Crónicas de los Errantes: Juramento de Fuego y Sangre

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Summary

Reedal, un jóven mago y alquimista, irrumpe en el escenario de la antiquísima ciudad de Grayshire con una ambición ardiente. Portando sueños de resolver sus apremiantes problemas económicos, su mirada se fija en un tesoro codiciado: un ingrediente legendario, capaz de destilar la solución a sus penurias financieras. Embriagado por optimismo, se adentra en los callejones empedrados de Grayshire con determinación en su paso y un brillo de anticipación en sus ojos. Sin embargo, las expectativas de Reedal se desvanecen como el humo en un viento inoportuno. En el instante en que pisa la ciudad, se topa con una realidad que jamás habría previsto. Grayshire, famosa por su bullicioso y lucrativo mercado trimestral, está en un estado de agitación inusual. Un misterio palpable flota en el aire, desgarrando el ambiente que debería estar saturado de comercio y conversación. Lo que inicialmente parecía una búsqueda personal para Reedal, se convierte en una encrucijada de dimensiones desconocidas. El mercado trimestral, un acontecimiento que los habitantes de Grayshire habían dado por sentado durante generaciones, se ha visto abruptamente interrumpido por una fuerza más allá de su comprensión. Una sombra que se cierne sobre el corazón mismo de la ciudad y desafía a los residentes y a los forasteros por igual.

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18+

Juramento de fuego y sangre

Reedal caminaba con paso ligero por las empedradas calles de la ciudad amurallada de Grayshire, su rostro reflejaba una mezcla de entusiasmo y determinación. A sus espaldas, una pesada mochila contenía varios compartimentos llenos de hierbas y componentes para sus preciadas pociones. Su misión en esa ciudad era clara: conseguir alma de hidra, un ingrediente raro y poderoso que aumentaría el poder de sus elixires.

El alma de hidra, a pesar de su ostentoso nombre, provenía de una humilde hierba que crecía en lo más profundo de las selvas del condado de Yaicinth. Su rareza y valor lo convertían en un tesoro codiciado por muchos alquimistas, pero Reedal había recibido un soplo de uno de sus proveedores habituales y no dudó en recorrer a pie todo el camino a Grayshire para conseguirlo. Durante su viaje, había recolectado meticulosamente todos los ingredientes de calidad que pudo encontrar, acumulando una valiosa carga en su mochila.


Las calles de Grayshire estaban un poco más concurridas de lo habitual, una señal segura de que el gran mercado estaba en pleno apogeo. Aunque no estaba abarrotado, Reedal sabía que a medida que se acercara al mercado, la multitud aumentaría. El mercado de Grayshire se celebraba cada tres meses, y Reedal se sentía aliviado por haber llegado a tiempo, a pesar de haber recorrido todo el camino a pie.

Con determinación, avanzó por la calle animada, su mente centrada en el objetivo que tenía en mente.

Mientras se dirigía a la plaza central, metió la mano en sus bolsillos y extrajo las monedas que llevaba consigo. Pasar la noche en la posada costaba cinco monedas de bronce, y después del agotador viaje, solo le quedaban siete monedas. Sabía que podía permitirse pasar la noche en una de las posadas de la ciudad, pero también era consciente de que tendría que emprender el camino de regreso al día siguiente o enfrentar la perspectiva de dormir a la intemperie.

Sus pensamientos se dirigieron hacia las posibles soluciones para sus problemas financieros. Las pociones elaboradas con el alma de hidra podrían ser una respuesta. Esperaba que los comerciantes aceptaran intercambiarla por ingredientes, ya que el pago en efectivo no estaba dentro de sus posibilidades en ese momento.




Reedal siguió dirigiéndose a la plaza, pero algo había cambiado en el ambiente. Empezó a oír gritos en la distancia y mucha gente venía en su dirección, gritando y huyendo. Estuvo a punto de detener a alguien para preguntar qué estaba sucediendo, pero de repente escuchó un chirrido atronador. El rugido de esta bestia fue suficiente para entender la situación. Los gritos que exclamaban “¡Dragón, dragón!” de la gente que huía lo dejaron aún más claro.

«¿Un guiverno? ¿Aquí?»

Había invertido lo poco que tenía en llegar hasta la ciudad, y un solo guiverno no frustraría su aspiración de toda una semana de comida caliente y camas mullidas. Sin embargo, mientras corría en dirección opuesta a la gente, se dio cuenta de que enfrentar a un guiverno solo era una locura. Aunque había enfrentado guivernos en el pasado, nunca en solitario. Sabía que un guiverno no era algo que pudieras enfrentar por tu cuenta, pero estaba seguro de que, además de contar con la ayuda de la guardia local, habría más magos asistiendo al gran mercado trimestral de Grayshire. Con suerte, podrían enfrentar la amenaza juntos.

Llegó un momento en que avanzar hacia el mercado era casi imposible. Cuando se trata de huir, la gente no suele mantener un orden. Uno de los guardias estaba apostado en un rincón de la calle, vigilando que no se formaran tumultos entre la gente que escapaba del terror alado. Al ver al mago acercándose, el guardia hizo un gesto para que se detuviera y le advirtió:

- ¿Estás loco? ¡Hay un dragón en la plaza! ¡Esta gente está huyendo por la mejor de las razones y te aconsejo hacer lo mismo! -dijo el guardia gritando, intentando hacerse oír entre la multitud.

Reedal tomó una respiración profunda para calmarse antes de hablar. Sabía que debía convencer al guardia de la urgencia de la situación.

- Es un guiverno. Y no se detendrá solo porque la gente huya. Son criaturas maliciosas, cazará por deporte aunque haya comido lo suficiente -explicó el mago con seriedad-. Soy mago y puedo ayudar a acabar con él, o al menos ahuyentarlo de la ciudad. ¿Entiendo que ahora mismo hay gente luchando?

El guardia lo miró con incredulidad, sin estar seguro de si creer o no en las habilidades de alguien tan joven. El rugido del guiverno resonó nuevamente, sacudiendo el suelo y recordándoles la peligrosa realidad que se desplegaba en la plaza.

- Atacó la plaza por sorpresa. Ha destruido la mayoría de puestos. La última vez que estuve allí había acabado con ocho mercaderes y con tres de los guardias. Intentaron combatirlo, pero lo único que han conseguido hasta ahora es que sus armas reboten contra el cuerpo del animal.

« Atacaron cuerpo a cuerpo y sin ningún plan a una criatura que, como mínimo, les triplicaba en altura. No les falta valor, pero esta gente no sobrevivirá sin mi. Me necesitan. »

- He enfrentado guivernos antes y sé cómo lidiar con ellos. Pero necesitamos un plan, no podemos atacar sin más. Si nos organizamos y actuamos juntos, tenemos una oportunidad de vencerlo.

El guardia se estremeció ante la idea de volver al infierno que era la plaza. Desvió su mirada hacia el caos que se desataba en la distancia, los gritos y los estruendos llenaban el aire. Luego, volvió a mirar al mago con una expresión de incredulidad y miedo.

- ¿Sabes lo que me estás pidiendo, ¿verdad? -dijo el guardia, con la voz entrecortada-. Vi cómo esa cosa acabó con tres hombres buenos en cuestión de segundos. No hay esperanza, deberíamos evacuar la ciudad.

Reedal se dio cuenta de que su intento anterior de convencerlo no había sido suficiente. Necesitaba cambiar su enfoque para hacerle entender la gravedad de la situación.

