PROFECÍA — CAPÍTULO 1
Cuando el fuego sea reemplazado
por un manto blanco,
y los primeros besos del alba
rocen el espejo de los cielos,
dos retoños nacerán.
Un hermoso fénix rojo.
Un lobo solitario con el peso de su pueblo sobre él.
El tiempo llegará;
cuando el rey caiga sobre su reflejo.
Dos seres unidos
en tiempos de separación, furia e ira.
De mundos distintos,
y a la vez, del mismo.
La esperanza de un nuevo amanecer llegará
si los cinco logran reunir.
El fénix y el lobo
compartirán un mismo camino.
La fuerza de la lanza y su fuego,
su destino podrán salvar.
Mas cuidado con el salvador mentiroso...
«Habemos personas dispuestas a todo con tal de conseguir lo que queremos. O al menos, eso pensaba.»
La noche había caído. Las murallas habían sido elevadas. Y en las sombras de un viejo roble, una joven se escondía para evitar ser atrapada. Debía ser rápida; silenciosa. Pero ante todo, debía evitar ser descubierta, o pagaría las consecuencias.
Su espalda y pies emitían punzadas de dolor con cada movimiento, pero nada le impediría escapar aquella noche. Las llamaradas del camino podían ser su mayor enemigo; la tenue luz de la luna, su aliada para guiarla en la penumbra. A lo lejos, la joven escuchó a los guardias; su marchar sobre las piedras era muy distintivo. Ya la estaban buscando - no le quedaba mucho tiempo.
Los vigías estaban a punto de cambiar su puesto y era en ese momento cuando correría, treparía y saltaría por su vida.
Cualquier peligro afuera, se sentía menor que el que ahora pisaba sus talones.
«Nora, ¿dónde estás?». Seguía recordándola... escuchándola. Esa voz que resonaba en su cabeza. No podía creer que la hubiera traicionado así. Su mentor, su protector... Idearía un plan, una manera de vengarse a sí misma.
Pagaría caro su traición; de eso estaba segura.
El toque de queda siempre dejaba las calles en calma. La brisa llevaba consigo el olor del exterior: flores, árboles, agua... su libertad. Pero no la saborearía a menos que se concentrara. Todo iba según el plan hasta ahora, pero sabía que no debía confiarse. Ya no le quedaba energía para encantar a otra persona y justo en ese momento, una sombra tomó su mano por sorpresa y tapó su boca justo a tiempo para evitar su sobresalto.
—Tranquila, Nora, soy yo.—La joven reconocería esa suave voz en cualquier lugar—. Voy a soltarte ahora.
La joven asintió.
—Rax, ¿qué demonios haces aquí? Si te ven conmigo te encerrarán.
—Jamás debí dejar que te llevaran en primer lugar. Iré contigo —sentenció él.
—De eso nada —añadió Nora deteniendo el impulso del joven colocando la mano en su pecho—. Tú tienes una vida aquí. La mía acabó hace un año. No me queda nada.
El joven alto y de cuerpo atlético de su memoria, había sido reemplazado por un hombre algo más fornido, con unos pectorales más prominentes por lo que alcanzaba a notar bajo la palma de su mano, además, su voz tenía un tono un tanto más profundo del que había recordado.
—Estoy yo. E iré contigo —recalcó el joven.
—Rax...
—No me importa; iré contigo.
Las intenciones del hombre eran claras, y Nora sabía que no la dejaría ir. Pero era consciente del prometedor futuro que le esperaba a él en la aldea y sabía que, de ir con ella, ese futuro, bien podría acabar mañana. Además, lo estimaba como amigo, pero no lo quería como él a ella. Y por muy triste que fuera, pasó un año encerrada anhelando su libertad, y no permitiría que Rax se interpusiera, la retrasara o que por su culpa, la encontraran antes siquiera de que saliera de la aldea.
—Bien, está bien —comenzó Nora queriendo acabar con esa situación—. Necesito que me ayudes. Debemos saltar la muralla, pero antes, tenemos que saber a dónde vamos. El gobernador tiene mapas de los caminos conocidos. No podemos irnos sin verlos antes. Con ello, sabremos qué caminos evitar y hasta dónde nos perseguirán.
—Nora, deberíamos irnos ya.
—No me iré sin esos mapas —fue tajante y Rax lo supo.
—Bien, vayamos y-
—No —lo interrumpió ella y tratando de recobrar la compostura y la calma prosiguió—. No, yo... robaré algunas provisiones. Tú ve por los mapas. Nos encontraremos aquí en 15 minutos.
