Bella Price y la Orden del Fénix ©

Summary

Las vacaciones de verano en la mansión Price todavía no han acabado y Bella se encuentra más inquieta que nunca. Apenas ha tenido noticias de Harry Potter (de quien está enamorada desde hacía cinco años y quien es su mejor amigo), Ron Weasley y Hermione Granger, y presiente que algo extraño está sucediendo en Hogwarts. En efecto, cuando por fin comienza otro curso en el famoso Colegio de Magia y Hechicería, sus temores se vuelven realidad. El Ministerio de Magia niega que Voldemort haya regresado y ha iniciado una campaña de desprestigio contra Harry y Dumbledore, para lo cual ha asignado a la horrible profesora Dolores Umbridge la tarea de vigilar todos sus movimientos. Así pues, además de sentirse sola e incomprendida, Bella sospecha que Voldemort puede adivinar sus pensamientos y los de Harry, e intuye que el temible mago trata de apoderarse de un objeto secreto que le permitiría recuperar su poder destructivo.

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La Avanzadilla

El día más caluroso en lo que iba de verano llegaba a su fin, y un silencio perfecto se extendía sobre el jardín de la mansión Price. La única que se había quedado fuera era Bella que estaba tumbada boca arriba en un parterre de flores, frente al despacho de su tía, Minorka Price.


Bella era una chica delgada, con el pelo rubio claro, que tenía el aspecto dulce y angelical, con un notorio cuerpo en desarrollo, el cual había crecido mucho en poco tiempo.


Bella suspiró lenta y profundamente y miró hacia el cielo, de un azul intenso. Aquel verano había experimentado lo mismo todos los días: diversión, entrenamientos duros, la tensión, las expectativas, el alivio pasajero, y luego otra vez la tensión... Y siempre, cada vez más insistente, la pregunta de por qué no había pasado nada todavía.


En el despacho tras ella, estaba su tía Minorka, sentada firmando unos papeles tras el escritorio. También estaba la señora Clebel Kriestly, el ama de llaves y nana de su tía, que estaba limpiando el despacho mientras escuchaba la radio.


Bella abrió los ojos. Rodó con cuidado hasta quedar boca abajo y se puso a cuatro patas, preparada para salir gateando.


Se había movido unos cuantos centímetros cuando varias cosas sucedieron en un abrir y cerrar de ojos. Una fuerte detonación, parecida al ruido de un disparo, rompió el precioso silencio; un gato salió disparado de debajo de uno de los coches aparcados en el estacionamiento exterior de la mansión y desapareció; del despacho llegaron unos chillidos, un juramento y el ruido de porcelana rota, y como si ésa fuera una señal, Bella se puso en pie de un brinco al mismo tiempo que sacaba su varita; pero antes de que pudiera enderezarse del todo, su coronilla chocó contra la ventana abierta del despacho.


Seguía siendo un tanto torpe.


El ruido de la colisión hizo que la señora Clebel gritara aún más fuerte.


Bella tuvo la impresión de que su cabeza se había partido por la mitad. Se tambaleó, con los ojos color rojos bañados en lágrimas, e intentó enfocar la calle para localizar el origen de la detonación, pero cuando apenas había conseguido recobrar el equilibrio, dos manos pálidas salieron por la ventana abierta y la tomaron por los hombros. Era su tía.


—Bella Carolinne Price, ¿qué fue eso? —le gruñó tía Minorka, girándola.


Minorka miró a todos lados. Estaba cerciorándose de que los empleados muggles no hubieran visto la varita de Bella.


—No lo sé. Ese ruido no lo cause yo...


—¡Entra!


Bella obedeció. Tomó impulso y usó el alféizar de la ventana poco apoyo, y saltó hacia adentro, quedando de pie junto a su tía.


—Mi niña, me diste un susto tremendo —dijo la señora Clebel con la mano en el pecho—. ¿Estás bien? ¿Te pegaste muy duro, quieres un chocolate ca...?


Bella negó y miró hacia la gran reja de entra a la mansión. No había ni rastro de lo que había causado la detonación.


—No la consientas tanto —interrumpió Minorka, mirando hacia donde lo hacía Bella—. ¿Qué hacías agachada debajo de la ventana, niña?


—No estaba agachada... —dijo Bella, frotándose la frente— estaba acostada, mirando el cielo.


Minorka la miró detenidamente y dijo:


—Te pareces a tu madre —dijo con cara de asco que, de cierta forma, le causó gracia a Bella—. Ella hacia esas cosas.


Minorka, no era una persona muy afectuosa ni cursi; era, la mayor parte del tiempo, inexpresiva, cortante y dominante con todos, pero su adoración era su sobrina. Bella causaba en ella lo que más nadie podía, a excepción de Sirius Black.


—¿En serio, eso hacía? —preguntó Bella con asombro.


—Ajá —dijo quitándose de la ventana, yendo hacia el escritorio para luego sentarse—. Ah, te ha llegado correspondencia.


—Oh —dijo Bella, girando sobre sus talones, quitado la vista de la ventana y tomando el correo que su tía le señaló. Pensando en que algún ser mágico había estado cerca de ella mientras se encontraba tumbada entre los lirios, de eso no tenía ninguna duda, pero ¿por qué no le había hablado, por qué no se había manifestado, por qué se escondía?


Y entonces, mirando la correspondencia por encima, su sentimiento de frustración alcanzó el punto máximo, su certeza se difuminó.


¿Estaba segura de que no se trataba del ruido de algo que se le había roto a alguno de los empleados?


Bella notó un vacío en el estómago, y casi sin darse cuenta volvió a invadirla la sensación de desesperanza que la había atormentado todo el verano. Bella abrió una carta que venía de parte de Hermione, su mejor amiga.


«Como comprenderás, no podemos hablar mucho de ya-sabes-qué... Tu tía y los demás han pedido que no digamos nada importante por si nuestras cartas se pierden... Estamos muy ocupados, pero ahora no puedo darte detalles... Están pasando muchas cosas, ya te lo contaremos todo cuando te veamos...»


