La noche y el día

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Summary

Lucio Rivero tenía un sueño. Y su vida giraba en torno a ello. Era joven, estudiaba teatro en la academia más prestigiosa del país, sabía que las mujeres se le quedaban viendo por la calle y que, sobre el escenario, podía brillar cuanto quería. De alguna forma, sus planes cambiaron. Su vida salió bien, en una forma que él no esperaba. Cuando se dio cuenta, ya era padre de familia y había dejado de lado su sed de fama para vivir como una persona corriente. Era feliz. Hasta que las cosas salieron muy mal y se quedó solo, con una hija pequeña y el corazón destrozado. Cinco años han pasado y Lucio ha vuelto a soñar con mostrar su talento. Pero cinco años en el mundo del espectáculo son bastantes y las cosas ya no funcionan como antes. Así, si quiere volver a subirse a un escenario, deberá meterse en un mundo que no puede ser más ajeno a él: esos raros a los que llaman influencers, esa gente que baila frente a su teléfono móvil y aquella muchacha que brilla de forma tan insoportable, que no puede dejar de mirarla. El pasado y el futuro no dejan de mezclarse en su cabeza. Las noches y los días no son iguales para él. Y aquella nueva profesora de danza que no deja de aparecer en su camino, se ve igual a la mujer que perdió. Spin off de Las confesiones de Mara, pero puede ser leído de forma independiente a ésta.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

La primera noche

- Lucio -

En la vida, me ha tocado hacerme preguntas. No demasiadas, lo reconozco. Normalmente no me cuestiono lo que hago, a menos que me encuentre en momentos importantes.

Ha habido interrogantes más tontos que otros, pero jamás había tenido que hacer tanto esfuerzo para encontrarle sentido a lo que hacía, al menos no hasta esta noche. La verdad es que, con cada paso que he dado desde que salí de la casa, no he podido dejar de preguntarme qué estoy haciendo.

Sé que hay un objetivo aquí. No soy tan estúpido.

El asunto es que, en el viaje en taxi, en la llegada y en vista de la cantidad de gente apiñada frente al club nocturno, en la fila para entrar y ahora, que estoy pasando la puerta hacia el interior oscuro y lleno de humo de cigarrillo y ruido, mi cabeza no para de repetir una única cosa:

¿Qué hago aquí?

No me moviliza el ritmo ni la voz que taladran mis oídos. Es casi lo mismo que escucho a diario, en el trabajo.

No me fijo demasiado en las camisetas de colorinches que usan los demás tipos por aquí, para no darle la razón a mi pequeña Nana, cuando me dijo que mi camisa negra se veía muy apagada.

Ser padre soltero no es fácil. Ser el padre de esta niña en particular es el doble de trabajo. Debió de llorar un poco, exigir que me quedase con ella, en lugar de unirse al resto con esta idea pésima.

Si, al menos, el tarado de Lucas hubiese venido conmigo, en lugar de ir detrás de esa novia suya que es más tóxica que el líquido con el que hacemos desinfección en el restaurante.

Igual, enfrentarme a esto solo tiene su lado bueno. Ninguno de los cerebros brillantes que propusieron esta mierda estarán aquí para verme ignorar a esta masa de gente. Porque hay algo de lo que sí estoy convencido: y es que no pertenezco aquí.

Los que me rodean ni siquiera se acercan a mi edad o a la de Layla. Ninguna de estas muchachitas esqueléticas podría despertar en mí la décima parte del deseo o el interés que sentí por ella.

Así que ya recuerdo a lo que he venido. A mostrarle a mi terapeuta, mis amigos y familiares, que sí intenté salir al ruedo otra vez. A tachar de la lista las cosas que me faltan, para decir que he dejado de ser un viudo amargado a los treinta y pasar a ser un padre de familia dedicado solo a su hija y a su trabajo. A que ya dejen de sentir pena, porque estoy más que bien así. A pasar página de verdad, con todas las letras.

Por eso, buscaré hacerme lugar en la barra y beberé con tranquilidad, hasta la hora de regresar. Nada muy fuerte, tal vez un Cuba libre o un Fernet con cola. Lo disfrutaré con lentitud, brindaré por Layla y los recuerdos, para luego volver a casa.

Noto que alguien acaba de pasar su mano por mi brazo con más detenimiento que el que necesitaba para pasar. Haré de cuenta que no lo noto.

Estoy a punto de llegar a la barra, cuando alguien me pellizca el trasero con fuerza y, al girarme enfurecido, encuentro a un grupo de muchachitas que solo ríen escandalizadas por haber sido descubiertas, antes de perderse entre la multitud.

No tengo palabras. No puedo reaccionar a eso.

Decido tomar el asiento que acaba de quedar disponible frente al bartender y no salir de allí el resto de la noche. Mientras tanto, la música se sucede en un tema tras otro de los mismos intérpretes, o distintos pero de voces muy parecidas con tanto autotune.

Bien, la letra de la canción que está sonando describe con mucho detalle el movimiento de las nalgas de alguien. Ahora está llamando a esa mujer imaginaria «nalgona, tetona», una y otra vez. Fingiré que tengo un ataque de tos, para tapar la risa que se me escapa por el ridículo. Semejante clásico de la música urbana no lo ponen en el restaurante, lo reconozco. Ay, cómo extraño el rock nacional. La cumbia, incluso. El reguetón de los primeros días, si soy generoso.

Este lugar no era tan malo en mis tiempos. Bueno, a lo mejor lo recuerdo distinto, porque yo era uno de los tantos que venía en busca de un roce con quien fuera, como fuera. La calidad de la música o el alcohol que servían, la comodidad para bailar de verdad, la posibilidad de tener una conversación significativa, nada de eso importaba. Tal vez por eso es que la nostalgia que sentía por esto ahora me parece tan exagerada.

Igual es que soy muy idiota por esperar algo así. La doc diría que me estoy forzando a verle el lado malo, con tal de no involucrarme y arriesgarme a disfrutarlo.

«Lucio, no seas gruñón» diría Layla. Y yo respiraría hondo y bailaría con gusto esta mierda, si fuera abrazado a ella.

Por unos segundos, la tentación de dejarme atrapar por esa oscuridad que me persigue desde la partida de la única mujer que he amado, antes de mi hija, es demasiado grande. Algo mucho mayor que la tristeza, mucho más intenso que el dolor de decir adiós, mucho más peligroso que la simple terquedad para aceptar la realidad.

Se supone que estoy bien. Para eso estoy aquí. Para pasar página y ser —o fingir que soy— de nuevo un miembro regular de esta sociedad.

Por mí, por Nana, debo ser fuerte. Respiro hondo, una vez, otra vez, y la música ruidosa, el movimiento de la gente a mi lado, de los bartenders frente a mí, vuelven a llamarme a la realidad.

Me decido y extiendo mi mano, para llamar la atención de los muchachos que sirven las bebidas.

—Un cuba libre, por favor —dice alguien, a mi lado.

Me giro, sin poder evitarlo, y la veo.

Mi corazón da un brinco. El tiempo se detiene.

Su cabello dorado, liso y larguísimo, recibe el resplandor cambiante de las luces y lo refleja. Su piel no se distingue bajo esta oscuridad confusa, pero sus labios son tan carnosos como siempre. Y sus ojos, verdes al igual que el primer día, que el último día.

Temo haberme vuelto loco del todo. Pero si Layla no ha vuelto del Mas Allá, la mujer que está a mi lado se ve muy parecida a ella.