Estrellas de Neón

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Summary

Una vieja furgoneta. Un viñedo en llamas. Dos niños. Una promesa y un centenar de estrellas de neón. Cuando Lean Baumann y Andrin Vogt se conocieron en su niñez, ellos eran totalmente opuestos. Lean era alegre, brillante y estaba lleno de sonrisas. Andrin era imponente, valiente y descarado. Ambos formaron una amistad única e irrompible, hasta que una noche los Baumann fueron masacrados por la ambición de otros y Andrin encontró en su escondite secreto una versión de Lean que nunca pensó que sería capaz de ver. En una noche, Lean se convirtió en una cáscara de lo que solía ser. El horror de aquella noche quedó grabado para siempre en su corazón, al igual que el olor de la sangre mezclándose con el aroma del vino y el sonido estremecedor de los truenos ligado a los gritos. El niño perdido y asustadizo que Andrin encontró, le rompió por completo el corazón. Andrin prometió proteger a Lean siempre, pero fueron separados durante años, ambos viviendo en un infierno perpetuo. Trece años más tarde, Andrin está de vuelta en Ginebra y no tiene planeado volver a la ciudad hasta que dé con el paradero de Lean, quien parece haberse desvanecido por completo... Al igual que su familia.

Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. LAZOS MALDITOS

En cada familia hay tradiciones que no pueden romperse, una vez que te acostumbras, sigues el curso natural de las cosas. Sin embargo, para los Baumann y los Vogt, su tradición era más como un secreto peligroso, un enlace del destino que en cualquier momento podía romperse.

Cuando Aron y Max se conocieron, el enlace fue instantáneo, ellos debían convertirse en amigos de por vida. Sin embargo, Leonie Moser fue la tijera que cortó cualquier vínculo entre ellos y aún así, sus hijas se encontraron diez años después. Ellas, al igual que ellos en su juventud, también se hicieron amigas al instante. La interferencia de Leonie se encargó de cortar esos lazos una vez más y ahora, Emilia no puede creer que su hijo haya seguido sus pasos.

Que Lean y Andrin se hayan conocido de la misma forma que ella y Elena. ¿Qué tan insólito podía ser? Emilia quería sentirse emocionada, quería sonreír al imaginar la expresión de Elena cuando se enteró del pequeño secreto que su hijo estaba escondiendo, pero mirando al pasado, al desastre que acarreó el que ambas se conocieran, Emilia no podía sonreír, no podía estar feliz.

Estaba terriblemente asustada.

¿Y si ella no era la única que lo sabía? Lean llevaba huyendo de casa para ir a los límites del viñedo desde que tenía siete años y esa noche estaba cumpliendo diez. A esas alturas, los que debían saberlo, lo sabían. Emilia sólo podía esperar las consecuencias y tratar de proteger a los niños.

Mirando el rostro de su pequeño hijo, quien en ese momento le devolvía la mirada con nerviosismo, Emilia suspiró. ¿Qué podía hacer ella? Emilia se preguntó si acaso Elena se había hecho la misma pregunta y pensar en ella, en su vieja amiga, hizo que le doliera el corazón.

En el salón todos preguntaban por el cumpleañero, pero Lean había estado distraído desde temprano. Emilia podía notar la ansiedad en su semblante, Lean no paraba de retorcerse las manos en ese gesto nervioso que ella conocía tan bien.

Cuando era niña, Emilia solía escurrirse de la mansión todas las tardes para correr hacia los límites de la propiedad familiar. La primera vez que lo hizo, estaba en medio de una rabieta porque su padre olvidó comprarle un regalo de cumpleaños. Salió de casa echa una furia, dejando atrás los gritos de su madre, de su nana y también, a su descuidado padre. Corrió con tanta fuerza que en algún punto salió del campo de vides y lo que encontró, fue una vieja y destartalada furgoneta anaranjada. Los vidrios de las ventanas estaban intactos, pero la pintura de las puertas se hallaba deteriorada por el paso del tiempo. Las ruedas habían desaparecido hace mucho y en la parte de atrás, la puerta trasera tenía una enorme abolladura.

Cualquier otra persona que hubiese visto la furgoneta allí abandonada se hubiera asustado, pero Emilia no. Emilia era curiosa, rebelde y si había algo que amaba más que pisar uvas con su madre, eso era conocer cosas nuevas. Ella rodeó la furgoneta dejando en el olvido su ira y tan pronto como puso la mano en una de las puertas correderas, tiró. Lo siguiente que supo era que estaba viendo a una niña dentro de la furgoneta, una niña pálida con el cabello tan negro como la noche y ojos tan verdes como los árboles.

Ambas se miraron en silencio durante incontables minutos, una sorprendida y la otra asustada. Cuando finalmente fueron capaces de digerir la presencia de la otra, se sonrieron. Fueron inseparables a partir de ese momento.

Emilia y Elena.

Una Baumann y una Vogt.

Sus familias cultivaban sus uvas muy cerca de la otra, pero en la industria del vino, eran enemigos y por ello, ellas nunca podrían caminar junto a la otra por las calles como iguales.

