El viejo conserje

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Summary

Mariana Rivas tiene dieciocho años y toda una vida por delante. Filomeno tiene cincuenta y dos… y una vida entera aprendiendo a vivir en la sombra. En la universidad todos lo conocen como el viejo conserje: un hombre marcado por la edad, la fealdad y el desprecio silencioso de quienes creen que alguien como él no merece nada más que existir. Pero Mariana decide mirarlo de otra forma. Lo que comienza como un gesto de cercanía pronto desafía las reglas no escritas de una sociedad que juzga lo que no entiende: una diferencia de edad que escandaliza y una belleza que, para muchos, Filomeno no tiene derecho a tocar. Porque amar a Mariana significa enfrentarse a algo que siempre creyó imposible: ser digno de ser amado. Pero cuando el miedo, el deseo y los prejuicios del mundo empiezan a cerrarse sobre ellos… la pregunta ya no es si su amor es real. La verdadera pregunta es si Filomeno será capaz de aceptarlo antes de destruir la única felicidad que ha tenido en la vida.

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Capítulo 1 P1


Mi nombre es Mariana Rivas, soy una chica de dieciocho años: alta de piernas torneadas y grandes glúteos. Mi busto también es bastante grande y mi cintura es pequeña. El color de mi cabello es rubio y mis ojos son azules. Mi piel es clara y sin ninguna imperfección. Para la mayoría de los hombres soy lo que llaman “hermosura”, sin embargo, nunca me he sentido de esa manera. Para mí el atractivo de una persona no se basa en su apariencia, sino en sus buenos sentimientos. Es por eso que considero a Don Filomeno como el mejor amigo de toda mi corta vida. Él es un señor de cincuenta y dos años que trabaja en mi escuela como conserje. Su estatura es casi la mía, salvo por los pocos centímetros menos que lo hacen verse más bajito que yo. Es algo panzón y suda mucho, pero es porque es nervioso. Su cara es redonda y tiene varios lunares. Su sonrisa es dulce a pesar de que lo chueco de sus dientes. Es moreno y muy peludo, (todo es de color grisáceo). Sus piernas son gorditas y tiene un trasero más grande que el mío.

Desafortunadamente mis compañeros se burlan de él porque lo consideran un horrible monstruo, pero para mí es un hombre tierno y muy cariñoso.

Nos conocimos cuando entré a la preparatoria. En ese entonces yo tenía quince y él cuarenta y nueve años. Desde el primer momento simpatizamos, aunque no hablamos sino hasta tres meses después.

Yo siempre me he sentido fuera de lugar en las conversaciones de mis compañeros. Su gusto por el destrampe me aburre y en una ocasión en que escapaba de una plática absurda con ellos, encontré a Don Filomeno. No sé por qué, pero me animé a platicar con él y me maravillé por su paciencia al escucharme y por las respuestas maduras que da. Es en verdad un hombre sabio. Su edad le ha dado una gran experiencia que me cautiva y no hay día en que no lo busque para continuar oyendo las maravillas que salen de su boca. Desafortunadamente, hace un mes nuestro trato comenzó a cambiar, (casi fue cuando me hice novia de un chico popular de nombre Erik).

Aquel día llegué emocionada a contarle que finalmente tenía un novio, pero mientras más hablaba, el rostro de Don Filomeno se ponía triste y aunque me felicitó, desde ese día ya no hemos vuelto a hablar. Yo lo veo desde lejos y mis distracciones enfadan a mi novio. Dice que parece que no me importa y a veces siento que tiene razón. No sé si lo quiero o estoy con él solamente porque no deseaba quedarme atrás de mis compañeras que tuvieron novio desde los doce años.

Los días siguieron pasando y la soledad que dejó el aislamiento de Don Filomeno empezaba a dolerme más y por si esto no fuera suficiente, una tarde en que estaba decidida a entregarme a mi novio para demostrarle mi amor, escuché algo que me hizo enfurecer.

