La Sombra

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Summary

Cristina tenia diez años cuando hizo su primer amigo. Agazapado debajo del escritorio y con los mismos miedos que la niña ella no dudo en acogerlo. Este amigo en cuestión no era nada. No tenía nombre, no tenía forma. No era nada. Solo una sombra.

Genre
Thriller/Drama
Author
Ales
Status
Complete
Chapters
1
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

Shadow

La noche era uno de los peores momentos para Cristina. Silenciosa, oscura y fría. Cuando era más pequeña se metía entre las sábanas, a la espera de que su madre le leyera un cuento y le diera un beso de buenas noches. Antes de salir dejaba la puerta abierta y una luz encendida. Sin embargo con el tiempo ese patrón fue cambiando. Primero los cuentos se fueron haciendo mas cortos hasta que dejaron de haberlos, después la luz dejó de quedarse encendida, la puerta fue cerrada eventualmente y los gritos. O los gritos.

Cristina no recordaba exactamente cómo, cuándo o porqué comenzaron. Sus padres empezaron a pelearse todas las noches. Y cuando se despertaba a la mañana siguiente su padre ya se había ido y su madre presentaba profundas ojeras. La primera vez preguntó qué sucedía y cuando recibió una bofetada dejó de hacerlo.

Y así fue creciendo. Con miedo a la oscuridad y a los ruidos que se escuchaban al otro lado de la puerta. Y ella no podía hacer nada así que intentaba dormirse cuanto antes pero cada golpe, cada grito la despertaba de nuevo. Y fue una de esas noches cuando lo vio. Agazapado debajo del escritorio intentando usar la silla para esconderse había una pequeña figura que al igual que ella daba pequeños respingos con la discusión de sus padres.

—¿Tienes miedo? —preguntó en un susurro casi inaudible.

La figura no dijo nada, solo intentó pegarse todo lo posible al fondo del escritorio. Al ver esto Cristina se acercó a ella despacio, intentando no hacer ruido, aunque si hubiera corrido sus padres no se habrían enterado. Se agachó y extendió una de sus manitas.

—A mi también me da miedo, ¿quieres que durmamos juntos?

Al principio dudo un poco pero al final algo agarró su mano y Cristina pudo tirar hacia fuera. Y a la tenue luz de las farolas que se colaba por su ventana vio lo que era o más bien lo que no era. No era humano. Y Cristina sabía esto, a pesar de tener diez años, porque sus bordes se difuminan y de la parte de más baja de la figura aparecían pequeñas leguas negras que se disipaban antes de llegar a alguna parte.

—¿Qué haces aquí?

La sombra no contestó.

—¿Tienes familia?

La sombra no contestó.

—¿Eres como yo?

Esta respuesta sí la contesto pero no con palabras. En su lugar se disipó y formó dos letras en el suelo. Primero una N, luego una O. Cristina admirada pidió que lo hiciera de nuevo. La sombra volvió a su forma original para después volver a formar las letras.

—¿Puedes transformarte en otra cosa? ¿Cómo...? —lo dudó unos segundos antes de terminar— ¿En un perro?

Dicho y hecho la sombra se transformó en un pequeño perrito. Cristina aplaudió entusiasmada. Y así pasó la noche. Le pidió que se transformara en todo tipos de animales y cuando no se le ocurrieron más pasaron a los objetos. Todo esto se mantuvo hasta que un fuerte ruido se escuchó en la cocina. Cristales rotos, gritos y maldiciones. Asustada Cristina corrió a la cama. Pero la sombra se quedó quieta.

—Entra corre —hizo lo que pidió y se ocultó entre las telas—. Si no nos movemos no pasará nada. Todavía no me has dicho tu nombre.

La sombra volvió a escribir NO en la almohada.

—¿No tienes? —volvió a suceder lo mismo—. En ese caso te pondré uno —pensó unos minutos y finalmente dijo—. Shadow, tu nombre será Shadow.