Pero ¿cuándo irían a verla? A nadie parecía importarle que no hubiera una fecha exacta. Hermione había escrito en su tarjeta de felicitación de cumpleaños: «Creo que te veremos pronto», pero ¿qué quería decir «pronto»? Por lo que Bella había podido deducir de las vagas pistas que contenían sus cartas, Hermione y Ron estaban en el mismo sitio, seguramente en casa de los padres de Ron. ¿Y qué era eso que tenía tan ocupados a su tía, a Ron y a Hermione? ¿Por qué no estaba ella ocupada?


Recibió una de su padrino también:


«Ya sé que esto debe de ser frustrante para ti... No te metas en líos y todo saldrá bien... Ten cuidado y no hagas nada precipitadamente...»


Bueno, pensó Bella mientras cruzaba el pasillo del segundo piso, entrando luego en su habitación. Sin poder hacer otra cosa que obedecer con la esperanza de que se le tomara en cuenta de algo.


Se recostó en su cama y abrazó su almohada. Entre tanto no tenía más perspectiva que la de pasar otra noche de impaciencia y agitación, porque incluso cuando se salvaba de las pesadillas sobre Cedric Diggory cuando fue asesinado cruelmente frente a sus ojos, o cuando también asesinaron a Maranda, tenía sueños inquietantes en los que aparecían largos y oscuros pasillos que terminaban en muros y puertas cerradas con llave, y que ella suponía que tenían algo que ver con la sensación de estar prisionera que la acosaba cuando estaba despierta. Tenía también pesadillas donde lastimaban a Harry, el chico por quien sería capaz de dar la vida si le fuese necesario. Notaba a menudo unos desagradables pinchazos en la vieja cicatriz del hombro.


Bella no supo en que momento se quedó dormida. De un momento a otro se despertó y era bastante oscuro, Bella supuso que era de noche, entonces se levantó, salió de su habitación, pasó por el pasillo y bajó la escalera, pero antes de llegar a planta baja, escuchó voces.


—¿Dementores, en Privet Drive? —dijo Minorka—. ¿Por qué habían ido los dementores a Little Whinging?


¿Privet Drive? Los dementores estuvieron allá...


«Harry... —pensó Bella, mientras sentaba a la mitad de la escalera, donde tenía una vista perfecta de su tía hablado con alguien más—. Harry está en peligro.»


—Sí —Bella reconoció la voz, era Amos Diggory, el padre de Cedric Diggory—, Mundungus descuidó a Harry, fue a comprar calderos robados. Gracias al cielo Potter sabe hacer un buen patronus.


—Son unos imbéciles, unos incompetentes —dijo Minorka, poniendo sus manos en su cintura—. Den gracias que a mi sobrina la cuido yo porque, si hubiese pasado algo así con ella, me desquitaría arrancándoles los ojos a cada uno, Amos, a cada uno.


Bella observó como el señor Diggory tragó duramente. Minorka se dispuso a caminar y el señor Diggory se quedó dónde estaba, ella tomó del bar una botella de ron del más caro y tomó dos vasos.


Colocó los dos vasos en la mesa del cristal.


—Créeme que yo también agradezco eso —dijo el señor Diggory, acomodándose el cuello de la túnica—. La señora Figg...


—¿Quién diablos? —dijo Minorka, sirviendo los tragos.


—La señora Figg, la squib. Ayudó a Harry y Dudley... sí, creo que así se llama el primo obeso de Potter —Minorka le dio un vaso y el otro se lo quedó ella—. Ella los acompañó a ambos a casa. Allí le llegó una carta del Ministerio de Magia. La gravedad de esta infracción del Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad ha ocasionado su expulsión de Hogwarts, Minorka. Representantes del Ministerio se desplazarán hasta su residencia para destruir su varita. Dado que él ya recibió una advertencia oficial por una infracción anterior de la Sección Decimotercera de la Confederación Internacional del Estatuto del Secreto de los Brujos, así que requerirá la presencia de Potter en una vista disciplinaria en el Ministerio de Magia el día 12 de agosto a las nueve horas.


A Bella se le hizo un hueco en la boca del estimado. ¿Cómo que lo habían expulsado? ¿Cómo que romperían su varita?


—Luego —prosiguió el señor Diggory, tomando un poco de ron y arrugando un poco la cara por lo añejo de éste—, llegaron más lechuzas y una era de Arthur que decía que Dumbledore acababa de llegar al ministerio para intentar arreglarlo todo, que no hiciera magia, que no entregara su varita.


Dumbledore estaba intentando arreglarlo todo... ¿Qué significaba eso? ¿Acaso Dumbledore tenía suficiente poder para invalidar las decisiones del Ministerio de Magia? ¿Había entonces alguna posibilidad de que le permitieran volver a Hogwarts a Harry?


Un pequeño brote de esperanza floreció en el pecho de Bella, pero enseguida el miedo volvió a atenazarla: ¿cómo iba a negarse Harry a entregar su varita sin hacer magia?


—Ajá, ¿y luego? —dijo Minorka, dándole vuelta al líquido de su vaso, como si no le importara en realidad lo que siguió.


—Llegó la tercera lechuza —dijo el señor Diggory, tomando otro poco de su vaso—, y decía que, con relación a la primera carta, el Ministerio de Magia ha revisado su decisión de destruir de inmediato su varita mágica. Puede conservarla hasta la vista disciplinar del 12 de agosto, momento en el que se tomará una decisión oficial. Tras entrevistarse con Dumbledore, el Ministerio ha acordado que el asunto de su expulsión también se decidirá en esa vista. Por lo tanto, debe considerarse excusado del colegio hasta posteriores investigaciones.


—¡Qué desastre! —murmuró Minorka, tomándose todo el ron de su vaso—. Una noche y el hijo de James se mete en gran aprieto. Mundungus es un inútil, creo que alguien se los dijo... ¡Oh, espera, fui yo!


