Más Allá De La Línea Verde

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Summary

¿Qué se experimenta al morir? Unos ven una luz al final del túnel; otros contemplan su vida como si fuera una película en blanco y negro; y, otros tantos se ven a sí mismos desde la nada. Para Axel, morir significó el sonido del mar, los acantilados y un chico misterioso al que hará lo posible para volver a ver. Porque cuando estás rodeado de médicos curiosos, visitar el más allá en busca de respuestas no da tanto miedo.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
4.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1. Los ojos al final del túnel

En muchas ocasiones, Axel era víctima de su propia mente. Todo empezaba cuando un pensamiento intrusivo se colaba a raíz de cualquier nimiedad, ya fuera el haber quedado con alguien y que este alguien se retrasara, encontrar tráfico en la autopista o que su lengua le traicionase al no saber explicar algo, temiendo que ese algo fuera malinterpretado.

Estos pensamientos podían ser algunos de los detonantes, aunque no siempre era necesario. Se empezaba a imaginar accidentes mortales, rencores injustos, dramas, tragedias... Por lo general, nada de aquello era real y un simple mensaje que dijera «voy de camino, tuve un contratiempo» o cualquier otra razón que diera fin a su incertidumbre le aportaba de regreso a la normalidad. Entretanto, no existía nada que pudiera detener aquel tsunami mental. A veces, llegaba a tal punto en el que las películas que imaginaba eran tan crudas y vívidas que, sin querer, reaccionaba como si fueran reales. Se imaginaba a sí mismo en un duelo, y lloraba y se ahogaba, o se fustigaba y culpabilizaba por cosas que nunca hizo. Daba igual la hora o el momento del día, cuando eso sucedía, le faltaba el aire y disimular ese «¡ay!» se tornaba una tarea colosal. A pesar de todo, Axel era muy consciente de su trastorno e intentaba dar fin a esos pensamientos. «¿Eres tonto? ¡Deja de ser tan dramático, gilipollas!», se reprochaba.

No obstante, cuando se decía «¡Basta!» a sí mismo, se iniciaba una batalla a varias voces en su cabeza: la que quería seguir viviendo la tragedia inventada; la que le gritaba a esa misma voz que se callara y la que intentaba mediar, diciendo que no opusiera resistencia, que desconectara el teléfono, se tomara una tila y se fuera a dormir. Así no haría ninguna gilipollez de la que arrepentirse.

Era agotador, a veces, la única forma de callarlas consistía en salir a correr o conducir por carreteras secundarias, y eso fue lo que le sucedió aquella noche.

Se despertó a las cuatro de la madrugada a punto de tirar todas sus partituras por la borda, presa de esos pensamientos que lo martirizaban. ¿Eran importantes? No, se pasarían, pero no lograba acallar ninguna de las tres voces, así que, con el pantalón del pijama y una de sus camisetas desgastadas, tomó las llaves de su coche nuevo y huyó de aquellos pensamientos.

Necesitaba silencio en su mente, algo que detuviera aquella angustia injustificada que iba in crescendo. Tomó la carretera serpenteante y poco transitada que cruzaba el parque natural de San Lorenzo y puso la música a todo volumen.

De pronto, una luz blanca e intensa le dañó los ojos, sintió un latido agresivo, le falló el cambio de marchas, se le fue el volante... Y hubo silencio. Después de eso, solo pudo recordar tres cosas: el olor de la gasolina y Don’t stop me now junto al ruido de ruedas chirriando y cristales rotos.

De súbito, Axel se vio en medio de la nada. La oscuridad lo rodeaba, aunque podía verse a sí mismo, de la misma forma que podía ponerse en pie y caminar sobre esa «nada» con naturalidad. Donde fuera que estaba, no había pensamientos intrusivos, ni angustia, ni miedo. Solo paz y curiosidad.

Un lucero revoloteó a su alrededor, cual mariposa veraniega, se le posó en la punta de la nariz y lo instó a seguirlo durante unos pasos más. Luego, empezó a agrandarse y a tornarse cada vez más lumínico. Era una luz cegadora, pero no dañina, sino suave, y avivaba su alma. Casi podía acariciarla.

Avanzó hacia ella.

