Capítulo 1
El día que le dije a mi madre mi gran sueño casi le da un patatús, recuerdo que escupió un trozo de carne de res en la ensalada y terminó gritándole a Dios que era muy cruel con ella. “Quiero entrar a la milicia” le había dicho con un tono muy serio y firme, no deseaba que me convenciera de lo contrario, aunque estaba segura que ni drogada habría dado marcha atrás con mi decisión.
Tenía nueve años en ese entonces.
Claro, ella me dijo que me olvidara de aquella absurda idea hasta que desistió de sus intentos por hacerme recapacitar. Me inscribió a los diez años en una escuela militarizada para que supiera a lo que quería enfrentarme.
Supongo que ese infarto que le dio un año después fue mi culpa. Uno de mis entrenadores se contactó con ella y le dijo muy seriamente que mi potencial era inmenso y deseaban darme una beca para una escuela privada asociada a la GMFE (Grupo Militar de Fuerzas Especiales). Recuerdo a mamá levantándose de la silla en la oficina del rector, su rostro blanco, la mano en el pecho y luego… pum.
Sí, eso, dije: “pum”.
No es que haya soltado un gas; cayó al piso inconsciente.
Me llevó un tiempo convencerla de aceptar, pero terminó accediendo con todo el dolor de su inmadura y sensible alma.
Fue así como terminé cursando el resto de mi educación en una de las más prestigiosas escuelas privadas del mundo dedicadas a formar jóvenes que llegarían a ser parte de grupos militarizados con programas aún más severos.
Aprendí cinco idiomas durante mi estadía en el internado, apenas veía a mamá, la visitaba los domingos y pasaba algunas semanas del verano en casa, pero jamás era suficiente para ella.
Terminó resignándose el día que tuve que decirle adiós.
—Mi niña —decía sujetándome la cara con sus frías y delgadas manos, besaba sin descanso mis mejillas y mi frente, hasta la boca me besó con un toque fugaz. En mi defensa, ella siempre me había dado picos cariñosos desde que tengo memoria, así que no me molestó en lo absoluto, solo que…
—Mamá, estamos en un aeropuerto —me quejé, intentando apartarla de encima. No dejaba de apretujarme con terror.
—Llámame todas las noches antes de irte a dormir, dime si hay chicos o chicas malas molestándote, viajaré a Rusia y les golpearé el trasero yo misma —, me causó calosfríos imaginar a mi madre infiltrándose en la academia de GMFE con sus tacones de diez centímetros, sus vestidos reveladores y su melena rubia cubriéndole los tatuajes de las clavículas y la parte trasera del cuello.
Seguro todos los soldados babearían por ella al verle el trasero y el busto que se gastaba.
—Te llamaré sin falta —la consolé. Ella gimoteó con tristeza y me echó los brazos al cuello aferrándome contra sí. Resoplé cuando su rebelde cabello me picó la nariz, se veía bastante alta a mi lado gracias a su calzado, pero la verdad es que éramos más o menos de la misma estatura.
Permití que me apresara contra su escote. Madre hay una, ¿y qué más me daba su estúpidamente revelador escote contra mi mejilla si le chupé las tetas en busca de leche hasta que estuve por cumplir un año de nacida? Además, vivíamos solas en casa, éramos de dormir en ropa interior durante el verano y pasearnos así por toda la casa hasta que alguna de las dos tuviera que salir a hacer las compras.
Solíamos resolverlo jugando a “piedra, papel o tijera”. O simplemente decíamos “tú estás más cerca de la puerta”.
—Aliméntate bien, bebe mucha agua, no comas pan si no es integral porque las masas blancas engordan —, ella siempre ha tenido cierto terror a las lonchas de grasa, supongo que su mayor miedo es perder la figura común del estereotipo latino que se gasta—. Recuerda depilarte cada tanto allí abajo…
—¡Mamá! —Miré en todas direcciones esperando que no la escucharan.
—Utiliza cera en las axilas y en el sapito —, ¿acababa se llamar sapito a mi vagina? — Las piernas si quieres rasúralas, aunque si tienes tiempo utiliza cera, así los vellos no pinchan tanto cuando comienzan a crecer.
—Ma…
—Y ponte crema todas las noches, mi vida —, peinó los mechones de cabello que se me escapaban sobre el rostro—. Puse mucho protector solar en tu bolso, recuerda que eres de piel sensible.
—Que sí, mamá.
—Y no te hagas algún tatuaje sin mi opinión.
—No me haré ningún tatuaje —aseguré. Jamás me había gustado la idea de tener tinta en mi cuerpo.
—Lo que tú digas —, sonrió. Suspiré profundamente, miré sus ojos azules brillar por las lágrimas, torcí la cabeza hacia un lado y le sonreí de vuelta—. Te contaré chismes todas las noches, y me pintaré las uñas de los pies de color rojo.
—¿Cómo las niñas malas?
—Como las niñas malas —coincidí dándole en el gusto.
Mamá desarrolló problemas al corazón a temprana edad. Según ella, se trataba de una mala genética heredada por sus padres, me hacía chequeos médicos cada año para estar segura de que yo no tuviera la misma mala suerte, pero todo en mí daba señales de tener los rasgos de mi desaparecido padre.
Mamá se embarazó cuando tenía quince años. Me tuvo sola, se hizo cargo sola, sus padres la echaron de casa, éramos las dos contra el mundo. Supongo que siempre lo comprendí, por eso maduré antes de lo que debía.
