Con miedo a morir

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Summary

Un ser inmortal es una criatura eterna, un ser del cuál la muerte se ha olvidado y da igual lo que le pase o lo herido que esté: Su cuerpo encontrará la manera de recuperarse y sanar, pues como ya se ha dicho la muerte se ha olvidado de ellos. ¿Pero qué pasaría si un día la muerte se acordara de estos seres y viniera a reclamarlos? — “No le temo a la muerte, yo siempre me regenero.” — “¿Y qué pasaría si un día ya no lo hicieras? ¿Le tendrías miedo? ¿Temerías ser mortal?”

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1: Poseída por el demonio.


° La gente siempre teme aquello que no entiende °



ADVERTENCIA: VIOLENCIA. ARMAS. SATANISMO.




.1842.


— ¡Tenemos que hacer algo Richard! —rogó una madre angustiada mientras se aferraba a los hombros de su marido.— Nuestra... nuestra pequeña necesita ayuda. ¡Tenemos que llamar al padre Erikson, tiene que poder hacer algo!


— ¡Cálmate mujer! —casi gritó mientras se deshacía del agarre desesperado de su esposa. — Esa cosa ya no es nuestra hija, ¡dejó de serlo el día que esos poderes demoníacos se manifestaron! ¡Está poseída y ni el agua vendita, los crucifijos ni las oraciones a nuestro señor le hacen nada!


— ¿Entonces qué más podemos hacer Richard? —lloró la mujer mientras veía como su marido se acababa toda la botella del whisky irlandés de su mesita.


— Yo sé lo que tengo que hacer, como hombre, como padre y como ciudadano respetable de la comunidad. —gruñó mientras se limpiaba el líquido sobrante de sus labios. — Tráeme mi escopeta. —ordenó con voz fría.


— ¿¡QUÉ!? ¿¡QUÉ DEMONIOS ESTÁS DICIENDO CARIÑO!? ¿¡QUÉ PIENSAS HACER CON LA ESCOPET!A?


— ¿No está claro, mujer estúpida? —escupió con un odio aumentado por su estado de embriaguez. — Pienso matar a ese demonio con mis propias manos, esa criatura ya no es Alexandra, ya no es nuestra hija, ¡es un sucio siervo del demonio que quiere destruir nuestra familia y nuestro precioso pueblo!


Los ojos de la mujer se abrieron horrorizada y sólo podía negar, sintiendo la impotencia y todo su cuerpo temblar.


— No... —susurró mientras que las lagrimas corrían por sus mejilla.— ¡No, por favor Richard, es mi pequeña, es mi pequeña! —rogaba la madre tirándose al suelo y cogiéndolo de las piernas.— ¡No puedes matar a nuestra hija!


El hombre ignoró a su mujer y de un fuerte golpe con la culata de su escopeta la dejó inconsciente, después de eso prosiguió su camino al primer piso, subiendo las grandes escaleras cubiertas de una alfombra de terciopelo rojo. Richard cargó su escopeta y quitó el seguro cuando tuvo la puerta del cuarto de su hija en su campo de visión. Con mucho cuidado y tensando la mandíbula abrió la puerta muy, muy, lentamente, para no despertarla, pues esta era su hora de dormir. Caminó con paso torpe pero silencioso hasta la cama de su hija apuntando y sin pararse a pensar si lo que hacía estaba bien o no, pues para él y sus creencias estaba haciendo lo correcto por lo que disparó a la cama, rompiendo el hermoso y frágil silencio que los adultos habían dejado al parar de discutir.


Richard con el corazón latiéndole a mil por hora bajó el arma y aún con esta humeando comenzó a retirar la manta para poder ver lo que él esperaba que fuera el cuerpo del demonio sin vida, pero nada más lejos de la realidad pues el lugar estaba vacío y simplemente había disparado a un oso de peluche.


— Ibas a matarme... —susurró la niña desde su balcón, haciendo que el cuerpo del mayor se tensara. — Ibas a dispararme padre...


El rostro del hombre palideció al ver el rostro de su hija siendo iluminado por la luna, haciéndola parecer un fantasma.


