El visitante

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Summary

Miedo. Paranoia. Desconfianza. Supervivencia. Una familia vive aterrorizada por la presencia de un ser que los acecha. A través de una atmósfera de tensión y suspenso el lector descubrirá quién visita la habitación 723 de un hotel ubicado en un extraño lugar llamado Nürt-Ürkt.

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El visitante

La luz de la habitación 723 se apagó.

Él corrió las cortinas, trazó un círculo casi perfecto sobre el cristal empañado de la ventana y miró hacia afuera. El letrero con la palabra «Hotel» emitía un zumbido leve cada vez que se iluminaba. Abajo, seis pisos abajo, el resultado que provocó la tormenta fue demasiado aparatoso para creer que, en aquel lugar lejano de la realidad llamado Nürt-Ürkt, hubiese ocurrido un fenómeno natural de tal magnitud.

—Ha parado de llover —dijo a su esposa y corrió las cortinas.

Ella veía un programa de concursos en el televisor. Cubrió su boca para ahogar una carcajada provocada por la ignorancia de uno de los participantes que equivocó una respuesta obvia para todo el mundo.

Él caminó hacia el sillón y se sentó frente a ella. Observó su reloj. Movió sus piernas de arriba hacia abajo, primero lento, luego rápido y después mucho más rápido.

—¿Podrías apagar el maldito televisor? —le ordenó.

—Ya, ya. No tienes porqué gritar.

—Está todo cerrado, ¿verdad?

—Sí. Ya te dije que sí.

—Esto es una locura, una verdadera locura. Ya no puedo más.

—Tranquilízate, por favor —respondió ella—. ¿Quieres tomar o comer algo?

—Sí, me caería bien —hizo el cuerpo hacia atrás y con las manos cubrió sus ojos enmarcados por un par de ojeras profundas.

Hacía días que no lograba conciliar el sueño. Inhaló hondo, tan hondo como sus pulmones se lo permitieron y soltó el aire poco a poco obedeciendo la recomendación de su mujer.

—¿Un café o quieres algo «más fuerte»?

—El café está bien, pero no utilices el agua del grifo. Sabe horrible.

—¿Ya vas a comenzar con tus manías?

—Mejor dame lo «más fuerte», si es que crees que eso ayuda con esta situación.

—¿Quieres platicarme qué sucedió? —dijo Ella con voz maternal.

Él se revolvió en el sillón. La pregunta le incomodó. No respondió.

Un tenso silencio inundó la habitación...

—Sabes que no podemos huir todo el tiempo, ¿verdad? Tenemos un hijo y merece una vida normal. ¿Imaginas lo que significa para un pequeño vivir en una habitación de hotel?

Él continuó callado. Se colocó de pie y caminó hacia la ventana que da al estacionamiento. Corrió las cortinas, con el dedo siguió el círculo casi perfecto que trazó hace un instante y miró hacia fuera.

—Ha parado de llover.

—Ya lo sé —ella movió la cabeza en negativa—. Lo has dicho tres veces. Iré por... lo que sea... Y deja las cortinas abiertas para que entre la luz, sabes que no me gusta estar a oscuras.

La mujer salió de la habitación y se perdió en la penumbra del estrecho corredor que conduce al elevador del séptimo piso.

Él regresó al sillón. Miró el reloj: 02:08 a.m. Frotó de nuevo su rostro y se levantó. Caminó hacia el rincón de la habitación, donde la luz del letrero del hotel no es tan intensa. El lugar perfecto, dijeron el día que se hospedaron, para colocar un sofá en donde el niño pudiese dormir sin que la iluminación del exterior le molestase.

Entre la oscuridad y sobre la cama improvisada había un pequeño bulto cubierto por una manta de lana que dibujaba una silueta humana recostada por su lado izquierdo. Un par de brazos delgados y la cabeza de un oso de felpa se asomaba, apenas, de entre la maraña de almohadas y de la cobija.

Él movió con sumo cuidado la manta hasta que apareció un manojo de cabello negro desordenado. Se inclinó para acariciarlo y, de pronto, la puerta de la habitación se abrió: era ella con una botella de vino, dos copas y una cajetilla de cigarrillos.