Aquel angustioso nudo que se le había formado en el pecho se aflojó un tanto con el alivio de saber que todavía no habían expulsado definitivamente a Harry, aunque sus temores no habían desaparecido, ni mucho menos. Todo parecía depender de la vista del 12 de agosto.


¿Había enviado alguien a los dementores? ¿Había perdido el Ministerio de Magia el control de los dementores? ¿Habían abandonado Azkaban y se habían unido a Voldemort, como Minorka había vaticinado?


—Bueno —continuó el señor Diggory—. Luego llegó una lechuza, era... Canuto —habló en voz baja, pero Bella alcanzó a oírlo. ¿Cómo es que el señor Diggory sabía de su padrino Sirius?—. Decía que no saliera de la casa. Pero, después de un rato, al señor Dursley se le ocurrido la brillante idea de correr a Potter de la casa —Bella aguzó el oído—. Después, para sorpresa de todos, llegó un vociferador dirigido a Petunia, la hermana de Lily Potter. «Recuerda mi última... Petunia.» Eso hizo que Petunia permitiese que Potter se quedara en la casa, casi le dio la orden de no moverse.


—Comprendo —dijo Minorka, dejando el vaso de vidrio vacío en la mesita de cristal.


«Pero ¿quién le envió ese vociferador a la tía de Harry? —pensó Bella—. ¿Está en contacto con algún mago? ¿Cómo es que...? ¿Qué significaba "Recuerda mi última"? ¡No entiendo!»


—Oh, cambiando el tema —dijo el señor Diggory, tomándose lo último de su vaso, e imitando a Minorka en dejarlo en la mesita de cristal—. Gracias por dejar ir a Bella esos días a casa. Mi esposa la adoró, mi muchacho estaba más que contento. Es una gran muchacha; bien educada, prudente, dulce...


—No me agradezcas nada, Amos —dijo cortante Minorka, con un rostro inexpresivo, mientras se sentaba en el sofá negro de la estancia—, que no tenía ni la más mínima intención de dejarla.


—Pero... ¿por qué...?


—Uno: no me daba la gana. Dos: no la iba a dejar sola. Sólo la dejé porque necesitaba reunirme con ustedes. No podía llevarla. Así que mataba dos pájaros de un tiro: me los quitaba a ustedes de encima y Bella despejaba la mente.


Bella notó que el señor Diggory movió su cuello por el incómodo momento. Minorka tomó el vaso y lo llenó nuevamente, para después cruzar las piernas y tomar ron con su sofisticada forma de ser.


—Ah, y, por cierto, ¿dónde está? —preguntó el señor Diggory sonriendo.


—En la escalera —dijo Minorka, sin dejar de mirar al señor Diggory. La ojirojos abrió los ojos como platos—, escuchándonos.


El señor Diggory miró hacia la escalera y la vio sentada allí. Estupefacto, levantó la mano lentamente y la saludó agitándola. Bella, sorprendida por lo detallista que podía llegar a ser su tía, también levantó la mano lentamente y saludó apenada. Después, se paró abruptamente y corrió escalera arriba, como una niña pequeña que trataba de esconderse.


Amos miró a Minorka, y ésta, sin mirarlo, dijo:


—¿Más ron?


• • •


Me han atacado unos dementores y es posible que me expulsen de Hogwarts. Quiero saber qué está pasando y cuándo voy a poder salir de aquí.


Decía la nota que recibió Bella de Harry, esa misma noche. Bella le escribió de vuelta, poniendo su respuesta en la pata de Hedwig, la cual decía:


Estamos en un plano muy similar, Hermione me dice que nos veremos pronto, pero ese "pronto" nunca llega. Escuché lo que te ocurrió y en serio no quiero que te expulsen. A ambos nos tratan como niños pequeños, pero conservemos la calma. Quizá sea por un bien propósito.


Bella se tumbó en la cama sin desvestirse y se quedó mirando el oscuro techo. Por si fuera poco, con los deprimentes sentimientos que experimentaba. El sueño se apoderó de ella una vez más sofocando cualquier otro pensamiento.


A la mañana siguiente se despertó temprano para ir a desayunar y para comenzar los entrenamientos con su tía. Y así lo hizo, Bella había avanzado mucho en lo que a defensa personal y artes marciales se trataba. Pero aún le constaba poder ganarle a su tía. La rutina era siempre la misma, ya que después de los entrenamientos, Bella podía hacer lo que quisiese, solo que fuese dentro de los alrededores de la mansión.


Pasaron tres días.


Bella se recostó en el césped, mientras pensaba en los días que había pasado en la madriguera... Extrañaba a Harry, en serio le hacia falta verle. Verlo alborotar su cabello rebelde mientras se reían juntos u observar sus ojos esmeralda.


Entonces, vino a su mente «una vista en el Ministerio». ¿Y si fallaban en su contra? ¿Y si lo expulsaban del colegio y le partían la varita por la mitad? ¿Qué haría entonces, adónde iría Harry? No podía volver a vivir siempre con los Dursley, y menos ahora que Harry conocía aquel otro mundo, el mundo al que pertenecía en realidad. ¿Podría irse a vivir con Sirius? Sí, sería lo mejor. Aunque Bella no estaba muy segura de que Sirius le gustaría huir junto a Harry cada vez, no podía arrastrarlo a eso. ¿Y si vivía en la mansión Price? Su tía... No, eso lo veía Bella posible.


A la cuarta noche. Bella estaba en la cocina, sentada frente a la isla, comiendo un poco de waffles y leche tibia que le preparó la señora Clebel.


—¿Te gustan, mi niña? —preguntó sonriéndole, mientras le vertía más sirope de chocolate y cortaba unas fresas para acompañar los waffles.


—Mucho. Gracias.


Bella sabía que la señora Clebel la mimaba porque veía en ella a Maranda, su hija.


