Prólogo.
•HOSEOK•
Hace 7 años...
Un martillo cae sobre mi mano, la parte metálica se clava en mi carne ya hinchada y un fino charco de sangre salpica la mesa.
Espero a que pase lo peor del dolor, levanto la barbilla y miro fijamente al hombre que se inclina sobre mí.
—No te lo dire. —Digo.
Aurelio, uno de los Capos, me observa durante un par de segundos antes de lanzar una mirada por encima del hombro al Don que está apoyado en la pared de la derecha. La habitación está en completa oscuridad, sin el zumbido ni el resplandor de los tubos fluorescentes del techo. La única iluminación procede de una vieja lámpara situada en la esquina de la mesa, pero cuando el Don enciende su puro, la llama enrojece su rostro mientras asiente con la cabeza.
Aurelio se gira hacia mí y me aprieta la muñeca.
—Creo que deberías reconsiderarlo —me dice con desprecio y vuelve a aplastar con fuerza el martillo sobre mis dedos.
Un dolor abrasador me recorre el brazo, me atraviesa el hombro y me lanza un rayo directo a la nuca. La sensación se apodera de mi cerebro y se instala en mi cráneo. Aprieto los dientes para intentar bloquearla.
—Vete a la mierda, Aurelio —carraspeo.
—Realmente eres increíble. —Se ríe y sacude la cabeza.
Aurelio deja el martillo sobre la mesa y saca una pistola de su funda.
Supongo que simplemente me disparará en la cabeza, pero en lugar de eso, me apunta a la pierna.
—Creo que ya te he hecho mierda la mano. Probablemente ya no la sientas. ¿Qué te parece esto?
Suenan dos disparos y grito de agonía mientras las balas desgarran mi carne y huesos.
Manchas negras nublan mi visión.
—Última oportunidad, Hoseok —ladra.
Respiro hondo, ignoro al despreciable bastardo y miro directamente al Don, que sigue de pie en el mismo lugar de la oscura esquina. Está demasiado oscuro para que pueda ver sus ojos con claridad, pero con la lámpara tan cerca de mi cara, estoy seguro de que el si puede ver los míos. Tengo una mano intacta atada al brazo de la silla, pero giro la muñeca lo suficiente para levantarle el dedo de enmedio, con la cuerda rozándome la piel.
—No cederá, Aurelio —dice el Don y se da la vuelta para marcharse—. Mátalo y acaba de una vez.
Aurelio espera a que se cierre la puerta, rodea la silla a la que estoy atado y se inclina para susurrarme al oído.
—Siempre te he odiado. No sé en qué estaba pensando el Don cuando te dejó ocupar el lugar de tu padre hace 2 años. Hacer Capo a un chico de 22 años, como si dirigiéramos una puta guardería o algo así.
—Comprendo cómo debe de inquietarte eso, Aurelio. —Respiro hondo mientras las manchas oscuras siguen nublándome la vista—. Sobre todo, porque he ganado más dinero para la Familia de Chicago en mis 2 años como Capo que tú, después de estar 20 años en el mismo puesto.
—Debería dejarte aquí para que te desangres. —Escupe al suelo y me mete otra bala en el pie.
—Eso no sería prudente.
—¿Por qué no?
—Porque si no muero yo... morirás tú.
—Sí, no deberíamos arriesgarnos. —Se ríe.
Tres rápidos disparos resuenan en la habitación y jadeo al sentir un dolor agudo y ardiente en la espalda. Respiro forzadamente antes que todo se vuelva negro.








