Introducción

En la hermosura del alba, la mujer de cabellera negra y ojos avellanados cuidaba sus rosas como de costumbre. Sus preferidas siempre fueron las blancas, en general, ese era su color favorito debido a que, para ella, representaba pureza.
Su carácter pasivo y sumiso se había ganado el corazón de los sirvientes, al igual que su sonrisa tímida, pese a que era la señora; su porte grácil y delicadeza, y esa belleza pura y pulcra la hacían parecer un ángel.
Aún era temprano y el sol apenas se dejaba ver; no obstante, era obvio que aquel día llovería. Una sensación extraña le recorrió el cuerpo; un escalofrío que le trajo un loco sentir que viviría una experiencia sublime o muy drástica.
Pensó en el desayuno que comería ese día, pero por alguna razón tenía una leve corazonada de que no lo llegaría a degustar. Sonrió al acariciar los pétalos de una rosa blanca, tan suave...
La impresión la congeló al instante y un líquido cálido empezó a emanar de su pecho. Una lágrima silenciosa le acarició la mejilla al pensar en el futuro solitario de su hijo, a quien de repente empezó a extrañar.
No lo vería más, lo sabía.
¿Sería esa la razón de haber velado su sueño la noche anterior? ¿Por eso se atrevió a pedirle intimidad a su esposo sin un atisbo de vergüenza? ¿Era esa la emoción que no la dejó dormir?
Podría ser que lo presintió y no sabía cómo sentirse al respecto.
Ya empezaba a asimilarlo: Había vivido una corta, pero buena vida.
Tal vez su esposo nunca llegó a amarla; sin embargo, puso todo su esfuerzo para hacerla sentir cómoda y darle una familia estable. Por lo menos la tranquilizaba que su hijo estaría en buenas manos, pero el temor la abrazó al ser consciente de que su muerte fue planeada. Alguien debió espiarla por un tiempo para llegar a la conclusión de que todos los días, al salir el sol, ella solía contemplar y cuidar sus rosas.
¿El rey Raniem tenía un enemigo o éste sería por parte de su padre, el rey de Onhcet?
La esperanza la abrazó al reflexionar que su esposo investigaría y no permitiría que le hicieran daño a su hijo. Confiaba en él. Sí, él nunca dejaría que nada malo le ocurriera al pequeño. Todos esos pensamientos, asimismo, toda su vida pasaban por su cabeza en cuestión de segundos mientras caía al suelo. Una vez estuvo sobre la fresca y verde grama, su visión se tornó borrosa; pero la sonrisa de su bebé y esposo la hizo sonreír a ella.
—Lamento mucho no poder verte crecer, hijo mío. —Ese fue su último aliento.