Capítulo 1
Nunca vengo al night club para divertirme,
Vengo a ganar dinero. Mucho dinero.
Las luces parpadean sobre cuerpos en movimiento. Música espesa que se mete bajo la piel y se queda ahí, vibrando. El aire huele a perfume barato y a promesas que nadie piensa cumplir.
Yo no hago promesas. Solo cobro.
Camino entre mesas sin apurarme. No necesito mirar para saber que me están observando. Lo siento en la espalda, en los hombros, en ese murmullo que baja apenas cuando paso, como si el lugar contuviera el aliento por un segundo.
Enderezo la postura. Espalda recta. Mentón alto.
No es vanidad. Es reflejo.
Aquí incluso la forma de caminar se cobra.
Cada paso despierta esa mezcla incómoda que conozco bien: poder y cansancio. Saber que me miran. Saber que esperan algo de mí. Y saber, también, que puedo usar eso antes de que lo usen contra mí.
Sé qué esperan ver.
Y sé cómo dárselo.
Mientras avanzo, mi cuerpo empieza a responder al ritmo de la música. No es deseo. Es memoria muscular. Un lenguaje aprendido a fuerza de noches largas y luces artificiales. El pulso se acelera sin pedirme permiso.
Levanto la mirada hacia el escenario y la veo.
Mi compañera ya está ahí arriba. La luz le cae encima como si la hubiera estado esperando. Se mueve con una seguridad tranquila, sin apuro, como si supiera que nadie le va a quitar ese espacio. En medio de un giro me encuentra entre la multitud y alza la mano apenas.
El cuerpo me responde antes que la cabeza.
Camino hacia el escenario y siento cómo algo se acomoda dentro de mí. El ruido cambia. No es que sea más fuerte. Es que empieza a girar a mi favor. Subo despacio. El metal del tubo está frío cuando lo toco, pero dura poco. El calor de mis manos lo despierta enseguida.
La música me entra por la espalda.
No pienso. No tengo que hacerlo.
El cuerpo sabe.
Ella marca un ritmo y yo lo recojo. Giro. Me acerco. Me alejo. Invertimos el juego. El público reacciona al instante. Lo siento en los murmullos bajos, en las palmas marcando el compás, en esa electricidad densa que flota cuando el deseo se concentra en un solo punto.
Nada es improvisado, aunque lo parezca.
Cada gesto está calculado. Cada pausa tiene intención. Mis músculos saben cuándo tensarse y cuándo soltar, cuándo mirar al público y cuándo ignorarlo. Es un idioma aprendido noche tras noche.
Por unos minutos dejamos de ser personas.
Somos espectáculo.
Somos fantasía.
Somos el centro de todas las miradas.
Y en ese instante exacto, siento ese viejo vértigo delicioso:
El poder de ser observada.
Los hombres empiezan a reaccionar casi de inmediato.
Billetes que vuelan desde las mesas. Silbidos bajos. Palmas marcando el ritmo. Voces que piden más sin decirlo del todo. La energía cambia. Se vuelve más espesa, más cargada.
Es la señal.
Mi compañera se acerca y yo la sigo. Nos movemos una alrededor de la otra, jugando con la cercanía, con el roce sugerido, con la ilusión de intimidad. No es amor. No es deseo real. Es estrategia. Sabemos que este juego vende. Y vende bien.
Cuando la música baja, me deslizo hacia el suelo.
Los billetes cubren el escenario, son más que otras noches y eso me provoca una sonrisa lenta. Mientras los recojo, manos ajenas se acercan, colocando billetes dentro de mi sostén, aprovechando el proceso de tocar algo más allá de la tela. Yo no los enfrento. Juego con la escena. Sonrío. Me muevo. Acepto el intercambio silencioso.
Aquí, incluso eso, forma parte del espectáculo.
Me vuelvo hacia mi compañera y la encuentro rodeada por uno de los hombres que minutos antes nos miraba desde la multitud.
Está bastante cerca de él.
Sus cuerpos casi no dejan espacio entre medio. Ella sonríe de esa forma que conozco bien, lenta, calculada, peligrosa. Él responde inclinándose hacia su cuello, tocándola con descaro, como si el camerino improvisado del escenario fuera ahora suyo.
No se esconden.
No lo intentan siquiera.
La escena atrae miradas. Algunos observan con hambre abierta. Otros con envidia. Ella juega con eso. Se deja ver. Se deja desear. Él parece encantado con el espectáculo privado que cree estar ganando.
