Prólogo
Cuando mi abuela me envió a un internado en Europa siendo apenas una niña, siempre pensé que era porque me odiaba; después de todo, mi madre había muerto por mi culpa al darme a luz. Sin embargo, ahora que tengo a este enorme monstruo frente a mí, puedo darme cuenta de que nada de lo que pensé era verdad; puedo ver que solo intentaba protegerme.
―¿No tienes miedo? ―Inquiere mientras me acorrala contra la pared de su habitación.
Tomando todo el valor posible, me paro firme y niego.
La bestia pasa su enorme lengua por sus afilados y grandes dientes.
―Pues deberías ―Advierte para después enterrar su gran hocico en mi cuello. Los cabellos se me erizan ante su respiración en esa zona tan sensible.
―¿Vas a matarme, verdad? ―Cuestiono, pero él no responde, a lo cual tomo su silencio como un sí―. Así como lo hiciste con mi familia. ―Afirmo mientras trato de idear un plan para escapar.
Pero mi mente está en blanco.
Por primera vez no tengo nada.
―No ―gruñe molesto por mi afirmación―. No como ellos. Contigo será diferente ―Me estremezco en mi lugar al sentir su áspera lengua sobre la piel de mi cuello―. ¿Te parece si jugamos un juego, Caperucita roja? ―Pregunta en un tono juguetón.
―¿Qué juego? ―Digo con mis ojos cerrados ya que su intensa mirada hace que mi corazón lata con fuerza dentro de mi pecho.
―Uno muy divertido ―dice separándose un poco de mí para a continuación volverse a transformar en el hombre del que alguna vez me enamoré.
―Quiero saber de qué se trata. —Miento. En realidad lo único que quiero es salir huyendo, escapar lo más lejos de él y su cuerpo desnudo.
―Trata de intentar huir de las garras del lobo feroz, es decir... De mí ―mi pulso se acelera ante la oportunidad que me está ofreciendo―. Las reglas son simples... ―Empieza a decir mientras camina hacia la cama con sus blancas nalgas al descubierto.
Aparto mi mirada rápidamente ya que no quiero recordar cuando enredaba mis piernas alrededor de ellas para que me embistiera más profundo.
―Debes quitarte la ropa y empezar a correr antes que cuente diez...
―No puedes pedirme eso. Es invierno, hace un frío terrible. ―Lo interrumpo al pensar que si logro escapar del lugar donde me tiene atrapada, no tendré ninguna oportunidad si estoy desnuda.
Él me mira con su rostro serio por unos segundos, provocando que muerda mi labio inferior con fuerza.
―Entonces, usa tu capa roja para cubrirte ―dice mostrando sus dientes blancos en una sonrisa maliciosa―. Solo tu capa roja. ―Repite y yo asiento porque sé que si sigo insistiendo, probablemente me mate aquí mismo.
―Me encanta cuando eres una buena chica ―pasa su lengua sobre sus carnosos labios. Una vez más, desvío la mirada, su acto hace que mi cuerpo reaccione―. Cuando eres obediente...
―Por favor continúa diciéndome las reglas. ―Pido lo más amable que puedo. Él muerde su labio inferior a la vez que sus ojos brillan de diversión.
Aprieto mi puño con rabia.
Esto le divierte tanto al maldito hijo de...
―No hay más reglas ―dice peinando su cabello oscuro hacia atrás con una de sus manos―. Pero sí un par de consejos, como por ejemplo: no te escondas a menos que quieras ser encontrada, tampoco me intentes tender una trampa, ambos sabemos que soy mucho más astuto que tú y no va a funcionar. Y sobre todo, por nada del mundo debes dejar que te atrape.
―¿Por qué? ―Cuestiono curiosa―. ¿Qué pasa si me atrapas?
―Serás mía y haré contigo lo que me plazca ―dice, haciendo que me estremezca una vez más―. Bien, ahora que comience el juego. Uno, dos...
Empieza a contar mientras que yo comienzo a desvestirme, porque si de algo estoy segura es que no me voy a rendir.
No me voy a rendir ante el lobo feroz.