Prefacio
Long Island, Nueva York, agosto de 1921.
—Se supone que hoy debería ser el día más feliz de tu vida —expresó la profunda voz de Raymond Nottingham mientras su hijo, Harrison, observaba la playa a través del ventanal que se encontraba en el estudio—. No obstante, es evidente que no la estás pasando bien. Hijo, ¿quieres decirme qué es lo que está sucediendo?
Aquella simple pregunta provocó una enorme molestia en el muchacho, principalmente, porque no le agradaba darle explicaciones a nadie... por supuesto le agobiaban las preocupaciones, mas, eso no significaba que buscaría consuelo o que se pondría a llorar sobre el hombro de Raymond. Ellos dos ni siquiera tenían una relación cercana.
«¿Cree que necesito sus consejos? ¿Piensa que es mi maldita conciencia?», se cuestionó Harrison, apretando los puños con fuerza. La incomodidad lo tenía a tope... ¿Por qué de pronto, su ausente progenitor, quería platicar y fingir que eran amigos? Ya era demasiado tarde para jugar a la familia unida, así que, por eso, decidió ignorarlo y continuó observando a través de los cristales. Guardó silencio, pensando que, no tenía por qué responder la «ridícula» pregunta que se le había cuestionado.
—Harry... si no estás seguro de casarte, será mejor que desistas de hacerlo —recomendó Raymond, intentando mostrarse tranquilo—. Te pido que analices bien tus sentimientos y tomes las cosas con más calma. No te lastimes, ni tampoco te atrevas a lastimar a esa muchacha. Casarse sin amor, es lo peor que puedes hacer.
Harrison sonrió amargamente ante aquella petición.
—Es muy generoso de su parte, señor Nottingham. —señaló, observando a su confundido padre—. Mostrar preocupación por mi felicidad, es un gesto tan noble que, realmente me conmueve —añadió Harrison en tono sarcástico—. Pero, será mejor que se guarde sus opiniones porque no las necesito.
A Raymond no le importó aquel destello de malcriadez e insistió:
—¡Demonios, Harrison! ¿Qué es lo que te está pasando? Vine desde Inglaterra con la ilusión de verte feliz, junto a la mujer de tu vida —reclamó el hombre, atreviéndose a poner en la mesa, todo eso que había estado guardado desde su llegada a Nueva York—. Mas, resulta que llego y me encuentro con que, ni siquiera, hay un poco de felicidad en ti —Harrison tomó su chaqueta y buscó la salida de aquel lugar, él ya no pensaba seguir escuchando sermones—. Hijo, no te olvides de que puedes confiar en mí. Quiero que sepas que yo estaré aquí, dispuesto a escucharte, si lo que deseas es hablar...
Harry respiró hondo y confrontando a su padre, dio una respuesta:
—No pienso hablar contigo, ni con nadie. Me casaré con Clarise y punto. Si te interesa estar presente, entonces te veré en la ceremonia —expresó demostrando que no se dejaría intimidar—. Por el contrario, si no deseas acompañarme, será mejor que salgas por donde entraste y te marches de vuelta a Inglaterra y te quedes en Grand Hatton, junto al resto de la familia... —sentenció antes de cruzar el umbral de la puerta y salir del estudio, dejando a su padre, sin oportunidad de replicar.