Capítulo uno. El reencuentro.
MARÍA.
—¡Que te he dicho que no Vanesa! —grité exasperada.
—Si es solo una reunión. —rebatió insistente.
—Ya tengo planes. —mentí. Sinceramente no me apetecía ir a un estúpido reencuentro de viejos estudiantes. Prefería quedarme en casa comiendo palomitas, helado de chocolate y viendo una película romántica. O de zombies. No estaba segura.
—¿Qué planes? —interrogó curiosa.
—Pues planes. —dije encogiéndome de hombros. No podía decirle a Vanesa exactamente cuáles eran mis ideas de verano perfecto, porque aparte de llamarme aburrida, iría en busca de la policía para que me arrestasen y me obligasen a ir.
—¡Estás de vacaciones! —gritó irritada. ¿Por qué insistía tanto en que fuese a ese estúpido evento? Estaba cansada de que me arrastrase a cualquier cosa que organizase. Si ella tenía una insana obsesión por organizar celebraciones no era mi culpa.
—Por eso mismo. —anuncié de manera cortante y fría. Ella estaría cabreada, pero podría apostar mi grandioso pelo a que yo le ganaba.
—¿Me puedes decir por qué no quieres ir? —cuestionó con un suspiro lleno de cansancio.
—No me apetece, además, ¿a ti que más te da? Es tu celebración, la que debes estar presente eres tú. —espeté entrecerrando mis ojos.
—Quiero que vayas. —exigió.
—¿Esto es por Marcos? —curioseé. Vanesa comenzó a ponerse roja como un tomate y a mirar a todos lados. Estaba claro quién era el responsable de todo este caos. —¡Es por Marcos! —Grité con una sonrisa burlona mientras que la señalaba.
—Solo quiero hablar con él. Hace mucho tiempo que no sé nada de él ni de su vida y quiero ver qué tal le va. —contestó mientras que jugueteaba con sus dedos llena de nerviosismo.
—Y acostarte con él ¿no? O al menos intentar conquistarlo de nuevo. —comenté confirmando lo evidente.
—¡No! Seguramente esté casado. —anunció poniéndose aún más colorada (si eso fuera posible).
—¡Que va a estar casado! —exclamé. A veces pensaba que mi amiga se ingería sustancias ilegales. —Tiene veinte años Vanesa, es demasiado joven para meterse en un compromiso.—además, debía admitir que le había cotilleado las redes sociales: no estaba casado. Pero sería una sorpresa que descubriría mi amiga por sí sola.
—Eso no lo sabes. Algunas personas se casan jóvenes. —explicó mientras que tomaba asiento a mi lado. —Mis padres me tuvieron a mí con esta edad.
—Seguro que también tiene cinco hijos. —manifesté con ironía. Mi amiga rodó los ojos e hizo caso omiso a mi comentario.
—No nos desviemos del tema esencial. ¿Vas a venir o no? —Curioseó con un ápice de esperanza en su voz.
—Está bien. —suspiré. Probablemente me arrepentiría de mi decisión más adelante, pero la amistad es la amistad. —Solamente porque se trata de ti, dejaré mis grandes planes e iré contigo. —añadí señalándola. —Sé que vas a necesitar una celestina. Tu forma de ligar da asco. —Ella hizo un mohín con su boca.
—Mi forma de ligar es la mejor. —dijo mientras que me daba un fuerte abrazo.
Fuerte.
Demasiado fuerte.
¡Iba a quedarme sin oxígeno!
—Te quiero, te quiero, te quiero. —masculló dándome besos por toda la cara.
—Si después de esto no hacéis cosas indecentes, te quemaré viva y te tiraré al mar. —advertí mientras que me separaba de ella de un empujón.
Subí a mi cuarto y empecé a buscar en el armario. Iba a matar a Vanesa por no avisarme con tiempo. Puede que al conocerme tanto, sabía que en el último momento era más fácil convencerme, pero ahora no tengo nada que ponerme y la odio. Pero todo sea por ella y Marcos. Vanesa ha estado colada de él desde... ¿Siempre? Él era su antiguo amor y estuvieron saliendo tres años, luego rompieron y dejaron de hablar, pero parece ser que han vuelto a hacerlo. La verdad es que Vanesa nunca ha sido capaz de olvidarse de él y en su forma desesperada de verle, ha decidido montar una reunión como excusa.