Y, de un momento a otro se escucharon voces en la sala de estar. Al parecer eran muchas, pues había como una discusión.


—¿Qué estará sucediendo? —dijo Bella, mirando a la puerta de la cocina, la cual daba al pasillo que iba hacia la gran sala de estar.


La señora Clebel se encogió de hombros y negó con la cabeza.


Bella miró hacia adelante, lo pensó y tomó un trago de leche, se limpió los labios con el pañuelo blanco que estaba a lado de su plato, y se bajó del taburete.


—¿A dónde vas, niña curiosa? —dijo la señora Clebel en voz baja—. ¡Termina de comer!


Bella le sonrió.


—Ya vuelvo.


Bella salió de la cocina, caminó por el pasillo y al llegar a la sala se quedó paralizada.


—Mira —dijo Minorka—, la dejaré ir contigo, pero espero no verle ni un rasguño porque te pico tiras, Alastor. ¡Hablo en serio, y sabes que sí lo haré!


¿Qué? ¿Acaso a Minorka Price no le daba miedo hablar así a cualquiera?


—¡Amo cuando pelean! —dijo una voz desconocida de mujer—. ¡Nunca cambian! ¡Los adoro!


Las personas que estaban en la sala de estar estaban dispersas en ella: algunos mirando la casa y otros la discusión de su tía y Moddy.


Remus Lupin era quien estaba más cerca de Bella, pero no se había dado cuenta se su presencia. Con todo, sonreía abiertamente a la discusión.


—¡Oh! ¡Pero si es más hermosa de lo que imaginaba! —dijo una bruja. Parecía la más joven (al menos de las mujeres) del grupo; tenía el pálido rostro en forma de corazón, ojos oscuros y centelleantes, y el cabello corto, de punta y de color violeta intenso—. ¿Qué hay, Bella?


Ella fue la primera en percatarse en la presencia de Bella. Todos giraron la cabeza para ver a la ojirojos, que yacía quieta tras un pilar.


—¡Lo que hace Dios cuando está contento! —dijo un chico mirando a Bella de pies a cabeza, mientras jugaba con su varita al mismo tiempo que estaba sentado en el primer escalón de la escalera principal. Era el más joven, se notaba; tenía un rostro pulido y pálido, sus ojos eran rasgados y ojos de color gris, y su cabello era gris con puntas negras.


Bella se ruborizó ante el chico, y éste le sonrió pícaramente mientras se podía de pie para comenzar a andar hacia ella.


—Calma, tigre —le dijo la bruja pelimorado al chico, pero él estaba mitad embobado y mitad entusiasmado por Bella.


—¡Oh, vaya! Sí, entiendo lo que quieres decir, Remus —terció un mago negro y calvo que estaba al fondo; tenía una voz grave y pausada y llevaba un arete de oro en la oreja—. Es idéntica a Flors y —miró a Minorka y luego a Bella—, aunque viéndolo bien, también a Minorka.


—Pero miren esos ojos —aportó otro mago de cabello plateado que hablaba con voz jadeante—. Son los vivos ojos de Vergil.


—¿Estás segura de que es ella, Minorka? —masculló Ojoloco Moody—. Menudo problema vamos a tener si llevamos a un mortífago que se hace pasar por ella. Tendríamos que preguntarle algo que sólo pueda saber la verdadera Price. A menos que alguien haya traído Veritaserum.


—¿Y tú que crees, mediocre imbécil? Es mi sobrina, pedazo de genio —exclamó Minorka.


Bella miraba a los dos.


—Bella, ¿qué forma adopta tu patronus? —preguntó Lupin.


El muchacho junto a la pelimorado estaba impaciente por oírla hablar.


—El de un tigre albino —contestó Bella nerviosa.


—Es ella, Ojoloco —dijo Lupin.


—Oh, qué sorpresa, Lupin —dijo Minorka con sarcasmo, entre su discusión con Moddy.


Consciente de que todos seguían mirándola, Bella decidió salir de detrás del pilar y comenzar a caminar.


—¡Dios! hasta camina como princesa, mira eso —le dijo el muchacho peligris al oído a la bruja pelimorado.


Entonces Lupin le sonrió y, como cosa rara en la rubia que siempre daba afecto, a Bella le dio ganas de ir hasta él y abrazarlo. Y así lo hizo, corrió y Lupin la cargó.


—¿Cómo estás? —preguntó Lupin, dándole una vuelta.


—Bi-bien.


—¡Bella Carolinne Price! —exclamó Minorka, mirando por encima del hombro de Moddy—. ¿Qué te he dicho sobre los afectos en público?


—¡Oh, diablos! —dijo el muchacho de cabello gris al oído de la bruja pelimorado—. ¡Hasta su nombre completo es hermoso!


—¡Déjala! —gruñó Moddy—. ¡Ella no tiene que ser una amargada, como tú comprenderás!


—Mira quién habla, ¡el rey simpaticón y dueño de la diversión! —ironizó Minorka.


Todos se echaron a reír, menos el muchacho peli gris, el cual miraba a Bella hacerlo.


—Bueno, profesor —dijo Bella entusiasmada—, ¿nos vamos?


—Sí, enseguida —dijo Lupin.


—¿Adónde vamos? ¿A La Madriguera? —inquirió Bella esperanzada.


—No, no vamos a La Madriguera —contestó Lupin, y le hizo señas a la muchacha para que se sentaran. El grupito de magos los siguieron; todavía miraban a Bella con curiosidad—. Primero iremos a Prive Drive a buscar a Harry. Y con respecto a La Madriguera, eso sería demasiado arriesgado.


En ese instante Ojoloco Moody estaba sentado, bebiendo de una petaca; su ojo mágico giraba en todas direcciones, deteniéndose en cada uno de los electrodomésticos de la mansión.


—Éste es Alastor Moody, Bella —prosiguió Lupin, señalando a Moody.


—Sí, ya lo sé —dijo Bella incómoda, pues le resultó extraño que le presentaran a alguien a quien durante un año había creído conocer.