— ¿Acaso no he sido buena niña? ¿No he ido a rezar y a misa lo suficiente? ¿No he tenido siempre buenos modales? —los ojos de la niña se humedecían mientras se alejaba hacia su pequeño balcón.


— ¡Ca-cállate demonio! —escupió, haciendo que su hija saltara del susto, dándole a él un falso sentimiento de superioridad. — ¡Tú no eres mi hija, eres un demonio que ha matado y adoptado la forma de mi hija! ¡Y yo, por el poder de cristo y nuestro señor te voy a mandar de nuevo al infierno de dónde has salido!


El hombre volvía a cargar su arma, caminando hacia la pequeña, la cual seguía retrocediendo hasta chocar contra la barandilla de su balcón, en ese momento ya al borde de un ataque de nervios y pensando que realmente le sucedía algo malo comenzó a estallar en carcajadas, lo que descolocó y atemorizó aún más al adulto.


— ¿Por qué te ríes, demonio?


— ¿Por qué? ¿De verdad me lo pregunta, padre? —siguió riendo mientras se subía al borde de la barandilla, manteniendo el equilibrio, el suave viento movía su camisón blanco y su largo cabello rubio. — Tú quieres matarme, dices que estoy poseída y que me vas a mandar de vuelta al infierno. ¿Y quieres que no me ría? ¡Pues bien, adelante! ¡Máteme padre! ¡Sabe que no puede hacerlo, nadie puede matarme, pero inténtelo! ¡MÁTEME MALDITA SEA!

Tras esas palabras Richard disparó su arma, dándole en todo el pecho y haciendo que esta cayera hacia el suelo, precipitándose al vacío y aterrizando contra la maleza del jardín.

El mayor respiró agitadamente, su corazón perecía que fuera a estallar. “Ya está” pensó, inocente. Pero no. A duras penas fue arrastrándose como un gusano hacia la barandilla del balcón y con esfuerzo consiguió asomarse por él, esperándose encontrar con el cuerpo inerte de su hija, pero al asomarse no vio nada de nuevo, sólo el hueco que la caída había dejado en los setos, no había ningún cuerpo. Richard se volvió a dejarse caer, sentándose sobre el suelo y echando la cabeza hacia atrás comenzó a llorar de miedo e impotencia.

— El señor está con nosotros, el señor nos protege. El señor está con nosotros, el señor nos protege. —Lloró mientras sujetaba la pequeña cruz de su rosario y sollozaba entre rezos.— El señor nos protege del mal...




La chica corrió y corrió, la herida de su pecho ya había sanado y el único rastro de que la hubieran disparado estaba en su camisón agujereado y lleno de sangre. La fría y dura tierra del bosque le hacían heridas en sus pies descalzos, pero estos al momento volvían a sanar, aunque el dolor estaba ahí: el dolor de las heridas, el dolor del disparo, el dolor mental de que tu padre intentase acabar contigo... esa herida era una que ni con sus poderes podía curar, al menos no de forma mágica.

Sin darse cuenta la chica metió el pie en la raíz de árbol que sobresalía del suelo y calló rodando, con tan mala suerte que acabó en un hoyo muy muy profundo del cuál no podía salir, casi parecía que lo habían cavado para la caza. Algo aturdida por el gran impacto se sujetó la cabeza, su vista estaba algo borrosa, y no solo por las lágrimas. Intentó calmarse, pensar con tranquilidad, pero estaba demasiado nerviosa.

¿Y si su padre había mandado a buscarla? ¿Y si no había corrido lo suficientemente lejos para estar a salvo? ¿Y si no podía salir de ahí?

Alexandra intento pensar, buscar soluciones, pero estaba tan cansada... estaba tan, tan, tan cansada de utilizar sus poderes, de correr, de saltar por balcones, de ser disparada que sin darse cuenta su cuerpo tomó la decisión por ella: Vamos a dormir.

Por suerte era una noche no demasiado fría, el viento estaba parado y en el fondo del hoyo había una fina capa de hojas caídas que eran ciertamente cálidas, al menos después de estar un rato encima de ellas y lo que era más importante, no parecía haber caído ningún animal peligroso.