Luego decía que no era cutre ligando...
Pero ahí estaba yo. Frente al espejo. Después de estar buscado durante media hora. Soy María y tengo veinte años. Alta, morena, con ojos verdes y de tez blanca. Había optado por ponerme un vestido ajustado color vino de sisa, que me llegaba más o menos a diez dedos por encima de la rodilla. Unos tacones negros y un abrigo del mismo color. Cogí mi cartera que pegaba con éstos y me maquillé. Me puse algo de maquillaje, raya negra y rimel para mis ojos y algo de sombra. Mis labios decidí pintármelos a juego con el vestido y mi pelo liso caía a la altura de mis pechos.
—¡Qué guapa! —exclamó mi amiga entrando en mi habitación sorprendiéndome y haciendo que diese un pequeño salto debido al susto. No estaba segura de si su función de hoy fuese matarme realmente. Primero con asfixia y ahora con un ataque al corazón.
—Tú también estás genial. —contesté dándole una sonrisa cálida.
Vanesa era muy guapa y hoy estaba más de lo normal. Llevaba un vestido azul eléctrico ajustado y unos zapatos negros con un bolso a juego. Su pelo rizado, al natural y un color rojo pasión sobre sus labios y algo de sombra.
—Y ya que compartimos apartamento, ¿podrías llamar a la puerta antes de entrar? —propuse mientras que me daba los últimos retoques. Las ganas de ir era inexistentes, pero eso no significaba que tuviese que ir como un vagabundo.
—Lo haré cuando esté encerrada y con un chico dentro. A solas. Los dos. —mencionó con una sonrisa pícara. —Mientras tanto no. —añadió y me dediqué a fulminarla con la mirada. Estúpida amiga. —Ahora vámonos o llegaremos tarde y eso de que la anfitriona llegue tarde queda muy feo. —anunció mientras que salía de la habitación moviendo su cuerpo.
Hoy iba a ser una noche larga.
Iba sumida en mis pensamientos. ¿Por qué Vanesa siempre conseguía meterme en los líos de su vida? Era mi amiga y la quería, pero a veces pensaba que abusaba de ese cariño para confundirme y conseguir que yo acabase en el mismo saco que ella. Los problemas que tuviese y lo que quisiese conseguir, tenía que aprender a hacerlo sola sin incluirme a mí en ellos.
Ni si quiera me percaté que habíamos llegado hasta que escuché el motor del coche silenciado. El edificio era enorme, blanco y sofisticado. Algo que no nos pegaba nada ni a mí ni a mi amiga. Lo que me hizo replantearme seriamente por qué razón había accedido a venir.
Una vez allí, entré mientras Vanesa se quedó fuera hablando por teléfono. Mis ojos quedaron asombrados por lo que vieron. El restaurante era muy elegante. Sus paredes eran del mismo color que mi vestido. Las mesas con un mantel blanco y unas flores en el medio de éstas combinaban con las cortinas finas, que adornaban los grandes ventanales. Era increíble, pero hubiese preferido un bar, es decir, ¡es una reunión de antiguos alumnos, no de negocios! Demasiado exagerado y agobiante para mi gusto. Cuando Vanesa entró, nos dirigimos a nuestra mesa y esperamos a que los demás llegasen.
Estábamos casi todos y después de saludarnos, hablábamos animadamente recordando viejos tiempos y de temas banales. Al mirar las sillas y ver que solo faltaba una persona, me puse a pensar quién podría ser. Es decir, yo no me acordaba de más gente, juraría que todos mis antiguos compañeros estaban alrededor mío. Tan ensimismada en mis pensamientos estaba que ni si quiera noté que había alguien detrás de mí y un líquido calló por mis hombros, haciendo que saliese de mi ensoñación y provocando un gran y gigante enfado.
—¡¿Qué se supone que estás haciendo?! —exclamé mientras me levantaba furiosa de la silla y miraba mi vestido manchado de un líquido rojo. —¡¿No puedes tener más cuidado o qué?! —grité mientras que todas las personas curiosas del recinto se giraban a ver la escena. Incluso algunos camareros habían parado el trayecto hacia la mesa donde llevaban la comida, expectantes por la situación.