- El guiverno -enfatizó Reedal, su voz firme y llena de urgencia-. No se detendrá. Ahora mismo está contenido en la plaza, pero en cuanto la lucha cese y encuentre la oportunidad, levantará el vuelo y perseguirá a la gente que huye de la ciudad. Los matará a todos, calcinándolos desde el aire en cuestión de segundos. Así actúan estas criaturas. Son territoriales, y está reclamando la ciudad para sí mismo. Acabarán con cualquier cosa que perciban como una amenaza, incluyendo a cualquier humano en su campo de visión. Desconozco por qué este guiverno ha bajado a la ciudad desde montañas tan lejanas, pero si no unimos fuerzas y lo enfrentamos juntos, podemos dar por sentado que todos estaremos perdidos.

El guardia miró al mago con renovado temor, pero también con una chispa de comprensión en sus ojos. Sabía que Reedal tenía razón y que no podían darse el lujo de rendirse ante esta bestia. Asintió con determinación. Tembló visiblemente mientras se dirigía a la multitud que intentaba salir de la ciudad de forma poco ordenada y bloqueaba todos los puntos de acceso a la plaza.

- De verdad que espero que sepas lo que estás haciendo -dijo con voz temblorosa-. Sé perfectamente que tenéis miedo-dijo dirigiéndose a la multitud que huía-. Yo tengo miedo. Pero tenemos aquí a un mago experto cazador de dragones, y es necesario que lo llevemos rápidamente a la plaza. No os digo que no huyáis, solo os digo que hagáis todo lo posible para no obstaculizar su paso.

Reedal observaba con inquietud cómo la multitud reaccionaba a las palabras del guardia. Poco a poco, algunos empezaron a dejarlo pasar hacia la plaza. Agradeció internamente al guardia por su valiente apoyo en medio de la confusión y el caos reinante.

Aunque la gente cooperaba, avanzar era complicado debido al espacio limitado en las abarrotadas calles. El guardia que había hablado con Reedal iba unos metros por delante, repitiendo su discurso una y otra vez a la gente que seguía huyendo. El mago se dio cuenta de que sin la ayuda del guardia, habría sido casi imposible llegar rápidamente a la plaza.

Reedal seguía avanzando con determinación, esforzándose por llegar lo más rápido posible al lugar donde se desataba la batalla contra el guiverno. Cada paso era un desafío, pero sabía que no podía permitirse perder tiempo. La vida de muchas personas estaba en juego, y él era su única esperanza.




Tras una agotadora carrera, Reedal finalmente alcanzó su destino. El guardia que lo había acompañado parecía inseguro y poco dispuesto a quedarse en ese caos. La plaza del gran mercado trimestral de Grayshire yacía en ruinas. Los puestos habían sido reducidos a escombros, mientras cadáveres calcinados yacían esparcidos por el lugar. Los pocos guardias que sobrevivieron luchaban desesperadamente, cubriéndose de las llamaradas lanzadas por el guiverno desde la fuente central.

- ¿Cuál es tu nombre, soldado? -preguntó Reedal con una mano en su hombro, intentando infundirle confianza.

- Taim, señor. Cabo Taim -respondió el guardia con nerviosismo.

- Me llamo Reedal -dijo el mago, mostrándole una sonrisa reconfortante-. Has hecho un gran servicio hoy, Taim, pero a partir de ahora me encargaré yo. No te culparé si decides huir; aquí ya no queda mucho que puedas hacer.

Reedal bajó la mano del hombro de Taim y comenzó a deshacerse de la mochila, guardando algunos componentes en los numerosos bolsillos de su ropa. Luego, extendió la mochila hacia Taim.

- Tanto la mochila como su contenido son muy preciados para mí. Si me haces este último favor, te agradeceré que la mantengas a salvo y me la devuelvas cuando todo haya terminado. Si muero... supongo que puedes vender su contenido.

Taim aceptó la mochila con reverencia, sintiendo el peso de la responsabilidad que ahora llevaba a sus espaldas. Con una última mirada a la caótica plaza, el guardia comenzó a correr en dirección opuesta.

« Es mejor así. El chico no tiene lo necesario para esta lucha. »pensó Reedal mientras observaba al cabo Taim alejarse.




El quinto pelotón de guardia de Grayshire no estaba pasando por su mejor momento. Habían perdido ya seis hombres en la encarnizada batalla contra el temible dragón. A duras penas, lograron encontrar refugio en la fuente central de la plaza, pero el dragón se acercaba implacablemente hacia ellos. Un rápido golpe de su cola hizo volar escombros de un puesto cercano, convirtiéndolos en pequeños y letales misiles que se abalanzaron sobre el pelotón. El recluta Ryker fue alcanzado en el hombro y arrojado hacia atrás, dejándolo expuesto fuera de la protección de la fuente.

La capitana Sarun cerró los ojos. Sabía que no podría llegar a tiempo para salvar a Ryker. Seis de sus valientes hombres ya habían caído bajo las garras del dragón, y este sería el séptimo. Aunque lograra sobrevivir, tendría que enfrentar la difícil tarea de explicar a las familias de los caídos lo sucedido.

El rugido ensordecedor del dragón llenó el aire, preparándose para lanzar la letal llamarada de fuego que acabaría con la vida del indefenso recluta. Sarun sintió una lágrima deslizarse por su mejilla mientras mantenía los ojos cerrados, temiendo lo inevitable.

Cuando abrió los ojos, la sorpresa inundó su rostro. Ryker seguía vivo, mirando atónito a la criatura que estaba a punto de acabar con él. Sin embargo, a solo unos pasos de distancia, de pie y con las manos en la espalda, se encontraba un hombre alto y atlético, con una cuidada barba castaña y cabello largo peinado hacia atrás. Sus ropas sencillas de viaje contrastaban con la magnitud de la situación. Era un completo desconocido para Sarun y su equipo.

El hombre pareció darse cuenta de que la capitana lo estaba observando y le dirigió una sonrisa afable antes de volver su atención al dragón.

- He venido a salvaros -anunció con una voz serena y segura.




El enfrentamiento entre Reedal y la bestia había sorprendido a todos, incluso al propio guiverno, quien parecía confundido por primera vez en su vida. Su aliento de fuego, que solía ser infalible, no había surtido efecto contra el mago. Reedal levantó la mano en un ágil y estudiado movimiento, mostrando un dominio impresionante sobre el fuego. Su mirada se tornó intensamente anaranjada, y las llamas que lo rodeaban parecieron obedecer sus deseos.

Con un gesto preciso, Reedal reunió todas las llamas que se dirigían hacia él en una pequeña y poderosa esfera de fuego en su palma. Con un golpe seco, la cerró en forma de puño, disipando el fuego. Luego abrió su mano nuevamente y la dejó en reposo a un costado de su espalda. No quedaba rastro de las llamas que momentos antes habían amenazado con consumirlo.

Aunque había demostrado su capacidad para resistir las llamas, Reedal sabía que enfrentarse cara a cara con el guiverno sería una empresa demasiado peligrosa. El guiverno, aparentemente desconcertado por la situación, decidió retirarse momentáneamente y buscar presas más fáciles.

Reedal se inclinó con precaución junto al joven recluta Ryker, cuyo hombro chorreaba sangre debido a la profunda herida causada por los escombros arrojados por la despiadada criatura. Con meticulosidad, el mago examinó la lesión con atención, sus ojos escudriñando cada detalle con la experiencia de quien había enfrentado múltiples desafíos.

