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Los largos dedos de Jonathan pasaron suavemente rozando el marfil de las teclas, el
piano era su pasión; pero claro estaba últimamente usaba las notas agudas, la tonadas
graves y las melodías minuciosamente para torturarse.
Cada soneto se convertía en cuchillos
lacerando su piel, su existencia. No podía más consigo mismo.
Casi gritando, aunque ahogando la demencia en su silencio, se puso de pie de un
salto contemplando la estancia como si fuese su cruel celda, el lugar donde un monstruo se
recluía. Vio temblorosamente los altos ventanales rectangulares ser bañados por la copiosa
lluvia, el cielo grisáceo en el horizonte.
Deprimente, pensó.
Volteándose, con las manos
elegantemente colocadas tras su espalda, recorrió la biblioteca, las paredes chapadas de
madera oscura, las altas repisas repletas de libros antiguos, y el suelo alfombrado con un
color vino aterciopelado. La casa le había pertenecido a su familia desde el siglo XVII; ahora
eso no tenía relevancia.
Era la mansión más hermosa de todo Londres, los muebles tallados, las cortinas de
seda, la chimenea imponente con pilares de roca resguardando el fuego; todo resultaba
sobrecogedor, incluso el reflejo de las flamas doradas en las oscuras noches.
Un relámpago resonó en la lejanía asemejándose a un gemido gutural. John salió
abruptamente de su ensoñación.
No lo soportaba más, no era capaz. Encorvándose cual aberración maliciosa
emprendió un camino sinuoso hasta posarse justo enfrente del espejo de la chimenea, en este
vio la razón por la cual tocaba el piano, en soledad, en su enferma desolación.
Su reflejo era reemplazado por la visión repulsiva de una mujer en estado de
putrefacción con sus pómulos huesudos, la piel de un pálido verdoso, los ojos hundidos, los
labios secos y el cabello canoso pegado a su cráneo. Sin embargo ella estaba viva.
Jonathan jadeó, desesperado, no soportaba ver ese escenario sádico otra vez, como
cada día. Y era su culpa, porque la obsesión, el pavor por la muerte y a perder a su joven
esposa lo habían llevado a vender su alma al demonio con la condición de mantenerla a ella
siempre viva, cerca de él. La oscuridad le jugó sucio, porque cuando ella murió con apenas
veinticinco años pasó su alma a ser prisionera del espejo, del imponente espejo de marcos
labrados de oro que colgaba eternamente sobre la chimenea encendida.
Una lágrima amarga descendió por la mejilla de John. No podía seguir viéndola
sufrir, morir eterna y lentamente; era incapaz de tocar una tarde más la siniestra canción
melancólica durante horas para hacerla sentir viva. Odiaba sus gritos por la noche, sus
llantos adoloridos.
—No puedo seguirte haciendo esto— lloró a su esposa muerte, viéndola sonreír con
las encías carentes de dientes y larvas gestándose en sus encías.—Ya no…
Con un zumbido agudo atestando sus oídos, la culpa hirviéndole la sangre y el pulso
acelerado, apretando su puño John golpeó el cristal del espejo. Este convertido en añicos
cayó al suelo, e inconscientemente él tomo un retazo afilado y puntiagudo entre sus manos.
La luz de la chimenea menguó y otro trueno surcó la noche iluminando la casa con
un azul espectral. John chillo sosteniendo el cristal junto a las venas de su muñeca,
queriendo revenárselas pero incapaz. Con las lágrimas brillando en sus ojos grises, el cabello
negro sudoroso, y su piel blanca más pálida que nunca dejó resbalar el trozo de espejo al
suelo.
—Mi sangre es sucia, soy una aberración. Ni siquiera este pedazo de cristal roto se
merece quitar mi asquerosa vida de este mundo— siseó escuchando el fragor de su alma
quebrantándose.
Haciendo uso de sus uñas las clavó profundamente en la piel de sus muñecas,
desgarrándose las venas y la carne. Gritó, desplomándose de bruces en la alfombra mientras
la sangre brotaba de sus brazos en riachuelos escarlata.
Tras pasar unos días en completo silencio alguien se había preocupado por John,
sabían de su aislamiento total pero nunca escuchaban su piano dejar de sonar en las tardes.
La policía, después de encontrarlo muerto, emitió un reporte que confundió a todos:
Jonathan Stanford había sido encontrado desangrado en la biblioteca de su casa, y junto a
él una mujer encanecida que aseguraba psicóticamente haber sido encerrada en un espejo.