—Ya tuvo el disgusto —habló Minorka cortante—. Prosigue.


—Y ésta es Nymphadora...


—No me llames Nymphadora, Remus —protestó la joven bruja, estremeciéndose—. Me llamo Tonks.


—Nymphadora Tonks, que prefiere que la llamen por su apellido —terminó Lupin.


—Tú también lo preferirías si la necia de tu madre te hubiera puesto «Nymphadora» —farfulló Tonks.


—Éste es...


—Yo me presento, no te preocupes—interrumpió el muchacho peligris, mirando a Bella con una sonrisa seductora—. Mi nombre es Nehyban McCool, preciosa, un placer. Soy hermano menor de Tonks, no del mismo padre, claro. Mi apellido es más cool —le giñó un ojo a Bella.


—Y éste es Kingsley Shacklebolt. —Señaló Lupin al mago alto y negro, que inclinó la cabeza—. Elphias Doge. —El mago de la voz jadeante asintió—. Dedalus Diggle...


—Ya nos conocemos —gritó el excitable Diggle, quitándose el sombrero de copa de color violeta.


—Emmeline Vance —Una bruja de porte majestuoso, que llevaba un chal verde esmeralda, inclinó la cabeza—. Sturgis Podmore —un mago con la mandíbula cuadrada y cabello grueso de color paja le guiñó un ojo—. Y Hestia Jones —una bruja de mejillas sonrosadas y cabello negro la saludó con una mano desde el rincón del florero.


Bella inclinó la cabeza torpemente ante cada uno de ellos a medida que se los presentaban. Le habría gustado que no la miraran; le parecía que, de pronto, la habían subido a un escenario. También se preguntaba por qué había tantos magos.


—Una sorprendente cantidad de personas se ofrecieron voluntarias para venir a buscarte e ir por Harry —explicó Lupin como si le hubiera leído el pensamiento; las comisuras de su boca temblaron ligeramente.


—Sí... Bueno, cuantos más, mejor —agregó Moody en tono misterioso—. Somos tu guardia, Price. Y la de Potter.


Pasaron unos segundos y ya era hora de irse, Bella terminó de comer, subió por sus cosas, a lo que Nehyban aprovechó y fue a ayudarla (A Bella le resultó divertido el chico. Él era algo egocéntrico, pero le hacía reír.) Bajaron y fueron a Privet directamente Drive.


Llegaron a la casa número 4 de Privet Drive, esperaron a que los Dursley salieran y entraron y todo estaba muy oscuro. Harry, que pensó que eran ladrones, estaba en la escalera apuntándolos.


—Baja la varita, muchacho; a ver si le vas a sacar un ojo a alguien —dijo la voz de Moddy.


El corazón de Bella latía con violencia. Estaba arriba, ante ella.


—¿Profesor Moody? —preguntó Harry con tono inseguro.


—No sé si debes llamarme «profesor» —gruñó la voz—; nunca llegué a enseñar gran cosa, ¿no? Baja, queremos verte bien.


Harry bajó un poco la varita, pero sin dejar de asirla con fuerza, y no se movió.


—No pasa nada, Harry. Hemos venido a buscarte —dijo Bella.


A Harry le dio un vuelco el corazón.


—¿B... Bella? —dijo con incredulidad—. ¿Eres tú?, ¿dónde estás?


—¿Por qué estamos aquí a oscuras? —preguntó Tonks—. ¡Lumos!


La punta de una varita se encendió e iluminó el vestíbulo con una luz mágica.


Harry parpadeó. Las personas que había abajo estaban apiñadas alrededor del pie de la escalera, con la mirada fija en él; algunas estiraban el cuello para verlo mejor.


Harry buscó a Bella con la mirada y sonrió.


—¡Harry! —dijo Bella, haciendo amagos de ir a abrazarlo. Pero Nehyban la detuvo.


—¡Oh! Es como me lo imaginaba —dijo Tonks—. ¿Qué onda, Harry?


—Sí, Remus. Es igual a James. Salvo por los ojos —dijo otro mago, Bella no supo quién porque solo miraba a Harry, con ganas de ir hacia él.


—¿Estás también seguro de que es él, Lupin? —masculló.


—Sí, ¿estás seguro, Lupin? —preguntó Nehyban. Quería estar seguro antes de soltar a Bella.


—Harry, ¿qué forma adopta tu patronus? —preguntó Lupin.


—La de un ciervo —contestó Harry, tratando de ver a Bella—. Bella, ven, por favor. Quiero verte bien.


—Es él, Ojoloco —dijo Lupin.


Nehyban soltó a Bella sin problemas y ella fue a los brazos de Harry instantáneamente. Harry la tomó y miró a los demás mientras lo hacía.


—¿En serio podemos confiar en ellos? —le preguntó Harry al oído.


—Sí —dijo Bella.


Conscientes de que todos seguían mirándolo, Harry soltó a Bella con cuidado, guardando la varita en un bolsillo trasero de los vaqueros.


—¡No te pongas la varita ahí, muchacho! —bramó Moody—. ¿Y si se enciende? ¿No sabías que magos mucho mejores que tú han perdido una nalga?


—¿A quién conoces tú que haya perdido una nalga? —le preguntó con interés Tonks.


—¡Eso ahora no importa, pero sácate la varita del bolsillo de atrás! —gruñó Ojoloco—. Es una norma elemental de seguridad de las que ya a nadie le importan.


Caminaron hasta la cocina y allí se presentaron todos ante Harry.


Nehyban miraba detenidamente a Harry. Era detallista, y logró darse cuenta que a Bella le importaba bastante Harry. Le importaba sentimentalmente.


—¿Ya nos vamos? —preguntó Harry.


—Sólo estamos esperando que nos den la señal de que podemos marcharnos sin peligro —dijo Lupin, y miró por la ventana de la cocina—. Nos quedan unos quince minutos.


