Cuando lo Encuentres (Yaoi/Gay/BL/Boys Love +18)

All Rights Reserved ©

Summary

Una noche, tras volver después de varios años a su pueblo natal, Alex revivirá recuerdos de su niñez que creía haber superado y olvidado, y donde despertará a Yuki de su letargo, un chico de aspecto peculiar con increíbles poderes mágicos. Sin darse cuenta, emprenderá un viaje al Mundo Mágico de Ridnbul repleto de criaturas fantásticas, y donde se verá envuelto en una historia pasada y que le enseñará que lo que alcanza a ver no es más que una ínfima parte de lo que existe realmente, y que hay conexiones, magia, odio, venganza, y, sobre todo, amores, que pueden traspasar las fronteras de ambos mundos. Esta es la historia, De dos mundos, Y dos chicos, Conectados, destinados, A encontrarse, Por la magia, El amor, La traición, El dolor, Y la ira. ¿Estás listo para este viaje?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo I- Un hermoso sueño que no se debe olvidar

Capítulo I- Un hermoso sueño que no se debe olvidar

La noche hacía horas que había cubierto completamente el despejado cielo de aquel viernes soleado en el que había decidido volver. Habían pasado muchos años desde la última vez, y nada allí había cambiado ni un ápice. La misma gente y los mismos lugares que recordaba. Sin embargo, no lo había hecho porque los extrañara realmente, aunque si hacía, tenía que reunirse con sus amigos para irse de fiesta, después de tanto tiempo sin quedar con ellos. A pesar de que, en realidad, tan solo habían permanecido juntos un par de horas, mientras bebían, ya que tan pronto como el alcohol les subió, cada uno se perdió por su propio camino, buscando de forma inconsciente lo que sentían que necesitaban. Y eso, para Alex, era la música. Había estado sonando a lo lejos sin cesar en sus oídos, provocándole con cada trago que su impaciencia se apoderara de él, hasta que finalmente se separó y se adentró abriéndose paso entre toda la gente. Había algo en aquel ambiente cutre de los aparcamientos, con la música a todo volumen entrelazándose con las risas de los jóvenes, que conseguía embelesaba sus oídos. Algo que lo aislaba del mundo fuera del perímetro que ocupaba el lugar, como si perdiéndose entre tanta gente le ayudara al mismo tiempo a alejarse de todos. Era una contradicción, pero era una que le encantaba sentir, que enterraba sus preocupaciones. Al menos, temporalmente.

Tras unas horas flotando entre aquella agradable sensación y balanceándose al son de la música, el alcohol empezó a bajar, y con ello, sintió el ambiente sobrecargado, trayéndolo de vuelta a la realidad. Eran los olores que abundaban en lugares como aquellos, unos que empezaron a desequilibrar la armonía que había creado con la música. No era solo el alcohol, sino también el sudor —propio y el ajeno— y los tintes tenues de gasolina de algunos coches que se encontraban cerca de allí. De golpe, una suave bocanada de aire cargado de humo colmó sus fosas nasales, y supo al instante que no se trataba de tabaco.

La mezcla de todos estos, junto a las intensas luces parpadeantes de los coches y las copas de más que había tomado, pronto comenzaron a marearlo, ya que, a pesar de agradarle estar allí, no era habitual para él. Menos aún, beber grandes cantidades de alcohol como lo había estado haciendo toda la noche. En sus veintitrés años de edad, tan solo la primera vez que probó el alcohol, siendo muy joven, se había emborrachado tanto como ahora, con la diferencia de que aquella primera vez había carecido de todo sentido común y de responsabilidad, y que con los años había aprendido a saber cuándo decir basta. Y fue en ese momento de lucidez que se percató de que había tenido suficiente. Necesitaba sin falta un respiro, despejarse de su método para relajarse, como el que toma un descanso de descansar, y salir de la multitud por unos instantes en busca de una bocanada de aire fresco. Soltó su copa primero, donde pudo, entre los pies y vasos de sus amigos, y de personas cuyos rostros no reconocía. Ignoraba enteramente en qué momento se habían incorporado a su círculo, y tampoco le importaba. En seguida, buscó con la mirada a sus amigos, María y Raúl, quienes seguían sosteniendo sus copas aún llenas y bailaban tan pegados el uno al otro que sus respiraciones chocaban entre sí. Les hizo un simple gesto con una expresión tan sumida en el cansancio, que no necesitó más para darles a entender que necesitaba un respiro de todo aquello.