Rax conocía a Nora de toda la vida, pero un año encerrada podría haberla cambiado. No le quedaba más remedio que confiar y preocupado, soltó a la joven y se encabezó hacia una sala imposible de penetrar, lo cual, Nora ya sabía. Vio así, por última vez, la espalda de su amigo de la infancia mientras rezaba por que algún día le perdonara este engaño.
Afortunadamente, el guardia llegó a tiempo para el cambio de turno y fue en ese momento que la joven de estructura fuerte y atlética salió de su escondite y corrió. Corrió sobre el pequeño jardín lo más sigilosamente posible, trepó las escaleras de la torreta y alcanzó la cima. Justo entonces, uno de los vigías la vislumbró a la luz de las llamaradas.
Una persona, vestida con una capa negra y con un par de mechones rojos saliendo por debajo de la capucha. Por su estatura, una mujer. Esa mujer. La reconocería en cualquier parte y no debería estar allí, por lo que inmediatamente, hizo sonar la alarma; un sonido agudo, penetrante, y sumamente estridente y molesto según ella.
»Maldición...
Era ahora o nunca. Supo que la atraparían a menos que saltara, y saltó.
A un mundo total y absolutamente desconocido para ella. Un mundo que, según las historias, consumían a cualquier humano que se adentrara en él, y mientras caía a la oscuridad frente a ella, un sólo pensamiento cruzó por su mente:
«Lo que hace una por vivir...»
A varios kilómetros - bosque adentro - hadas, elfos y otras criaturas, danzaban en el Círculo de Piedra, mientras celebraban la llegada de su huésped. Varlan había regresado al Bosque de Aliehs y todas sus criaturas lo estaba celebrando por lo alto. Varlan, el Fauno; protector de los ents del bosque y aquel que tenía contacto directo con los Elementales, sus dioses. Varlan, quien también era conocido por su belleza tosca, picardía y su más que seguido trato con las hembras de casi cualquier especie, o eso contaban las malas lenguas.
Varias ninfas, hadas y elfas habían tratado de llamar su atención a lo largo de la velada, pero no fue hasta que escuchó su voz, que se quedó momentáneamente de piedra.
—Veo que has decorado tus cuernos de nuevo.
Varlan sonrió para sus adentros... había echado de menos la voz de su dulce Alelí.
—Sólo para ti, mi reina —dijo a la vez que giraba hacia esa voz y hacía una pequeña reverencia a modo de saludo.
La reina Alelí siempre sonreía de la misma manera cuando la llamaba así, algo de lo que él era perfectamente consciente y aprovechaba cada oportunidad que tuviera para vislumbrar esos labios, usualmente serios, convertirse en tan suculenta curvatura.
—Ay, vamos Varlan; ambos sabemos que no soy tu reina. Pero en verdad me gusta esta nueva imagen —aseguró ella.
—Gracias. Por algún motivo, siento que ya hemos tenido esta conversación-
—En efecto.—Fue así que la reina, dio por concluida su conversación, pues sabía que alguien podría malinterpretar sus inocentes juegos de palabras. Varlan había sido su gran amigo y confidente, desde antes de que se casara y ciertas memorias revolotearon en su cabeza, aunque pronto se vieron interrumpidas por él.
—Me preguntaba... ¿dónde está el heredero y futuro rey?
La reina lo miró con ese alzar de ceja que lo volvía loco.
—Claramente no aquí. Te aprecia Varlan, pero mi hijo todavía sigue reacio a tomar el trono. No cree estar listo y que su padre decidiera entregarse al Éter... bueno, no fue fácil para él. Y si a eso le añades que todas las madres de la Corte esperan que sus hijas sean las que llamen su atención durante cualquier tipo de reunión o fiesta...—La reina vio a través de lo que su amigo realmente le preguntaba y esperó un segundo más antes de suspirar y responder.
»Imagino que debe estar en el lago. Mañana hará cinco años...
Varlan tomó la mano de la reina y se despidió brevemente de ella con un beso en los nudillos, mientras desaparecía entre la multitud, aprovechando la embriaguez de los invitados, sin saber que los ojos de la Reina Alelí, eran los únicos que lo seguían mientras se perdía en la oscuridad del bosque.
La noche estaba en calma. A lo lejos, Garrett podía alcanzar a escuchar las risas y la música de la fiesta y comprendió lo que significaban: Varlan había llegado.
Sabía que debería estar ahí para recibirlo, pero sólo el pensar en la asfixia que sentía con todas esas preguntas y miradas sobre él que no lo abandonaban, hacía estallar su cabeza.