—Estos muggles son muy limpios, ¿verdad? —comentó Tonks, que observaba a su alrededor examinando la cocina con gran interés—. Mi padre es muggle y no limpia tanto. Supongo que habrá de todo, como ocurre con los magos.


—Pues... sí —contestó Harry—. Oiga —añadió, volviéndose hacia Lupin—, ¿qué está pasando? No he tenido noticias de nadie. ¿Qué hace Vo...?


Varios magos y brujas hicieron extraños ruidos silbantes; Dedalus Diggle volvió a quitarse el sombrero y Moody gruñó:


—¡Silencio!


—¿Qué pasa? —preguntó Bella.


—Aquí no podemos hablar de eso, es demasiado arriesgado —dijo Moody, dirigiendo su ojo normal hacia Harry. El mágico seguía clavado en el techo—. Maldita sea —añadió con enojo, y se llevó una mano al ojo mágico—. Se atasca continuamente desde que lo usó aquel canalla.


Y dicho eso se quitó el ojo, lo cual produjo un desagradable ruido de succión, como el de un desatascador en un fregadero.


—Ojoloco, ya sabes que eso que estás haciendo es asqueroso, ¿verdad? —comentó Tonks con desparpajo.


—¿Me das un vaso de agua, Harry? —pidió Moody.


Harry fue hacia el lavaplatos, sacó un vaso limpio y lo llenó de agua en el fregadero, sin dejar de sentirse atentamente observado por el grupo de magos, así como se sentía Bella.


—Salud —dijo Moody cuando Harry le entregó el vaso. Metió el ojo mágico en el agua y lo empujó varias veces con un dedo; el ojo cabeceó mirando a los presentes uno por uno—. Necesito una visibilidad de trescientos sesenta grados para el viaje de regreso.


—¿Cómo vamos a ir... a donde sea que vayamos? —preguntó Harry.


—En las escobas —contestó Lupin—. Es la única forma. Son demasiado jóvenes para aparecerse, deben de estar vigilando la Red Flu y no vamos a jugárnosla montando un traslador no autorizado.


—¿Y cuantos tienes él? ¿Quince? —preguntó Harry, señalando a Nehyban.


Nehyban no lo estaba mirando ya, pero cuando habló de él, obtuvo toda su atención.


—¿Y cuántos tienes tú? ¿Diez? —replicó Nehyban cruzado de brazos, recostado a la encimera.


—Remus dice que vuelan muy bien —comentó Kingsley Shacklebolt con su voz grave.


—Vuelan de maravilla —afirmó Lupin, que estaba mirando su reloj—. Bueno, será mejor que subas a hacer el equipaje, Harry. Tenemos que estar preparados cuando llegue la señal.


—Sí, Bella, ven —dijo Harry.


—Voy a ayudarte yo también —dijo Tonks alegremente.


Siguieron a Harry hasta el vestíbulo y subieron con él la escalera, mirando alrededor con gran curiosidad e interés.


—Qué sitio tan raro —comentó Tonks—. Está demasiado limpio, no sé si me entienden, me siento como cuando estaba en la mansión Price. Es poco natural. Ah, esto está mejor —añadió cuando entraron en la habitación de Harry y él encendió la luz.


Su habitación, en efecto, estaba mucho más desordenada que el resto de la casa.


Harry empezó a recoger libros y los metió muy deprisa en su baúl. Tonks se detuvo frente al armario abierto de Harry para mirar con ojo crítico la imagen que le devolvía el espejo de la cara interna de la puerta.


—Creo que el color violeta no es el que más me favorece —comentó con aire pensativo, tirando de un puntiagudo mechón de cabello—. ¿No creen que me da un aire un poco paliducho?


—Pues... —dijo Harry mirándola.


—Sí, no cabe duda —afirmó Tonks con rotundidad. A continuación, cerró con fuerza los ojos dibujando una expresión crispada, como si intentara recordar algo. Un segundo más tarde, su cabello se había vuelto de un tono rosa chicle.


—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Bella, mirándola de hito en hito, cuando Tonks abrió los ojos.


—Soy una metamorfomaga —contestó ella, y volvió a mirarse en el espejo, girando la cabeza para verla desde todos los ángulos—. Mi hermano también es un metamorfomago. El chico al que le dijiste que tenía quinte años —añadió cuando Harry puso una expresión desconcertada—. Quiere decir que podemos cambiar nuestro aspecto a nuestro antojo —añadió al ver en el espejo la expresión de perplejidad de los chicos, que se hallaba detrás de ella—. Nacimos así. Obtuvimos un sobresaliente en Ocultación y Disfraces en el curso de auror sin estudiar ni gota. Fue genial.


—¿Son aurores? —preguntaron al unísono.


—Sí —respondió Tonks con orgullo—. Kingsley también lo es, aunque él tiene un rango superior. Yo sólo hace un año que terminé la carrera y mi hermano también. Estuve a punto de suspender Sigilo y Rastreo. Soy tremendamente patosa; ¿no me has oído romper un plato cuando hemos llegado?


—Entiendo lo que dices —dijo Bella—. Yo soy bastante torpe.


—¿Se puede aprender a ser metamorfomago? —preguntó Harry, incorporándose, sin acordarse en absoluto de que tenía que hacer el equipaje.


Tonks chasqueó la lengua.


—Seguro que a veces te gustaría ocultar esa cicatriz, ¿verdad?


Sus ojos buscaron la cicatriz con forma de rayo que Harry tenía en la frente. Bella pensó en su propia cicatriz.


—Sí, claro —murmuró Harry.


—Bueno, me temo que tendrás que aprender de la forma más dura —dijo Tonks—. Hay muy pocos metamorfomagos, y no se hacen, sino que nacen. Casi todos los magos han de usar una varita mágica, o pociones, para alterar su aspecto. Pero debemos movernos, chicos; se supone que estamos haciendo el equipaje —añadió con aire culpable, mirando el desorden que había alrededor.


