Capítulo único
Caín era un niño tan pobre que sólo tenía un deseo.
—Mamá, en mi cumpleaños, me darás pollo, ¿verdad? —era su petición diaria durante las últimas semanas.
—Te lo prometo, hijo mío —respondía cada vez su abnegada madre.
Sin embargo, la señora era atribulada constantemente por el carnívoro deseo de su pequeño. Y pensaba: «Aunque, de verdad, amo a mi niño, no tengo tanto para comprar una gallina. ¿Qué debería hacer?».
En fin, el día del cumpleaños llegó, y Caín regresó ilusionado a casa. Ya se le hacía agua a la boca por la suculencia que debería aguardar por él.
—Felicidades, Caín —lo recibió su madre con un abrazo.
—¿Y mi pollito? —haciendo de lado el protocolo, Caín demandó.
Su madre lo pasó a la mesa y le sirvió la comida: un huevo.
—¿Qué es esto? —se indignó él, con jeta de tirano.
—Lo que tanto querías, mi cielo: un pollo, aún tan inocente como tú —resolvió la joven mujer con toda la buena voluntad.
Mas a Caín no le hizo gracia, por lo que, enardecido, aventó el huevo hasta el límite de su ira.
—Ya me cansé de tener una madre tan pobre que sólo me da miserias. ¡Yo me largo de aquí! —y el ingrato se marchó de casa.
La madre quedó desconsolada, pues había tenido que prostituirse con el tendero para pagar por el regalo de su hijo, un miserable huevo más caro que su honor.
Caín, por su parte, caminó y caminó, queriendo extraviar a la perra que lo seguía, su perra hambre.
Continuó quién sabe cuánto tiempo, hasta toparse con un ricachón bien vestido.
—Amigo, ¿por qué tan enfadado? —indagó el sujeto, mientras se le caían los dientes al hablar.
—Porque tengo hambre —contestó sombríamente el menesteroso.
—Justamente, personas como tú, ando buscando para mí banquete —festejó el tipo.
Entonces Caín fue llevado a la gran mesa repleta de comida y fue sentado entre dos cuervos, cuyos ojos habían sido recientemente arrancados. Al ver tanta carne ante sí, el niño olvidó sus modales y oraciones; y se degeneró a una bestia comilona.
El chico se hartó con tanta carne que, por poco, se le reventó el estómago. Al verlo rendido en satisfacción y con el rostro hecho salpicadero de restos, el encorvado anfitrión se le acercó.
—¿Te gustó mi banquete?
—Quiero más —sorprendió Caín, luego de que la gula le había violado hasta el alma.
—No hay más para ti —aclaró el anciano, mientras se le desmoronaban más de sus muelas—. Tu mamá estaba esquelética y no nos dio más carne que esa.
—¿Qué? —se aterró el voraz comensal.
Entonces el de la fiesta asintió.
—Tu ingratitud se comió el alma de tu madre; lo único que quedaba de ella era su cuerpo, el cual también te has engullido sin ninguna consideración —explicaba sonriente y con putrefacto aliento.
Caín, asaltado por el pánico y el asco, quiso huir, pero el señor del banquete lo detuvo; después, ordenó a los cuervos ciegos que se comieran los ojos del pequeño malhechor. Y mientras el chico era torturado…
—Esta es la mesa de los peores invidentes que hay, los malagradecidos —explicaba el sujeto, mientras el sentenciado imploraba por su madre.
Finalmente, con la garra de su bastón, le abrió la panza al niño para que no quedase eternamente preñado de su pecado.
¡Feliz cumpleaños, Caín! Te lo merecías…