El Acechador Nocturno

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Summary

Los cambia formas estuvieron entre nosotros desde los albores del tiempo. Sin embargo, tras la segunda guerra mundial, se ha levantado una amenaza para todos los cambiantes del mundo cuando los Kitsune (cambia formas de Japón) llegaron a America en busca de protección de otros cambia formas. Mientras tanto Eduardo, un hombre lobo, ex soldado que participó en la batalla de Guadalcanal y ahora detective de la división de homicidios, debe atender un caso muy singular en donde las víctimas son cambia formas. Eduardo reprimió su forma lupina desde la guerra y ahora tendrá que decidir entre enfrentar a la amenaza contra su gente o continuar su falsa vida ignorando su naturaleza de lobo.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo



Aviso:

Los acontecimientos narrados en esta historia es pura ficción, no están relacionados con personas reales ni acontecimientos similares. Cualquier parecido con la realidad en sucesos, eventos, nombres, personas o acontecimientos son pura coincidencia






La guerra al fin había llegado a su fin. La paz se había alcanzado al coste de muchas vidas. Las ciudades, los campos y las colinas que fueron convertidas en yermos, donde el honor y la gloria jamás existieron, alcanzaron la quietud que solo la calma puede traer tras seis años de conflicto. Las ciudades y los pueblos convertidos en campos de batalla, donde solo rondaba la muerte, empezaban a reconstruirse tras el vendaval bélico que azotó durante seis largos años.

Sin embargo, el mundo había cambiado para las personas que lograron regresar del campo de batalla. Su cuerpo y su mente había sido afectados al presenciar los horrores de la guerra, esta había marcado profundamente su alma.

Algunos se consideraban afortunados al regresar a casa con vida mientras que otros no habían dejado el campo de batalla atrás y, probablemente, jamás lo harían. Transitaron por el infierno y lo atravesaron con tenacidad impulsada solamente por la desesperación de ver un mañana. Ese mismo sentimiento les obligó a cometer acciones que los perseguirían por el resto de sus días, pero lo harían nuevamente con tal de no compartir el mismo destino de los que no regresaron.

El barco que transportaba a los soldados, supervivientes de la batalla de Guadalcanal, navegaba suavemente por las aguas mientras los alejaba de aquel infierno verde en donde dejaron parte de su humanidad. Todos estaban exhaustos, pero tranquilos por haberlo logrado. Se habían reunido en pequeños grupos para hablar sobre sus experiencias en el campo de combate, como una manera de descargar sus almas, e intentar revivir los ánimos que se había llevado la guerra. Otros buscaban la soledad; querían luchar por sí mismos contra las cicatrices de la guerra.

Un grupo en particular se encontraba acomodado entre las cajas de medicinas para protegerse del viento, estaban emocionados por regresar completos a su hogar. Entre risas y cigarrillos empezaron a hablar sobre sus planes al tocar tierra.

—¡Eduardo! —llamó uno de los soldados a su compañero que, permanecía en la baranda de proa mirando como las olas se estrellaban en contra de los lados del barco. Parecía hipnotizado.

Al ver que sus intentos por llamar su atención no rendían fruto se acercó para sacarlo de sus pensamientos con una fuerte palmada en la espalda.

—No pensarás saltar por la borda ahora que al fin regresamos a tierra, ¿verdad? —dijo apoyándose al lado de él mientras observaba su rostro empapado por las gotas de agua.

—Lo lamento, Michael. Es solo que… aún no me lo creo que estemos regresando con vida —respondió como si despertara de un sueño— siento como si nos hubiéramos ganado la lotería… no como otros —suspiró profundamente antes de continuar— ¿De qué hablaban con los muchachos?

—No soy mensajero de nadie, acompáñanos. Cuando toquemos tierra tal vez ninguno de nosotros nos volveremos a ver. Comparte estos últimos momentos con tu pelotón, capitán.

Con una sonrisa forzada y de mala gana terminó aceptando. Se sentía como un viejo y no sabía cómo comportarse con el resto que hablaban con mucha alegría.