No obstante, el guardia no tenía la apariencia de uno común. Eran pocos los altos Aclyanos que se aventuraban tan al sur. Ryker, en particular, era un coloso que se acercaba a los dos metros de altura, emanando una presencia imponente. Esta imagen contrastaba con su tez pálida y su mirada decidida. La impresionante envergadura de su figura explicaba por sí misma por qué la precaria protección que la fuente ofrecía no había sido suficiente para salvaguardarlo de los estragos causados por el ataque.

Vestido con el distintivo uniforme que identificaba a la guardia, llevaba en el pecho el emblema inconfundible de los Juramentados de la Vigilancia Eterna. El prominente escudo de su orden descansaba en su uniforme sin bordados ni inscripciones, un testimonio silente de que Ryker aún no había proclamado su juramento.

- Vivirás, pero va a doler -dijo Reedal, colocando su mano con cuidado sobre la herida de Ryker-. Si después de esto puedes luchar, te necesitaremos a nuestro lado.

Los gemidos de dolor escapaban de los labios de Ryker mientras Reedal aplicaba su magia para aliviar levemente la herida interna y cauterizaba con destreza la superficie exterior afectada. La sangre dejó de fluir, y en el aire quedó la sensación de un alivio tangible. Con la herida ahora tratada, el mago apartó su atención de Ryker y exploró con una mirada aguda al resto del pelotón, buscando a su líder entre los compañeros heridos y fatigados.

- ¿Quién está al mando? -preguntó Reedal, dirigiendo su mirada hacia el grupo.

La capitana levantó la mano lentamente. Todavía se encontraba impactada por lo que acababa de presenciar.

- Necesitaremos atacar al dragón desde la distancia, con proyectiles -explicó Reedal, dirigiéndose ahora a la capitana-. Preferiría virotes de ballesta, pero me conformaré si cuentan con arcos.

- ¿Quieres decir que... vamos a seguir luchando contra esa criatura? -preguntó la capitana, aún sin creer lo que estaba pasando.

- Podría mantenerlo ocupado por un tiempo, pero no tengo la forma de incapacitarlo -continuó explicando Reedal-. Sin la ayuda de otros magos, necesitaré arqueros que lo enfrenten. Necesitaremos a todos los guardias dispuestos a luchar. ¿Cuál es su nombre?

- Capitana Sarun. No estoy segura de que ninguno de esos métodos funcione. Hemos intentado atacarlo desde la distancia. Las flechas no pueden penetrar esas escamas. Algunos valientes intentaron atravesarlo con espadas y lanzas, pero... -señaló hacia la parte de la plaza donde se encontraban la mayoría de los cadáveres, incluidos los seis guardias caídos-. Solo aquellos que nos mantuvimos a distancia hemos tenido la suerte de sobrevivir. Y francamente, sin su oportuna aparición, no creo que lo hubiéramos hecho. Usted es...?

- Reedal. Ninguna arma convencional empuñada por un humano será efectiva contra un guiverno -reconoció el mago-. Pero puedo entretenerlo y atraer su atención hacia mí. Si disparan suficientes flechas, quizás alguna logre alcanzarle los ojos o el interior de su garganta.

La capitana abrió mucho los ojos, sorprendida.

- ¿“Tal vez”? ¿Estás demente? ¿Ni siquiera sabes si esto podría funcionar? No podemos participar en esta locura, la mitad del pelotón está muerto.

- No he venido aquí con un plan concreto. Por ahora, estamos discutiendo nuestras opciones -respondió Reedal con calma-. He visto caer a guivernos antes, pero en aquella ocasión solo derrumbamos su guarida y lo aplastamos bajo las rocas. No creo que tengamos esa opción ahora.

La capitana se giró, mirando hacia las murallas de Grayshire. La ciudad era conocida por nunca haber caído ante ninguna otra nación. No importaba quién los sitiara, siempre se habían mantenido firmes gracias a sus altos muros y a su..

- Artillería pesada -la capitana volvió a mirar a Reedal, esperanzada por la revelación-. ¿Sería suficiente? Tenemos balistas defensivas, no muy lejos de aquí. No será fácil, pero mis hombres pueden desplegar una a la distancia suficiente del dragón.

- Eso suena más como un plan -dijo Reedal, sonriendo.

La capitana se dirigió a sus hombres, dando órdenes rápidamente. Sin perder tiempo, sus hombres volvieron corriendo a las calles, buscando el arma que pudiera acabar con aquel infierno. Incluso el recluta Ryker obedeció la orden sin rechistar, pese al dolor que sin duda estaba recorriendo su hombro.

Los cinco guardias que quedaban con vida se habían ido, y en la plaza únicamente quedaban la capitana y el mago.

- Bien, nuestra parte será localizar al dragón -dijo Sarun, sonriendo con nerviosismo, pero mostrando determinación.

Reedal asintió y ambos corrieron hacia el origen de los gritos. Un objetivo de ese tamaño no sería difícil de localizar en una ciudad habitada.




No tardaron en llegar a donde el guiverno había aterrizado. Todo apuntaba a que había intentado posarse en el tejado de una de las mansiones del distrito noble; sin embargo, el techo no pudo soportar su peso, quedando el guiverno encerrado dentro. Los gritos y la destrucción que provenían del interior eran inquietantes.

Un pequeño grupo de personas se había congregado en la calle contigua y discutía acaloradamente. Al menos cinco de ellos eran guardias, sus ornamentadas armaduras indicaban que pertenecían a la guardia personal de algún noble. Había otros dos cuya lujosa ropa no dejaba duda de su posición social. El noble más joven del grupo se fijó en la capitana y pareció relajarse por un momento.

-Capitana. Las noticias que hemos recibido de la plaza no eran nada tranquilizadoras. Es un consuelo que al menos usted haya sobrevivido -dijo el noble más joven.

La capitana realizó un saludo militar y inclinó su cabeza con respeto.

- En la plaza hemos perdido a mucha gente. Y habríamos perdido a más si no fuera por la intervención de este mago. Se llama Reedal y ha sido capaz de ahuyentar al dragón de la plaza. He enviado a mis hombres a por una de las balistas de la muralla, creemos que podremos acabar con el dragón con ella.

- Por supuesto, capitana. No esperaba menos. Mi guardia personal siempre está a mi lado, pero ahora está bajo sus órdenes. Confío en que mi tío podrá protegerme si fuera necesario -afirmó el noble, brindando su apoyo a la capitana.

Mientras la capitana impartía instrucciones a los hombres que ahora estaban bajo su mando, el otro noble se aproximó a Reedal y le estrechó la mano con entusiasmo.

- Encantado de conocerte, compañero. Soy Vaenal Lamalli. Me complace tener otro mago aquí. Ya has tenido el placer de conocer a mi sobrino, el duque -Vaenal observó a Reedal de arriba abajo, su sonrisa no se desvanecía-. Piroquinesia, ¿verdad? Es una de las pocas formas en que alguien como nosotros podría enfrentarse a un guiverno adulto y sobrevivir.

Reedal sonrió, sintiendo un leve nerviosismo. Había escuchado mucho sobre Vaenal Lamalli, y si la mitad de lo que había oído era cierto, sentía un impulso repentino de limpiarse la mano.

- El placer es mío. He escuchado hablar mucho sobre sus habilidades -dijo Reedal, esforzándose por mantener un tono cordial.