—Sí, sí —coincidió él, y ambos, Bella y Harry recogieron unos cuantos libros más.


—No seas tonto, iremos mucho más rápido si me encargo yo. ¡Bauleo! —gritó Tonks, agitando su varita con un amplio movimiento sobre el suelo. Libros, ropa, telescopio y balanza se levantaron y volaron en tropel hacia el baúl—. No ha quedado muy ordenado —observó Tonks al acercarse al baúl y echar un vistazo al enmarañado interior—. Mi madre tiene una habilidad especial para hacer que las cosas se coloquen en orden ellas solas, y hasta consigue que los calcetines se doblen correctamente; pero yo nunca he sabido cómo lo hace. Hay que dar una especie de coletazo... —Agitó la varita, esperanzada.


Uno de los calcetines de Harry dio una débil sacudida y volvió a caer sobre el desorden del baúl. Tornaron de arreglar el baúl de Harry y bajaron. Entraron en la cocina y vieron que Moody ya había vuelto a ponerse el ojo, que después de la limpieza giraba rápido.


Kingsley Shacklebolt y Sturgis Podmore estaban examinando el microondas, y Hestia Jones se reía del pelapatatas que había descubierto mientras hurgaba en los cajones.


Nehyban estaba con Lupin, que estaba sellando una carta dirigida a los Dursley.


—Excelente —dijo Lupin, levantando la cabeza al ver entrar a Tonks, a Bella y a Harry—. Creo que nos queda un minuto. Tendríamos que salir al jardín para estar preparados. Harry, he dejado una carta a tus tíos diciéndoles que no se preocupen...


—No se preocuparán —aseguró Harry.


—... que estás a salvo...


—Eso sólo los deprimirá.


—... y que los verás el verano que viene.


—¿Es inevitable?


Lupin sonrió, pero no contestó a su pregunta.


—Vengan aquí, muchachos —dijo Moody con brusquedad, haciéndole señas a Bella y a Harry con la varita para que se acercara—. Tengo que desilusionarlos.


—¿Que tiene que hacernos qué? —preguntó Bella nerviosa.


—Un encantamiento desilusionador —explicó Moody mientras levantaba su varita—. Lupin dice que tienes una capa invisible, Harry, pero no les serviría mientras volamos; esto los disfrazará mejor. Allá vamos...


Les dio unos fuertes golpes en la coronilla, y Bella tuvo una extraña sensación, como si Moody le hubiera aplastado un huevo en la cabeza; a continuación, notó que unos fríos hilos recorrían su cuerpo desde el punto donde le había golpeado la varita.


—Muy bien, Ojoloco —celebró Tonks con admiración, contemplando la cintura de Bella.


Bella bajó la cabeza y se miró el cuerpo, o, mejor dicho, lo que había sido su cuerpo, pues ya no se parecía en nada a lo que era antes. No se había vuelto invisible, sino que había adoptado el color y la textura exactos de la cocina que tenía detrás. Por lo visto, se había convertido en un camaleón humano.


—Vámonos —urgió Moody, y abrió la puerta trasera con la varita para que todos salieran al jardín perfectamente cuidado del señor Dursley—. Una noche despejada —gruñó Moody, recorriendo el cielo con su ojo mágico—. Habría preferido que estuviera un poco nublado. Bueno, ustedes —le gritó a Bella y a Harry—, vamos a volar en formación cerrada. Tonks irá delante de Harry y Nehyban delante de Bella... así que no se separen de ellos, Lupin los cuidará desde abajo. Yo iré detrás de ustedes. Los demás nos rodearán. No hemos de romper filas bajo ningún concepto, ¿entendido? Si alguno de nosotros muere...


—¿Puede pasar? —preguntó Bella con aprensión, pero Moody no le hizo caso.


—...los otros que sigan volando, sin parar y sin romper filas. Si nos liquidan a todos nosotros y ustedes sobreviven, chicos, la retaguardia está en estado de alerta para entrar en acción; sigan volando hacia el este y ellos se reunirán con ustedes.


—No seas tan jovial, Ojoloco, o los muchachos creerán que no estamos tomándonos esto en serio —intervino Nehyban mientras ataba el baúl de Harry y la jaula de Hedwig a un arnés que colgaba de la escoba de Tonks, mientras que ésta hacia lo mismo en la escoba de Nehyban, pero con las cosas de Bella.


—Sólo les explico el plan —gruñó Moody—. Nuestra misión consiste en entregarlos sanos y salvos en el cuartel general, y si morimos en el intento...


—No va a morir nadie —terció Kingsley Shacklebolt con su voz grave y tranquilizadora.


—¡Monten en las escobas, ésa es la primera señal! —dijo Lupin, de repente, señalando el cielo.


Por encima de ellos, a lo lejos, una lluvia de brillantes chispas rojas había estallado entre las estrellas. Bella las reconoció al instante: eran chispas de varita.


Pasó la pierna derecha por encima de su Saeta de Fuego, sujetó el mango con fuerza y notó que la escoba vibraba un poco, como si estuviera deseando tanto como ella emprender el vuelo una vez más.


—¡Segunda señal, vámonos! —gritó Lupin cuando de nuevo estallaron chispas, esta vez verdes, por encima de sus cabezas.


Bella despegó con fuerza del suelo. El fresco aire nocturno le echó el pelo hacia atrás y los jardines de Privet Drive empezaron a alejarse, encogiéndose rápidamente hasta formar un mosaico de cuadraditos verdes y negros. Tenía la sensación de que el corazón iba a explotarle de placer; volvía a volar...


—¡Todo a la izquierda, todo a la izquierda, hay un muggle mirando hacia arriba! —gritó de pronto Moody desde atrás. Nehyban viró con brusquedad y Bella lo siguió; vio cómo su baúl oscilaba peligrosamente detrás de la escoba del chico—. ¡Necesitamos más altitud! ¡Asciendan cuatrocientos metros más!


