequeño discurso después de que le celebraron su cumpleaños. Siempre manejaba un semblante serio y de pocos amigos con los de otras áreas.
–Es un placer, Señorita Valderrama. Yo soy José Guillermo Hurtado, voy a pertenecer al área de Contabilidad…
Para ser honesto, ver cómo me tumban el romance premeditado que llevaba armando hace semanas no es muy bonito. Sabía el resultado de mi plan incluso antes de ejecutarlo. Camila me gustaba como algo platónico, podría decirse que siempre llamó mi atención su personalidad, pero mis emociones permanecían aletargadas en su presencia.
Mientras aún conservo algo de dignidad, me despido sin decir mucho y salgo a la calle.
Qué suerte tan malparida la mía.
El almuerzo me supo tanto a derrota que, en compañía del café trasnochado de esta mañana, mi estómago se encontraba moviéndose sin piedad. El señor Hurtado y el señor Suárez me citaron a la oficina después del almuerzo y con el reflujo constante que traía, mi atención era muy fugaz. Poco les entendía de lo que me hablaban, supongo que era algo respecto a mis funciones y las de mi nuevo jefe en entrenamiento.
–¿Me necesitan para algo más? –digo hacia ellos levantándome de la silla frente a su escritorio. Ambos me miran y con una sonrisa cordial me dicen que no.
Me despido y regreso a mi trabajo por la siguiente hora que me queda.
Este día no pudo ser más mierda, faltó que me diera diarrea y ya con eso quedo listo.
Faltan 5 minutos para poder irme a mi casa a pasar un fin de semana lleno de reality shows y muchísimo sueño de por medio. Voy al baño y me lanzo un poco de agua en la cara, espero que con esto me despierte un poco antes de tener que subirme otra vez a ese endemoniado bus.
¿Tan feo le parezco a Camila? Yo sé que no soy el tipo más confiado ni el más lleno de plata del mundo, pero me rehúso a pensar que soy feo.
Suspiro con resignación y me dirijo hacia la salida del baño, el cuerpo de mi querido nuevo jefe se cruza conmigo y no puedo hacer más que desearle mentalmente que por favor le dé una diarrea intensa y que no pueda venir a trabajar la próxima semana.
Recojo mis cosas del escritorio, camino pesadamente hasta el ascensor esperando a que baje pronto y sin tantas personas. Al momento de llegar, ingreso rápidamente y me recuesto parcialmente en una de las paredes. Antes de que se cierren las puertas, una mano se interpone y se abren nuevamente, el Señor Hurtado ingresa y se para junto a mí.
–Casi no lo alcanzo –dice hacia mí con una sonrisa burlona– ¿Siempre acostumbra a irse sin despedirse de nadie?
Desajusta su corbata azul sólo un poco y suelta el botón superior de su camisa. Sus manos son grandes, de dedos largos y delicados, podría decir que tienen una suavidad similar a las de una chica. Su aspecto pulcro grita metrosexualidad en su máxima expresión.
¿Qué hago viéndole las manos?
Debo estar muy cansado.
Acomodo mi bolso en mi hombro izquierdo dejando que un suspiro de cansancio salga. Quiero sacarme sus manos de la mente antes de decirle algo.
–Para ser sincero y sin querer sonar irrespetuoso, señor, yo vengo a trabajar… Las relaciones que se formen de por medio no me interesan mucho.
Silencio por un segundo completo. Las puertas siguen sin cerrarse. No lo estoy viendo, pero sé que su mirada está sobre mí.
–Entiendo. –hace una pausa momentánea y recuesta su espalda baja contra el barandal del ascensor–¿Por relaciones se refiere a románticas o simplemente formales de compañeros?
Pestañeo con sorpresa. Qué pregunta tan rara.
–¿Cómo, señor?
Se cierran las puertas del ascensor.
–Pues me refiero a usted y la señorita Valderrama ¿Le gusta? –dice tranquilamente y no puedo hacer más que fruncir el ceño con absoluta molestia.
Sé que está sonriendo, no tan notoriamente como lo hizo en la mañana, sino como una sonrisa burlona y malvada.
¿Me quiere molestar con Camila o simplemente me quiere echar en cara que él tiene más posibilidades de salir con ella?
Guardo silencio hasta que el ascensor llega al primer piso, se abren las puertas lentamente y salgo apenas puedo.
–Feliz fin de semana, Lucas. –dice detrás de mí con un tono notoriamente divertido en su voz. Se nota que disfrutó molestarme con su pregunta.
–Gracias, igualmente.
Me alejo hacia la entrada del edificio, Marta me da una sonrisa de despedida que no puedo corresponder. Si antes me pesaba el cuerpo por decepción, ahora me pesa de enojo y orgullo.
¿”Feliz fin de semana, Lucas” me dijo? ¿Lo dijo porque va a salir con Camila y yo no?
Resignarme a la derrota podría significar que no se pierde mucho, si Camila y el Señor Hurtado comenzaban a salir, eso era algo que yo no podía evitar y mucho menos tenía el más mínimo derecho de reclamar. Aceptar la derrota era lo más justo, es verdad que ella me interesaba aunque fuera un poco, pero reconocer de primera mano que ella no me ve con ningún otro tipo de interés más que como un compañero de trabajo, era una verdad absoluta.
El trayecto hacia mi apartamento me pareció sofocante, solo podía pensar en el futuro que me deparaba junto al señor Hurtado y lo mal que ya me caía. Si tenía que acostumbrarme a su sonrisa burlona, lo haría, porque como le dije a él, yo sólo voy a trabajar. Lo que pase con él, que no sea estrictamente laboral, no me importa.
Esperemos que su carácter de jefe sea más tolerable que como compañero de ascensor.