Ellos asintieron, pero Alex ya había emprendido su camino, tan rápido como la coordinación entre su cerebro y sus piernas se lo permitían, consiguiendo salir a pesar de las decenas de obstáculos que se interponían en él.

—¡Alex! —lo llamó una chica, antes de chocar contra él.

Se había despistado y no la había visto al momento de oírla, pero ahora podía notar lo alegre y sorprendida que se mostraba a pesar del choque inicial. Sin embargo, no recordaba si la conocía, y en el estado en el que se encontraba, dudaba si era el momento de saberlo.

—Hacía mucho tiempo que no te veía—insistió elevando su tono para sobrepasar el ruido a su alrededor. Aunque en realidad no importaba. Él la escuchaba de fondo, muy lejos—¡Madre mía, cuanto has crecido! No esperaba volver a verte por aquí.

A pesar del evidente entusiasmo que expresaba por reencontrarse con él, a Alex le costaba horrores concentrarse en recordar, porque los últimos chupitos y el malestar que le estaban generando, empezaban a provocar estragos en su cuerpo, que no tardaría mucho en mostrarle si continuaba allí parado.

Su silencio hizo elevar las cejas y la sonrisa de la muchacha, que ya reflejaban una leve desilusión en ellas. A pesar de ello, esperaba todavía con una pequeña esperanza que él mismo lograra decir su nombre.

—Soy Marta, Alex. Tu vecina. ¿Te acuerdas? —probó de nuevo, haciéndole las cosas más fáciles para su enturbiada memoria.

Esta vez se mostró un poco preocupada, pero Alex no necesitó mucho tiempo más, pues sí que se acordaba de ella. Su melena larga y su cara risueña lo habían mantenido, hacía muchos años, totalmente cautivado. Sin embargo, su vista se encontraba tan nublada como lo estaba su mente, por lo que reconocer aquellas características en su rostro no se trataba de una tarea fácil para él. Lo que si notó con facilidad y con total seguridad fue su altura. Ella también había crecido. Mucho. Porque Alex, a unos diez centímetros de alcanzar los dos metros, casi parecían de la misma altura. También recordaba cómo solían, siempre que podían, jugar juntos, y con el tiempo, pasar de aquellos juegos infantiles a miradas cómplices, que hacían acelerar su frágil e inexperto corazón, y que inició su primer contacto con aquellos sentimientos que cubrían su rostro de extrema vergüenza. Porque a pesar de la difícil situación que vivía consigo mismo y sus enormes complejos, con ella, se sentía cómodo. Era su dulzura, esa sonrisa alegre y, sobre todo, su mirada, que no lo juzgaba.

Aquella historia, sin embargo, se había acabado antes incluso de que empezara, cuando Marta tuvo que mudarse a una ciudad lejana tras el divorcio de sus padres.

Ahora, se reencontraba con ella, dándole la impresión de que fuera un milagro que aún pudiera mantenerse en pie.

—¡Ah! ¡Es verdad! Me acuerdo… has… crecido mucho también…—farfulló, tirando de lo único que podía asegurar. Pero su cara le decía que no era suficiente. —Estás muy guapa también…—bajó el tono ligeramente, desviando la mirada hacia otro lado, con nerviosismo.

—Muchas gracias, tú…—dudó por las circunstancias, pero lo era. No podía negárselo a sí misma. Alto, guapo y con un cuerpo atlético que quitaba el sentido, pero con un rostro tan manchado en aquel momento por la decadencia en la que había entrado por el malestar que sentía que no le hacía ninguna justicia. —…No sabía que habías vuelto. Me dijeron que te fuiste a estudiar fuera. Si quieres, podemos quedar otro día y…

A pesar del intento directo y sutil de Marta, aquel momento se había empezado a alargar demasiado para Alex, quien apresuró su despedida.

—Sí, por qué no. ¡Claro! Llámame y ya nos veremos—la interrumpió, mientras se alejaba con una sonrisa desastrosa y una mirada que buscaba una salida desesperada, antes de que su cuerpo empeorara, y terminara manchando no solo el suelo, sino también su imagen.

—¡Pero si no tengo tu…! —La dejó con la palabra en la boca y se marchó aun agitando su mano.

Ahora mismo le daba completamente igual.