A la mañana siguiente cuando abrió los ojos la fuerte luz del sol hizo que le costara un poco ver, una suave melodía orquestada por los pájaros y el suave viento moviéndose entre las ramas acariciaban sus oídos, haciéndole olvidar por un segundo todas sus preocupaciones, aunque eso también podía deberse a recién levantarse y aún no estar con todas las funciones activadas.

Miró hacia arriba mientras se tocaba el pelo, el cual estaba lleno de ramitas, sangre y hojas, pero se detuvo antes de quitarse ninguna cuando su mirada se encontró de frente con las de dos niños. Los tres se quedaron cayados, mirándose hasta que de una la chica comenzó a gritar mientras se cubría el camisón con las manos, provocando que los dos chicos gritaran también.

— ¿PERO POR QUÉ GRITAS? —gritó el más mayor de los dos niños mientras echaba al más pequeño hacia atrás en un gesto protector.

— ¿QUIÉNES SOIS VOSOTROS? —preguntó ella encogiéndose sobre sí misma.

— Como que te lo vamos a decir. —sonrió mientras se cruzaba de brazos.

— Yo soy Liam. —habló ahora el más pequeño. — Y él es mi hermano, Víctor.

— ¡Pero no se lo digas, idiota! —le regañó.

— ¡Pues si sois listos alejaos lo más rápido que podáis de aquí, idiotas! —amenazó la chica.

Era gracioso, ¿una chica atrapada en un agujero de caza amenazando a dos chicos libres? Curioso cuanto menos, la verdad.

— ¿Y eso por qué? —preguntó Víctor frunciendo el ceño.

— Pues porque soy peligrosa, y podría mataros. —lo miró desafiante. — ¿Te parece motivo suficiente?

Víctor comenzó a reír, lo que hizo a la rubia enfadar.

— ¿Por qué te ríes?

— Porque me hace gracia que una niña vestida con camisón diga que podría mataros. Además, estás atrapada, niñita.

Las mejillas de Alexandra comenzaron a arder de vergüenza y rabia, hacía tiempo que no sentía emociones tan infantiles al ser provocada. En el fondo sentía que esas provocaciones no tenían un ápice de maldad pero la sonrisa burlesca de Viktor la hacía querer coger una de las piedras y lanzársela a la cara, aunque se contuvo.

— Solo estamos aquí porque hemos olido la sangre y mi hermanito ha insistido en mirar si alguien necesitaba ayuda. Nada más.

— ¿Que habéis olido la sangre...? ¿Desde tan lejos? ¿Cómo? —preguntó curiosa, pero los hermanos guardaron silencio.

— Vámonos, —volvió a hablar Víktor.— seguro que sus padres no tardarán en buscarla y sacarla de ahí. Vamos hermanito.

Tras decir eso los hermanos se dieron la vuelta y salieron del campo visual de la chica, cosa que le provocó una gran ansiedad y presión en su pecho.

— ¡No, esperad! ¡Por favor! —rogó. Primero no obtuvo respuesta, pero tras unos segundos volvió a ver la cabeza del más pequeño, lo que le hizo sonreír.

— ¡Vamos Liam! —lo apartó alejándolo del hoyo.

— ¡Fue mi padre! —gritó sin ver a nadie— ¡Fue mi padre quien me disparó por la noche! ¡Mis padres me quieren muerta!

Ya no escuchaba nada, ningún ruido que le indicara que seguían ahí. Absolutamente nada.

— ¿Hola...? ¿Seguís ahí...? —pero no obtuvo respuesta.

La chica volvió a encogerse sobre sí misma, hundiendo la cabeza entre sus brazos, sintiendo como las ganas de llorar la invadían.

— ¿Si es verdad que tu padre te disparó por qué estás viva? Si fue por la noche tendrías que haberte desangrado, estás paliducha, pero gritas mucho para ser un moribunda. —habló Víktor sin dejarse ver.

— Yo...

— O nos dices la verdad o te dejamos ahí tirada.

— ¡Estoy poseída por el demonio! —soltó finalmente e hizo una pequeña pausa, como buscando las palabras. — Mi cuerpo... se regenera solo, por muchas heridas que me hagan estas se curan solas, por muchas veces que me intenten matar... yo no muero.

