1 La fortuna del pecado
14 de Febrero de 2002, París, Francia.( Un año después de las Navidades en el Refugio II- Epílogo 'Nueva piel').
Narra Louis.
Ha pasado más de un año y todo va como esperaba o mejor. Y a la vez no. He ganado tanto dinero que me aburre, dinero muggle y mágico. Todos los meses les he enviado por medio de Bill y su cuenta en Gringotts una cantidad nada despreciable de monedas. Me escribo con los míos… a través de otros por supuesto. Siempre les cuento lo mismo.
Estoy bien, vivo bien, no tengo problemas con el trabajo, estoy ahorrando… etc.
Les miento descaradamente. Vivo en un piso/caja de zapatos en el centro de la capital de Francia; aquí, ser dueño de una piedra te cuesta un ojo de la cara. Me sobran los clientes, la mayoría hombres y alguna que otra mujer separada y madura que no tiene vergüenza a pagar por lo que quiere… eso me gusta. En realidad el trabajo en sí no me supone ningún problema ni ético ni de autoestima como tal. El problema no es el trabajo que ejerzo si no ellos. La mayoría son hombres casados reprimidos o con parejas o sin ganas de buscar el amor y solo quieren sexo. Ellas son mujeres desencantadas de los hombres que ya no creen en el amor o demasiado altivas y poderosas para querer enamorarse. El resultado es el mismo.
Cuando era carroñero vivía enfermo de un odio y rabia que se aplacaba con la muerte muy ocasional de gente sin rostro. Seguía unos valores, un estilo de vida y una filosofía que me satisfacían. Ahora vivo con el remordimiento diario de esos rostros anónimos muertos por mi mano. Vivo con el eco de ese sentimiento tan nocivo y funesto que me persigue. No sé por qué es ahora que la culpa me pesa... Justo ahora que he hecho borrón y cuenta nueva, que tengo una 'familia', un trabajo que me da para vivir en el lujo y una vocación en ciernes. Ahora me miro en el espejo y la culpa de mis pecados se suman al descubrimiento de algo nuevo; Yo creía en el amor, en el amor de verdad por más estúpido que pareciera. Mi trabajo me ha enseñado lo poco que ama el ser humano. Y no es por el trabajo en sí sino por lo que descubres de la naturaleza de tus clientes.
Ahora a mi culpa se suma una cara hermosa y un cuerpo envidiable que tiene precio. Me han matado el amor. Soy el conjunto de un alma asesina despreciable que se vende a despreciables sin corazón. Mis objetivos están cumplidos, pero nunca esperé llegar a este estado de ánimo.
Me refugio en el placer para acallar la tristeza, la culpa y el auto desprecio que siento por mí mismo. Tengo que parar con esto y emprender mi negocio como fabricante de Varitas. El problema es que el placer de lo que hago se ha vuelto una necesidad para amordazar la depresión, necesito de mis clientes para sentirme bien, para descansar por un rato y respirar. No es dinero lo que necesito de ellos, ya no. No son ellos los que me necesitan a mí; Soy yo quién les necesita.
Me he convertido en un ninfómano circunstancial pero prefiero proclamarme Libertino, es menos cruel y parece que sea yo quien aún tiene el control.
Me he vuelto adicto a los rostros sin nombre, a sus cuentas bancarias, a su deseo por mí, a su atención por mí. Me he vuelto adicto al sexo, llegar en la madrugada a mi piso y mirarme en el espejo antes de dormir.
Esta noche tengo una clienta, una bruja madura, hermosa y elegante que despechada por un marido infiel ha decidido probar el placer en otro lado. En mí. Me parece bien y justo, nos reiremos de su marido idiota. Beberemos, hablaremos y follaremos hasta que el cuerpo aguante. Los servicios corren a cuenta de su esposo ¡Ja!
Pienso mucho en mi manada, en como estarán y en si ellos no me mienten como lo hago yo para no preocuparme.
Pienso mucho en Inglaterra, en mis padres fallecidos y en cómo será el mundo ahora allí. Cómo estará el señor Ollivander y si cederá el negocio a su hijo. Pienso en Bill y Fenrir y en cómo les irá con su amor clandestino. Pienso en si Dominique y Hermes siguen siendo un grano en el culo. Pienso en Angus y Victoire… en su pequeña lobita llamada Hope que ahora tiene unos pocos meses. Pienso en esas navidades que pasamos juntos y donde anuncié mi marcha.