Poco a poco, la luz se fue disipando, dejando a su alrededor un paisaje que Axel recordaba muy bien: su tierra de la infancia. Aquel lugar en el que las rocas y el mar se devoraban y se besaban ante la mirada insistente de los prados verdes.

Aspiró la hierba húmeda, la sal del mar... Escuchó el viento, las olas, las gaviotas... Y las campanas de la iglesia.

Axel se giró al escuchar el último dong.

No estaba solo.

A su espalda se había formado una especie de sombra que se concentraba en un único punto. Axel la observó, primero con interés, después con miedo, pues pudo distinguir una silueta humanoide en su interior.

Pensó en huir, pero en menos de un parpadeo se vio frente a ella. Una mano surgió entre la bruma con la niebla dibujando espirales a su alrededor.

Asustado, Axel dio un paso atrás. En cambio, le ofreció su propia mano de vuelta. Los dedos apresados se enredaron con los suyos y todo se volvió gris.

—Gracias por tu luz —escuchó.

De forma muy paulatina, la niebla se desvaneció y liberó a un joven de rostro tranquilo y mirada penetrante.

—¿Quién eres? —le preguntó, sorprendido al darse cuenta de que su propia voz sonaba distinta.

Los ojos oliva se opacaron, por lo que creyó que eran lágrimas y la mano intrusa se escurrió hasta separarse de la suya. Quiso sostenerlo, pues no vio ninguna amenaza en él.

Entonces, una fuerza invisible golpeó su pecho, una especie de descarga, y el paraje en el que se hallaba empezó a parpadear.

—Tienes que regresar —dijo el desconocido.

Los acantilados se alternaron con focos fluorescentes y paredes blancas.

—¡Dime tu nombre! —rogó desesperado, viendo que no podía hacer nada para mantenerlo ante sí. No quería que el sueño terminara, de alguna forma, Axel sentía que conocía a aquel joven, presentía que era una pieza importante en su vida. Quizá no era más que el resquicio de un sueño, pero en los sueños nadie dice «solo es un sueño»—. ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? —insistió, ya alejado de su consistencia, del verde, de las rocas y del rugir de las olas.

El extraño apareció una vez más ante él, Axel sintió su mano en la nuca, sus ojos concentrados en los propios y la cercanía de unos labios hambrientos.

—Ya no importa —le susurró.

Desapareció.

Luces y personas de blanco se movían a su alrededor como si fueran fantasmas cuyas voces se enredaban con los pitidos de las máquinas.

—¡Lo tenemos! —gritó alguien—. Bienvenido, Axel.

Su regreso a la vida supuso un gran consuelo para sus padres, incluso para Elena, su hermana melliza. Él siempre había creído que ella lo odiaba, pues jamás lo dejaba entrar en su cuarto, o le obligaba a bajar al garaje cuando se ponía a tocar la guitarra y ella estudiaba para sus exámenes. A menudo criticaba su forma de vestir y lo alejaba de sus amigas. Sin embargo, en muchos de sus despertares se la encontró al lado, leyendo, llorando, enviando mensajes o incluso arrodillada en el suelo con la cabeza apoyada en la camilla.

Sin lugar a dudas, Elena parecía afectada, pero apenas le hablaba más allá de los típicos «¿cómo estás?», o para informarle sobre quién había preguntado él. Su madre, en cambio, pese a que tampoco lo interrogaba, se ponía en plan cuidadora hasta el punto de agobiarlo. ¡Incluso lo obligaba a ir al lavabo o le daba de comer ella misma! Claro que, con la escayola del brazo y la lesión de la pierna, esa ayuda era una bendición.

Por contrapartida, su padre no fue capaz de traspasar el umbral del cuarto, a lo sumo le dirigía una mirada lejana para luego continuar leyendo el libro que tuviera en ese momento. Axel sabía que era su proceder habitual, refugiarse de todo lo que le atormentaba a través de un libro.

Por su parte, él tampoco estuvo muy hablador. No recordaba nada, solo el muchacho de los ojos olivos. Lo sentía real y no podía arrancárselo de la cabeza. Tanto fue así, que tardó tres días en preguntar por su coche.

—Siniestro total —le dijo Elena, entonces.

Sí, recordaba una cosa: su angustia y la canción de Queen. ¿Habría acelerado más de la cuenta? Seguramente fue eso. Con lo torpe que era, no sería de extrañar que hubiera desactivado sin querer el piloto automático, acelerado hasta perder el control y derrapar en alguna curva hasta salir de la carretera.

