1. El comienzo de lo inevitable
Una pequeña niña estaba sentada sobre la acera, con las rodillas encogidas contra el pecho. Había sido abandonada por su familia hacía ya varios días. El frío le calaba los huesos y su estómago rugía con insistencia, recordándole que llevaba demasiado tiempo sin comer.
Un automóvil gris se detuvo frente a ella. La puerta se abrió y de su interior descendieron ocho hombres.
—¿Estás bien, pequeña? —preguntó uno de ellos con voz suave.
La niña dudó. Su garganta estaba seca y le costó reunir fuerzas para hablar.
—E-estoy bien —respondió finalmente, casi en un susurro.
—¿Quieres venir con nosotros? —insistió el mismo hombre.
Ella lo miró por unos segundos, como si evaluara el peligro. Luego asintió con la cabeza. Uno de los hombres la levantó con cuidado y la llevó hasta el auto.
—Toma, esto te ayudará a calentarte —dijo el chico de cabello gris, colocándole su abrigo sobre los hombros.
—Gracias —murmuró la niña, aferrándose a la tela como si fuera un tesoro.
—Cuando lleguemos, te darás un baño caliente y beberás chocolate caliente —comentó el rubio, sonriendo.
—Debe estar congelada —añadió el pelirrojo con preocupación.
La niña volvió a asentir, aunque se sentía incómoda. No estaba acostumbrada a estar rodeada de tantas personas.
—¿Tienes miedo? —preguntó el castaño, inclinándose un poco hacia ella.
—S-sí —admitió con timidez.
—No te preocupes —intervino el chico de cabello gris—. No te haremos daño. No estás en peligro.
—Exacto —agregó el de cabello azul—. Desde hoy estaremos aquí para protegerte de todo.
—Está bien... —respondió ella, todavía insegura.
El resto del trayecto transcurrió en silencio. Finalmente, el auto se detuvo frente a una lujosa mansión. La puerta principal se abrió y una mucama los recibió con una leve inclinación.
—Bienvenidos. Los señores los están esperando en la sala —informó con cortesía.
—Perfecto —dijo el castaño—. Ella irá contigo para que se dé un baño caliente y descanse un poco.
La niña asintió y siguió a la mucama, desapareciendo por el pasillo.
—¿Estás listo para esto? —preguntó el chico de cabello azabache.
—Sí, lo estoy —respondió el de cabello blanco con firmeza.
Los ocho caminaron por un pasillo iluminado por elegantes lámparas. A cada paso, la luz se volvía más tenue hasta que se detuvieron frente a una puerta blanca con detalles dorados.
—¿Alexandre, estás seguro? —insistió el azabache.
—Sí, Jean Carlos, completamente —respondió Alexandre—. ¿Y ustedes?
—Siempre estaremos de acuerdo contigo —dijo el de cabello azul.
—Vicent tiene razón —añadió el gris—. Siempre estaremos a tu lado. ¿Cuándo hablaremos sobre la niña?
—Creo que ahora es el momento —opinó el de cabello blanco.
Todos respiraron hondo al mismo tiempo. Alexandre giró el pomo y abrió la puerta. Entraron.
—Alexandre, Alejandro, Jackson, Vicent, Jack, Rayn, James y Jean Carlos... qué gusto verlos a todos —dijo el hombre, sentado detrás de un escritorio.
—El gusto es nuestro, padre —respondió Vicent con seriedad.
—Siempre tan serio —comentó el hombre, sosteniendo un cigarro—. Bien, los llamé para anunciarles algo importante. Me retiraré. Es hora de disfrutar mis últimos años de vida.
—Entiendo —dijo Jack—. ¿Quién quedará a cargo de la mafia?
—Jack, aún eres muy joven —respondió el hombre—. Por eso, a partir de hoy, Alexandre será el nuevo líder.
—Entendido —dijo Alexandre sin titubear—. ¿Cuándo comenzaré a asistir a las reuniones?
—En un par de días. Antes debo arreglar algunos asuntos —explicó el hombre—. Te avisaré.
—Si eso es todo, ¿podemos retirarnos? —preguntó Alejandro.
Los ocho se levantaron y se dirigieron a la puerta, pero una voz los detuvo.
—Quiero conocer a la niña que trajeron.
—¿Para qué? —preguntó Vicent, frunciendo el ceño.
—Solo quiero verla, saber cómo es —respondió el hombre, dando un sorbo a su bebida.
Sin decir nada más, los chicos salieron de la habitación, sin darle una respuesta.