Capítulo 1
Cuando pensé que la vida y yo, por fin, nos habíamos reconciliado, esta me propinó el golpe más violento y doloroso que jamás sentí y justo donde más dolía, en mi pequeña Leticia. No es tiempo de llantos ni lamentaciones, debo ser fuerte para afrontar lo que se avecina. Por mi hija soy capaz de todo y más, haré lo que tenga que hacer, aunque eso implique olvidarme de mi orgullo y perder mi dignidad.
—¿Cómo diablos puedes ser tan indolente? Aunque nunca hayas querido reconocerla. ¡Se trata de tu hija! ¿Cómo puedes ir por el mundo con tu cara tan lavada, sabiendo que ella puede morir?
Y aquí estaba yo, rogándole a mi ex.
Sí, a ese mismo.
Al que me engañó, humilló y, finalmente, me echó de su vida como si de un juguete viejo e inservible se tratara. Obvio, no era algo que deseara hacer, pero la desesperación me obligó a buscarlo, justo a él. A Tom, el desvergonzado e irresponsable «padre biológico» de mi hija de 3 años de edad.
Mientras le reclamaba, y por más que lo pensaba, no podía entenderlo. Mi pequeña Leti sufría y yo agonizaba junto a ella, mucho más al sentir que él no tenía intención de hacer nada para evitarlo.
«¿Cómo alguien podía ser tan cruel?».
—¡Soy una perfecta idiota! No entiendo cómo pude creer que me ayudarías. Tú, que me abandonaste, apenas te confesé que estaba embarazada. ¿Por qué demonios llegué a suponer que ahora sería diferente? —negué y reí sarcástica. Consumiéndome en la más intensa amargura, porque lo único que quería era llorar sin parar, llorar a mares y sacar hasta la última gota de decepción, dolor y toda la angustia que tenía acumulada en mi interior. Era eso o golpear al estúpido hombre parado frente a mí, hasta el cansancio. Sentía que en cualquier momento perdería la cordura y me convertiría en una criminal.
—Alice, no me estoy negando. Entiéndeme, por favor, estoy confundido. Primero me dices que estás embarazada, después, que te equivocaste conmigo y ahora, tras varios años, regresas para decirme que tengo una hija y que… ¡Diablos! ¿Se está muriendo?
—¿Qué te entienda? ¡Yo confiaba en ti! ¡Maldición! Sabes muy bien por qué me alejé, no te hagas la víctima, Tom. Y mi hija, ¡no se va a morir! No mientras me tenga a mí.
Sintiéndome mucho más decepcionada, hasta hoy no creía que eso fuera posible, comencé a caminar a la salida, queriendo alejarme pronto para dejar de escuchar esa horrible voz.
—Alice, amor. He tenido malas inversiones, bien sabes cómo son los negocios. De la nada, regresas hablándome de tratamientos y costos alucinantes, al menos dame tiempo para asimilar todo esto.
—¡Tiempo es justo lo que no tiene mi Leti! No me llames amor y olvida lo que te dije —respondí mientras cerraba la puerta y salí de la oficina. Tratando de mantenerme fuerte y recuperar un poco de mi casi extinguida dignidad, ya era humillante tener que ir a rogarle por ayuda, pero, aunque lo intenté con todas mis fuerzas, no pude impedir que mis traicioneras lágrimas aparecieran y rodaran por mis mejillas sin parar.
De nuevo, Tom me decepcionaba y me dejaba sola.
La verdad, todavía no sé por qué demonios esperaba que fuera diferente esta vez. No estuvo durante mi embarazo, ni durante el nacimiento de Leti, ni mucho menos durante sus primeros años, y, aún hoy, en uno de los momentos más difíciles y angustiantes de toda mi vida, él sigue ausente.
Hace algunas semanas, Leti comenzó con una tos persistente, la llevamos al médico y le recetaron varios medicamentos, pero a pesar de cumplir el tratamiento al pie de la letra, la tos no desapareció por completo, aunque sí se redujo su intensidad. Volvimos a la consulta, le prescribieron un segundo tratamiento y creímos que ese malestar ya era cosa superada.
Unos días después, mi hermana Alana y yo llevamos a mi hija de visita a un parque de diversiones con motivo de una celebración especial, pero, de pronto, mi bebé comenzó a sangrar por la nariz. Pensamos que se había golpeado contra algo, lo que era muy improbable, ya que no la descuidamos en ningún momento. O quizás, causado por exponerse al sol radiante que nos abrazaba aquella mañana, pero se fueron sumando otros síntomas como fiebre y moretones en su piel, estos últimos sin causa aparente.
Conforme pasó el tiempo, lo que en un inicio definieron como un virus o una infección, atacó la salud de mi hija, hasta el punto de que poco a poco toda su alegría, sus travesuras y sus risas se fueron apagando, volviéndola débil, irritable, sin apetito, sin ánimos de nada y lloraba sin cesar. Mi sexto sentido, mi intuición de madre, activaba todas las señales de alerta en la medida que aparecía cada nuevo síntoma. La angustia se apoderó de mí, sentí morir cuando, después de tanta incertidumbre e infinidad de revisiones, el médico dijo:
—El recuento de glóbulos blancos de su hija presenta un nivel peligrosamente elevado.
Mis ojos se nublaron, mi corazón comenzó a palpitar con rapidez y creo que hasta olvidé cómo respirar. Esas tres palabras: «nivel peligrosamente elevado» se repitieron en mis oídos infinidad de veces, tantas, que no escuché el resto de sus palabras, sino hasta que dio su diagnóstico final…
—Leucemia.