—Traje tus favoritos, sin filtro.

—¿A qué hora se durmió el niño?

—Poco antes de que llegaras. Quería esperarte, pero le venció el sueño.

—Duerme profundamente. No escuchó la tormenta —extendió el brazo para acariciarle el cabello.

—¡No lo muevas! —le advirtió—. Déjalo dormir, no podía pegar los ojos. Y ya sabes: me pidió que le cantara y le arrullara como si fuese un bebé.

Él obedeció y detuvo la mano antes de tocar la cabeza del niño.

—¿Cómo es que puede dormir con la cabeza cubierta? Necesita respirar aire fresco.

—Es genético y lo heredó de su abuelo —sonrió.

Ella abrió la botella de vino, llenó ambas copas, le dio una y le ofreció un cigarro.

—Ten. Te hará sentir mejor.

—Gracias —lo encendió y fumó—. Sabes que no fue mi culpa —se sentó sobre el sofá—. ¿Verdad?

—Aún no me platicas qué te sucedió, pero lo sé, amor. Debes calmarte, por favor.

—Hice mi mayor esfuerzo.

El pequeño se movió en el sofá y se cubrió la cabeza con la manta.

—Te lo dije. Baja la voz que despertarás al niño.

—Un día llegó el tipo al consultorio y me pidió, con timidez, una cita. Decía que quería conversar conmigo. La primera impresión que tuve de él fue que poseía una personalidad pasiva y depresiva. Le escuché y le pedí vernos al día siguiente, el miércoles.

—Vaya. Al fin hablarás.

—Si no hablo, mal. Si hablo, mal. ¿Qué es lo que quieres?

—Ya, ya. No te enfades. Estoy bromeando. Cuéntame qué sucede, por favor.

—El sujeto acudió con puntualidad a su cita. Salí a recibirle y le invité a pasar. Todo el tiempo permaneció callado y me miró desconfiado, con extrañeza. Y cuando insistí en que me dijera en qué podía ayudarle, me quedé helado con su respuesta —bebió la copa vino de un trago.

—¿Qué pasó?

—Me dijo: «Le agradezco mucho que me reciba, doctor. Pero no estoy preparada para conversar ahora. ¿Podría darme una cita para después?».

—¿Y eso qué tiene de extraño?

—Te soy sincero: cuando lo escuché un escalofrío recorrió, de arriba abajo, todo mi cuerpo.

—No te entiendo.

—Era el mismo tipo que el día anterior me pidió una cita.

—¿Y qué?

—Que acudió con puntualidad y lo tenía frente a mí hablando, no con la voz del hombre tímido que escuché el día anterior, sino con la de una anciana con un raro acento.

Ella se llevó las manos hacia la boca, tratando de no gritar de asombro por lo que escuchó de su marido.

Fuera, la lluvia regresó. Sendas gotas impactaron sobre el cristal de la ventana de la habitación 723. Un rayo iluminó el interior y el sonido del trueno que le siguió incomodó al pequeño que dormía. La mujer se acercó y le acarició la cabeza para que volviera a dormir.

—Shhh, shhh. Tranquilo, hijo. Es solo un trueno.

El pequeño dejó de moverse.

—No sé por qué sentí temor al tenerlo frente a mí. He tratado a muchos pacientes con trastorno de identidad disociativo, pero él... no sé.

—Recuerda que no estás conversando con tus colegas.

—¡Personalidad múltiple, pues!

—¡Qué horror!

—Ese es mi trabajo —extendió la copa vacía para que la mujer le sirviera más vino.

—Luego, ¿qué sucedió?

—Le atendí durante tres o cuatro meses. A lo largo de nuestras conversaciones logré identificar conductas que pertenecían a ocho personalidades distintas: la anciana con extraño acento; un boxeador; una ama de casa; un obrero; un escultor que no ha vendido una obra desde la primera guerra mundial; una secretaria; una actriz de teatro retirada y un escritor obsesionado con el Premio Nobel de Literatura. Lo curioso es que lograba manifestar recuerdos, relaciones, historia y actitudes propias de cada una de ellas.

—¿Y cómo sabes quién es la persona real?

—La personalidad primaria, en general, es pasiva. Los demás son dominantes y, a veces, hostiles —encendió otro cigarrillo.