El frío hizo que a Bella empezaran a llorarle los ojos a medida que seguían subiendo; en ese momento, debajo ya no veía nada más que las motitas de luz de las farolas y los faros de los coches... sonrió, pero luego dejó de hacerlo por el aleteo de las túnicas de los otros, los chasquidos del arnés que sujetaba su baúl, y el rugido del viento en sus oídos, mientras volaban a toda velocidad.


—¡Virando a la izquierda! —gritó Ojoloco—. ¡Pueblo al frente! —Giraron hacia la izquierda para evitar pasar por encima de la telaraña de luces que tenían a sus pies —. ¡Viren al sudeste y sigan subiendo; más allá hay unas nubes bajas en las que podemos perdernos! —gritó Moody.


—¡No nos hagas pasar entre nubes! —repuso Tonks enojada—. ¡Vamos a quedar empapados, Ojoloco!


—¡Yo me veo más sexy así! —bromeó Nehyban, con una sonrisa causada por la adrenalina.


Bella sintió alivio al oír decir eso, pues tenía las manos agarrotadas alrededor del mango de la Saeta de Fuego. Al menos tenía chaqueta; pero no evitaba que temblara. De vez en cuando rectificaban la trayectoria según las indicaciones de Ojoloco. Bella entornaba al máximo los ojos frente a aquella corriente de viento helado que empezaba a producirle dolor de oídos; sólo recordaba haber pasado tanto frío encima de una escoba en una ocasión, durante el partido de quidditch contra Hufflepuff, en su tercer año de colegio, que habían jugado en medio de una tormenta.


La guardia de magos los rodeaban continuamente como aves de presa gigantes. Bella perdió la noción del tiempo: ya no sabía cuánto rato llevaban volando, pero calculaba que por lo menos hacía una hora.


—¡Viren al sudoeste! —gritó Moody—. ¡Tenemos que evitar la autopista!


Bella estaba tan helada que pensó con nostalgia en los secos y calentitos interiores de los coches que circulaban por debajo; y luego, con más nostalgia aún, en cómo habría sido un viaje con polvos flu. Quizá resultara incómodo girar en las chimeneas, pero al menos con las llamas no pasabas frío... Kingsley Shacklebolt describió un círculo alrededor de Bella y Harry, mientras la calva y el pendiente destellaban un poco bajo la luz de la luna... En ese momento Emmeline Vance iba a su derecha, con la varita en la mano, girando la cabeza a derecha e izquierda... Entonces ella también pasó volando por encima de Bella y Harry y la sustituyó Sturgis Podmore...


—¡Deberíamos volver un instante sobre nuestros pasos, sólo para asegurarnos de que no nos siguen! —gritó Moody.


—¿Te has vuelto loco, Ojoloco? —gritó Tonks desde delante—. ¡Estamos todos helados hasta el palo de la escoba! ¡Si seguimos desviándonos de nuestro camino no llegaremos ni la semana que viene! ¡Además, ya falta poco!


—¡Ha llegado el momento de iniciar el descenso! —anunció la voz de Lupin—. ¡Nehyban, Bella. Tonks, Harry, síganme!


Bella siguió a Nehyban en una caída en picado. Se dirigían hacia el grupo de luces más grande que había visto hasta entonces, un enorme y extenso entramado de líneas relucientes con trozos negros intercalados. Siguieron bajando hasta que Bella empezó a distinguir faros y farolas, chimeneas y antenas de televisión. Estaba deseando llegar al suelo, aunque tenía la impresión de que deberían descongelarla para separarla de su escoba.


—¡Allá vamos! —gritó Nehyban, y unos segundos más tarde había aterrizado.


Bella tomó tierra justo detrás de él y desmontó en una parcela de hierba sin cortar, en medio de una pequeña plaza. Nehyban ya había empezado a desabrochar el arnés que sujetaba el baúl de Bella. La chica, temblorosa, miró a su alrededor. Las sucias fachadas de los edificios no parecían muy acogedoras; algunas tenían los cristales de las ventanas rotos, y éstos brillaban débilmente reflejando la luz de las farolas; la pintura de muchas puertas estaba desconchada, y junto a varios portales se acumulaba la basura.


—¿Dónde estamos, profesor? —preguntó Bella, pero Lupin, en voz baja, dijo:


—Espera un minuto.


Moody hurgaba en su capa con las nudosas manos entumecidas por el frío.


—Ya lo tengo —masculló; a continuación, levantó algo que parecía un encendedor de plata y lo accionó.


La farola más cercana hizo «pum» y se apagó. Volvió a accionar el artilugio, y se apagó la siguiente; siguió accionándolo hasta que todas las farolas de la plaza se hubieron apagado y la única luz que quedó fue la que procedía de unas ventanas con las cortinas echadas y la de la luna en cuarto creciente.


—Me lo prestó Dumbledore —dijo Moody, guardándose el apagador en el bolsillo—. Por si algún muggle asoma la cabeza por la ventana, ¿saben? Y ahora en marcha, deprisa.


Tomó a Harry y Nehyban ayudó a Bella muy caballerosamente. Los guiaron por la parcela cubierta de hierba; cruzaron la calle y subieron a la acera. Lupin y Tonks los siguieron; transportaban los baúles de los chicos, iban flanqueados por el resto de la guardia, que llevaba las varitas en la mano.


De una de las ventanas del piso de arriba de la casa más cercana, salía música amortiguada. Un intenso olor a basura podrida se expandía desde el montón de bolsas de desperdicios que había al otro lado de una verja destrozada.


—Es aquí —murmuró Moody; le puso a Bella un trozo de pergamino en la desilusionada mano y acercó el extremo iluminado de su varita para que pudiera ver el texto—. Léanlo rápido y memorícenlo.


Bella y Harry miraron el trozo de pergamino. La letra, de trazos estrechos, les resultaba vagamente familiar. El texto rezaba:


El cuartel general de la Orden del Fénix está ubicado en el número 12 de Grimmauld Place, en Londres.