–Entonces Erik, ¿sí te vas a echar a la Mariana?

–¡Claro Bro!... ese culo va a ser mío.

–Pero luego nos la vas a dejar para que también nos la cenemos, ¿verdad?

–Sabes que siempre les regalo mis trofeos. La exótica Mariana me las va a dar toditas y cuando ya no valga nada, se la reparten.

Todos se rieron de sus palabras. Yo por mi parte estaba furiosa. Ese idiota sólo quería ser el primero y jactarse de eso, pero se iba a quedar con las ganas.

Decidida entré y de inmediato se quedaron callados.

–Lo pensé mejor y no quiero andar con un niñito idiota y de pequeñas proporciones, así que terminamos.

Rápidamente salí de la escuela y me fui a mi casa. Al llegar azoté la puerta y mi madre bajó a ver qué sucedía.

–Hoy iba a cometer el peor error de mi vida –fue lo único que dije.

–¿De qué error hablas Mariana?

–Iba a acostarme con un imbécil, pero al final me di cuenta de que sólo quería usarme.

–¡Ay, hija!, ¡ven! –extendió su mano y la sujeté. Luego fuimos a sentarnos en un sillón –Cariño, nunca te entregues a cualquiera. La primera vez jamás se olvida y es muy importante que escojas a una persona que no sólo te atraiga físicamente, sino que también admires y respetes. Quizás no será con quien te cases, pero tendrás el recuerdo más bonito de tu vida si das el regalo de tu virginidad a quién se lo merezca.

Mientras mi mamá hablaba me sorprendí al momento de pensar en el rostro de Don Filomeno y lo más confuso es que nos vi a ambos desnudos haciendo el amor. Esa imagen no sólo me inquieto, sino que humedeció mi intimidad como nunca antes y tuve que cerrar las piernas para contenerme.

–Mamá… ¿y si la persona fuese alguien poco agraciado?

–MMM, pues lo primero que debes preguntarte es si eso te molesta. Si su apariencia no es buena, pero lo quieres, entonces es el correcto.

–¡El correcto! –repetí sin poder borrar la cara de Don Filomeno de mi mente.

–Bueno hija, lo mejor es que te vayas a descansar. No debes presionarte. Ya llegará el hombre indicado, así que no te angusties.

Sin decir nada más, me levanté y me encerré en mi cuarto. Traté de dormir, pero cada que cerraba los ojos, la imagen de Don Filomeno y yo amándonos con desesperación aparecía. Quise tocarme mi intimidad porque las punzadas eran dolorosas, pero me detuve, pues me gustaría que fuese el hombre que escoja el que me haga descubrir todos esos placeres y mordiendo la almohada, me dormí unas horas después.

Días pasaban y yo no lograba dejar de evocar aquellas imágenes eróticas con un hombre que casi me triplica la edad. Cada que lo veía, corría a esconderme, pero ni así me lo quitaba de la mente.

Un viernes, mi madre me avisó que viajaría a Indonesia por su trabajo y que me quedaría sola todo el fin de semana. Dijo que me intentaría llamar, pero que no prometía que lo lograría, pues era difícil hacerlo desde ese lugar. Yo le dije que no se preocupara porque soy mayor de edad y podría cuidarme sola.

A regañadientes se fue a su viaje y yo me dirigí a la escuela.

A la hora de la salida, no quise volver a casa, así que me puse a pasear por el campus, pero mis pies me llevaron a un lugar que no esperaba visitar y a pesar de que mi consciencia me decía que debía irme, al estar de pie frente a una vieja puerta de una casita alejada de los edificios y escondida por árboles, no pude evitar desear que él estuviese ahí.

Con mi mano temblorosa toqué la puerta. Al principio no escuché ruido y pensé que tal vez no se encontraba, pero cuando iba a dar la vuelta, la puerta se abrió y de ella salió el hombre que no abandonaba mi cabeza desde hace días. Verlo inundó mi cuerpo de sensaciones y deseos que creí imposible que pudiese sentir y sin poder controlarme, me arrojé a sus brazos llorando desesperadamente.