Mis lágrimas hicieron aparición, sentí mi garganta tan seca y apretada que, aunque lo intenté, no pude pronunciar ni media palabra, solo un sollozo casi inaudible salió de ella, como si mi alma y mis cuerdas vocales se hubiesen desgarrado en ese momento. Las manos de mi hermana apretaron fuerte las mías, sin percatarme desde cuándo nos habíamos aferrado de esa manera, miré sus ojos y vi sus lágrimas caer, ella también estaba muy afectada, Alana sufría al igual que yo.
Fue entonces cuando caí en cuenta de que todo era más difícil y complicado de lo que pensé en un principio. Ya no se trataba de administrarle un simple jarabe para la tos, mi Leticia había enfermado de gravedad y requería de costosos exámenes y tratamientos, su vida dependía de ellos.
Ha pasado un mes desde aquel terrible diagnóstico. Un largo mes en el cual mi princesa estuvo ingresada en una clínica infantil, recibiendo quimioterapia a diario como parte de su tratamiento de inducción. Todo ha sido muy difícil, los síntomas no cesan, mi Leti sigue presentando debilidad, dolor y náuseas producto de las mismas terapias y no solo de la enfermedad.
Fue angustiante ver cómo desaparecían sus hermosos rizos dorados. Sí, lo sé, solo es cabello y, cuando superemos toda esta pesadilla, ella lo recuperará, pero… ¡Demonios! Eso no evita que me sienta triste y desconsolada.
Leti aún es muy pequeña para entender de cambios y riesgos. Al mirarse en el espejo, sonríe al ver su cabecita rapada. Le parece divertido jugar con sus cintillos de lazos y sombreros junto a otras niñas que están atravesando por la misma situación que ella. Esto es, por mucho, lo más difícil que he tenido que pasar en mi vida, y ni decir de mi preciosa hija, quien, con tan solo tres años de edad, se ha comportado como toda una heroína, estoy tan orgullosa de su valentía y fortaleza.
Cuento con el invaluable apoyo de mi hermana, quien hizo un paréntesis en sus estudios para dedicarse, con amor y esmero, a cuidar de mi niña mientras yo me encargo de trabajar y conseguir el dinero que necesitamos. Ella me ha ayudado tanto que me siento culpable de acaparar su tiempo y su juventud.
Alana y yo hemos vivido juntas desde que nuestros padres murieron. Primero, perdimos a papá en un accidente en su trabajo y luego, nuestra hermosa madre partió a su lado, quedándome al cuidado de mi hermana, quien era una chiquilla de apenas once años. Ocultándonos de los servicios sociales para que no nos separaran, siendo que aún me faltaban algunos meses para cumplir mi mayoría de edad y poder hacerme cargo de mi hermanita legalmente.
A pesar de tantas situaciones, hemos salido adelante como nuestros padres lo hubiesen querido, continuamos estudiando e, inclusive, obtuve un título universitario. Por eso me duele que mi hermana detenga su educación para cuidar de mi hija, pero en realidad no tengo otra opción.
Llevo trabajando en una oficina contable varios años, desde que me gradué para ser más exacta, y aunque las oportunidades de ascender a un puesto de titular y un mejor salario son muy escasas, no me queda más remedio que continuar. Hace poco comencé en un segundo empleo de medio tiempo, por lo que debo salir corriendo de uno para llegar puntual al otro, pero ni así logro cubrir los gastos médicos y los propios del hogar, no es suficiente. Debido a que no contamos con un seguro de salud, hemos tenido que pagar por todos los tratamientos de mi pequeña con el dinero ahorrado. Incluso tuvimos que vender algunos objetos personales y parte de los muebles que nuestros padres nos heredaron a Alana y a mí.
La situación se está complicando cada vez más, por eso decidí pisotear mi orgullo e ignorar mi amor propio, porque el amor de madre, el que siento por mi hija, es infinitamente más grande, más intenso. Por eso fui a visitar a Tom, y ahora estoy tan arrepentida de haberme dejado llevar por la desesperación.
Cuando lo conocí, todo era muy distinto. Siempre se mostró como una persona amorosa, responsable y honesta. Creí en él, fui una tonta que se enamoró de un patán.
«¡A veces puedo ser tan estúpida!».
En aquel momento, luchaba por superar la pérdida de mis padres y Tom fue ese hombro, ese pañuelo de lágrimas, poco a poco comencé a verlo como el hombre con el que formaría mi propia familia. Fui un libro abierto para él, quien siempre supo de mis sueños, de mis sentimientos, de mis miedos y por eso me llenó de tanta rabia y decepción conocer su verdadera cara.
Ninguna mujer en su sano juicio habría ido a pedirle ayuda al degenerado que la engañó, teniendo una doble vida. La abandonó al saberla embarazada y luego, simplemente, se hizo el desentendido, eludiendo toda la responsabilidad. Pero todo eso forma parte de mi pasado, un pasado muerto y sepultado. Si algo mi madre me enseñó fue a «buscarle el lado positivo hasta a la bomba atómica», a ser responsable con mis actos y convertirme en la mujer fuerte que soy ahora.
Desde que mi hija nació, se convirtió en mi mundo, vivo por ella, para ella y tengo muy claro que lucharé hasta el final. Por mi pequeña soy capaz de todo. De todo y un poco más.
«Mi niña, juntas superaremos este doloroso momento. Ya lo verás. Tan cierto como que me llamo Alice Rouses, tú volverás a sanar».