—Muy bien, ¿De qué me perdí? —dijo sentándose al lado de Michael y encendiendo un cigarrillo que le habían alcanzado. Sintió como sus pesares se desvanecían convertidos en el humo que salía de su boca.

—Hablábamos sobre nuestros planes al regresar a casa, capitán —dijo el soldado Gabriel Williams saludando a Eduardo.

—No hace falta que me llames capitán, Gabriel —respondió Eduardo tras dar otra bocanada al cigarrillo— ya no soy su capitán y ninguno está bajo mi mando.

Gabriel intentó hablar como si Eduardo sea un simple compañero, pero sus palabras se enredaban entre lo informal y lo formal; causando las risas de sus compañeros

—¿Cuáles son tus planes, Gabriel?

—Yo iré a trabajar en la fundidora de mi padre —respondió con el ánimo renovado— antes de enlistarme me había alejado de mi familia por mucho tiempo y siento que me hacen mucha falta. Creo que es el momento oportuno para hacerme cargo del negocio familiar.

—Te dije que al regresar correrías a sus brazos —dijo el sub oficial Edward Jhonson alzando la voz y levantando una cerveza— por mi parte renovaré mi contrato con el ejército. Entraré en los marines como instructor.

Todos entrecruzaron miradas de sorpresa mientras le veían encender su cigarrillo con tranquilidad.

—¿Qué? —respondió sorprendido ante el silencio de sus amigos.

—¿No te bastó una guerra para estar satisfecho? —dijo Michael que no salía de su asombro.

—No me jodas, amigo —dijo casi escupiendo su cigarrillo— Sabes mejor que nadie que durante la batalla nuestro anterior capitán no tenía idea de que hacer o cómo proceder, las comunicaciones eran confusas y sin guía, el resto simplemente éramos corderos en un matadero. Por la culpa de una mala toma de decisiones se perdieron muchas vidas y francamente no quiero que vuelva a ocurrir. Formaré un pelotón de soldados que puedan tomar las decisiones con anticipación y armar una estrategia adecuada antes de que las órdenes lleguen. Ya no quiero ver a mis amigos morir frente a mis ojos por estupideces de un viejo que ni siquiera se encuentra allí. Es como en el campo de futbol, el entrenador no está contigo cuando tienes que tomar decisiones todo depende de los jugadores.

—Entonces deberías ser un entrenador de futbol antes que reingresar a la milicia —dijo Eduardo.

—Tiene mejores prestaciones —respondió Edward tras una breve risa— y tú ¿Qué harás, Michael?

—¿Yo?... Bueno, no lo he decidido aún, pero me forzaron a servir como médico en el campo de batalla así que me gustaría entrar a la universidad para ser doctor.

Todos empezaron a hacer bromas hablando del desempeño del sargento Michael, especialmente cuando se desmayó al atender a uno de los soldados, le recordaron que el comandante le llamó la atención ya que si se deshidrataba nadie vendría a recogerlo. Recordaron la falta de agua en esa colina y la alegría se esfumó en un instante.

—Si tú sales titulado como médico tendré que investigar más antes de escoger a alguno que me atienda, no quisiera que se desmayaran encima de mí —dijo Edward devolviendo las risas al grupo— y tú, Eduardo. ¿Ya decidiste que hacer con tu vida?

Eduardo se miró la mano derecha un momento. Empezó a recordar todos los horrores que había vivido en Guadalcanal y esa pregunta lo había tomado por sorpresa.

—En eso pensaba, Edward —empezó a hablar tras un largo suspiro— No tengo un hogar al cual regresar. Por unirme a la guerra desobedecí el mandato de mi padre y fui expulsado de mi familia. Por lo tanto, es como si fuera un huérfano —tenía una expresión triste y no retiraba la mirada de su mano derecha.

—¿No crees que tu familia estará feliz al saber que regresaste con vida? Y no solo eso, sino con el rango de capitán.