En seguida divisó, a lo lejos, a un grupo de chicos que se encontraba reunido, fumando. Eran parte del mismo grupo con el que horas antes había llegado y del que se había separado para irse con María y Raúl a la “zona de baile” que había organizado al otro lado. Pero Alex no había salido de allí para pasar de respirar el humo de algún porro, para hacerlo con el del tabaco, por lo que prefirió sentarse en la acera, un tanto alejado de ellos.

Ahora no le entraba aire, sino tranquilidad y paz, mientras enfriaba su acalorado rostro.

Unos minutos después, uno de ellos se acercó y se sentó en el bordillo de la acera, junto a él.

—¡Ay joder! Pero qué cara de mierda me traes—se burló su amigo, señalando lo que Marta no se había atrevido a decir, pero que estaba seguro que había pensado, mientras sujetaba el cigarrillo entre sus dedos y exhalaba el humo que había inhalado justo antes de sentarse. —Espero que no tengas pensado echar un polvo hoy, porque con esa cara…

Él empezó a reírse tontamente, y Alex lo hizo de la misma forma.

—Qué más da, sino no se me iba a poder ni levanta.

Se miraron por un momento.

Si hubieran estado sobrios, aquello se habría quedado como una simple respuesta. Sin más intenciones. En cambio, ambos elevaron el tono de sus risas, unas que mostraban lo ebrios que estaban y lo poco que necesitaban para divertirse, y que se fue desvaneciendo tan rápido como comenzó.

Alex lo contempló aún con una sonrisa en sus labios, mientras el otro se encontraba de la misma forma. Su mueca era exagerada, y sus ojos se encontraban cerrados, absorto en la felicidad momentánea que tontamente habían creado. En seguida, soltó lentamente el humo de nuevo, y dirigió su mirada de verde intenso a su cigarrillo, dándole toquecitos con el dedo para soltar la ceniza antes de devolverlo a sus labios. No dijo nada más durante varios minutos. Le apetecía —y le encantaba— mirarlo con aquel aspecto de delincuente que no le representaba en absoluto, y dejarse transmitir aquella calma que emanaba de su forma de ser, que le hacía sentir tan cómodo incluso en momentos de largos silencios. Porque le hacía notar que no estaba solo, sin necesidad de decir una sola palabra.

Se había convertido en su mejor amigo desde el instituto, cuando lo conoció, y aquella sensación no había cambiado ni un ápice desde entonces.

Cuando se decidió a hablar, un suspiro fue lo primero que se le escapó antes de llamarlo suavemente.

—Iván.

—Qué—le contestó de la misma forma.

Pensó cuidadosamente sus palabras durante unos segundos, inseguro de si sería capaz de expresarse con claridad.

—Me preguntaba si…alguna vez has tenido… bueno, va a sonar extraño, pero, algo así como una especie de opresión en el pecho, tan fuerte y doloroso como la que sientes cuando te enfadas tanto con alguien que no puedes soportarlo, o como la que experimentas cuando sufres la pérdida de algún ser querido… —La mirada del otro se contrajo un poco, y Alex intentó terminar antes de que este pudiera decir algo al respecto—. Pero también otras emociones totalmente contrarias. Como si convivieran unas con otras, y acabaran por desbordarse en tu interior…

Alex era consciente de que su explicación había sido pésima, pero también era la única forma en la que era capaz de poner en palabras algo que solo podía sentir, tan complejo que no entendía del todo, y a lo que no había podido nunca encontrar respuesta alguna.

La mirada que había sostenido la suya mientras hablaba y que mostraba un profundo interés, se tornó risueña.

—Chamo, ¿qué tantos palos te echaste?

Aunque hacía tanto tiempo que se conocían, aun le sorprendía cómo, a pesar de su evidente acento venezolano, sus expresiones españolas y venezolanas se turnaban en cada frase a conveniencia —después de haber pasado en España toda su infancia—, y que pronunciaba con tanta naturalidad, que no le importaba lo que los demás pensaran. Y frente a esto, siempre conseguía sacarla una sonrisa. Pero hoy no. Hoy era diferente. Porque esa noche, el alcohol corría por sus venas como hacía mucho que no ocurría, llevando aquellos pesados e inquietantes sentimientos a su límite. Sentimientos que había procurado mantener encerrados bajo llave, dejándolos a un lado durante tanto tiempo.

