─⊱⋅🌸Conveniente asalto.⋅⊰─
Escuchó la puerta principal abrirse, el sonido de unas llaves y pasos en el suelo de su casa. Inmediatamente supo de quién se trataba.
Finalizó la comida de esa tarde, apagando la flama de la estufa y tapando de la olla. Sintió la presencia de aquel hombre detrás de ella, por lo que se quitó el delantal que tenía.
—Finalmente llegaste.— mencionó. —Justo a tiempo.
—¿Para qué?— preguntó el contrario, recargándose en el filo de la isla de la cocina. La confusión llegó a él.
—Para la comida.— lo miró, mostrándole una pequeña sonrisa.
—No tengo hambre.— suspiró. —Comí antes de venir.
Aquella sonrisa llena de cariño se desvaneció rápidamente. Se había esmerado en hacerle de comer a pesar de que no tenía ganas de cocinar. El hombre de cabellos rubios se giró y comenzó a caminar en dirección al pasillo.
—Estaré en mi despacho. Tengo mucho trabajo que hacer.
Pronto escuchó aquella puerta cerrarse para darse cuenta de que la había dejado ahí con un plato en mano.
Su corazón se contrajo una vez más, sintió la soledad y amargura de sus palabras.
Tenía dinero.
Pero eso la hacía una mujer triste.
Apretó sus labios y volvió a colocar en su lugar el plato que anteriormente iba a ser servido para Kento.
El rubio era un hombre correcto, educado y derecho más no tanto del gusto de ______, ya que a ella le gustaban otras cosas; sobre todo el divertirse en fiestas, salir con amigas y demás.
Se sentía limitada y reprimida de no poder ser o hacer lo que ella quería con libertad.
Se había quedado por noches sola.
Una fría cama que Kento no podía mantener caliente.
Lágrimas de pena cayeron de sus ojos.
Al ver que no habría vuelta atrás.
Tenía un matrimonio con él, en un principio todo era amor y colores pero poco a poco cayó en la costumbre, siendo monótono.
Sin más, decidió salir para tomar un poco de aire. Todo aquello le abrumaba mucho y sentía que no podía ser capaz de soportarlo.
Caminaba en la acera de la calle, iría a un puesto de flores para comprar nuevos adornos a su casa, debido a que Kento la mantenía con colores neutros más no algo que lo hiciese más atractivo visualmente.
Había tenido conversaciones con su esposo sobre mejorar la relación, Kento le daba la razón y siempre prometía que haría lo que estuviese a su alcance para cumplirlo; lo triste de la situación era que no sucedía. El rubio tenía una empresa que le exigía mucho tiempo.
Entró a la florería y la campana de la puerta sonó, alarmando a la chica del puesto.
—¡Buenas tardes! ¿Puedo ayudarle en algo?
—Buenas... Vengo en busca de unos adornos para la pared.— respondió.
—Con gusto. Acompáñeme, es por este pasillo.
Le mostró los diferentes tipos de diseños y para cada lugar; fuera de la casa, en muros de concreto ya sean bardas o paredes para el interior del mismo. Tomó algunos de un color que favoreciera las paredes de su casa y pagó en caja.
Claro, con el dinero de Kento.
Nunca le faltaba nada, tampoco la maltrataba; sólo sentía que su vida comenzaba a ser aburrida.
Mientras regresaba y tenía en bolsa aquellos adornos, miraba los demás puestos para ver si alguna que otra cosa le interesaba. Pasó por un callejón y sintió que alguien la tomó de su brazo para jalarla repentinamente.
La bolsa cayó al suelo ante el miedo de ver a un hombre alto que vestía unos pantalones negros y ligeramente holgados, una camiseta de tirantes grisácea de tono oscuro como también unos zapatos deportivos. Incluso su ropa interior se le podía ver ya que sus pantalones estaban un poco abajo.
—Oye...— sonrió. —¿Por qué no me das lo que traes en tus bolsillos?
Un brillo de metal llamó su atención, el hombre de cabellos rosados y tatuajes en su cuerpo había sacado una navaja. La filosa punta se posó en el abdomen de ella, sintiendo un piquete.
—Apresúrate que no tengo tu puto tiempo. No dudaré en encajártelo.— advirtió.
—N..No me hagas daño...— titubeó.
Sus ojos rojos captaban cada movimiento de la fémina; su nerviosismo, temblores de manos y el miedo en sus orbes. Sonrió al tener su teléfono en la mano.
—¿Solamente esto?— cuestionó. —¿No tenías algún billete con un número grande?
—L..Lo gasté.
El pelo rosado miró la bolsa en el suelo que contenía los adornos que cualquier mujer pudo haber comprado y rodó sus ojos. Necesitaba conseguir más dinero o asaltar a más personas para pagar una cantidad considerable a un sujeto en específico.
