Prólogo
—Ella me besó —suelto agarrándola del brazo cuando pasa a mi lado—. Yo la aparté inmediatamente.
—Lo sé —responde ansiosa— ¿Por qué?
—¿Por qué la aparté? —asiente rápido, nuestras caras están muy juntas y puedo ver sus pupilas levemente dilatadas—. Porque mi palabra tiene valor, Lois. Me conoces, lo sabes.
—¿Las chicas te asaltan de esa manera muy a menudo?
—Alguna que otra ve… —Nuestras bocas chocan, su lengua juguetea con la mía, se siente tan... perfecto.
La abrazo fuerte mientras ella coloca sus manos en mi espalda y mi nuca. Siento como el corazón me retumba en el pecho a toda velocidad y se me pone dura. El olor de su excitación me llega casi inmediatamente. Se separa levemente y respiramos agitados. Noto su aliento en mi boca, que reclama la suya.
—¿No pasó nada?
—Te lo juro—sonrío.
La agarro en peso y ella enreda sus piernas en mi cintura. Caminamos besándonos hasta caer en la cama. Mi pantalón de deporte es de una tela fina y estoy empalmadísimo. Doy besos por su cuello hasta llegar a la mordida, donde tiene cuatro puntitos violáceos. Una punzada de culpabilidad me atraviesa pero instintivamente los lamo y suelta un gemido que me eriza la piel.
Se frota contra mi como si estuviera poseída, le levanto el suéter y la camiseta quedando su sujetador expuesto. Acaricio su pecho derecho por encima de la tela y noto como el pezón se le pone duro. Ella abre aún más sus piernas y se retuerce. Me está volviendo loco y la respiración se me corta cuando la escucho preguntar si tengo condones.
Me levanto quedando de rodillas y asiento nervioso varias veces. Estiro mi mano temblorosa, abro el cajón de la mesilla y saco el paquete. Está precintado. Intento retirar el plástico pero ni con las uñas ni probando con los dientes soy capaz. Ella me mira apoyándose en los codos.
—Hay una tira roja, si tiras de ella sale solo.
Miro el paquete nervioso por un lado y por el otro y no veo la dichosa tira. “Ah, aquí está.”
Tiro de ella y el celofán sale con facilidad. Abro la caja, saco un preservativo e intento abrirlo. Maldita sea, no soy capaz. No hay manera humana o divina de abrir el envoltorio del demonio.
Unas manos me lo quitan con suavidad.
—A veces se resisten un poco —me sonríe mientras lo rasga en un movimiento ágil y delicado. Aprovecho para levantarme y bajarme los pantalones y los boxers. La hora de la verdad. Disimulo lo avergonzado que me siento pero veo que ella me mira la polla con fascinación. Parece que le gusta, eso me anima.
Deja el condón abierto en el colchón y se baja sus pantalones y bragas apoyándose en los talones y subiendo el trasero y la mitad de la espalda. La ayudo, queda desnuda de cintura para abajo y con el suéter levantado. Me gustaría quitarle el sujetador pero ese cierre me va a dar problemas fijo. Como si me hubiera leído el pensamiento se sienta y se quita la ropa que le queda. Cuando se desnuda del todo, un estremecimiento me sube desde las entrañas hasta la boca del estómago. Me gusta muchísimo, me encanta.
—Quítate la camiseta —me pide, y yo obedezco al instante. Me coloco de nuevo de rodillas en medio de sus piernas, ella pasa sus manos por mi abdomen y acaricia el pelo de mi pecho mientras se muerde el labio.
Me va a estallar la polla. Así que agarro el condón y miro a ver de qué lado se pone. Las manos me tiemblan un poco, ella acaricia mi espalda con el dorso de sus pies.
—¿Es-estás segura? — asiente muy rápido y repetidas veces. Llevo la punta hasta su entrada, notando su vello totalmente mojado hacerme cosquillas en los dedos. Me lamo los labios y la meto lentamente.
Está muy apretada y caliente. Cuando entro del todo me apoyo en los antebrazos para no aplastarla y la beso. En parte porque lo deseo y en parte porque si me muevo me voy.
Empiezo a hacerlo lentamente, estoy casi al límite y no voy a durar mucho. Entro en pánico e intento dejar la mente en blanco, pero sus gemidos y que no deje de moverse debajo de mi como una lagartija no ayuda en absoluto. Noto como sube las rodillas haciendo la penetración más profunda y eso es mi perdición. Sólo con unos empujones más eyaculo mientras gimo como un desesperado porque a pesar de que sé que no he durado ni medio minuto el orgasmo es arrollador.
Doy un par de embestidas más y me derrumbo sobre ella quedando mi cara en el hueco de su cuello.
Recupero la respiración y levanto la cabeza avergonzado apoyándome en un brazo.
Ella me mira estupefacta y me acaba de hundir cuando abre la boca.
—¿Ya?
Si.
Ya.