El Demonio que Deseo

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Summary

ALEJARME DE ÉL FUE FÁCIL... OLVIDARLO, IMPOSIBLE. