Capítulo 1
Marco socializaba nada más los fines de semana. En días laborales, prefería estar a solas en un pequeño bar a un par de cuadras de su oficina. El lugar se abarrotaba de oficinistas entre siete y nueve de la noche, pero sus colegas preferían ir a sitios más alejados, al creer que poner un poco o un mucho de distancia de por medio les ayudaría a olvidar mejor el fastidio del trabajo. En realidad, esta era la razón, y no el servicio, de la asiduidad de Marco.
Mientras ojeaba con poco interés el periódico y bebía una cerveza inglesa, oyó timbrar el celular sobre la mesa, junto a su mano izquierda. Miró el nombre en la pantalla y no se molestó en contestar. Aun así, contó siete minutos exactos y ordenó la cerveza nacional más barata y una botana de frijoles refritos con queso y rodajas de jalapeños. Tres minutos después, sintió una fuerte palmada en la espalda, al mismo tiempo que el mesero traía la orden. Le pidió que la pusiera enfrente del hombre que se sentó a su mesa sin esperar una invitación, y Marco continuó ojeando el periódico para no tener que saludarle. La única noticia que le llamó la atención hablaba de un descubrimiento astronómico, el cual podría cambiar por completo nuestro entendimiento del universo. La leyó entera en menos de quince segundos.
—¿Por qué nunca contestas tu teléfono? —le preguntó el otro, a la par que daba un trago a pico de botella, tomaba una porción generosa de los frijoles con un totopo y masticaba con la boca abierta.
Marco bajó por un momento el periódico y sonrió con desgana, a manera de hacerle entender que siempre lo contestaba... con los demás. Por enésima vez, se preguntó qué tan ebrio estaba el día en que aceptó darle su número, si es que en verdad fue él quien se lo dio. Bien decía su padre que el alcohol no dejaba nada bueno.
—¿Tienes planes para hoy?
Marco sintió un escalofrío al imaginarse tener que pasar el resto de la noche con ese fulano a quien no soportaba. Ya se preparaba para decirle que tendría visitas, pero por suerte el teléfono del otro sonó en ese momento. Por suerte porque le dio tiempo a Marco de recordar que no debía usar esa excusa con él. La vez en que lo hizo, el fulano se le pegó de todas maneras y Marco tuvo que improvisar una fiesta en su apartamento.
La llamada no fue lo bastante larga para que Marco pensara un pretexto. Aunque sí le extrañó que él dijera “Aquí las esperamos”. No le cabía en la cabeza que una persona tan desagradable pudiera tener amistades, mucho menos femeninas.
—Más te vale que no tengas nada que hacer, porque te tengo una sorpresita —le dijo el fulano, con la boca llena de frijoles y sin tapársela. Había en su voz un dejo de travesura, y esto fue suficiente para que Marco decidiera darle el cortón de plano, sin mayores explicaciones.
—Me vas a matar, pero fíjate que sí. Nada más me acabo esta cerveza y me voy.
—No mientas. Seguro te vas a pasar toda la noche viendo tus caricaturas de Pokémon.
Lo dijo con el mismo tono burlón que todos los demás adultos cuando se enteraban de la afición de Marco por las caricaturas y los cómics. Como Marco sabía que era inútil defender sus gustos con quien ya lo había calificado de infantiloide, no se molestó en tratar de explicarle cuánto esfuerzo y tiempo le tomó hallar una copia pirata con el audio original en japonés y subtítulos con una ortografía decente.
Marco se limitó a darle un trago grande a su tarro, cuando el teléfono del otro volvió a sonar y, tras contestarlo, se levantó para dar un par de brincos y hacerle señas a alguien en la puerta.
Al mirar sobre su hombro derecho, Marco vio acercarse a dos mujeres. La que iba al frente era una morena muy frondosa, con un vestido negro entallado que acentuaba sus mejores formas sin ocultar las peores. Al saludar al fulano con efusividad, casi le puso una de sus mejores formas en la cara a Marco. Este desvió la mirada por un poco de respeto y otro tanto de molestia, y se encontró con la segunda mujer. Era una rubia muy delgada, con un vestido azul corto que resaltaba su casi total ausencia de carnes. Aunque tenía la cabeza gacha por evidente cohibición, le regaló a Marco una sonrisa pequeña, la cual, si bien tímida, no estaba desprovista de calidez. Se sentó a la izquierda de él, después de que nadie hizo el menor intento de presentarla.
—Entonces, ¿te quedas o no? —le dijo el otro a Marco, sin disimular un guiño, y ordenando de inmediato una ronda para todos.
Marco se tragó un suspiro de resignación y compartió con la rubia un par de sonrisas forzadas, las cuales evidenciaban su incomodidad mutua. No le cabía duda de que la arrastraron allí sin consultarla.
La morena y su conocido se adueñaron de la plática de inmediato, mezclando cosas banales con flagrantes insinuaciones sexuales. Marco solo hablaba cuando le hacían una pregunta; más bien, se encogía de hombros y respondía con frases muy cortas. Se la pasaba mirando el techo, para decidir si se sentía disgustado o aburrido. La rubia prefería clavar la mirada en su margarita de limón. Marco pensó que solo tenía dos opciones: ponerse a recordar las ochocientas noventa y seis especies de Pokémon por su orden de evolución, o hacerle plática a la rubia.
—¿Te puedo preguntar en qué trabajas?
La tomó tan de sorpresa, que casi derramó su bebida. Por alguna razón, a Marco esto le pareció encantador.
—Es un trabajo sencillo en la misma oficina que ellos. No es nada del otro mundo. ¿Y tú?
—Tampoco es un trabajo interesante.
Ella asintió con la cabeza y volvió a clavar la mirada en su margarita. Marco hizo lo mismo, aceptando que hasta allí había llegado la conversación. Ya había tomado la decisión de marcharse, cuando vio a la rubia quitarse el cabello de la oreja y revelar un arete plateado en forma de mariposa, con cuatro piedrecillas rojas que simulaban las alas.
—Tu arete es bonito. Me gusta —le dijo Marco.
Ella se volvió a mirarlo con extrañeza y él repitió el cumplido, añadiendo que le sentaba bien. La rubia se ruborizó, y sus ojos no supieron decidir si desviarse o posarse en él al agradecerle sus palabras. Volvió a agachar la cabeza, pero ahora tenía una sonrisa un poco más amplia. Marco supo de inmediato que había abierto correctamente una puerta, aunque no tenia idea de cómo mantenerla así.
Justo en ese momento, a los otros dos se les ocurrió hacerles burla, de una manera tan poco agradable, que la rubia clavó el mentón en el pecho de vergüenza. Por un instante, Marco sintió ganas de decirles a ambos lo que pensaba de ellos —sobre todo a él, de preferencia con un puñetazo—, pero se limitó a vaciar la cerveza de tres tragos y se levantó. Sin mirar a la morena y su conocido, se disculpó con la rubia por la grosería ajena y se ofreció a pagar su margarita.
Pasó al baño para evitar que el haberse bebido la cerveza tan rápido pudiera hacerle una mala jugada en el trayecto a su hogar. No se molestó en mirar hacia la mesa, aun cuando escuchó claramente al fulano gritar su nombre.
Al salir, le sorprendió ver a la rubia a pocos pasos de la puerta. Por la forma como ella miraba su celular y la calle, debía estar esperando un Uber. Su prudencia le dictaba seguir su camino sin hacerse notar, pero algo le hizo caminar hacia ella y llamar su atención. La rubia dio un brinco y un gritito —también esto le pareció encantador a él— y tomó la correa de su bolso con ambas manos, de manera que el brazo derecho parecía una especie de escudo. Aun así, le regaló una sonrisa tan cálida como aquella cuando le chuleó el arete.
—No sé tú, pero creo que debemos buscarnos nuevas amistades —dijo él.
La carcajada de ella le hizo saber que estaba de acuerdo. Y no se había equivocado: esperaba un Uber, y aceptó de buena gana su compañía en lo que llegaba el carro.
—¿Vienes seguido a este lugar? —preguntó ella, meciéndose en las puntas y talones, como lo haría una niña al esperar su turno en la fila de los columpios. Todavía tenía el bolso aferrado con ambas manos.
—Yo no diría seguido: una o dos veces por semana. —No supo por qué le había dado pena confesar que iba allí diario. Tal vez no quiso dar pie a que ella lo pensara un alcohólico, aun cuando él no se consideraba como tal—. Mi oficina está a dos cuadras para allá, y este bar me queda de camino al metro.
Ella consultó su celular. Él no usaba esa aplicación, y no sabía si estaba viendo la hora o revisaba cuánto tiempo más se demoraría el auto, según le habían dicho que se podía hacer.
—Si ves que está tardando demasiado, te puedo acompañar al metro. No está lejos.
—No, gracias. Dice que ya está por llegar.
Lo hizo menos de cinco minutos después. Él le ayudó a subirse y se despidieron con amplias sonrisas. De nuevo sin saber el motivo, él la siguió con la mirada hasta que el coche se perdió de vista. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y anduvo hacia la estación. A medio camino, se detuvo y miró hacia atrás, en la misma dirección que se marchó ella. Acababa de percatarse de que nadie le dijo su nombre. Encogió los hombros y pensó que era mejor así.
La rubia se volvió a mirar una sola vez, cuando él todavía podía verse a la distancia. No había tenido tiempo de aprenderse sus rasgos, y solo sabía que esa figura cada vez más diminuta era la de él porque no había alguien más en la calle. Se preguntó si algún día lo volvería a ver, aunque por la forma en que se dieron las cosas en el bar, esto era muy improbable. Si bien le gustó cómo se disculpó con ella aun cuando no fue él quien estuvo en falta, a juzgar por su amigo, debía ser un patán como todos los demás, sin importar que en la calle le dio la impresión opuesta. Pero tampoco podía negarse que algo en su trato, mientras la acompañaba, cuando la ayudó a subir al auto, la hizo olvidar por un instante la incomodidad de minutos antes.
Se apeó en la puerta de un bar diferente. Antes de que alcanzara las mesas, una mujer, quince o veinte años mayor que la rubia, casi corrió hacia ella con los brazos abiertos, llamándola “¡Mi güerita chula!” La abrazó con tal ternura, que la rubia sonrió y cerró los ojos, como si, en vez de una muestra de cariño, fuera una de protección. La mujer estaba ataviada al más puro estilo de la pintora Frida Kahlo: un vestido negro de vivos rojos y amarillos y el cabello trenzado a manera de corona con un pequeño adorno de flores —aunque no se había pintado la uniceja característica—, y le ordenó a un mesero que llevara un mojito de mezcal para la rubia y un mezcal derecho para ella.
Se sentaron en una mesa que siempre estaba reservada para la rubia. Aun cuando estaba prohibido fumar en el lugar, la mujer que era el vivo retrato de la Kahlo encendió un puro. Nadie se atrevió a pedirle que lo apagara, para ahorrarse una gritoniza plagada de palabrotas y que nadie iba a decirle qué podía hacer o no en su propio negocio.
—¿Qué me cuentas, bonita?
—No sé —dijo la rubia, mientras se concentraba en menear su bebida.
A la Frida Rediviva le disgustó ver esta actitud. Tenía los suficientes años de conocerla para saber lo que significaba. Se preguntó si debía hacerla confesar, para decirle de una vez por todas que no volviera a meterse en problemas de amores, o si era mejor fingir ignorancia. En parte por el instinto de protección que le inspiraba la rubia, en parte por su tendencia personal al chisme, le soltó a bocajarro:
—¿Lo acabas de conocer?
—¿Conocer a quién?
—¡Cómo voy a saber cómo se llama! El que te gustó.
La rubia le platicó todo lo sucedido hasta que tomó el Uber. La Frida Rediviva la escuchó sin interrumpirla, aunque en cierto momento se sobó los nudillos del puño derecho, claro indicio de cuánto le gustaría tener enfrente a los dos groseros.
—¿Y cómo se llama el chavo?
—No sé, no me lo dijeron. No recuerdo que él me lo haya dicho. Y no está chavo; se ve de mi edad.
—Mejor que no sepas cómo se llama.
—¿Por qué lo dices?
—¿Te acuerdas cómo se ve?
—No, la verdad no. Sí lo reconocería si lo volviera a ver; pero ahorita, así que pueda decirte cómo es, pues, no.
—Por eso lo dije, chula. Precisamente por eso. —Le hizo un guiño cariñoso—. Aunque, dime una cosa, ¿estaba guapo el chavo?
La rubia sonrió, meneó la mano en semicírculos cortos, y dijo “Dos tres”. Las dos rieron de muy buena gana.
—¿Te puedo pedir un favor, güerita? No lo busques.