«“¿Cuándo tomarás el trono?”, “Sabes que debes elegir a una reina lo antes posible.”, “Tenemos mucha esperanza puesta en ti.”, “Tu padre confía en ti...”»
—Mañana hará cinco años que te fuiste padre... —dijo a la vez que alzaba la mirada a la copa del árbol que había empezado a dar flores un día después de que el rey se entregara al Éter. Todos lo vieron como una señal; una señal de que su padre había sido un conducto para dar al fin vida al árbol, el cual jamás había dado un solo capullo.
El Ashrot, nombrado en honor al difunto rey, se encontraba solitario en un saliente de tierra, al pie del Lago Elfyr. Siempre había sido un árbol majestuoso, pero cuando las flores rojas empezaron a llenar sus ramas y a iluminar con sus pétalos ese paraje en particular con su cálido y tenue color, Garrett había hallado en él, un lugar al que escapar; tranquilo, desolado y a su vez, lleno de vida.
Sus pensamientos vagaban sin rumbo cuando oyó el crujir de las ramas a su espalda. Garrett volteó con su espada en mano y listo para defenderse de cualquiera que se atreviera a emboscarlo en aquel lugar, cuando en la penumbra vio el brillar de unos ojos púrpura que hacía tiempo que no veía.
»¡Por los Elementales! ¡Varlan, pude herirte!
—Mi joven príncipe, no quisiera ser yo quien te hiera en el orgullo; pero aún estando ebrio y tomándome por sorpresa, dudo que hubieras podido ganar esa batalla.
—Qué gracioso.
Ambos se quedaron en silencio para agrandar sus sonrisas, acercarse el uno al otro y estrechar sus antebrazos primero, para luego darse un fraternal abrazo. Hacía años que el príncipe no veía a su amigo y mentor.
Las pezuñas de Varlan siempre le daban una altura difícil de superar, pero se sorprendió al darse cuenta de que Garrett estaba por alcanzarlo, además de la fortaleza que denotaba su cuerpo tras años de entrenamiento.
—¿Y bien? ¿Has podido aclarar tu mente aquí? —preguntó el fauno un tanto preocupado por su pupilo.
—Sabes que sí, aunque sólo sea por unos momentos. Mi madre ya quiere que tome mi lugar en el trono, pero algo me dice que eso ya te lo ha dicho —intuyó el joven elfo.
—Sabes que conozco a tu madre hace más tiempo del que quisiera reconocer, así que no se lo tomes a mal; sólo está preocupada. Pero aquí la cuestión es, ¿qué es lo que tú quieres? ¿A qué estás esperando?—Varlan observó al príncipe caer en una inesperada sorpresa momentánea ante esta pregunta.
Garrett siempre encontró consuelo en las palabras de Varlan, pero nadie le había preguntado eso antes, lo cual, lo dejó en una profunda reflexión.
—No siento que sea el momento. ¿Recuerdas las historias que me contabas de niño?—Varlan sólo sintió una pequeña punzada, que se reflejó en su mirada y orejas de carnero, pero Garrett supo que algo andaba mal de inmediato—. ¿Varlan? ¿Qué ocurre?
El fauno tomó un segundo para mirar a su espalda en dirección a la arboleda que unos minutos antes había recorrido.
—Hay movimiento en el bosque. Más que de costumbre.
—¿Dónde? —preguntó Garrett, enfadándose de antemano, por la respuesta que presintió que el fauno le daría.
Varlan suspiró antes de responder. Sabía que esa noche sería muy larga y que a Garrett no le agradaría nada la idea...
—Cerca de la aldea humana.
Garrett tensó su mandíbula y cuadró su postura.
«Malditos humanos. Es increíble que ni siquiera una noche puedan dejar de causarnos problemas. Seguramente alguno de sus cazadores ha quedado varado o sin armas y sus gritos de auxilio han convocado a criaturas más grandes. Ojalá sea así, pero si no...». Los pensamientos de Garrett se silenciaron al temer que alguien perteneciente a su pueblo se encontrara en peligro; aquello lo llevó a responder lo más tranquilamente posible.
—Te acompaño.
Mientras Garrett respondía esto último, un escalofriante rugido atravesó el aire haciendo que ambos se miraran con horror, debido a lo cercano que había sonado. Varlan invocó su báculo a la tierra y el príncipe preparó su espada; ambos, listos para luchar y defender a su pueblo de ser necesario.
Varlan y Garrett se adentraron en la profundidad del bosque sin percatarse de que una de las hermosas flores rojas caía de la copa del Ashrot, mientras el viento la hacía danzar hasta tocar su propio reflejo en el agua.

