I
Yo vengo de un universo paralelo. Mi nombre es Dennis, o al menos ése era mi nombre hasta hace poco. Aquella mañana no sólo mi cuerpo había cambiado. También lo había hecho la vida que conocía.
La primera sensación fue de algo oprimiéndome el pecho, algo no muy pesado, de apenas unos pocos gramos, pero perfectamente perceptible para mí. No le tomé mayor importancia; seguramente el pijama se me habría recorrido durante la noche.
Intenté seguir durmiendo. Era domingo. Lo recordaba perfectamente porque el día anterior había tenido práctica de fútbol, como todos los sábados. Además, si hubiera sido cualquier otro día, mi madre habría venido a molestar desde temprano.
Poco a poco fui abriendo los ojos; entonces me incorporé de golpe, pues aquel sitio me pareció completamente distinto. Sin embargo, no tardé mucho en reconocerlo: era mi misma habitación, con la misma distribución de los muebles, la misma orientación de la puerta, el mismo sol entrando por mi ventana.
Eso sí, lucía mucho más limpio y ordenado, pero lo que más saltaba a la vista era que todo, todo había cambiado de color. Me quité de encima aquel edredón rosa, sólo para descubrir que ya no llevaba puesto el pijama de mi equipo de fútbol. En su lugar sólo había unas bragas blancas con encaje y un camisón rosa de algodón.
Me llevé las manos al pecho; me alcé el camisón. En efecto, había dos pequeños abultamientos en mi pecho. Pero lo que más me aterró fue cuando, al bajar levemente aquellas bragas, no encontré aquello que se supone, tenemos todos los chicos.
Dejé escapar un grito despavorido, pero me cubrí la boca de inmediato. Intenté calmarme. Todo debía tener una explicación. Concluí que todo era un mal sueño. Acababa de despertarme, o al menos eso era lo que habría estado soñando. Todo lo que debía hacer era volver a la cama y seguir durmiendo. Ya me despertaría unas horas más tarde, en mi verdadera habitación y en la vida que conocía.
No fue así: al abrir de nuevo los ojos me encontré en el mismo sitio. Lo intenté una vez más, y otra, hasta que ya no pude seguir durmiendo. Poco a poco lo fui entendiendo: todo era real.
Volvió el pánico. Si bien era domingo, mamá en algún momento me hablaría para desayunar. ¿Qué diría entonces al verme así?
—Denise —oí finalmente la voz de mi madre—, ¿ya te levantaste?, date prisa. Se te hará tarde.
En verdad era la voz de mamá, pero me había llamado Denise y no Denis. Fue así como empecé a entender qué era lo que estaba pasando: era como si siempre hubiese sido una chica. Resolví seguir aquel juego. Si todo era un sueño, no habría mayores problemas. Todo desaparecería en cuanto consiguiera despertar. Lo que en realidad me tenía preocupado era: ¿y si eso no era un sueño?
Quise mirarme en el espejo: en efecto era yo, era mi misma cara, pero lucía un poco más afilada y sin la escasa barba adolescente que suele salir a los chicos de mi edad. Mi cabello también había cambiado, ahora era mucho más largo, llegando incluso hasta mi cintura.
Acudí después a mi armario para vestirme. En efecto, toda mi ropa era de chica: faldas, vestidos, zapatillas. Me hubiera gustado ponerme algo no tan femenino, pero lo más masculino que encontré fueron unos vaqueros cortos y una blusa de color blanco.
Salí por fin de mi habitación. A diferencia de mí y de mi ropa, todo lo demás lucía exactamente igual: el mismo color de las paredes, el mismo modelo de loseta, los mismos muebles de estilo vintage. Mi familia tampoco había cambiado: mi madre en la cocina, mi padre viendo televisión, y mi tonto hermano menor perdido en el celular.
—¿Te vas a ir así? —reaccionó mi madre al verme—. ¡Ni siquiera te has peinado!
¿Irme? Aquella declaración me cayó de sorpresa. ¿Y a dónde se suponía que íbamos? Si la práctica de fútbol había sido el sábado, y no recordaba que mis padres hubieran anunciado alguna salida para el domingo. A menos que mi madre se hubiera confundido con los días, lo que era poco probable.
—¿A dónde vamos? —quise saber.
Mi madre me miró fijamente a los ojos.
—¿Lo olvidaste? —preguntó confundida—. ¡Tus ensayos!
—¿Mis ensayos? —repetí.
—Hija, ¿te sientes bien? —me preguntó tocándome la frente—. Te noto bastante rara el día de hoy.
No, la verdad era que no me sentía bien: no entendía qué diablos estaba pasando. Hasta la noche anterior yo había sido un chico ordinario y acababa de despertarme convertido en una chica.
—Olvida los ensayos —terminó por decir mi madre—. Te voy a llevar al médico.
Era el mismo consultorio a unas calles de mi casa al que mi madre solía llevarnos cada vez que alguien cogía un catarro. El médico también era el mismo: el doctor Del Río, que me había tratado desde mi temprana infancia.
—¡Hola Denise! —me saludó al verme. Al parecer, él también me recordaba como chica.
Me revisó las pupilas y también quiso saber si había vomitado o me dolía la cabeza, o si sentía entumecidos los brazos o los pies.
—¿Qué comiste ayer? —me preguntó finalmente.
Yo entonces volteé a ver a mamá.
—Parece un caso de amnesia —sentenció el médico—. Pero no veo señales de alguna lesión cerebral. Te programaré unos estudios para descartar cualquier anomalía.
Volvimos a casa por la tarde. Yo fui a encerrarme a mi cuarto de inmediato pues el médico me había indicado evitar cualquier esfuerzo; además de que no quería hablar con nadie, no quería que me preguntaran nada ni quería tener que dar explicaciones sobre lo que hacía o dejaba de hacer. Me aferraba a la idea de que todo fuera un sueño y, tan pronto como pude, finalmente me dormí.