—Te amo, mi bebé —, invadió mi rostro con besos.
Cuando me encaminé a abordar el avión no me atreví a voltear hasta que estuve por entrar en la puerta, mis ojos estaban inundados, pero eso ella no lo debía saber o lloraría también. Así que hice un gesto con la mano y desaparecí.
Esa fue una de nuestras muchas despedidas.
La academia era enorme, mis conocimientos sobre idiomas eran excelentes así que el ruso no fue difícil de hablar, los profesores de la escuela privada se habían asegurado de eso. Bajé de la furgoneta blanca que había estado esperando fuera del aeropuerto, y me enfrenté a un lugar tremendamente aterrador.
―Creo que ya quiero volver a casa ―susurró un chico delgado que llegó a mi lado. Lo miré con nerviosismo y tragué con dificultad, sintiendo mi corazón latir a un ritmo rápido.
El conductor nos permitió sacar el equipaje, así que tiré de mi bolso el cual estaba sepultado entre más bolsos, y me lo eché al hombro, pensando en qué hacer. Nadie parecía seguro.
¿Qué haría mamá? Me pregunté, sintiendo las manos sudorosas. Tenía ganas de llorar, estar tan lejos era aterrador, ya no estaba ella a mi lado con ropa bonita, tomándome la mano y diciendo “vamos, sin miedo que eso nos pone feas”.
Cerré los ojos, llené mi pecho y pensé en lo mismo que me revolvía la cabeza hacía tanto tiempo. Cuando me hablaron sobre ir a Rusia solo pude oír esa vocecita diminuta que me decía “eso es bueno, cuando asciendas ella no tendrá que trabajar en bares nunca más”.
Así que, contra todo pronóstico, entré en la base. El lugar donde dormíamos todos los soldados nuevos era enorme, había montones de literas una junto a la otra, eso solo significaba una cosa: cambios de ropa frente a los otros.
Éramos hombres y mujeres mezclados, no parecían estar preocupados por eso. Así que tuve que aprender a no ocultar mi cuerpo, obviamente hacía cosas como cambiarme el sujetador metiendo los brazos en la camiseta, pero me acostumbré… todo lo que se puede acostumbrar una adolescente.
Nos dieron la orden de ponernos el uniforme de soldados, consistía en un pantalón gris, una camiseta un tono más oscuro y botines negros. Me trencé el largo cabello castaño hasta que estuvo fuera de mis hombros, aunque había mechones cayendo en mi rostro aun cuando me puse la gorra militar.
Fue cuando la puerta sobre se abrió de golpe.
Algunos giraron a mirar al recién llegado, yo sabiamente permanecí mirando al frente con las manos tras la espalda, había recibido instrucción de militares como para saber que no se miraban a los ojos.
—¡Soy el sargento Thompson, y desde hoy voy a entrenar sus flácidos traseros inútiles! —anunció comenzando un recorrido entre las dos hileras de jóvenes que nos formábamos uno junto al otro—. ¡Hay tres cosas que deben tener claras, no volveré a repetirlo jamás, así que grábenselas en sus grandes cabezas con minúsculos cerebros!
El hombre era una bestia. Al menos tres cuartas partes del peso que señalaba la báscula correspondía a los músculos, lo demás eran largos huesos y bronceada piel marcada por venas. Estaba rapado, su cabello era muy corto y parecía rubio a simple vista, caminaba con los brazos en la espalda y miraba a todos como si fuéramos cucarachas.
—¡La primera es que no entreno inútiles, si creen no ser capaces de resistir mis métodos de enseñanza tomen sus pertenencias y márchense! —No hablaba, gritaba, y eso hacía temblar a más de uno—. ¡La segunda es que no me importa si hay mujeres entre ustedes, no habrá tratos especiales, no me interesan los dolores menstruales o jaquecas, si hay sangre cayendo entre sus peludas piernas se meterán un tampón y a seguir con el entrenamiento!
Intenté no sentirme ofendida. Me había depilado el día anterior.
—¡La tercera y última es que cualquier tipo de acoso será sancionado con la expulsión inmediata! ¡¿Escucharon, nenes de mami?! ¡Hay damas entre nosotros, no les muestren que existen monos peludos y calientes dentro de sus asquerosas y malolientes pieles!
Existió un silencio profundo. No hubo respuesta por parte de los hombres. Ineptos.
—¡¿Entendieron mis métodos de entrenamiento y mis reglas o debo repetirlas?!
—¡Señor, sí, señor! —Recité firmemente. Mi voz fue la única que resonó en el lugar, nadie más la secundó. Miedo, el miedo latía a mi alrededor, y me consumía también. Pero yo había aprendido a responderle a un superior, solo hablar cuando lo pidieran, decir señor al final de las frases, no mirarlos a los ojos.
—¡¿Es ella la única que entendió?! —gruñó con rabia.
—¡Señor, no señor! —recitamos al unísono.
—¡¿Se lo grabaron en sus cabezas huecas entonces?!
—¡Señor, sí señor!
Se detuvo frente a mí, no despegué la mirada de un punto en la pared detrás de él. Sentí sus ojos evaluándome, me escudriñó un par de segundos y retrocedió un paso para alejarse.
—Bien —murmuró.
No volvió a escudriñarme de cerca. Pero sí me gritó como a nadie. Él tenía una fijación especial por mí, y no sabía cómo tomar su obstinación por humillarme.
En ese entonces me faltaban dos meses para cumplir los quince años.