Yo aparto la mirada.
No por pudor.
Sino porque sé exactamente cómo terminan ese tipo de juegos.
Bajo del escenario con el cuerpo todavía vibrando por la música.
El ruido queda atrás poco a poco mientras camino hacia la barra. Necesito algo frío. Algo que me devuelva al centro. Apoyo el antebrazo sobre el mostrador y pido una bebida sin mirar al bartender. El hielo choca contra el vaso y ese sonido simple me tranquiliza más de lo que debería.
Bebo despacio.
Es entonces cuando lo siento.
Una presencia distinta. Más quieta. Más pesada. Como si el aire alrededor se hubiera vuelto más denso.
Giro apenas el rostro.
Está sentado a unos pasos de mí. Traje oscuro. Espalda recta. Las manos apoyadas sobre la mesa con una calma que no combina con el lugar. No sonríe. No se mueve. Solo observa.
—¿Quieres otro trago? —dice, señalando mi vaso casi vacío.
No respondo enseguida. Bebo lo último con lentitud, sosteniendo el silencio solo para medirlo.
—Depende —digo al fin —de quién invite.
Sus labios se curvan apenas.
—Puedo hacer que esta noche valga la pena.
Ahora sí lo miro de frente.
Sus ojos no suplican. Evalúan.
—¿Y qué crees que eso significa? —pregunto, dejando el vaso sobre la barra.
Se inclina un poco hacia mí.
Demasiado cerca.
—Que no tengas que volver al escenario. Al menos no hoy.
Siento una punzada en el estómago. No es deseo. Es alerta. Pero también es cansancio. Y necesidad. Mala combinación.
Aparto la mirada un segundo, fingiendo indiferencia.
—Eso depende —respondo— de cuánto estés dispuesto a ofrecer.
No contesta enseguida.
Me observa como si estuviera decidiendo si valgo la inversión.
—Cien —dice al fin —cien de los grandes.
Suelto una risa corta.
—Muy poco… —digo sin mirarlo siquiera, dándole la espalda.
Su mano alcanza mi muñeca.
No es violento. Todavía. Pero es firme.
—No me gusta que me rechacen —dice en voz baja.
Me suelto despacio, mirándolo directo a los ojos.
—Entonces aprende a ofrecer mejor.
Hay un silencio tenso.
Finalmente habla:
—¿Cuánto quieres?
Lo pienso apenas un segundo.
—Lo suficiente para no trabajar en un mes.
Esta vez no sonríe.
Miro a mi alrededor, observo el lugar lleno de hombres elegantes y mujeres atrevidas en vestimentas reveladoras, algunas acompañadas por personas de alto prestigio y otras cautivando a la audiencia con sus sensuales movimientos en el tubo.
Al mirarlo, él asiente.
Y se levanta.
Camino delante de él por el pasillo estrecho que conduce a los camerinos.
Siento su presencia demasiado cerca. No me toca, pero la distancia mínima entre nuestros cuerpos pesa más que un agarre. El ruido del club se va apagando con cada paso, reemplazado por un silencio espeso que se mete en el pecho.
Abro la puerta y entro primero.
Él entra detrás de mí.
El seguro se cierra con un clic suave que suena demasiado fuerte en el espacio pequeño. El camerino huele a sudor viejo, maquillaje y noches mal terminadas. Un espejo manchado devuelve mi reflejo fragmentado.
No dice nada al principio.
Se queda mirándome.
Demasiado tiempo.
—Aquí huele a mentira —dice al fin —A mujeres que dicen que no y terminan diciendo gracias.
Mi estómago se tensa.
—Primero el dinero —respondo —Después hablamos.
Sonríe.
No es una sonrisa amable.
—Hablas como si todavía mandaras. Eso me gusta.
Da un paso.
Luego otro.
—El dinero —repito, antes de que de otro paso más.
Inclina la cabeza, evaluándome.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este lugar? —pregunta mirándome fijo a los ojos —Que nadie escucha lo que no quiere escuchar.
Mete la mano en la chaqueta, pero no saca el dinero.
En cambio, extiende los dedos y me roza el brazo.
No es una caricia.
Es una prueba.
—No me toques —digo, sin levantar la voz.
Se ríe por lo bajo.
—Relájate —susurra —Si ya te he visto desnuda con los ojos desde que entraste.
Retira la mano solo para sacar el fajo.
Lo deja caer sobre la mesa con un golpe seco.