—Estoy hablando en serio. —Cambió su tono a uno mucho más bruco. Necesitaba que entendiera la seriedad de sus palabras, incluso si, en aquella situación, no parecieran más que delirios provocados por los efectos del alcohol. Porque no había nadie en quien confiera más que en ese chico cuando se trataba de confiarle sus preocupaciones. —Hablo en serio…

—No te han dado nada para fumar…

Parecía que comenzaba a tomarlo más seriamente, porque esta vez no había sido una pregunta del todo.

—Mírame—señaló su oscura mirada—. Te aseguro, que estoy perfectamente.

Este rascó su barbilla, aún dudoso de su palabra. Y lo único que pudo hacer fue lanzar un suspiro y dejarle unos segundos para que tomara la decisión de creerle o no.

—¿Desde cuándo? — dijo al fin, y esta vez su suspiro fue de alivio.

Se tomó unos segundos antes de contestar. No porque no lo supiera, sino porque la forma en la que había preguntado parecía más el interés de alguien que le fascinaba su situación—tal vez por estar borracho— que por alguien que estaba preocupado por el mal trago que su amigo estaba pasando.

Recostó su cuerpo ligeramente hacia atrás, sobre sus propias manos, buscando con aquella nueva postura facilitar encontrar las palabras que no sabía cómo formular. Pero prefirió finalmente no entrar en detalles.

—Desde pequeño…

Existía un antes y un después que martilleaba su cabeza cada día. Un suceso que ocurrió, pero a la vez no lograba recordar, como un sueño del que crees acordarte pero que eres incapaz de explicar una vez te levantas por la mañana. No lo ves, pero sigue ahí, en algún lugar de tu mente, desesperado por salir a flote mientras algo dentro ti lo impide con todas sus fuerzas. Eso le preocupaba enormemente. Querer saber, pero inconscientemente no dejarse hacerlo por una razón por la que seguramente era mejor no ahondar. De hecho, ya lo había intentado. Él y sus padres. Había pasado durante su infancia por diversos psicólogos porque afirmaba fervientemente que algo no iba bien en su interior. Hasta que la presión de sus padres y la situación se hizo insostenible. Fingir que algo había cambiado, que todo volvía a ir como antes. Mirar a otro lado y pretender que, si no le prestaba atención, dejaría de existir.

—¿Por qué ahora? —quiso saber, mientras desviaba su mirada hacia el cielo nocturno.

La pregunta era sencilla, pero para Alex la respuesta lo era aún más.

—Porque ya no puedo más. Pensé que si lo ignoraba se iría, o que me acostumbraría a ello. Pero me miento a mí mismo cada mañana, mientras pienso seriamente en cómo gestionarlos para que no me afecten. —Su voz tembló por un instante, y se inclinó de nuevo hacia delante. Jugar suavemente con sus propios dedos parecía ser de ayuda para tranquilizarse—. Mientras volvía aquí después de tantos años, la sensación solo se ha hecho más intensa. No puedo más con ella…

—¿Y no has pensado…—comenzó a decir sin vacilar ni ninguna de sus palabras, mientras recostaba lentamente su cuerpo sobre el césped a sus espaldas—…que ya es hora de dejar de ser un puto cobarde y enfrentarte de una vez a tus temores?

Sus palabras lo estremecieron, pero fue su tono lo que caló en lo más profundo de su ser. Le echaba en cara dejarse llevar por el miedo. Lo hacía con aquello y lo hacía con todo. Irse lejos de su pueblo para alejarse de sus padres y de aquel sentimiento, mientras cubría con mentiras y excusas la angustia de enfrentarse a la verdad y a sus problemas. Y, por supuesto que lo había pensado, pero era precisamente el miedo lo que no se lo permitía, porque este era más grande que cualquier cosa, y se hacía más inmenso cuanto más alargaba el tiempo. Hasta el punto en el que encontrar la valentía que necesitaba no era nunca suficiente si la comparaba con este.

Cuando se percató, su cabeza dejó de divagar por un momento, y se giró urgentemente hacía su amigo, ya que el sonido que emitía no lo dejaba seguir pensando. Para su sorpresa, no solo se hallaba tumbado sobre el césped, sino que se encontraba sumido en un sueño profundo del que parecía imposible hacerlo despertar, mientras sus fuertes ronquidos no dejaban de hacerse notar.

—¡Hey! —escuchó gritar a alguien que se acercaba—. Tú, que crees que estás haciendo—le exigió saber en un tono amenazante. Era otro de sus amigos que había estado en el grupo de fumadores. Y eso lo hizo suspirar de alivio.