« Sus habilidades para electrocutar criaturas y hacerlas gritar de dolor, por ejemplo. »

Después de un breve pero apropiado intervalo, soltó la mano de Vaenal, evitando cualquier posibilidad de ofender al anciano. Vaenal siguió sonriendo, mostrando una dentadura a la que le faltaban al menos la mitad de los dientes. Sus arrugas y su incipiente calvicie revelaban una edad mayor de lo que parecía a simple vista. Si Reedal no conociera lo que se escondía detrás de su aspecto, el anciano le resultaría hasta entrañable.

- ¿Y bien, cuál es el plan real? -cuestionó el anciano con un tono agudo y directo-. Puede que la balista funcione si logran acertar, pero es muy probable que el guiverno los mate antes de que consigan cargar el primer virote. Odio admitirlo, pero mis poderes no serán útiles contra un enemigo así.

- Me encargaré de mantener al guiverno ocupado. Puedo bloquear cualquier ataque de fuego que me lance. Debería darles el tiempo suficiente para que un buen disparo de balista pueda acabar con él -afirmó Reedal con firmeza, mostrando determinación

- Claro, claro -la sonrisa de Vaenal se ensanchó, como si estuviera esforzándose para no estallar en carcajadas-. Bien. Resuelto el tema del fuego. Ahora pasemos a discutir qué haremos si al guiverno se le ocurre... no sé, aplastarte. ¿Crees que la mancha que dejes en el suelo será suficiente para entretenerlo durante un rato más?

- Tendremos que confiar en que así sea -a Reedal no le apetecía discutir con el otro mago-. Capitana, ¿en cuánto tiempo calculas que llegarán tus hombres con la balista?

- La muralla no está tan lejos de aquí, y un grupo pequeño puede moverse rápido. Tal vez unos minutos. No debería ser un problema transportarla entre los cinco.

La parte frontal de la mansión comenzó a temblar con más fuerza. Todos volvieron la mirada a tiempo para presenciar cómo un guiverno atravesaba la fachada de la mansión más lujosa de la ciudad.

- Parece que el tiempo de planear ha terminado -comentó Reedal con un suspiro, revelando su nerviosismo..




Reedal dio un paso al frente, resuelto a encarar a la imponente criatura que se alzaba ante ellos.

- Iré sólo -dijo Reedal al grupo-. No hagan nada que pueda atraer su atención. Si comienza a atacar a otros, no podré detenerlo.

Aunque la capitana parecía a punto de decir algo, el regreso del guiverno la dejó momentáneamente sin palabras. Sin embargo, confiaba en que Reedal podría manejar la situación; después de todo, ya había demostrado en la plaza que sabía defenderse.

- Nos aseguraremos de brindarle el funeral que se merece, propio de un verdadero héroe -añadió el mago anciano con una sonrisa burlona-. Aconsejo que nos alejemos un poco más de aquí. Seremos los siguientes si mi colega falla.

Sin prestar atención a Vaenal, Reedal se detuvo a unos metros del dragón. La bestia lo miraba con una intensidad que demostraba que recordaba su enfrentamiento previo en la plaza, cuando había disipado sus llamas como si fueran insignificantes. Con un gruñido, el dragón decidió cambiar de estrategia.

« Supongo que esperar que siga atacándome con fuego era demasiado optimista. »

De manera repentina, la cabeza del guiverno se lanzó hacia él, mostrando sus fauces amenazantes. Reedal reaccionó con agilidad, dando un salto hacia atrás y lanzando un pequeño frasco que llevaba consigo. La bomba improvisada se deslizó por la garganta del guiverno antes de detonar, dejándolo momentáneamente aturdido. La bestia cubrió su cabeza con una de sus alas, confundida por la explosión.

« Mi última bomba. No le habrá causado un daño significativo, pero al menos le hará pensárselo dos veces antes de atacarme directamente con la cabeza. Es la parte que más me preocupa. »

El guiverno seguía protegiéndose con su ala, pero aún no había renunciado a atacar. Reedal sabía que debía mantenerse alerta, pues la cola del dragón era una de sus partes más letales. Era más larga que el resto del cuerpo combinado, y un solo golpe directo sería suficiente para partir un caballo por la mitad.

En un gesto ágil, Reedal bloqueó el embate de la cola, que quedó a escasos metros de alcanzarlo. Mantuvo el brazo extendido, con la mirada fija en el dragón. Sus ojos brillaban con una intensidad violácea, un reflejo de la energía mágica que fluía alrededor de la extremidad del guiverno. Reedal no cedía ni un centímetro, luchando con cada fibra de su ser contra la fuerza aplastante del enemigo.

La criatura era imponente, su fuerza descomunal. Reedal sabía que mantener inmovilizada la cola del animal requería un esfuerzo monumental. Podía sentir la energía de la Dirath canalizándose, alimentando la barrera mágica que sujetaba la cola del guiverno. El sudor perlaba su frente mientras luchaba por mantener el control.

Cualquier distracción, por mínima que fuera, liberaría la cola y lo destrozaría. La vida de Reedal pendía de un hilo mientras esperaba la llegada de la balista.

El tiempo parecía eterno, y cada segundo que pasaba la tensión aumentaba, haciendo que los músculos de Reedal protestaran. La energía violácea que rodeaba la cola del guiverno se tornaba cada vez más intensa, y el mago sabía que no podría aguantar mucho más tiempo. La criatura forcejeaba, intentando liberarse de su agarre sobrenatural, y su resistencia parecía no tener fin.

Finalmente, un estruendo ensordecedor cortó el aire. A lo lejos, algo se abalanzaba hacia el guiverno. La balista estaba lista y el proyectil impactó con violencia. El dragón soltó un aullido desgarrador, la escena se tiñó de polvo, tierra y sangre, pero Reedal no parpadeó. Mantuvo la mirada inmutable en el dragón, ignorando el dolor en sus oídos.

El impacto no fue letal, pero causó heridas serias en una de las alas del guiverno, asegurando que no pudiera escapar tan fácilmente. Aprovechando el momento de pausa, Reedal dirigió su mirada hacia el origen del proyectil con gratitud. Al fondo de la calle, los guardias se esforzaban desesperadamente por reparar la cuerda de la balista, que se había roto con el primer disparo.

« No son artilleros. Al menos el primer proyectil funcionó. »

Cerró los ojos, tejiendo rápidamente un plan en su mente. El tiempo era un lujo que no tenía, y su lucha debía continuar sin más apoyo. La criatura herida y acorralada seguía siendo una amenaza grave. Sus ojos se fijaron en el virote de la ballesta, aún con potencial para derrotar al guiverno, pero no en su estado actual.

Sin su mochila, Reedal rebuscó en sus bolsillos y extrajo una pequeña cajita de madera. En su interior yacía un diminuto frasco. La poción era un recurso arriesgado si se usaba en exceso, pero podría dotarlo de la fuerza necesaria para enfrentar al guiverno. Ese pequeño frasco tendría un alto valor en el mercado, lo cuál era el motivo por lo que había venido a la ciudad en primer lugar. Ahora, su vida valía más que cualquier tesoro.

Aunque desconocía las consecuencias exactas de la poción, estaba dispuesto a arriesgarse si significaba salvar la ciudad y a sus habitantes. Sin esa poción, sabía que su supervivencia frente a la imponente criatura era imposible. La suya y la de toda la ciudad. Aceptaría el precio posterior, cuando su cuerpo exhausto se resentiría y necesitaría recuperarse. Pero en ese momento, la prioridad era proteger la ciudad.