—Lo siento mucho. —se disculpó un chico con ojos azules y pelo moreno como el carbón. Era alto y con buena forma física. Podía notar pequeñas pecas que resaltaban su color de piel bronceado y sus rizadas y largas pestañas. Probablemente si no fuera por el mal humor que tenía, incluso me hubiese parecido atractivo y hubiese intentado tontear con él, pero la furia irradiaba por cada poro de mi piel y eso era mayor a mis sentimiento de atracción hacia su persona.
—¡Tú eres idiota! —dije gritando. La verdad es que ese chico me sonaba de algo, pero le resté importancia. Ahora mismo mis instintos solo me decían que le clavase un tenedor en el ojo.
—Ya te he dicho que lo siento, no te lo voy a repetir otra vez.—una sonrisa juguetona asomó en sus labios, dejando a relucir sus blancos y perfectos dientes.
¿Encima iba a venir con aires de superioridad? ¡¿Pero qué se ha creído?! ¡Él había sido el que me había echado una copa por encima arruinando mi vestido! ¡¿Cómo se atrevía a tomarse todo esto a broma?!
Pues no. Conmigo no. No iba a cautivarme con esa sonrisa sexy y esos ojos azules y ese pelo que...
¡Para! Es un estúpido que me ha tirado una copa encima. Conmigo no se mete nadie y sale ileso para contarlo.
—¿Perdona? —cuestioné achicando mis ojos hacia él. —¡Mira como me has puesto! —hice un mohín con mi boca mientras que señalaba frenéticamente me vestido.
—Permíteme decirte que así estás mucho más guapa. Deberías incluso agradecérmelo. —contestó guiñándome un ojo.
—Tienes razón. Debería agradecerte que hayas sido tan caballeroso de ''mejorarme''. —comenté con ironía.
—He hecho lo que he podido, aunque no es suficiente.
—Tanto que sabes sobre mejorar la apariencia de las personas, ¿no te has replanteado ir a mejorar tu apariencia? Pero tanto la externa como la interna.
—Créeme, soy matemáticamente perfecto. —este chico necesitaba urgentemente unas clases para bajar su egocentrismo y aires de superioridad.
O un buen guantazo.
—No merece la pena seguir desperdiciando mi tiempo contigo. —mascullé volviéndome a sentar mientras que me limpiaba el vestido.
Personas que tienen el mismo pensamiento que él no merece la pena ni si quiera respirar el mismo oxígeno. Son personas tan podridas por dentro que no tienen arreglo de ninguna manera.
—Chicos, parece que el amor sigue en el aire. —intervino Marcos, que estaba sentado al lado de mi amiga y aguantando las carcajadas junto con los demás mientras que nos miraban con atención.
—¿Qué? —pregunté confusa. ¿A qué venía aquello?
—¿No os acordáis? —preguntó Marcos sonriente. El Sr. Idiota y yo nos miramos, achicando los ojos y negando furtivamente con la cabeza. —¿Seguro? Haced memoria. —animó el chico.
—Yo a esta niña infantil y malcriada no la conozco de nada. —comentó el desconocido mirándome con asco.
¿Yo era la infantil y malcriada? ¿Alguien me da lápiz y papel para comenzar a poner todo lo malo que hay en él? Que me haya tirado una bebida por encima es de lo que menos tiene que preocuparse.
—Me parece a mí que os conocéis más de lo que creéis.—dijo Marcos con una sonrisa daleada, mientras Vanesa tenía una sonrisa pícara y los demás nos miraban con diversión. Nosotros sin embargo, estábamos completamente desconcertados. —María, él es Javier. —sonrió divertido.
Yo miré a Javier sorprendida. No puede ser. ¿Él es...? ¿Él? No. No. No. No podía ser.
Mis ojos casi se salían de su sitio y mi boca llegaba al suelo. Pestañeé aturrullada y agobiada mientras que lo miraba analíticamente. Aquello era imposible, debía ser una broma de mal gusto. ¿Él era Javier? ¿El mismo con el que estuve? ¿El mismo chico del cual me enamoré años atrás?
—¡¿Qué?! —Gritamos a la vez después de unos minutos en silencio, solamente mirándonos con estupefacción y sin ser capaz de articular palabra. —Imposible. —farfullamos al unísono.
Estúpido encuentro de viejos alumnos.