—¡Joder, Alex, eras tú! Menos mal, tío. —Parecía también totalmente aliviado, sin soltar en ningún momento el cigarrillo que estaba a punto de consumirse—. Pensé que a algún gilipollas se le había ocurrido intentar robarle mientras dormía. Perdona.

Alex no entendió la razón, pues había estado hablando con él hasta hacía un momento. Se volteó de nuevo, pero seguía roncando. Mirarlo tan plácidamente dormido le provocó un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

—No te preocupes por él, si lleva así ya una hora—le hizo saber para tranquilizarlo, pero aquello estaba muy lejos de conseguirlo—. Lo dejamos ahí durmiendo y lo vigilamos desde allí—señaló al grupo de chicos de donde venía—. Ya sabes que cuando bebe cae redondo enseguida. Tú tranquilo, que esta noche se viene a mi casa.

El hierro que le intentaba quitar al asunto se empezaba a sumar al peso de su conciencia. Y él estaba empezando a notarlo en su cara.

—¿Estás bien?

Negó seguidamente. Ahora se sentía aún peor de lo que había estado antes.

—La verdad es que creo que he tenido suficiente por esta noche—se excusó como pudo.No quería ni sabía si podría hablar sobre lo que le acaba de pasar sin parecer demente o inequívocamente más borracho de lo que pensaba que estaba.

Este solo asintió, leyéndolo en su cara.

—Pues ten cuidado, tío. Nos vemos mañana.

«Sí», afirmó para sí y con la cabeza. «Pero no pienso volver a beber más en mi vida»

A lo largo del camino, las escasas farolas se erguían por toda la calle, iluminado su regreso a casa. Eran las mismas calles que cuando aún vivía allí, las mismas que era capaz de indicar de memoria desde cualquier punto del pueblo. Tan bien, que podía incluso dibujar un mapa con todo el detalle que fuera necesario. En cambio, aquella noche era como si nunca las hubiera visto. Se movía por intuición, y divagaba por cada una preguntándose si era la correcta, mientras buscaba alguna cosa que le ayudara a reconocerlas. No lo había. Pero su intuición —y esperaba que su inconsciente también— le habían llevado finalmente a la avenida en la que se encontraba la casa de sus padres.

El silencio de la madrugada era sin duda acogedor. De esos que llenan de calma no solo las calles, sino también la mente. Que no sería lo mismo sin haber pasado por aquella multitud ensordecedora y el retumbar de los altavoces durante horas. Era totalmente diferente. Como pasar de todo a nada en un segundo, y apreciar lo maravilloso y lo mucho que necesitaba esa paz y tranquilidad que aportaba el silencio.

También calmó su corazón, y puso sus pensamientos en orden. Lo que había pasado con su amigo, que ya había quedado para él como un extraño suceso que con todas las probabilidades solo había ocurrido en su cabeza, dejó de preocuparle por el momento. Tal vez solo había necesitado de una excusa para empujarse así mismo hacia su interior. Pero si esa había sido una señal del universo para plantarse definitivamente, no había sido suficiente para él. Lo que no podía negar, era el pequeño alivio que había sembrado tan solo con decirlo en voz alta, aunque solo estuviera hablando consigo mismo como un idiota.

Cuando estuvo cerca de llegar su casa, atisbó el amplio descampado que se encontraba justo antes que esta. Se trataba de un lugar que despertaba en él gran cantidad de recuerdos. Ese descampado—y esperaba que solo el descampado— había presenciado no solo las incontrolables risas de unos niños pequeños, sino también los íntimos roces de dos adolescentes que había hecho el amor por primera vez. Su primera vez con un chico, en realidad, ya que nunca había tenido muchos problemas para pasar tiempo con las chicas que había llevado a casa, a pesar de la actitud controladora y opresiva de sus padres que solo veían a aquellas chicas como una distracción más para su brillante futuro. A los chicos, en cambio, ser considerados como una distracción era sin duda el mejor de los casos. No lo decían, y no se lo prohibían, pero Alex podía notar aquella mirada incómoda y condescendiente que le procesaban cada vez que los interrumpían a solas en su cuarto. No les había quedado más remedio que hacerlo en aquel lugar público, pero que, de noche y bien escondidos, se habían dejado llevar, lentamente y con torpeza, por el placer que había tenido que aplazar incontables veces.