—Ahí está. Cada billete comprando un pedazo de ti.
El comentario me atraviesa.
Me acerco. Tomo el dinero. Lo cuento rápido.
Mientras lo hago, él se acerca por detrás.
Demasiado.
Siento su respiración cerca de mi cuello.
—Mírate. Tan segura… y tan fácil de doblar.
Se me eriza la piel.
No era parte del plan.
Me giro de golpe.
—Siéntate —ordeno —O se acabó.
Sus ojos bajan a mi boca.
—No me hables así —dice con un tono enojado —No cuando estoy pagando.
Me agarra la muñeca.
Firme.
No brutal.
Pero suficiente.
El miedo aparece, claro, afilado, rápido. No me paraliza. Me enfoca.
—Suéltame —digo en voz alta —Ahora.
Aprieta un poco más.
—¿O qué? —pregunta con una pequeña sonrisa —¿Vas a gritar? ¿Aquí?
El pulso me martilla en los oídos.
Un segundo.
Solo uno.
En el que sé que si esto escala, nadie entra.
Respiro hondo. Bajo la voz.
—Siéntate. Y tendrás lo que pagaste.
Él me observa con una sonrisa que no llega a los ojos.
—No me hagas perder la paciencia —dice —Quiero verte despacio.
No me apresuro.
Dejo que el silencio se estire entre los dos.
Doy un paso.
Luego otro.
Lo suficiente para entrar en su espacio.
Su mirada baja por mi cuerpo con una seguridad que me revuelve el estómago.
Empiezo a moverme con lentitud calculada. No para complacerlo. Para comprar tiempo. Para hacerlo creer que ya ganó.
Su mirada me recorre sin pudor.
—Eso… así… —murmura —Te ves exactamente como me gustan: dócil y cara.
Me acerco lo suficiente para invadir su espacio.
Inclino el rostro cerca de su oído.
—Si de verdad quieres disfrutar —susurro —tienes que cerrar los ojos.
Se ríe.
Duda apenas un segundo.
—¿Y dejar que una mujer como tú tenga ventaja?
Inclino apenas la cabeza.
—¿Tienes miedo? —le devuelvo suave.
La palabra queda flotando en el aire.
Lo veo en su mandíbula.
Se tensa.
Orgullo.
Exactamente lo que esperaba.
—Hazlo rápido —dice al fin.
Cierra los ojos.
Mi pulso golpea fuerte dentro del pecho.
No me muevo enseguida.
Cuento un segundo.
Dos.
Solo para asegurarme de que no está mirando.
Entonces saco la tela.
La paso por detrás de su cabeza con movimientos lentos, como si fuera parte del juego.
—¿Qué mierda estás haciendo? —gruñe.
No respondo.
Si hablo, mi voz podría traicionarme.
Aprieto el nudo un poco más.
La tela queda firme sobre sus ojos.
—Es parte del juego —digo al fin, manteniendo el tono suave.
Él se mueve en la silla.
Una inquietud nueva se instala en el aire.
—No me gustan las sorpresas.
—Te va a gustar esta.
Doy un paso atrás.
Luego otro.
Mis ojos se mueven rápido por el camerino.
La puerta.
La distancia.
El tiempo.
Todo depende de segundos.
Él levanta un poco la cabeza.
—¿Dónde estás?
No respondo.
Camino hacia la puerta intentando que el suelo no suene.
Mi mano encuentra el picaporte.
Frío.
Lo giro despacio.
Demasiado despacio.
Detrás de mí, la silla cruje.
Mi corazón golpea fuerte.
—Oye… —dice él.
La puerta se abre apenas.
Un hilo de luz del pasillo entra al cuarto.
No espero más.
Salgo.
El aire del pasillo me golpea el rostro como si acabara de salir del agua.
La música del club vuelve de golpe.
Grave.
Pesada.
Viva.
Cierro la puerta sin hacer ruido.
Por un segundo me quedo quieta.
Escuchando.
Nada.
Ni gritos.
Ni pasos.
Exhalo.
Empiezo a caminar.
No corro.
Correr llamaría la atención.
Camino.
Espalda recta.
Como si nada hubiera pasado.
Pero el pulso sigue desbocado dentro de mi pecho.
Doblo la esquina del pasillo.
Y solo entonces entiendo algo.
Estuve a un segundo.
Tal vez menos.
De no salir de ese cuarto.
No miro atrás.
Aquí, sobrevivir ya cuenta como ganar.