—Toda mi familia siempre ha sido muy… diferente a las demás. Tienen una reputación muy grande en nuestro pueblo y mi padre siempre fue muy respetado entre todos. Siempre hablaban con él para tratar toda clase de asuntos. Ni siquiera el alcalde tiene tanto poder como mi familia. Es por esa razón que seguimos un código muy estricto y la palabra de mi padre es la ley. Toda mi familia siempre tuvo la labor de proteger mi pueblo ante cualquier conflicto, pero su tarea se limitaba al pueblo. Cuando estalló el conflicto sentí que debía venir, que esa misma dedicación se la merecían todas las personas. Mi padre no pensaba lo mismo —dio una bocanada profunda y aplastó el cigarrillo con la bota— aun así, decidí venir. Unos días después, antes de realizar el viaje a Guadalcanal, me llegó una carta en donde estaba el sello lacado de mi familia conteniendo una hoja en blanco. Eso significaba que había sido desterrado. ¿Saben una cosa? A pesar de todo aún siento esa necesidad de ayudar a la gente y es por eso que estaba pensando en trabajar en Los Ángeles como policía.

Tras escuchar la historia hubo nuevamente un silencio roto por el oleaje que arremetía la embarcación. Todos habían pasado por mucho y forjaron un lazo muy fuerte entre ellos, sabían que necesitaban ayudarlo, pero no sabían cómo.

—Sabes que estás saliendo de una guerra para entrar en otra, ¿verdad? —dijo Alejandro Oliviera quien se había mantenido al margen de la conversación— las calles de L. A. no te recibirán con los brazos abiertos.

—Tú lo dijiste teniente. En las calles se desarrolla una guerra más sutil, casi silenciosa. Aunque parece pequeña tiene una cantidad de víctimas similares. Las personas se matan unas a otras por droga o dinero. El hecho de tener un trabajo digno, una familia feliz o el dinero suficiente no asegura que un drogadicto se te aparezca y te meta un tiro entre los ojos. Quiero… no… necesito marcar la diferencia de algún modo, aunque sea mínima. Demostrarles a las personas que los policías también son personas de confianza y no una mafia financiada por el gobierno.

Los ojos de Eduardo parecían despedir fuego por la decisión que había tomado. Desde que regresó en una misión en donde solo él salió con vida había adquirido una mirada triste y perdida, excepto en ese momento. Algunos pensaban que los soldados caídos le habían pedido hacer algo y estaba dispuesto a salir vivo de allí para poder cumplirlo.

—¡Con tu historial no debería ser difícil! —gritó una voz que se acercaba al pequeño grupo sosteniendo una botella de alcohol y dando tragos de tanto en tanto. Era el teniente Sheldon Spears— Eduardo, “el soldado afortunado” —se apoyó en una de las cajas mientras se burlaba del pseudónimo— Ascendiste rápidamente de grado, pero todos sabemos la verdad. Te aprovechaste de la situación, ¿no es así? ¿Lo haces por los muertos? Tremenda estupidez. —escupió a la bota de Eduardo quien se levantó para encararlo.

Sheldon arrojó su botella vacía cerca de donde estaba Alejandro. El alcohol lo había alterado. Parecía que en cualquier momento se lanzaría sobre su capitán para enfrascarse a golpes.

—¿Sabes una cosa, señor “afortunado”? Sufrí mucho más que ninguno de ustedes para alcanzar el rango al que llegué. Además, todos mis hombres en mi pelotón regresaron sanos y salvos de las misiones más horribles que te puedes imaginar. Logramos salir adelante sin importar el calor y la sed. ¿Sabes que me dieron? Una puta palmadita en el hombro y una nueva misión. Mientras que el señorito aquí presente fue el único en regresar con vida tras una emboscada de los japos. Saliste vivo y sin un puto rasguño. ¿Cómo lo hiciste Torres? —Sheldon se giró hacia el resto extendiendo los brazos— ¿Cómo creen que fue posible? ¿un milagro? ¿suerte? ¡Por supuesto que no! ¡Este bastardo los abandonó! —gritó señalando a Eduardo— ¡Huyó ante la más mínima amenaza mientras que sus compañeros fueron masacrados! ¿Qué obtuvo a cambio? Un ascenso como capitán, tres medallas y esta bola de perdedores como pelotón. Apestas a desertor, Torres. ¿Qué obtuve yo? —dijo señalándose exageradamente— un pequeño ascenso y una patada en el culo. Además de varias heridas en mi cuerpo y una bayoneta en el vientre. Vi el hospital más veces que ninguno de ustedes, pero me negué a abandonar a mi gente por lo que regresaba siempre al combate para que ninguno de mis hombres tocara siquiera una sola venda en su vida.