Pienso en él. Y lo odio, lo detesto y a la vez no siento nada. Nunca hubo nada; solo un par de besos bajo mi influjo para hacer hablar a un prisionero, unos coqueteos tontos y muchas muchas discusiones horribles. Nunca me sentí tan usado como con él y no debería ser así.
Sé que el problema es mío, él solo quería divertirse y yo como un idiota me atolondré en dos segundos. Quería algo que Charlie no podía darme… ni puede. Me he construido un castillo de emociones en el alma que no responden a nada excepto a mi imaginación romántica. Debería aprender la lección de una vez y saber que nadie a quien yo quiera va a quererme de vuelta.
Es hora de arreglarse para el trabajo. Me levanto de la cama y me baño con tranquilidad, me afeito, acomodo la ropa que voy a llevar y repaso la información de esta clienta para no ir tan perdido. El reloj, los gemelos en los puños de la camisa y un broche con el escudo de mi casa (ella también es Slytherin). Mi aspecto es el propio, el natural sin cambios de ningún tipo… bueno, el color del cabello es lo único que he cambiado; Permanece oscuro. Odio el rubio porque me recuerda mi linaje y a lo que ven en mí. Belleza vacía, podrida y corrupta.
Salgo de mi piso y ya está anocheciendo en la línea del horizonte. Odio este día porque es catorce de febrero y las parejitas caminan melosas de un lugar a otro de París. Todo es luminoso y rosa, corazones y... ¡Puaj! Lo detesto como nada.
Ésos que veo pasar por la acera que caminan hacia mí no durarán otro San Valentín (Ella me ha mirado por demasiado tiempo). La pareja que veo antes de tomar un taxi se divorciarán pronto… ambos me han mirado y ni siquiera se toman de la mano o se miran entre ellos.
Los chicos que se besan descaradamente en un banco cuando salgo del taxi tampoco durarán… reafirman su amor homosexual pero es más lujuria que romance, ambos me miran y no apartan la vista hasta que desaparezco. Asco, todos me dan asco. Promesas de amor, amor eterno, amor verdadero amor real, amor entregado… mentiras. Todas mentiras que se disuelven con el tiempo a fuerza de costumbre y rutina. Promesas que nunca fueron promesas si no solo deseo de no estar solos o de aparentar.
Me dirijo al restaurante donde me han citado en el 8º Distrito de París, la "crème de la crème" y antes de entrar descubro a una parejita de adolescentes, dos chicos, que por un segundo me miran distraídos y… se miran entre ellos sonriéndose con complicidad. Puedo escuchar como comentan lo hermoso que soy y empiezan a coquetear entre ellos con los celos y demás, están jugando a enfadarse y finalmente se dan un beso corto y tierno. Me miran otra vez y siguen su camino pegados el uno al otro. Esas miradas son de admiración hacia mi belleza y nada más.
No hay tentación real o deseo reprimido, no se mienten entre ellos y no temen. Se aman, se aman y en vez de sentirme bien me siento peor. Me quedo unos minutos algo lejos de la entrada majestuosa del Restaurante para apaciguar las ansias asesinas de… no sé. Acallar la envidia y los celos que me corroen, acallar la rabia en mi interior.
Ellos se aman y es bueno y hermoso y debería estar feliz pero no puedo estarlo. Respiro con ritmo y pausa como cuando estoy en casa frente al espejo y relajo mis músculos. Cierro los ojos y respiro y destenso las manos que son puños cerrados y sosiego el latir de mi corazón. Tengo que trabajar; Ser elocuente, elegante y divertido. Ser seductor e irresistible. Mi clienta me necesita y yo también a ella. Necesitamos de esta cena para reírnos y olvidar las penas, para darnos el lujo de un capricho y mimarnos a costa del imbécil de su marido. Necesitamos una noche tan emblemática como ésta para hacer honor a los solteros y a los corazones rotos.
Ella y yo somos dos corazones rotos que han aprendido a disimular la pena con dinero fácil y sonrisas falsas. Vamos a cenar, a ser felices y a follar como conejos. Y si todo marcha bien a lo mejor se repite. Creo que me gustaría ser su amante. Sería ventajoso para ambos.
Entro en el restaurante con la cabeza alta y una sonrisa que roba el aliento del pobre portero que trabaja en la puerta.