Con determinación, bebió todo el contenido del pequeño frasco. El mundo pareció alterarse a su alrededor. Los colores se intensificaron y un resplandor violáceo rodeó su visión. La poción del despertar, una mezcla de excitantes y potenciadores mágicos, intensificó su conexión con la Dirath temporalmente y desactivó las limitaciones naturales de su cuerpo. Sus sentidos se agudizaron y el dolor desaparecido, aunque sabía que sería pasajero.

El costo de la poción vendría después, cuando su cuerpo agotado exigiera tiempo para recuperarse. Pero en ese instante, la preocupación debía ceder ante la necesidad de proteger. La energía recién adquirida infundió confianza y poder. Con la poción fluyendo por sus venas, estaba listo para enfrentar cualquier desafío.

El guiverno avanzó, desafiante, pero Reedal no cedió fácilmente. Con determinación, canalizó su energía y materializó una mano de éter que aprisionó el cuello del monstruo, deteniendo su avance. Utilizó la mano para bajar su cabeza al suelo, inmovilizándolo.

Con el enorme lagarto inmovilizado, el mago puso en práctica su control sobre el éter, levantando el proyectil de la balista y situándolo frente a él. Reedal dominaba el arte del fuego, pero reconocía que la telequinesia era invaluable en situaciones críticas. Canalizó sus fuerzas para calentar la punta metálica del proyectil, que en segundos adquirió un rojo intenso. Confiaba en que un proyectil fundido podría superar las escamas resistentes del guiverno.

Estiró su brazo derecho al máximo, acumulando energía en su mano. Con un impulso poderoso, el proyectil salió disparado hacia adelante. Sorprendentemente, notó que había ganado velocidad gracias al efecto de la poción. Sin ella, el lanzamiento habría sido imposible.

El proyectil atravesó limpiamente al guiverno, como un rayo certero. La bestia se desplomó, derrotada. En segundos, Reedal se dio cuenta de que el guiverno ya no respiraba.

Había usado mucho poder, pero aún sentía la conexión con la Dirath brillando en su interior, brindándole acceso a una fuente inagotable. Se sentía poderoso, invencible. Había vencido al guiverno, con poca ayuda. La poción del despertar fue crucial, preparada por él a partir de notas de su maestro. La euforia lo envolvió, capaz de cualquier hazaña, con una confianza desbordante...

Repentinamente, la oscuridad se cernió sobre él y Reedal perdió toda sensación. Cayó hacia atrás, sin tiempo para entender. En un instante, todo había terminado. La poción había cobrado su precio, y el mago yacía en el suelo, inmóvil, dejando tras de sí el legado de un heroico acto, pero también una muerte prematura e inesperada.




Tras el impacto del proyectil y la muerte del guiverno, los guardias que operaban la balista y el grupo que estaba con el duque estallaron en gritos de júbilo. Jamás habían presenciado nada igual, pero gracias a ese mago desconocido, la ciudad se había salvado. Sin embargo, el mago Vaenal no parecía compartir su felicidad.

Se adelantó para felicitar al joven héroe, acercándose al cuerpo aún cálido de Reedal. Se agachó y buscó su pulso, en vano. Reedal yacía inerte, sin señales de vida.

- Jamás había visto un espectáculo parecido. Y mucho menos ninguno de ellos -dedicó un rápido vistazo al guiverno, que permanecía sin vida. Se habían matado mutuamente en su enfrentamiento.

Sin embargo, Vaenal no se dio por vencido. Puso su mano en el pecho de Reedal y, con una sonrisa astuta, canalizó una intensa descarga eléctrica a través de su cuerpo inerte, logrando que abriera de golpe sus ojos, visiblemente aterrado.

- Vamos a olvidarnos del pequeño asunto de tu muerte. Considéralo una... cortesía profesional -dijo Vaenal, sin apartar la mirada del guiverno.

Reedal lo miró, desconcertado.

- Esta historia necesita un héroe. ¿Y qué mejor que uno que sigue vivo? -dijo Vaenal, sentándose a su lado. Al ver la expresión interrogante de Reedal, Vaenal prosiguió-. Mi poder puede tener efectos interesantes en seres vivos, como revivir un corazón. Son cosas que he aprendido... experimentando.

El joven mago empezaba a asimilar lo que acababa de suceder. Agradeció internamente haber sido devuelto a la vida, pero la confusión y las dudas le invadían.

- Esperaba desmayarme o ser incapaz de moverme durante un rato; forcé demasiado mi cuerpo. Parece que calculé mal -dijo Reedal, con la mente aún aturdida.

- Todavía estamos a tiempo de dar a esta ciudad su mártir, si así lo prefieres -añadió Vaenal, sin mirarlo.

- Eh... no, creo que estoy bien así. Gracias por salvarme la vida -respondió Reedal con sinceridad.

- Salvaste la ciudad. A comparación, parece una recompensa pequeña.

« Tal vez le haya juzgado mal. »

- A propósito -continuó Vaenal- puede que engañes a esos patanes, eso a mi no me incumbe. Pero tengo muy claros cuáles son los límites de la magia -la cara de Vaenal dejó de parecer amigable-. Nos fatigamos, perdemos la capacidad de extraer energía, y nuestros cuerpos tienen mecanismos para prevenir la muerte por exceso. Bebiste algo antes de enfrentar al guiverno.

« No. No lo había juzgado mal. »

Un escalofrío recorrió la espalda de Reedal. Vaenal conocía la poción del despertar.

- Hoy has hecho algo muy grande, así que lo dejaré pasar. Sin embargo, si decides compartir tu pequeño secreto, recuerda que el ducado de Esnain nunca ha escatimado recursos en financiar el progreso -advirtió Vaenal con solemnidad.

Había venido a la ciudad en busca de ingredientes para fabricar más de esas pociones, pero después de lo que había vivido, se replanteaba seriamente si debía continuar con ese camino. No deseaba que magos sin escrúpulos como Vaenal accedieran a ese poder.

Además, ahora sabía que la poción podía ser mortal para quienes no supieran controlarse. No parecía la mejor forma de ganar clientes leales.




La capitana Sarun se adelantó, siendo la primera en aproximarse a los dos magos. Con la colaboración de uno de sus subordinados, lograron alzar a Reedal sobre sus espaldas, ya que este no podía moverse por sí mismo. La asombrosa exhibición de poder que habían presenciado les dejó perplejos. Era innegable que un mago humano desplegando semejante habilidad era algo inusual. Mientras los guardias inundaban a Reedal con preguntas, Vaenal sonreía en silencio, deleitándose con el caos y la conmoción a su alrededor.

Finalmente, el grupo llegó al centro médico, donde Reedal recibió atención médica y cuidados durante una semana completa. Allí, tuvo la oportunidad de disfrutar de comidas reconfortantes y descansar en una cama sumamente confortable.

El duque visitó al mago al menos en dos ocasiones, prometiéndole una vida acomodada en la capital, donde podría codearse con la más alta nobleza y ser parte de sus consejeros. No parecía que su tío le hubiera contado nada de lo que había pasado realmente. A Reedal, rodearse a diario de ese tipo de gente no le parecía una idea apetecible, así que la oferta fue rechazada rápidamente en las dos ocasiones. No hubo una tercera, puesto que el duque, junto con toda su guardia personal, decidió volver a la capital antes de que el mago se recuperara por completo.

Los guardias a quienes había salvado en la plaza se turnaban para brindarle compañía, aunque era la capitana Sarun quien dedicaba más tiempo a su lado. En sus charlas cordiales, Sarun compartía las dificultades que conllevaba dirigir la guardia de la ciudad, mientras que Reedal relataba sus viajes, aventuras y vivencias como aprendiz. Casi sin advertirlo, el mago había dejado una marca en la capitana, quien quedó hondamente impresionada por su valentía y su dedicación a proteger a personas desconocidas. En los días que transcurrieron, incluso Reedal pareció percatarse de que la capitana había desarrollado sentimientos por el.