–¿Qué pasa Mariana? –yo no podía responderle –¡mi dulce princesa!, no me asustes, ¡dime que tienes!

–Por… por favor, llévame adentro.

Él obedeció y me introdujo a su pequeña casita y cerró la puerta.

Ya antes lo había visitado en este lugar. Era tan pequeño que siempre se sentía una calidez reconfortante y la falta de ventanas volvían la casa en un horno de temperatura agradable, y los árboles que la rodeaban mantenían humedad suficiente para aclimatarla.

Filomeno me sentó en sus piernas como siempre lo ha hecho. Antes este gesto no me inquietaba, pero desde mis lujuriosos pensamientos no pude evitar prestar atención a la protuberancia que estaba debajo de mis glúteos. Era la primera vez que sentía que estaba duro como una piedra y me pregunté si él también pensaba en mí de esa forma.

Sus manos acariciaban mi espalda y su voz aguardentosa en mi oído empezó a excitarme furiosamente y me alejé un poco para mirarlo bien.En verdad era un hombre viejo y poco agraciado, pero había algo en su mirada que me gustaba mucho. Sus ojos reflejaban el cansancio de los años, pero la tonalidad gris era hermosa y su brillo me deslumbraba. Mis manos recorrieron su maltratado rostro, y varias veces mis dedos detallaron sus lunares, pero no sentí asco, ni nada por el estilo y continué explorando su enorme nariz y sus labios resecos. Con un dedo abrí su boca y toqué sus dientes. Cuando su lengua rosó mi piel, no pude controlarme más y lo besé tan profundamente que nuestras lenguas se enredaron de inmediato. Jamás había besado de esa manera a mi novio. Con Erik apenas separaba los labios, pero con Filomeno mi boca devoraba la suya con desesperación. La guerra de lenguas fue larga e incluso sentí cómo su saliva resbalaba en mi garganta. Los chasquidos fueron tan ruidosos que eran lo único que se escuchaba en todo el lugar. Mis manos seguían recorriendo su cara y en ocasiones sostenía su nuca para que no pudiera romper este excitante beso, pero como siempre sucede, el aire nos faltó y lentamente fuimos separándonos.

Ambos respirábamos con dificultad y de pronto Filomeno pareció recobrar el sentido porque trató de levantarme, pero yo me anclé más en sus piernas y su pene casi se clavó en mis glúteos.

–Esto no está bien Mariana –su voz era temblorosa y su mirada triste me dolió –eres tan joven y yo soy tan viejo y feo, que no merezco haber probado la dulzura de tus labios.

–No diga eso Don Filomeno –le respondí sin dejar de acariciar su cara –no hay nadie en el mundo que merezca mis besos más que usted.

–¿Qué quieres decir? –su cuerpo tembló, pero su mirada cambió por una llena de esperanzas.

–Quiero decir que he venido a usted para pedirle que me regale el momento más importante que una mujer puede tener.

–¿Y ese sería? –sus gruesas y rasposas manos se aferraron a mi cintura y nuestros rostros se acercaron más.

–Quiero que me haga el amor –finalmente le dije y luego lo besé.

Este beso empezó tierno, pero conforme nuestras lenguas se enroscaban, se convirtió en uno lleno de pasión. Don Filomeno abría tanto su boca que parecía que quería comerme y en varias ocasiones mordisqueó mis labios. Su saliva fue tanta que mi boca no pudo contener todos los hilos que resbalaron por ella. Sus manos acariciaron mi vientre y luego subieron a mis pechos y los amasó con fuerza. Su toque era desesperado y en ocasiones sus apretones me dolieron, pero a la vez me excitaban y lo dejé hacer. Este beso fue aún más largo que el primero y aunque el aire nos faltaba, decidimos sólo tomar una pequeña bocanada, pero jamás lo terminamos, no hasta que una de sus manos se coló por mi blusa y tocó la piel del inicio de mis senos. Sentir su toque me hizo jadear y eso le devolvió la razón y rompió nuestro contacto. En mi intento por atrapar su boca me recosté sobre su pecho.