El Refugio. Inglaterra; Una semana antes.
—Entra. —Insistió Bill, Fenrir no parecía querer colaborar en tan ordinaria tarea. Su semblante grave y mirada alerta le decían otra cosa.
—¿Estás seguro de que no vendrá nadie? —El lobo lo miraba todo con desconfianza.
—He cerrado la comunicación de mi chimenea con la Red Flu y puesto un hechizo anti-Apariciones después de llegar nosotros. Si alguien se acerca, lo sabremos.
Bill paseó por su casa con aire distraído y rebuscó en su cartera del trabajo encima de la silla.
—Aquí está. —Levantó en su mano una hoja y se la entregó a su compañero con las cejas fruncidas.
Fenrir tomó la misiva y leyó los pormenores legales de la transacción desde Francia. Abrió los ojos mirando incrédulo a Bill.
—Esto son muchos galeones.... ¿Tanto gana Louis?
—Ha ido aumentando la cifra cada mes —Respondió el pelirrojo—. Me alegro por él, de verdad, pero algo me escama. —Fenrir lo observó esperando a que siguiera sus elucubraciones pues era muy posible que ya estuvieran pensando lo mismo—. A estas alturas y pudiendo regalaros tal cantidad de dinero, debería empezar a montar su tienda de varitas...—se mordió el labio— pero el aumento de sus transferencias sólo me hacen pensar que cada vez trabaja más o que sus clientes son más exclusivos y que no piensa detenerse —Greyback asintió en señal de apoyo—. Se suponía que cuando tuviera el dinero suficiente pararía.
—Eso dijo —Greyback también sospechaba que algo pasaba—. Creo que a lo mejor le gusta más la vida que lleva de lo que nos admite por carta. —Bill apretó los labios y miró a un lado.
—Puede ser...—No quería juzgar a Louis.
El pelirrojo se lo repetía una y otra vez, pero en su fuero interno y conociéndolo sabía que aquella no era la vida que el ex-carroñero deseaba. Su verdadera vocación era ser fabricante. La ilusión, la satisfacción de cuando trabajaba con Ollivander era inigualable. Le resultaba difícil admitir que esta otra profesión había superado a la anterior.
—No deberíamos inmiscuirnos, si él dice que todo va bien yo confío en él. —Fenrir no confiaba ni un poco pero no quería preocupar a su compañero.
Bill se abanicó con el extracto bancario sopesando sus palabras y finalmente se rindió. Era su vida, su camino y un adulto. No era quién para exigirle explicaciones.
—Bien —Claudicó triste—, pero quiero que cuando nos mande otra carta se le exija venir a Inglaterra a vernos. Quiero ver con mis propios ojos cómo está.
—Hecho, caperucita. —El lobo abrazó a Bill por la cintura y lo acercó para depositar un beso tranquilo en esos mullidos labios.
Si Louis ocultaba algo, de seguro que no lo sabrían con una visita de cortesía en casa, las serpientes saben disimular muy bien. No, no... Fenrir tendría que hablar con los suyos y tomar medidas, solo por si acaso claro. Nada de meterse en su vida, nada de cuestionar o juzgar. Algo se le ocurriría a Angus, a fin de cuentas el de las ideas creativas era él.
Siguieron besándose con más ganas y trasladaron sus pasiones al dormitorio principal de la casa. Había que aprovechar el tiempo pues en nada su pelirrojo marcharía por un mes a Egipto en nombre de Gringotts.
Notas de la autora:
Tengo la intención de tratar la prostitución desde el respeto más absoluto. Por esas personas que lo ejercen por necesidad para sobrevivir, por los que lo hacen extorsionados en la esclavitud, por los que ejercen pensando que no saben de qué otra manera ganarse la vida, por los que están acostumbrados y ya no saben salir, por los que eligen esa profesión como medio de vida. Por todos.
Esto lo declaro como pensamiento mío; Que nadie se olvide que los prostitutos y prostitutas son personas con sentimientos, deseos y sueños. Son madres, hermana/os e hija/os y tienen familias. Son personas con alma que se han visto, en el peor de los casos, forzados a ello y en el mejor de los casos han escogido esa profesión y se merecen respeto y tolerancia.
Que nadie se olvide que sin demanda no hay negocio y es el cliente quién ofrece el sustento para un mercado tan controvertido como éste.
Mil besos Sara.