Según supo después, su corazón se detuvo durante un minuto o dos. El muchacho que vio no podía ser real de ninguna manera, pero seguía pensándolo, soñando su tacto y la extraña sensación que le producía.

Y así, los días en el hospital pasaron entre conversaciones escuetas, evasivas y momentos extraños hasta que, una mañana, su madre lo sostuvo de la mano.

—Todo está bien, cielo, no te pongas nervioso.

—¿Qué pasa, Ma?

—Ha venido una policía a tomarte declaración, es habitual después de un accidente. Pero estate tranquilo, cariño, sé que no hiciste nada malo.

¿Nada malo? Había destrozado su coche nuevo, que no tenía ni un mes, y, por si fuera poco, se había muerto.

Bebió un poco de agua y se incorporó cómo pudo. La pierna le dolía bastante. Además de las fracturas, tenía algunas quemaduras que le sanaban a diario. Quizá el coche había explotado. Suspiró fuerte y le indicó a su madre que dejara pasar a la agente.

La mujer, muy amable, le hizo repetir incontables veces lo sucedido. Axel le contó la verdad, que estaba nervioso y que salió a conducir para relajarse. Que sonaba Queen, que aceleró y que eso era lo último que recordaba.

—¿No viste nada? ¿A nadie? —insistía ella.

—La carretera era mía —afirmaba él.

La agente Ruiz asintió, tomó nota de todo y, luego, al despedirse, ya con una mano en el picaporte, volteó su cabeza una vez más.

—Falta ver las pruebas del perito, pero puedes estar tranquilo. Todo apunta a que el accidente fue culpa suya, no tuya.

Cerró la puerta, llevándose su paz con ella. ¿Culpa de quién? Todo lo que recordaba de la carretera era que estaba desierta, como siempre a esas horas de la noche, enmarcada por los bosques y sin apenas iluminación.

Axel empezó a hiperventilar, ¿no estuvo solo en el accidente? ¿Hubo algún herido? No podía soportar que por su culpa hubiera alguien herido. Se juró no volver a conducir nervioso, o no volver a conducir. ¿Y si había matado a alguien? ¿Y si había matado a una familia entera de la cual dependía otra familia? ¿Y si en algún apartamento, un perro, gato, o cualquier otro animal de compañía, esperaba en vano el regreso de su amo?

Avasalló a su madre a preguntas tan pronto como entró.

—Tranquilo, cariño. No pienses en eso ahora —le decía ella, como si creyera que tras su oreja derecha existía un interruptor mágico—. Chocaste con una moto y hay que determinar quién tuvo la culpa, pero tu coche tenía el limitador de velocidad activado, así que no te angusties.

—Pero ¿y si no frené? ¿Cómo está el otro? —insistió él.

—Axel, déjalo —le evadía ella, sin entender que sus evasivas lo alteraban más.

—¿Está aquí? ¿En el mismo hospital? —Una idea terrible se gestaba en la mente del joven.

—No, cielo. Él no está aquí.

Él. Con eso confirmaba que era otro hombre. Acaso, el chico de su visión...

—Mamá, por favor, dime la verdad: ¿he matado a alguien?

Ella lo tomó de la mano y besó su frente.

—No, no lo has matado, cariño.

Se marchó. Así, tal cual, a media conversación y sin excusa alguna. Huyó de su hijo, de contarle qué sucedía, pero su respuesta arrojaba que el otro accidentado aún vivía, lo que le supuso un gran alivio.

Axel se tumbó boca arriba y cerró los ojos, volviéndose a reunir en sueños con aquellos verdes y avellanados que lo tenían fascinado. ¿Sería el motorista misterioso? ¿Por eso le resultaba tan familiar? De ser así, el pobre muchacho debía estar como él, tendido en la cama de algún hospital, con la vista fija en los fluorescentes y luchando por recuperarse.



Nota de autora: Mil gracias por elegir esta historia entre todas las que hay disponibles. Me encantará tenerte por aquí a lo largo del camino, si te apetece, claro.

Si decides quedarte, puedes coger una galletita con chocolate, están recién horneadas. Y, si quieres, me encantará que me expliques algo sobre ti y cómo has llegado hasta aquí.