—¿Y la persona real sabe que existen los demás?

—En el caso de mi paciente, sí. En una ocasión, conversando con el boxeador, me dijo que en su estómago existían voces que subían por el tórax y llegaban hasta su garganta tratando de escapar. Él intentaba callarlas golpeándose con toda su fuerza.

La lluvia se detuvo. Ella bebió el vino y extendió la copa para que ahora él le sirviera. Su mano temblaba.

—¿Hay muchas personas como tu paciente?

—No hay un censo como tal, pero sí.

—¡Dios!

—Lo peligroso es que una de las personalidades, la más hostil, por ejemplo, sea la que domine a las demás y...

—Sigo sin comprender de qué nos ocultamos —le interrumpió un tanto enfadada. Se levantó y se dirigió hacia el sanitario.

Él observó el reloj: 02:50 a.m.

—El agua del grifo está sucia. Cuando abrí la llave cayó con un extraño color negruzco y después transparente; además, huele horrible. Hay que reportarla.

—Te lo dije.

—Dejaste la ventana del baño abierta. Hace frío para el niño.

Él la miró con el ceño fruncido.

—Supongo que tu paciente ya está aliviado, ¿no? Eres psicólogo y te dedicas a eso.

—No del todo. El tratamiento consiste en buscar integrar las identidades o, al menos, en coordinarlas para lograr el mejor funcionamiento posible de la persona. Esto se lleva a cabo de forma progresiva y durante años, varios años.

—¿A qué viene todo esto del paciente loco? ¿Nos escondemos de él?

—No, no.

—¿Entonces?

—Un día no acudió a la cita y pasé un mes sin verle. Decidí ir a buscarle a los ocho domicilios que registró. Lo encontré muerto en el departamento que se encontraba a nombre del escritor. Estaba desnudo. El tipo se dio un tiro en la cabeza. Los médicos me informaron que falleció justo a las 00:00 horas.

—Pobre hombre.

—No merecía morir de esa forma. Sus expresiones creativas le ayudaban a canalizar su energía. Creo que había progresado bastante.

—¿Tenía familia?

—No, nadie reclamó el cuerpo. Fui a sus otros departamentos a buscar algún indicio, pero no encontré algo significativo... salvo donde murió. Su computadora se encontraba encendida y sin contraseña, algo extraño hoy en día. El único archivo que tenía era un escrito, una novela a la que le faltaba la última frase.

—¿Y la leíste?

—No bromees con esto, por favor.

—Vamos, es para que te relajes.

—¿Y cómo voy a relajarme si hace un par de días recibí una llamada de él? —abrió los ojos tan grande como pudo—. ¡Me recriminó por no atenderle con prontitud y me culpó de su muerte!

De pronto, el pequeño bulto se movió, se incorporó y se quedó sentado sobre el sofá. Luego, se colocó de pie. La cobija de lana aún le cubría de la cabeza hasta los pies. El oso de peluche rodó hacia el suelo. Y con paso lento caminó hacia quienes conversaban sin verle.

Ella le escuchó.

—Ya despertaste al niño —le recriminó—. Te dije que hablaras en voz baja.

El bulto se acercó más y más. Un paso, dos pasos. Pesado, cada vez más pesado, hasta que se detuvo frente a ellos.

—Quítate esa cosa de la cabeza, hijo —le dijo ella y tiró de la cobija que resbaló con suavidad. Sonrió con ternura esperando ver a su pequeño.

Afuera, otro rayo iluminó el cielo. La tormenta volvió.

Poco a poco, con cada parpadeo del letrero del hotel, apareció frente a ellos una figura desnuda, delgada y doblada por la mitad. El cabello le cubría el rostro. El ser se irguió hasta mostrar su verdadera altura, que no se correspondía con la de un niño, ni se trataba del pequeño hijo de la pareja que se encontraba observándolo atónita.

Era el paciente suicida.

El visitante comenzó a dar saltitos: primero en un pie y luego en otro. Después, aplaudió desordenadamente.

—¡Hola, mamá! —dijo sacudiendo el brazo y hablando con voz infantil—. ¿Me cantas otra canción para que pueda dormir?