Aún recordaba las ganas que tanto le había costado controlar, consumido por el fervor de las hormonas de un adolescente de dieciséis años.

Se le escapó una sonrisa satisfecha de los labios.

Cuando estuvo a punto de marcharse con aquel sentimiento agradable aún presente, y a pesar de la oscuridad que cubría el lugar, se percató de que allí, en el lugar de sus recuerdos, había una edificación en cuyas paredes habían sentido indudablemente el paso de largos años. Los muros se miraban desgastado, y los cristales de las ventanas hechos añicos. Se trataba de una pequeña casa, con un tejado que poco resguardaba del mal tiempo que aún hacía en aquellos meses. Y la puerta, aunque completa, mostraba un aspecto deteriorado como el resto del conjunto. Era evidente para Alex y para cualquiera que lo viera, que esa casa debía haber estado allí por décadas. Pero nunca lo estuvo. Porque seis años de ausencia no eran suficientes para lograr tal estado.

Unos segundos contemplando el lugar bastaron para que la luz de la entrada se encendiera, dejándose ver por debajo de la puerta. Parpadeaba con insistencia, como si lo estuviera llamando, como si quisiera que se percatara de ella y lo instara a ir.

Varias posibilidades pasaron por su cabeza, pero todas le parecían igual de absurdas.

Por los nervios que le causaba la situación, dirigió sin darse cuenta un dedo a su boca y mordió dubitativo la uña de este.

Si aquello era otra señal del universo, no le gustaba en absoluto.

—¿No tenías una forma más siniestra o turbia de hacérmelo saber? —se comunicó de tú a tú con el propio universo.

Ya no tenía dudas de lo borracho que estaba.

En realidad, aquella solo era una opción. Podía ir, o simplemente dirigirse a casa, ponerse el pijama y dormir hasta que la resaca lo despertara, poniendo a Dios por testigo y mintiendo al prometer que jamás volvería a beber. Pero el tono de su amigo llamándolo cobarde resonó en su cabeza.

—No. Ni hablar—prosiguió su camino. Acto que solo le duró unos cuantos pasos y unos segundos de reflexión—. Vale, tú ganas.

Y se encaminó por la mala hierba que había crecido en todo el lugar, sin perder la vista, porque el miedo aún hacía palpitar agitadamente su corazón. Sin embargo, una parte de él también deseaba adentrarse en aquel misterioso lugar que le susurraba tentadoramente que se acercara más.

—¿Qué puede ser lo peor que te puede pasar, Alex? —se preguntó así mismo mientras desenganchaba un trozo de tela del pantalón de la alta maleza—. ¿La gente pensará que estás flipando? Pues mira que bien.

Su diálogo lo ayudaba a no darse la vuelta en cuanto se despistara de sí mismo y salir corriendo de allí.

Temeroso pero precavido, inspeccionó el interior del lugar a través de la ventana. Pero la completa oscuridad que lo inundaba no lo dejó divisar ni la más pequeña sombra. Contempló de nuevo la puerta, comprobando que la situación en ella no había cambiado ni un poco. La luz seguía ahí, parpadeando, pero no era visible desde la ventana.

Se acercó lentamente y posó su mano sobre el pomo, y su contacto provocó que la luz dejara de tintinear para permanecer en calma, iluminando sus zapatillas.

Había llegado hasta ahí y ahora, el pánico se apoderaba de su cuerpo.

El tacto se sentía tan real, que le costaba creer que se tratara de un producto de su imaginación. Era metálico, y desprendía una frialdad que traspasaba su cálida piel.

En un instante de valor, apretó los dientes y cogió aire para finalmente girarlo y entrar por ella. Fuera lo que fuera, ya no había vuelta atrás, quería averiguarlo de una vez por todas. Pero lo que encontró tras esta cegó sus ojos. Un resplandor tan intenso que durante unos segundos apartó la mirada por necesidad, hasta tal punto que la cabeza comenzó a darle vueltas, y un fuerte y agudo ruido amonestaba sus oídos sin cesar. Este lo hizo perder el equilibrio, y lo obligó a arrodillarse en el suelo. Tan insoportable, que comenzó a buscar alivio en las yemas de sus dedos apretadas contra su sien.

En unos segundos y al igual que cuando salió del aparcamiento y se encontró en las oscuras y solitarias calles de su barrio, todo quedó en absoluto silencio. Tan solo podía escuchar su pesada respiración y los fuertes latidos de su corazón, mientras su saliva resbalaba por la comisura de sus labios próximos al suelo —al igual que sus lágrimas—, incapaz de moverse.