—¡Por favor! —se levantó Michael— sabes mejor que nadie que los comandantes tomaron malas decisiones en el campo, los sobrevivientes ni siquiera querían ser mencionados en los informes. Vi los reportes de tus misiones y tu nombre siempre aparecía resaltado. Al menos Eduardo no tuvo que lamer culos militares para subir de rango.

Sheldon se abrió paso a empujones hacia Michael, quien lo esperaba como un pescador a punto de ser embestido por una gigantesca ola.

—Repítelo, matasanos —lo empujó con su dedo índice— por si no lo recuerdas todos conocemos tu “secretito”, no creas que no se percataron que te llevaste la morfina para drogarte y soportar aquel martirio. Nadie te delató porqué hacías un buen trabajo… hasta donde sabemos. Escuché rumores por ahí, enano.

Eduardo sostuvo con fuerza el hombro de Sheldon quien se giró hacia él furioso.

—¡Teniente! Le recuerdo que mientras seguimos en el mar sigo siendo su superior y le ordeno que deje en paz al sargento Ayers.

—¿Por qué no me da mejores órdenes, “capitán”? —le respondió sosteniendo de la camisa a Michael— ¿Por qué no me ordena arrestar a este drogadicto? Su amistad viene con privilegios por lo que veo. ¿Así quieres ser un buen policía? ¿Sabe una cosa, capitán? También recuerdo a una persona que estaba en el pelotón que perdió, era mi mejor amigo desde que éramos niños. Quería ser policía, pero no por los estúpidos ideales que escupiste. Sino por algo mucho más noble, te adueñaste de su vida y sus sueños, ca-pi-tan. Eres un hipócrita Torres, solo buscas ser digno ante tu familia para regresar a las faldas de mami, pero ¿sabes una cosa? Yo andaría con mucho cuidado. Las calles de L. A. son lugares muy peligrosos y todo puede ocurrir. Especialmente para frijoleros como tú.

Sheldon se quitó de encima a Eduardo quien casi pierde el equilibrio y se alejó haciendo eses. No podían comprender como alguien como él tenía tal dedicación por los demás, pero Michael había visto los informes y todo lo que declaró era real. Ninguno de sus hombres fue herido mientras estaba a cargo.

—Lo siento, Eduardo. Lamento hacer entender que eras un… —lamentándose por permanecer callado. Eduardo levantó la mano interrumpiéndolo.

—Eduardo, te mereces el rango que obtuviste al igual que esos honores —dijo Edward— solo me bastó estar bajo tus órdenes para saberlo y no vendiste tu humanidad como otros que se volvieron animales al estar en ese infierno.

—Humanidad —Eduardo dio una pequeña risa— no hice nada extraordinario. En cuanto a lo que dijo Sheldon, tiene razón en una cosa, probablemente la suerte fue lo que me sacó de allí y probablemente alguien más merecía los honores que mencionas. No quiero aguarles la reunión, con permiso soldados.

Eduardo se retiró de nuevo a la barandilla del barco para mirar el mar. Michael intentó detenerlo, pero Edward lo detuvo. Nadie sabía por lo que pasó y tampoco hablaba de ello. “Humanidad”, pensó Eduardo mientras revisaba su mano nuevamente.

Un par de horas más tarde se escuchó el aviso que pronto llegarían a tierra y la euforia estalló en ese mismo instante. Todos gritaban de alegría y saludaban a sus seres queridos mientras los esperaban en el puerto. Una banda empezó a tocar un himno a su llegada mientras eran recibidos.

“Todos menos ocho”, pensó Eduardo mientras veía a las familias en el puerto. Antes de bajar del barco saludó a sus soldados y se marchó. No sabía si volvería a verlos, pero si cortaba los lazos con ellos en su totalidad sería lo mejor para todos.