—¿Alguna vez te conté sobre mi secreto más grande? —susurró Emilia a su hijo con una pequeña sonrisa. Lean la miró al instante, curioso por la palabra secreto.

¿Su madre también tenía secretos?

—Cuando era niña, tenía una mejor amiga. Nos veíamos todos los días en la furgoneta que divide los límites de nuestro viñedo con el siguiente. —Emilia miró a Lean y una amplia sonrisa se dibujó en sus labios cuando vio la expresión de sorpresa de su hijo—. Ella era muy pálida porque no acostumbraba recorrer los viñedos como yo, tenía el cabello tan negro como la noche y los ojos más verdes que haya visto. Era una niña muy curiosa y al mismo tiempo, tímida.

Emilia miró hacia el viñedo una vez más, sonriendo con nostalgia al recordar aquellos viejos tiempos.

—Lena está de cumpleaños hoy, así que es muy probable que la persona que esperas no pueda venir, cariño.

—¿Conoces a la mamá de Drian?

Emilia sonrió, pero su expresión ya no era tan feliz como minutos atrás. Lena. Drian. Ninguno de esos nombres eran reales y saber eso le rompió el corazón, pero era la forma que tenían de mantener su pequeño mundo a salvo; escondiéndose a través de nombres falsos.

—Dime, Lean. ¿Con qué nombre te presentaste?

Al escuchar aquella pregunta, Lean bajó la mirada. Sus mejillas se habían tornado rosadas por la vergüenza, pero Emilia lo entendía. Comprendía perfectamente lo que era mentir sobre su nombre para ser tratada como una persona normal. En el pasado, ella solía ser Leah, hija de una pareja de vinicultores pobres que trabajaba para los Baumann. No Emilia Baumann, la única hija hembra del fundador de Vinos Baumann. Elena tampoco era Elena Vogt, hija del fundador de Vinos Vogt, era Lena. Sobrina de un vinicultor.

—Ian… Trabajo con mi abuelo en el viñedo —susurró Lean, levantando la mirada hacia su madre en busca de una reprimenda, pero todo lo que recibió a cambio fue un asentimiento.

—Yo solía ser Leah, hija de un par de vinicultores pobres. Tu abuelo nunca ha sido pobre, así que no se lo digas, ¿de acuerdo? Podría enloquecer sólo con escuchar esto. —Emilia soltó una carcajada.

—¿Entonces no va a venir?

—No, cariño. No lo hará —respondió Emilia con pesar—. Lena no lo dejará venir, quizás el miedo a que se repita de nuevo la haya llevado a tomar esa decisión.

—¿Miedo a qué? ¿Al abuelo?

Emilia se inclinó y extendió los brazos, levantando al niño del suelo para que ambos pudieran mirar desde la misma altura el amplio viñedo extendiéndose ante ellos. Desde el balcón podían ver las distintas cabañas dispersas por todo el lugar, había luces encendidas, algunas apagadas y dentro de esas cabañas, estaban las familias que trabajaban las uvas.

—La razón por la que Lena y yo ya no nos vemos, fue porque cometí el error de invitarla a mi fiesta de cumpleaños. Esto no lo sabes, porque no has visto a la familia del otro lado de los viñedos, pero ellos al igual que nosotros, tienen rasgos muy únicos. Sabrías que son personas importantes con sólo mirarlos a kilómetros de distancia, entonces, cuando ella vino a mi fiesta de cumpleaños, lejos de sentirse cómoda, fue un completo desastre.

Lean frunció los labios mientras pensaba en Drian. No había forma de que ese idiota viniera de una familia importante, era demasiado tonto, temerario. Lean a veces incluso pensaba que estaba un poco loco. Pero si en algo su madre tenía razón, era en que su apariencia ciertamente llamaba demasiado la atención. Drian era mucho más alto que él, tenía la piel bronceada, el cabello negro azabache y hermosos ojos verdes. Lean no había visto alguien como él antes.

—Cuando tu abuelo la vio, su rostro se puso tan rojo que pensé que iba a explotar. Nunca vi a tu abuelo tan molesto. —Emilia suspiró, perdida en sus recuerdos—. Ellos me encerraron en mi habitación, la enviaron de vuelta a casa y despidieron a todos los invitados. Estuve castigada dos meses enteros por traicionar a la familia trabando amistad con uno de nuestros enemigos.

—¿Por qué son enemigos?

—El padre de Lena y tu abuelo solían ser mejores amigos. Se conocieron en la escuela, se enamoraron del vino al mismo tiempo, también se enamoraron de la misma mujer. Cuando eso último sucedió, comenzaron a distanciarse. Pero lo que hizo que sus lazos se rompieran definitivamente, fue su amor por esa mujer. Ellos iban a crear el vino perfecto juntos, pero para impresionarla, le revelaron la fórmula de dicho vino como una muestra de amor. Ninguno de los dos se lo contó al otro, pero lo descubrieron poco tiempo después, cuando el mismo vino salió al mercado bajo el apellido de la familia de la persona que amaban.

Emilia hizo una mueca, recordando el rostro de la persona que su madre más despreciaba: Leonie Moser. Aquella mujer sin escrúpulos cuya familia se mantenía en la cima por robar los conocimientos y esfuerzos de otros.