Hubo otra gran pausa, en la cual esta vez sí creía que se habían largado de verdad, dejándola de nuevo sola y a su suerte. Y no se había equivocado del todo, pues la dejaron sola por unos 20 minutos, pero después regresaron con una cuerda la cuál le lanzaron mientras ataban el otro extremo al árbol que la había hecho caer.

— A ver, niña en cueros, cógete bien de la cuerda y trepa, ¿podrás hacerlo? —Habló Víktor.

Aunque no veía quién hablaba sabía perfectamente quién los hacía y sus palabras volvieron a ponerla roja, pero de la ira.

— Pienso pegarle un puñetazo cuando salga. —masculló entre dientes.

— ¿Qué has dicho?

— ¡Nada!

Con ayuda de los hermanos logró salir, respirando algo agitada por el esfuerzo.

— ¿Por qué... me habéis ayudado? Os he dicho que estaba poseída por el demonio, ¿no me tenéis miedo?

— El demonio no existe, y si existiera, ¿por qué iría a una niña pequeña como tú? —rió el mayor de los hermanos.— Iría a por alguien poderoso y con dinero.

— ¡Soy más mayor que vosotros!

— Bueno... pero lo otro es verdad. —intervino Liam, acercándose a ella. — No creo que tengas al demonio dentro, porque entonces nosotros también lo tendríamos, y yo no siento ningún demonio dentro. —contestó tocándose la tripa.

Esa revelación la dejó descolocada.

— ¿A qué te refieres con eso?

Tras intercambiar una mirada los hermanos miraron a la chica, parecía que ambos se estaban comunicando con la mirada hasta que el mayor asintió con una media sonrisa y unas palabras de ánimo a su hermanito. El cuerpo de Liam se transformó poco a poco en el de un lobo blanco mientras que Víktor se cruzaba de brazos orgulloso, era la primera vez que este conseguía transformarse a la primera y como todo buen hermano estaba orgulloso.

— ¿Ves? No estás poseída, simplemente eres rara, como nosotros. —sonrió mostrando sus colmillos en una divertida media sonrisa.— ¿También puedes convertirte en lobo?


— No... Yo sólo me curo... —susurró anonadada.




— Por cierto, ¿tú cómo te llamas? Aún no nos has dicho tu nombre. —Preguntó Liam, llevaban ya un buen rato caminando juntos por el bosque y no se había presentado como tal.

La chica miró a los hermanos, dubitativa, no podía ni quería seguir usando su verdadero nombre, ¿qué pasaría si por culpa de eso su padre la encontraba? No, definitivamente eso no podía pasar, tenía que buscarse uno nuevo.

— Zayra. —contestó alzando la cabeza.— Me llamo Zayra Anderson.

— Pues bueno, Zayra, —sonrió Víktor.— Vamos a buscarte algo de ropa. El agujero de escopeta y la sangre llaman demasiado la atención.

— ¿Y de dónde la sacaremos? Yo... No tengo dinero.

— No te preocupes, cuando mi hermano mayor y yo necesitamos algo siempre lo robamos. —sonrió el pequeño mientras le daba la mano a la rubia.

— ¡Pero robar es pecado! ¡Dios dice...!

— Si Dios no quisiera que robáramos que nos hubiera dado mayores oportunidades y una vida más fácil. —gruñó Víktor molesto.— Además, nosotros no creemos en Dios.

El pálido rostro de Zayra palideció aún más, el moreno había blasfemado y si ella hubiera dicho eso frente a su padre le habría dado como mínimo dos latigazos en la espalda y encerrado en el armario durante días a modo de castigo.

— ¿Por qué tiemblas? —preguntó el menor al sentir la mano de Zayra temblar.

— Y-yo... sólo estaba recordando cosas. —negó mientras intentaba sonreír.— Perdón.

— ¡No te disculpes! Mi hermano también tiembla cuando hay tormentas. —rió, cosa que hizo a Víctor ponerse tan colorado como un tomate.— ¡Ahora somos familia, y la familia de raros siempre permanece junta! Eso es lo que también dice mi hermano.

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