Carmesí

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Summary

Una galería de personajes malheridos que se refugían en las drogas y el alcohol para sobrellevar la vida, pero también porque es divertido. Carmesí es un drama con atisbos de un buen thriller en sus escenas de violencia y sangre. Una lectura ligera pero a la vez introspectiva y por momentos perturbadora

Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capitulo 1

Supe que extrañaba a mi mejor amiga cuando, revolviendo las antigüedades de mi habitación, encontré la vieja PlayStation con el disco de Silent Hill adentro. Al revisar las partidas guardadas encontré una de hace diez años. Más tarde ese mismo día, al levantarme para sacar la basura, encontré muerto a mi gato; estaba tieso, tendido junto a su ventana favorita, ahí donde alguna vez se creía rey, tigre o ambas cosas. Tenía con él más o menos lo mismo que con la PlayStation. Ya era viejo, al menos para un gato, pero podía haber vivido unos cuantos años más, o eso me hubiera gustado. Era un felino gris de ojos azules y personalidad de alta alcurnia; me lo regaló una amiga de aquellos días, a quien ahora me es inevitable recordar obsesivamente. Busqué entre mis registros telefónicos de aquellos años, tenía que llamarla y decirle que su gato, es decir mi gato, nuestro gato, había muerto. Llamé y contestó la voz de una anciana; hijo, gritó al escucharme; no, señora, su hijo está muerto, dije y colgué. Entonces caí en cuenta de todo el tiempo que pasó y lo lejos que estaba ahora de mi amiga. Su nombre es Carmen, aunque yo siempre le decía “Carmesí”, porque su nombre me recordaba a la deidad maligna de Silent Hill. En aquellos años Carmesí vivía con su madre y cinco gatos, entre ellos tres cachorros de cuatro semanas; ella tendría veintiún años la última vez que la vi; yo era seis años mayor. Según lo que ella misma contaba, hasta esa edad nunca había besado a nadie. Rara vez salía de su casa. Yo la visitaba con frecuencia después de llegar del trabajo en el negocio familiar (mi papá era dueño de un sex shop). Éramos vecinos. Nos sentábamos en su jardín sombreado por árboles de copas rosadas que parecían sacados de un anime. Cuando no nos poníamos a fumar porros bajo los árboles, pasábamos el tiempo jugando videojuegos en la sala de su casa. A veces solo permanecíamos en silencio durante horas; mientras yo leía ella solía dibujar. Una vez me dibujó sin que me diera cuenta; esa vez yo leía una novela de Murakami (aunque no recuerdo cuál), mientras fumaba y un gato se restregaba en mis pantalones; me dibujó con rímel negro en los ojos y con las manos llenas de sangré, no me explicó el significado, si es que lo tuviera. Su mamá no parecía tener problema con que fumáramos hierba, siempre que estuviéramos en casa; prefería eso a que bebiéramos alcohol fuera y con gente desconocida; más vale mal conocido que por conocer, solía decirnos; nos hacía limonada y brownies de vez en cuando, incluso alguna vez se fumó un porro con nosotros, pero no volvió a hacerlo porque días después todavía nos burlábamos porque en su mal viaje creía que le estaba dando un paro cardiaco. Sí fuimos un poco pesados, la verdad. El padre de Carmesí era de origen japonés; tenía varias tiendas de zapatos, pero desde que murió, cuando ella era aún una niña, su madre ( de origen canadiense, creo) se hacía cargo del negocio, por lo que rara vez estaba en casa y le agradaba que nosotros pasáramos todo el tiempo ahí, fumando, jugando videojuegos o lo que fuera. Me veía como a un hijo. En mi casa mis propios padres se la pasaban como perros y gatos (mentira, los perros y gatos son decentes al lado de mis padres) cuando llegaban a coincidir en casa; me volví muy distante con ellos, pero eso no evitó que tuviera una buena infancia pues pasaba casi todo el tiempo en casa de Carmesí. Fue igual durante la adolescencia y hasta llegar a los 20s, cuando mi padre murió. Recuerdo vívidamente esa mañana, la recuerdo de color rojo y con olor a pan tostado. El día transcurrió normal hasta la tarde, a la hora de cortar caja. Yo fui al almacén para hacer unos inventarios; llevaba mis audífonos puestos probablemente con una canción de AC/DC o Black Sabbath. Escuché varios estallidos sordos que tronaron en mi cabeza aun con los estridentes guitarrazos en mis auriculares. Imaginé lo peor, pero no lo creí posible, pensé que era algo sucediéndole a alguien más en alguna otra parte. Al volver a la tienda miré el cuerpo de mi padre con un solo tiro atravesándole la espalda. Había también un enorme charco de sangre en la entrada, y este se extendía hasta la banqueta. La mano de mi padre aun sostenía el revólver. Tomé el arma y esperé a que llegara la policía. Me sorprendió el hecho de que no sentí nada, más allá de la adrenalina ante el peligro inminente. No sentí pena por mi padre, aunque si sentí culpa por no hacerlo; probablemente mi madre sintió aún menos que yo, pues no hubo transcurrido siquiera un año cuando ya salía con alguien. De cualquier modo, no tengo ni un solo recuerdo memorable con ninguno de los dos, solo espacios temporales monótonos, lagunas grises en mi memoria. Quizá el recuerdo más memorable fue ese, el día del tiroteo. Aún conservo el revólver en una caja de zapatos debajo de mi cama. Solo tiene un tiro, el único que dejó mi padre después de vaciarle el resto al ladrón, que de hecho no murió en el acto. En cambio mi padre solo recibió un disparo y fue fatal. Ese único tiro que quedó en la recámara del arma sigue ahí como un memento. En casa dejó de haber gritos y peleas; los únicos gritos eran los de mi madre en la habitación de al lado cuando traía hombres en la madrugada, tipos a los que no me interesaba conocer; solo sabía que eran sujetos diferentes cuando los ruidos en su habitación cambiaban. A veces me iba a Tijuana por temporadas para descansar de todo aquello, con la familia de mi madre, supongo que es lo único bueno que me dejó, una doble nacionalidad. Mi vida mientras tanto no cambió mucho, quizá tenía un poco más de paz en casa, pero no era en casa donde transcurría mi vida a fin de cuentas.