Tras una semana de atención médica, Reedal finalmente abandonó el centro de cuidados por sus propios medios, aunque todavía enfrentaba algunas molestias en su cuerpo. A su salida, se encontró con Sarun, Ryker y otro individuo a quien no logró identificar. Los tres lo esperaban en la entrada del lugar.

Con una sonrisa radiante, la capitana Sarun se adelantó y preguntó:

- Te sientes mejor?

Reedal asintió con gratitud y respondió:

- Sí, aunque mi cuerpo todavía está un poco adolorido. Podría decirse que estoy casi recuperado, dadas las circunstancias.

Ryker, el alto guardia a quien Reedal había rescatado en la plaza, le dio una amistosa palmada en el hombro que amenazaba con desequilibrar su todavía frágil equilibrio.

- No tuve oportunidad de agradecerte adecuadamente.

Reedal esbozó una sonrisa y, señalando el emblema de los Juramentados en el uniforme de Ryker, dijo:

- No necesitas agradecerme. Estoy seguro de que habrías actuado de la misma manera si estuvieras en mi posición.

Ryker asintió con entusiasmo, su mirada reflejando respeto.

La capitana Sarun interrumpió el intercambio, agregando:

- Aunque estoy segura de que estás ansioso por dejar atrás la ciudad, esperaba que pudieras brindarnos tu ayuda en un último asunto. Ryker es originario del norte y está mucho más familiarizado que yo con los guivernos. Me ha asegurado que es prácticamente imposible que uno de ellos haya llegado tan al sur por sí solo.

La expresión de Ryker cambió, adoptando una seriedad que no había estado presente en el momento anterior.

- Este ataque fue planeado -declaró con convicción.

- Hemos estado recabando información por toda la ciudad. Los relatos coinciden en que el dragón provenía de la Cumbre Grismar. Hay cuevas en esa zona que podrían haber servido como guarida para el guiverno. Nuestra intención es adentrarnos y averiguar más.

Reedal pareció abrir la boca para responder, pero sus palabras fueron interrumpidas por el tercer hombre, quien se había unido a la conversación.

- Soy miembro de la guardia personal de su majestad, Caen Lamalli. Reconocemos tus valerosos actos en esta ciudad y consideramos que tu participación en esta investigación sería de gran relevancia para esclarecer los hechos.

Reedal miró a Sarun, Ryker y al miembro de la guardia personal con una expresión pensativa. Dejó caer los hombros con cansancio, pero su mirada reflejaba su disposición a colaborar.

- Supongo que puedo quedarme un poco más -dijo Reedal con tono fatigado pero dispuesto.




La cumbre de Grismar se extendía ante ellos, una región desolada y aparentemente inhabitada. Era un lugar desprovisto de interés para la mayoría, lo que hacía que el pequeño grupo de cuatro pareciera suficiente para emprender un viaje relativamente breve hasta ese destino. Los vientos susurraban a través de las grietas de las rocas, llevando consigo una sensación de soledad y misterio. A medida que avanzaban hacia la cumbre, el paisaje cambiaba, dando paso a una vegetación más escasa.

- ¿Cómo creéis que el dragón llegó hasta aquí? -preguntó Sarun con curiosidad.

- Bueno, técnicamente no era un dragón, capitana, sino un guiverno -aclaró Ryker.

Sarun soltó una pequeña risa.

- Reedal me lo ha repetido varias veces. ¿Cuál es la diferencia?

Ryker esbozó una sonrisa y respondió con un tono ligero, a pesar de la gravedad del asunto.

- Si hubiera sido un dragón, probablemente no quedaría mucho de la ciudad que investigar.

Reedal escuchaba la conversación sin intervenir, consciente de que para la mayoría de los habitantes de Aclya, tanto dragones como guivernos eran criaturas casi míticas, algo que solo se encontraba en historias y leyendas. Sin embargo, para aquellos que vivían en las tierras altas, estas bestias eran una amenaza constante, una realidad con la que debían lidiar en su día a día.

Ante la pregunta sobre cómo el guiverno había llegado hasta allí, Galajord, quien afirmaba ser parte de la guardia personal del duque, tomó la palabra con aire de certeza.

Las miradas se volvieron hacia él, cargadas de expectación ante lo que estaba a punto de decir.

- No sé con certeza cómo llegó aquí, pero tengo mis sospechas sobre quién podría estar detrás de todo esto -pronunció, dejando en el aire una sensación de intriga.

Las miradas del grupo se centraron en él, como si las palabras que estaba a punto de compartir fueran la clave para desentrañar el misterio.

- Vaenal, el tío del duque -sentenció finalmente, su voz resonando con un aire de gravedad.

La declaración provocó un murmullo entre el grupo, la incredulidad pintada en sus rostros. Sarun, la capitana, fue la primera en reaccionar, alzando una ceja con escepticismo.

- Eso es absurdo -afirmó Sarun con certeza-. No tiene ningún motivo para atacar una ciudad que pertenece a su familia. Además, Vaenal es un mago respetado y no ha dado señales de hostilidad hacia Grayshire.

Galajord, sin embargo, no se dejó amedrentar por las dudas de Sarun.

- ¿Ya han tenido el placer de conocer a ese mago? No tiene escrúpulos. Vaenal ha entregado la ciudad a los Aylar. A ellos no les interesa quedarse con la ciudad, solo desean alejar la civilización de sus tierras.

Reedal continuaba observando la conversación desde la retaguardia, concentrado en su misión y en retomar su viaje. La idea de Galajord no parecía tan absurda. Dudaba que Vaenal necesitara aumentar su seguramente ya vasta fortuna, pero considerando la reacción de Vaenal ante la poción que había bebido Reedal, comenzó a considerar que los Aylar podrían tener algún recurso similar que pudiera interesarle.




Finalmente, el grupo llegó a una de las imponentes cavernas de Grismar. Su entrada estaba marcada por claras huellas, una prueba innegable de que no eran los primeros en aventurarse en ese lugar. Las pisadas humanas parecían pertenecer a un solo individuo, mientras que las marcas más grandes y profundas sin duda eran obra del guiverno que había sembrado la destrucción en Grayshire.

- ¿Pueden imaginar a alguien lo suficientemente poderoso como para controlar a un guiverno? -reflexionó Galajord en voz alta.

El grupo se aventuró más profundamente en la caverna, buscando ansiosamente cualquier pista adicional. A medida que avanzaban hacia el fondo de la gruta, se toparon con un amasijo de cadenas rotas, claramente utilizadas para contener al guiverno. Sin embargo, lo que más intrigó fueron las marcas grabadas en las paredes. Patrones chamuscados se extendían en complejas formas por las rocas, sus líneas sinuosas y ramificaciones evocaban la imagen de un relámpago congelado en el tiempo. Resultaba evidente que la electricidad había sido utilizada para someter al guiverno y mantenerlo bajo control en aquel lugar.

- Quizás... no estás tan equivocado -dijo Sarun en tono reflexivo, dirigiendo su mirada hacia Galajord.

Con determinación, el grupo continuó explorando la caverna, en busca de pistas que pudieran arrojar más luz sobre la situación. Tras unos minutos, una figura empezó a materializarse en la entrada de la gruta, atrayendo la atención de todos.