—Se culparon el uno al otro por enamorarse de la persona equivocada, por revelar los secretos del vino. Ellos nunca pudieron perdonarse el uno al otro, así que desde entonces, han estado compitiendo y odiándose sin sentido.

—Pero nosotros no somos culpables de eso. —Lean miró a su madre con el ceño fruncido—. ¿Por qué no puedo ser amigo de Drian?

—Porque tu nombre no es Ian, es Lean Baumann. Y mientras Vinos Baumann exista, eres el próximo a sentarse en la silla de sucesión. —La voz de Emilia tomó seriedad entonces—. Aprendí la lección de la peor forma, Lean. Así que no quiero que ignores mis palabras, ¿de acuerdo? Para nosotros los Baumann, los Moser son el mayor obstáculo en esta vida. Mientras ellos existan, los Baumann y los Vogt nunca deben caminar juntos por las mismas calles. De lo contrario, alguien podría morir.

Emilia todavía recuerda la noche de su cumpleaños, esa noche en la que todos supieron debido a ella, que los Baumann y los Vogt tenían algún contacto. Fue enviada a su habitación, los invitados fueron despedidos y Elena fue enviada a casa, pero también, la noticia se filtró demasiado rápido y los Moser, asustados de esa unión, reaccionaron.

Por su culpa, Elena vivió un infierno.

Por su culpa, Elena nunca volvió a caminar.

—No te prohibiré que vayas a la furgoneta, cariño. Tampoco te castigaré, pero no debes traer nunca a casa al Vogt con el que estás jugando y tampoco debes ir nunca a la propiedad que se alza tras el otro viñedo. ¿Entiendes eso?

Lean no lo entendía, pero asintió.

—Ahora volvamos a la fiesta, tu abuelo tiene un anuncio importante que hacer esta noche.

Emilia se inclinó para dejar al niño en el piso y luego le tendió la mano, esbozando una sonrisa para calmar la confusión que podía percibir en su hijo.

—¿Vamos?

Lean también le sonrió, tomó su mano y caminó a su lado mientras se dirigían al salón donde todos los invitados de su abuelo estaban reunidos. Pero antes de perder de vista el balcón, miró una vez más hacia el viñedo esperando ver a Drian aparecer entre las vides con una sonrisa. Sin embargo, no había nadie allí.

Aron Baumann ya estaba posicionado en medio del salón cuando llegaron, en su mano sostenía una copa cuyo contenido era de un tono rosa tan encantador, que los invitados no podían evitar quedarse mirando. Todos los Baumann sostenían una copa igual y cuando Emilia se detuvo junto a su esposo, Julian también le entregó una copa del mismo vino.

—Lean, mi nieto. —Aron Baumann extendió una mano hacia Lean con una sonrisa, por lo que el niño no dudó en acercarse y tomar la mano que le había extendido.

Todos en la familia sabían lo estricto que podía ser Aron Baumann, lo apasionado que era cuando se trataba del vino. Tuvo cuatro hijos varones, pero la luz de sus ojos siempre fue Emilia, su rebelde y hermosa hija. Entregar su mano no fue una tarea fácil, pero ver el rostro de su nieto años después le hizo sentir que aquel tormento había valido la pena.

Ninguno de sus otros nietos era capaz de comprender su amor por el vino como Lean y por lo mismo, Aron había tomado una decisión.

—Hace diez años, en un día como hoy, Emilia estaba trayendo al mundo a mi nieto —dijo Aron a los invitados—. Un día como hoy, hace diez años, yo estaba en ese lugar que solo Lean y yo conocemos con un puñado de personas confiables, terminando de posicionar los barriles que contenían el vino que hice en honor al nacimiento de mi nieto.

Lean miró a la multitud reunida en el salón con una sonrisa, todos ellos lucían sorprendidos por lo que su abuelo estaba diciendo. Sus tíos, sus primos e incluso sus padres portaban la misma expresión, pero Lean no. Su abuelo lo había llevado a esa bodega secreta cuando cumplió ocho años, le contó que la mejor cosecha de Vinos Baumann se dio durante el embarazo de su madre y en honor a él, Aron decidió convertir esa cosecha en el mejor vino que el mundo probaría.

Aquel era el secreto de ambos y esa noche, su abuelo se lo estaba contando a todos.

—Esto que ven aquí, es una muestra del mejor Garnacha que probarán jamás. Es el vino que lleva la mejor cosecha de nuestros viñedos, un tributo a mi nieto, a mi heredero: Lean Baumann.

Tan pronto como las palabras salieron de sus labios, un estruendo estalló en el salón. La sorpresa, la intriga y la emoción se mezclaron. Los amantes del vino que fueron invitados a la fiesta estaban salivando con la noticia. Y en algún lugar de Ginebra, una mujer cuya belleza se había atenuado con la vejez, esbozó una macabra sonrisa mientras recibía la noticia a través del teléfono.

Aron Baumann hizo un gesto hacia los anfitriones, quienes ya estaban posicionados alrededor del salón con las copas en sus bandejas.

—Disfruten la primera copa.