Cristina se quedó dormida y Shadow se quedó con ella. Gracias a esta nueva compañía cuando llegó la policía alertada por los gritos de los vecinos ella no tuvo miedo de irse con la mujer que decía tener que hacerle unas preguntas. Y Shadow se quedó con ella. A pesar de que los demás parecían no reparar en su presencia.


Después de que la policía detuviera a su padre por maltrato, su madre y Cristina tuvieron que mudarse de ciudad. Cambiaron de Madrid a Barcelona, dos grandes ciudades que poco tenían que ver la una con la otra. El cambio fue muy duro. Adaptarse a la escuela fue duro. A Cristina nadie le había enseñado a hablar catalán y todo el mundo hablaba esa lengua. Si bien conseguía entender la gran mayoría de la conversación tardaba el doble que sus compañeros. Y no era capaz de hablar con fluidez.

Al final por vergüenza comenzó a comunicarse cada vez menos y menos con sus compañeros, sin embargo ellos parecían tener mucho que decir sobre ella. Porque hablaban de ella a todas horas. Cuchicheaban mientras caminaba por los pasillos, mientras estaba sentada en su pupitre. Algunos días directamente le decían lo que pensaba a la cara.

Nunca pudo hablar de esto con su madre, desde que se mudaron cambió completamente, dejó de trabajar, y comenzó a beber, a todas horas, en todo momento. Cualquier cosa.

Así que a Cristina sólo le quedaba Shadow, la pequeña sombra, que todos los días la acompañaba e intentaba que no se sintiera sola, pero había un problema, y es que solo era una sombra. No podía tocarla, no podía hablar, solo seguirla mientras se ocultaba del sol.

Sin embargo a Cristina no le importaba y agradecía su presencia. Cuando se arruinó su proyecto de ciencias, cuando su ensayo de literatura quedó empapado, cada vez que estaba sola en el baño. Shadow había estado con ella.

—¿Cuánto crees que durará esto? —le preguntó una noche.

Shadow intentó hacerse entender por medio de imágenes. Cambio de imágenes lo más rápido que pudo e incluso añadió alguna errónea, casi Cristina podía sentir la ansiedad de su compañero. Al final ella rio entendiendo lo que torpemente Shadow quería decir.

—Tienes razón, las cosas irán mejorando.

Pero las cosas no mejoraron. Los días, meses, años, fueron pasando y nada mejoró. Intentaba hacer las cosas como podía. Se había rendido con su madre a los catorce años y solo hacía el menor ruido posible para no molestarla. Y ahora con diecisiete, Cristina sentía que todo le pesaba, le costaba levantarse, le costaba hacer cosas básicas. Sin embargo tenía que seguir yendo al colegio para que no sospecharan.

Intentó dejar de ir durante un tiempo lo que empezó a levantar sospechas y tuvo que volver para evitar problemas con su madre.

—¿No estás cansado, Shadow? —preguntó un día antes de salir de casa.

La sombra no supo qué contestar, pero Cristina no buscaba ninguna respuesta. Así que salió de casa. Siempre iba despistada por la calle no porque no quisiera poner atención, sino porque no podía. Si lo intentaba se agotaba y no llegaba a clase. Así que ponía el piloto automático. Dejaba que su memoria muscular la llevará al sitio que tocara.

Sin embargo, el día que un coche se saltó un semáforo no fue capaz de reaccionar a tiempo. Cristina fue la única que no fue capaz de apartarse. O tal vez no quiso apartarse. Shadow, quien vio todo, nunca entendió cuál fue el verdadero motivo. Solo era una sombra después de todo.


La actividad en la calle fue interrumpida durante un buen rato. Alguna gente gritaba, Shadow escuchó llorar a algunos niños que iban al colegio. Sin embargo no pudo hacer nada, si lo pensaba en retrospectiva nunca pudo hacerlo. No podía tocar a Cristina, no podía hablar con ella en condiciones. Ni siquiera el resto de personas lo podían ver. Así que solo pudo esperar, al lado del cuerpo de su amiga, a que llegara la policía y los sanitarios.