- ¿No podías simplemente contentarte con ser el héroe de la historia, verdad? -exclamó el extraño con un tono alto de voz-. No. Personas como tú siempre buscan más.

Reedal estaba a punto de responder a la frase que obviamente iba dirigida hacia él, cuando percibió que el aire se estaba cargando de energía. Actuando con rapidez, creó una barrera de éter que bloqueó una descarga eléctrica que parecía dirigirse hacia el grupo, aunque no con el propósito de alcanzar directamente a Reedal.

- ¿Cómo has sido capaz de orquestar un ataque contra la ciudad? -inquirió Reedal con indignación y sorpresa.

La descarga eléctrica que impactaba contra la barrera se detuvo en seco. Vaenal parecía sorprendido por la pregunta, sus ojos examinando minuciosamente a cada miembro del grupo en busca de una respuesta. Finalmente, sus ojos se posaron en Galajorn, vestido con el uniforme de la guardia personal de Caen Lamalli.

- Reedal, maldito idiota. Mi sobrino abandonó la ciudad hace días, ¿por qué dejaría atrás a uno de sus guardaespaldas? -replicó Vaenal, con un tono cargado de frustración.

Reedal giró bruscamente su mirada, impactado por la revelación que acababa de surgir de los labios de Vaenal. Sin embargo, antes de que pudiera asimilar por completo esta nueva información, su atención fue desviada hacia otro frente. Galajorn avanzaba hacia él con una determinación amenazante, su mano envuelta en una capa sólida de éter que cobraba forma como una impresionante garra de tres puntas. En medio del inminente peligro, Reedal no tuvo tiempo para reaccionar.

No obstante, justo cuando la tensión alcanzaba su punto máximo, Sarun se interpuso audazmente en la trayectoria de Galajorn. La garra de éter la atravesó de manera limpia y cruel, y Sarun cayó al suelo con un grito ahogado. La rapidez con la que Galajorn deshizo su garra para evitar perder más tiempo con la capitana fue sorprendente, pero la escena no se detuvo allí. Emitiendo un rugido de furia, Galajorn se encontró de repente con el impacto de un poderoso puñetazo de Ryker, que lo envió tambaleándose hacia atrás y lo alejó de Reedal.

Reedal se quedó paralizado ante la brutal realidad que tenía ante sus ojos. En ese instante, la vida de la capitana se desvaneció de forma implacable. Una oleada de incredulidad y desesperación lo abrumó, mientras trataba de procesar la cruda escena que se desarrollaba frente a él. Sarun, la valiente capitana que había sido su apoyo durante esta última semana, yacía en el suelo. Su vida se apagó de manera repentina y cruel.

Ryker se arrodilló junto a su capitana, sus manos temblando mientras examinaba con cuidado las heridas que atravesaban el torso de Sarun. Tres impactos que señalaban un final trágico y prematuro. La luz en los ojos de la mujer se había extinguido, dejando un vacío desgarrador. No había tenido oportunidad de defenderse, de luchar por su vida. La realidad de su muerte golpeó a Reedal como un puñetazo, llenándolo de rabia y un dolor impotente.

Un brillo carmesí encendió los ojos de Reedal, el fuego de su odio ardía en su mirada. Con los brazos extendidos hacia un Galajorn que ya se había levantado rápidamente, canalizó su poder cómo un torrente de llamas implacables que se precipitó en dirección al traidor. Las llamas danzaron y se retorcieron, alimentadas por la furia y la tristeza que ardían en su interior. La intensidad del fuego parecía reflejar la tormenta de emociones que azotaba su corazón en ese momento.

De entre las llamas emergió el traidor, con un enorme escudo frontal de éter que se alzaba ante él. Con un movimiento ágil, deshizo el escudo y transformó sus manos en garras de tres puntas, ahora portándolas en ambos brazos. Con las extremidades extendidas, se abalanzó hacia Reedal con rapidez. El mago detuvo sin problemas una de las garras con su defensa de éter, pero la otra logró infligirle una herida en el brazo. Aunque no era profunda, dejaría una cicatriz que atestiguaría aquel combate.

- ¿¡Por qué ella?! -exclamó Reedal con una mezcla de incredulidad y furia.

- Ella no significa nada para mí, calcinador. Tu eres mucho más peligroso. Os habéis convertido en testigos incómodos después de que el viejo desmontara mi historia -respondió Galajorn con una sonrisa sádica en su rostro.

En un salto hacia atrás, Galajorn esquivó por un estrecho margen otra descarga eléctrica lanzada por Vaenal. En un instante, materializó tres dagas sólidas en el aire y las lanzó velozmente hacia su otro adversario. El anciano mago no pudo eludir dos de ellas, que encontraron su blanco en su pierna y brazo. Aunque las heridas no eran mortales, le darían a Galajorn la oportunidad que necesitaba para centrarse en eliminar primero a Reedal.

Ryker mantenía la mirada fija en el cuerpo todavía cálido de Sarun. Desde su llegada a la ciudad y su unión a la guardia, la capitana había sido para él como una hermana mayor. Había sufrido la pérdida de seres queridos en el pasado y esta tragedia solo avivaba su determinación. Ryker se había unido a los Juramentados para evitar que eventos como este se repitieran. Sabía que la orden no era capaz de realizar milagros, pero al menos le proporcionaba un código de conducta, una brújula para enfrentar los desafíos. Aun así, al unirse a ellos, había deseado secretamente que su compromiso pudiera prevenir tragedias como la que estaba presenciando ahora.

¿Cuál es tu juramento, hermano Ryker?Las palabras resonaban en su mente como un eco incesante, un recordatorio constante de las enseñanzas de su mentor en los Juramentados. Aquella pregunta había sido un desafío para él en el pasado, un enigma que luchaba por descifrar. Ahora, con los ojos cerrados, las lágrimas amenazaban con escaparse, pero las reprimía con determinación. Sentía el peso de todas las pérdidas que había sufrido, como una carga emocional que amenazaba con aplastarlo. Al abrir los ojos nuevamente, su mirada se posó en la lucha desesperada de Reedal. El joven mago estaba en una posición defensiva, resistiendo con una tenacidad admirable. Ryker sabía que Galajorn era un enemigo formidable, y la perspectiva de perder a alguien más era como un aguijón en su corazón.

Era en momentos como este cuando el pasado resurgía con fuerza. Recordó el día en la plaza, cuando Reedal había sido su escudo contra el aliento abrasador del guiverno. Aquel acto de valentía le había otorgado una nueva oportunidad, una segunda oportunidad para proteger a aquellos a quienes amaba. Pero ahora, con Sarun yaciendo inerte en el suelo, un torbellino de emociones lo embargó. El dolor se entrelazaba con la culpa y la impotencia, formando una tormenta que amenazaba con arrastrarlo. Si hubiera actuado más rápido, si hubiera estado más preparado, quizás Sarun seguiría viva y él hubiera ocupado su lugar.

Fue en ese momento en el que la claridad surgió como un rayo de luz en medio de la oscuridad. Las palabras resonaron en su mente y en su corazón.

- Nadie más morirá mientras yo siga respirando.

Murmuró las palabras para sí mismo, cada sílaba cargada de dolor, determinación y un profundo anhelo de hacer lo correcto.

Con profundo respeto, colocó el cuerpo de Sarun en el suelo y cerró sus ojos vidriosos. No permitiría que nadie más muriera ante su mirada impotente. Juró proteger a todos, incluso si ello significaba sacrificar su propia vida. Sus manos, ahora manchadas de sangre, capturaron su atención. Dirigió su mirada a Reedal, quien luchaba con una herida en la pierna, resultado de otro tajo infligido por Galajorn. Sabía que Reedal no duraría mucho más en esa condición. Estaba decidido a evitarlo, sin importar el costo.