—Lárgate de aquí.— la empujó ligeramente. —Y llévate tus cosas.
—M..Mi celular... ¿No me lo vas a regresar?— preguntó con confusión. Realmente pensó que al haberle dicho aquello sí lo haría. El contrario rio ante la ingenuidad de la fémina.
—¿En serio lo preguntas?
______ tomó su bolsa y lo miró una última vez para después seguir su camino. Era la primera vez que le sucedía eso, por lo que no supo cómo actuar.
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Sukuna se sentó en el sofá de su pequeño y descuidado departamento. Apenas tenía un lugar donde vivir puesto que sólo la cuidaba, de no ser así viviría en la casa de otros pandilleros.
Comenzó a teclear algún código en el celular de la fémina pero muchas veces le salía error, bloqueándose por ciertos segundos. Gruñó al ver que sucedió de nuevo al equivocarse.
—Maldita sea...— aventó el celular a un costado de él, esperando del desbloqueo.
Necesitaba vender aquel aparato electrónico pero estando así no podía puesto que le darían menos dinero. Se negaba una y otra vez internamente el haber trabajado con un hombre que estaba involucrado en cosas ilícitas.
Todo por su egocentrismo.
Pensó que lo tendría bajo control.
Pero siempre habría un error.
Volvió a intentarlo y falló.
—Debí de haberle preguntado su contraseña.— hizo una mueca. —¿Qué tal es un número al azar? ¿O es su fecha de cumpleaños? Ni siquiera la conozco.
Pensó por algunos minutos y a la mente le llegó algo tan simple que incluso rio por haberse sugestionado tanto. Tecleó el número cero hasta el límite y se abrió.
—Joder... Qué predecible.
Fue al apartado de configuración para eliminar todo y venderlo sin ningún dato, pero se detuvo antes de presionar el botón.
—¿Por qué mejor no hecho un vistazo? Quizá me divierto un poco.— sonrió.
Abrió la galería de fotos y se encontró con varias de ella. Miró una por una y se acomodó en su lugar, abriendo las piernas a la par que se recargaba aún mejor en el respaldo del sofá. Encontró una posición cómoda pero también que lo hiciese imaginar cosas.
Algunas de las fotos mostraban a _______ posando en traje de baño, otras en ropa interior, de verano o de invierno, vestidos elegantes y una casi desnuda.
—Mierda.— alzó su ceja. —Eres algo atractiva.
Su polla se endureció a tal punto de palpitarle por algo de estímulo. Masajeaba por encima de la ropa y mordía su labio. Iba a comenzar a masturbarse pero un mensaje arruinó el momento. Abrió la conversación y pudo notar que era su mejor amiga.
“¿Qué te parece si vamos de fiesta el sábado por la noche?”
Estuvo leyendo un poco de los antiguos mensajes y se encontró con uno comprometedor.
“Te enviaré un taxi para que vayamos al bar. Kento no se dará cuenta.”
Mostraba la ubicación de la casa de _______ pues se la envió para que llegara aquel taxi. Adjuntó una foto de cómo iba vestida.
Un vestido negro formal pero sexy.
Al fondo se miraba su habitación y cosas de su entorno.
—Así que eres una mujer de lujos... Todavía nocturna.— llevó su mano a la barbilla para pensar un poco. A decir verdad le era conveniente a él regresarle el celular a la fémina, quizá podría conseguir algo de dinero. —Creo que te daré una pequeña visita...
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Al cabo de dos días, por la noche se presentó en aquella casa. Sus ojos rojos observaron el lujo por fuera, algo que él nunca podría tener. Una vivienda de dos pisos con buena iluminación, decoraciones costosas, plantas bien cuidadas y un auto reluciente.
Tocó la puerta con sus nudillos, metió su mano al bolsillo en espera de alguien. Se abrió dejando ver a la fémina que al poco tiempo cuando sus orbes captaron al asaltante, su corazón se aceleró.
—¿Q..Qué haces aquí?— intentó cerrar la puerta de inmediato pero Sukuna colocó su pie en la orilla para evitar aquello.
—Hey, hey... ¿A dónde tan rápido?— sonrió.
—Lárgate. Llamaré a la policía.— advirtió. Kento no estaba en casa por lo que se encontraba sola.
—Vine a devolverte esto.— le extendió el celular.
Poco a poco dejó de ejercer fuerza en la puerta y sacó su mano para tomarlo. Solamente la abrió para darle una bofetada al contrario y después cerrársela en la cara.
—¿¡Este es el agradecimiento que me das!?— exclamó con molestia. —¡Al menos dame unos billetes por eso, perra!
El silencio puro lo envolvió y supo que no tendría respuesta por parte de ella. Al menos no se daría por vencido.
Buscaría la forma de tener su recompensa.