Para cuando llegaron el charco de sangre doblaba el tamaño de la adolescente y se dieron cuenta de que poco podrían hacer. La subieron en la ambulancia y Shadow se coló en un rincón de esta. Siguió de cerca el cuerpo de su amiga mientras la llevaban a la morgue.

Estuvo esperando hasta que llegara la madre de Cristina, pero nunca llegó. En su lugar apareció un amigo de ella. Se presentó como su tío y pudo rellenar los papeles para llevarse el cuerpo.

Shadow conocía a ese hombre de vista. Se podría decir que era el único adulto cerca del círculo de Cristina que se preocupaba por ella. Sin embargo Shadow sabía que no se preocupaba lo suficiente por ella. No como Cristina había necesitado. Ya que nunca aparecía muy seguido en su vida. Solo ocasionalmente.

Se quedó con ella cuando la llevaron a la funeraria. No fue difícil colarse en la máquina frigorífica, donde estaba su cadáver. Después de todo seguía siendo una sombra y al igual que nunca pudo tocar a su amiga, no podía tocar los objetos materiales.

Sorprendentemente hubo un funeral. La madre de Cristina se las arregló para mantenerse lo bastante sobria como para organizarlo y llorar la muerte de su hija. Shadow no dejó de observar desde un rincón del ataúd. Observaba a todos los presentes con enojo y frustración.

—Es tan injusto, solo era una niña —murmuró una mujer.

—Y el conductor se dio a la fuga, ¿te lo puedes creer? —también un hombre murmuraba con ella.

Vio a los compañeros de Cristina, los cuales parecían bastante afectados por la pérdida. Shadow no llegó a creer que sus lágrimas fueran reales. La presión del ambiente muchas veces podía hacer que una persona reaccione tal y como la situación requería. Esta no era una excepción. Y cuando los vio salir del tanatorio entre risas se dio cuenta de esto.

Al día siguiente fue la cremación. No fue nadie. Solo su madre porque tenía que firmar un papel. Shadow se quedó a ver cómo el ataúd se introducía y espero a que alguien volviera a recoger las cenizas. Nunca sucedió. Pasaron días y luego semanas y Shadow espero a que volvieran a por ella.

Pasaron muchas familias por donde estaba hasta que unas semanas después otra chica que lloraba la muerte de su abuelo lo vio de nuevo. Shadow pensó que era un error, así que no se movió.

Pero cuando se fue toda la familia y ella se agacho enfrente del banco donde estaba sentado y preguntó:

—¿Qué eres?

La sombra la miró y cambió de forma indicando que no había entendido la pregunta.

—¿Tienes nombre?

Shadow formó la palabra NO en frente de la chica. ¿Por qué mintió? Porque siempre que conocía a una nueva persona no era capaz de recordar el nombre de la anterior. Sabía que había muerto, pero no recordaba más de ella.

—No es posible, todos tenemos un nombre.

La chica lo pensó unos momentos, al final anunció.

—Kuro, ¿Qué te parece? Es japonés.

La forma de Kuro cambió a unas estrellas que aparecían y desaparecían desacompasadamente. Ella entendió lo que quería comunicarle y sin poder evitarlo río por primera en varias semanas.

—Mi nombre es María.

Al final se levantó del suelo y fue a salir de la capilla. Kuro se levantó y siguió a María dejando atrás las cenizas de Cristina. Que se alejara era cuestión de tiempo. Las sombras eran atadas a las personas por su nombre. Y permanecían con ellas hasta que conseguían desligarse o morían.

Así que al igual que condenó a Cristina cuando ella tenía solo diez años. Acababa de condenar a María en esa pequeña iglesia del crematorio sin poder evitarlo.