Sin dudarlo, corrió desarmado hacia la contienda entre Reedal y Galajorn. Mientras los golpes se intercambiaban, el traidor lanzó una onda de energía en su dirección, un intento por derribarlo. Sin embargo, el asesino tendría que desplegar mucho más poder para tumbar a alguien como Ryker. Aprovechando un fugaz instante de distracción, Reedal ejecutó un ataque similar, enviando a Galajorn hacia atrás, el cuál logró mantenerse en pie.

Sin perder ni un instante, Ryker se lanzó con decisión sobre Galajorn, haciendo que este se desplomara bajo su peso. A pesar de los desesperados esfuerzos de Galajorn por liberarse mediante el uso del éter y su intento de defenderse, Ryker no cedía. Sus puños golpeaban con una furia implacable contra el rostro de Galajorn, pero su intención no era herirlo. Ni a él ni a ningún otro. La perspectiva de que el hombre pudiera causar más daño a las personas cercanas a él avivaba su ira, pero también su voluntad por detenerlo.

Cada golpe que Ryker lanzaba era una expresión de la ira contenida y de la frustración acumulada a lo largo de los años. La carne cedía ante la contundencia de los golpes, y el rostro de Galajorn quedaba marcado por el salvaje ataque. Cada impacto era un grito silencioso de dolor y venganza, una liberación de emociones que habían estado latentes durante mucho tiempo.

En medio de esta tormenta de emociones y violencia, un suave toque en su brazo interrumpió su arremetida. La sensación hizo que Ryker retrocediera, desviando su atención del ataque. En ese preciso instante, sintió una mano tratando de detenerlo desde atrás, una mano que buscaba calmar la tormenta que lo consumía y lo llevaba al borde de la desesperación. Era un recordatorio de que la venganza no podía ser el camino hacia la sanación, y que la sed de justicia no debía consumirlo por completo.

- Es suficiente, Ryker.

Ryker se giró al escuchar la voz de Reedal, encontrando en los ojos del mago una expresión de tristeza y entereza. La negación de Reedal con la cabeza lo hizo volver su mirada hacia Galajorn, que yacía inconsciente en el suelo.

Con el traidor derrotado bajo su peso, Ryker tomó un respiro profundo, sintiendo cómo la tensión que llenaba el aire comenzaba a disiparse. Aun con la atmósfera tensa, la victoria sobre su enemigo otorgaba una sensación de calma a la situación. Cruzó una mirada de gratitud con Reedal y le asintió con aprecio.

- Tengo que atender a Vaenal -murmuró Reedal.

La preocupación frunció el ceño de Ryker mientras su mirada se mantenía en el mago. Aunque su atención estaba en Reedal, una pregunta pesaba en su corazón.

- ¿Puedes... salvarla?

Los ojos de Reedal se apartaron hacia donde yacía la capitana Sarun, cuyo sacrificio había permitido que él y Ryker sobrevivieran. Las heridas infligidas por Galajorn eran visibles, y su semblante se volvió serio antes de que suspirara con resignación.

- Está muerta, Ryker. Lo siento de verdad.

Un nudo de pesar apretó el pecho de Ryker, aunque en su interior ya había aceptado el inevitable desenlace. Se apartó del cuerpo inerte de Galajorn, cuyo rostro había sido marcado por los golpes que le había infligido. Se dirigió hacia Reedal, sintiendo la necesidad de expresar sus sentimientos.

- Gracias por intervenir -dijo con sinceridad, con una voz cargada de un matiz de vergüenza.

Reedal asintió en silencio, comprendiendo las emociones que Ryker estaba experimentando. Con paso firme, el mago se acercó al lugar donde reposaba Vaenal, todavía de rodillas y con la respiración agitada. Un charco de sangre se había formado a sus pies. Al encontrarse con la mirada del mago, los ojos de Vaenal parecieron ligeramente desenfocados, pero había un atisbo de reconocimiento en ellos.

- Has dado una buena pelea, muchacho -musitó Vaenal.

Sus palabras se deslizaron en el aire como un susurro. Después de pronunciarlas, su cuerpo colapsó. A su avanzada edad, la pérdida de sangre representaba una amenaza mortal. Reedal actuó con rapidez, localizando las heridas y cerrándolas lo mejor que pudo. Si bien podría detener la hemorragia, estaba claro que Vaenal necesitaría atención médica de manera urgente.




La responsabilidad de llevar de vuelta a Galajorn y Vaenal a Grayshire recayó en Ryker. Mientras Vaenal recibía los cuidados más delicados, Galajorn fue confinado en una celda de máxima seguridad, asegurado minuciosamente de pies y manos. Sabían que, cuando recobrara la conciencia, tendría muchas preguntas que responder. Galajorn no había actuado sólo, y habían hecho un gran esfuerzo en intentar incriminar a Vaenal. El uniforme de Galajorn era auténtico, y estaba por ver si todo esto formaba parte de una conspiración mucho mayor de lo que parecía a simple vista.

En contraste, el cuerpo de Sarun fue recogido por su pelotón y llevado de vuelta a la ciudad. Al día siguiente, Grayshire se reunió para rendirle homenaje en un emotivo funeral.

Al amanecer del día siguiente, Reedal se preparó para dejar atrás la ciudad. Ya no tenía motivos para permanecer en Grayshire. Mientras se encaminaba hacia la salida, se topó con Ryker, quien aparentemente había estado esperando pacientemente durante horas. Ryker había dejado atrás el uniforme de la guardia, y en su lugar vestía una sencilla armadura de mercenario. En el pecho llevaba grabado el escudo de los juramentados, y esta vez, las runas de su juramento brillaban en el centro, una demostración clara de su compromiso.

- ¿De vuelta a los caminos? -preguntó Ryker con una mirada inquisitiva.

- Ya no hay nada que me retenga aquí. ¿Has estado esperando para despedirte?

- No. He estado esperando aquí para unirme a ti en tu viaje -declaró Ryker con una firmeza que brillaba en sus ojos.

La confesión de Ryker dejó a Reedal sin palabras por un momento.

- Últimamente estoy acostumbrado a viajar solo -respondió Reedal, tratando de entender las implicaciones de lo que Ryker estaba proponiendo.

Ryker lo miró directamente.

- ¿Cuáles son tus planes?

Las memorias de la oscuridad que había sentido después de matar al dragón inundaron la mente de Reedal. Revivió con frialdad la sensación de la muerte y el terror que había experimentado cuando Galajorn lo había herido en el brazo y la pierna. A pesar de sus años de viaje por el mundo, incluso las aventuras compartidas con Kalidhro y Cealus no lo habían hecho sentir tan vulnerable y consciente de su propia mortalidad.

- Esta vida ya no es para mi -admitió Reedal sinceramente-. Aceptaré la oferta del duque y partiré hacia Zinthfair. Al menos hasta que tenga una alternativa.

Ryker asintió con comprensión y respeto.

- Siempre quise conocer la gran ciudad -dijo Ryker con una sonrisa. Extendió su mano hacia el mago.

Reedal observó la mano extendida de Ryker, sintiendo una mezcla de sorpresa y gratitud. Finalmente, extendió la suya y apretó la mano de Ryker con firmeza, sellando un nuevo capítulo en sus vidas.