Poco a poco disminuyeron sus violentos jadeos y abrió los ojos. Lo que encontró entonces fue un suelo color dorado, con apariencia abrupta y brillante como un diamante, que al levantar su mirada lo dejó boquiabierto. Un largo pasillo se extendía a lo lejos, forrando a su largo y ancho de aquel precioso material.

En seguida, el descubrimiento se apoderó de él, y barrió poco a poco del mapa cualquier atisbo de los sucesos que lo habían hecho estremecerse del miedo.

De un vistazo, se dio cuenta que lo que se alzaba sobre su vista y trataba de alcanzar a tocar la superficie cristalizada eran unas manos diminutas. De hecho, eran las suyas. Y su altura, a pocos centímetros de los dos metros, había disminuido para acompañar a estas.

Los detalles, las texturas y la sensación gélida del cristal invitaron a su yo de seis años a recorrer el profundo pasadizo, como un hechizo que hipnotizaba su mente y cuerpo, y que lo hizo olvidarse de la extraña situación en la que se encontraba su cuerpo.

Al final del pasillo, se topó finalmente con un umbral sin puerta. Lo cruzó sin preámbulos, aún ensimismado, como si aquella no fuera la primera vez que lo atravesaba. Buscaba algo más en ella, en aquella gigantesca habitación a la que se abría, y que aumentaba de grosor hacia el centro. Allí, en lo más profundo de hasta donde el suelo se elevaba, vislumbró un gran fragmento que ponía fin a su paso. Y, desde su posición, distinguió algo en su interior.

La curiosidad y la impaciencia se comían por dentro aquel pequeño Alex, que corrió sin miedo por el sendero elevado y desnivelado.

Ningún pensamiento más cruzó por su mente. Ni la lógica ni la duda pronunciaron palabra alguna.

Junto a su hallazgo, sus pupilas se dilataron recorriendo aquella extraña y esbelta figura. Esta cobró forma a medida que se acercaba más a ella, a través del grueso cristal que deformaba levemente unas manos delicadas y unos dedos largos que se superponían entre sí sobre su pecho. Por encima de estas, se abría paso hacia un terso y fino cuello que conducían hacia unos carnosos y bellos labios. Sobre esta, una nariz ligeramente cóncava y sutilmente elevada en su final se erguía sobre su piel clara, que le proporcionaban un aire tierno y juvenil a todo su rostro. Sus ojos, en cambio, yacían cerrados, y transmitían una inexplicable paz que llegaba a ser contagiosa. Por un momento, pensó en cómo en cualquier momento se abrirían, y saldrían de aquel placentero y profundo sueño en el que se encontraba sumergido para mostrarle el misterio que entre ellos se escondía. No solo el color o su forma, sino todo lo que expresarían. Una mirada capaz de atraparlo—más, si era posible—, que no le permitieran despegar los suyos ni un ápice, con una intensidad, un brillo o una profundidad que completara la perfecta armonía de su rostro. Por otro lado, sus cabellos se perdían ligeramente en el fondo a través del filtro del cristal, que todavía permitían apreciar las leves ondulaciones que caían suavemente sobre su frente.

Ahora, el cristal que tanto lo había cautivado, empezaba a estorbarle.

Alzó las manos en un intento por alcanzarlo, pero su corta estatura no era suficiente para apreciar el misterioso tesoro que había encontrado. Buscó entonces a su alrededor, con la esperanza de localizar cualquier cosa que le permitiera elevarse un poco más. Pero no lo encontró, y la única opción que le quedó fue saltar desesperado en su busca.

Entonces, la presión bajo sus axilar lo alertaron de inmediato.

—Es un poco pronto para ti, ¿no crees? —le preguntó con un tono burlesco la voz grave y profunda de un hombre que se disipaba lentamente en sus oídos.

—¡No! ¡Espera! —chilló desesperado.

Cuando se percató, el llamativo escenario había cambiado, y el hermoso muchacho que dormía plácidamente se había desvanecido. No quedaba nada. Ni los techos, ni los suelos ni las paredes forradas de diamante. Todo lo que había visto desapareció y solo lo quedó la sombría y aburrida habitación de su casa en el que se había despertado.

Se sintió conmocionado y decepcionado a partes iguales. Aquel era un hermoso sueño que no se debía olvidar.