–¡Dios Mariana!, en verdad esto no está nada bien… Además, ¿cómo es posible que una joven tan hermosa me bese como si fuese su novio?... ¿a mí?, un hombre que casi podría ser tu padre.

–¿Por qué no lo cree posible? –sostuve su cara entre mis manos y lo obligué a mirarme –sabe que siempre lo he admirado y tengo tres años haciéndolo, es por eso que quiero que sea usted quién me convierta en mujer.

–¿Acaso eres virgen? –sus ojos se abrieron tanto que casi me reí cuando le afirmé con un movimiento de cabeza –¡Por todos los Dioses!, una muchacha tan hermosa aún no ha sido tocada, ¡No lo puedo creer!

–Pues créalo, Don Filomeno. Nadie ha tenido el placer de tocarme los pechos como usted lo acaba de hacer.

Le sonreí y él me devolvió la sonrisa. Ese gesto me dio confianza y tomé su mano para colocarla en mi seno y sin soltarla lo hice que lo masajeara. Filomeno jadeo y sentí que su miembro crecía mucho más. Contenta acerqué mi boca para volver a besarlo, pero él se levantó de un salto y se pegó a la pared.

–No… esto no debe ser. Eres una niña al lado mío y sería aberrante aprovecharme de tu inocencia.

–No soy una niña. Tengo dieciocho años desde hace cinco meses y hace unos días casi me entrego a un idiota que no merece un regalo tan valioso, así que he venido a buscar al hombre que no sólo es merecedor de mi cuerpo, sino que ya tiene mi cariño en sus manos y este cariño es tan grande que ahora sé que jamás querré que otro me arrebate el momento más importante de mi vida.

–¡Lo ves Mariana!, acabas de decir que me tienes cariño, pero la virginidad no debe darse cuando ese sentimiento es menor al amor.

–¡Lo amo! –dije con seguridad.

–No es amor –me debatió.

–Puedo demostrarle lo mucho que lo amo –me levanté, pero él me hizo una seña de que no me acercara.

–Yo sí te amo y por eso no quiero que te arrepientas de entregarme ese tesoro tan preciado… Yo… yo soy tan horrible que sé que en cuanto me veas desnudo querrás vomitar.

–Entonces déjeme verlo y si lo que vea no me gusta, le juro que jamás en la vida volveré a pedirle algo así, pero si es lo contrario, usted debe jurar que llevaremos esta entrega hasta el final.

Por un momento estuvo dudoso, pero luego asintió con la cabeza y comenzó a quitarse la ropa. Lo primero que vi fue su torso. Su piel era más clara que su cara y la flacidez de sus pechos era notoria, (nada qué ver con la dureza de Erik las pocas veces que lo vi sin camisa). Su panza sobresalía y su piel se notaba áspera, pero el exceso de vello cubría gran parte de su volumen. Él me miró en busca de algún signo de asco y al no encontrarlo continuó. Bajó sus pantalones y quedó en bóxer. Sus piernas eran más cortas que su torso y se veían regordetas. La única prenda que le quedaba ocultaba su miembro y se demoró mucho en bajarla, pero al hacerlo abrí los ojos por la sorpresa y el miedo, pues era un miembro increíblemente grueso. No era demasiado largo, pero creo que su tamaño era bueno, sin embargo, lo que no tenía de largo, lo compensaba en grosor. Era tan gordo, que dudaba que mi vagina lograra engullirlo. El prepucio era mil veces más ancho que el falo y ya se veía el líquido preseminal. También estaba lleno de venas palpitantes. Sinceramente no era el pene más apetecible que hubiese pensado que sería. Incluso se veía monstruoso, pero a pesar de mi miedo, mi decisión no había cambiado.

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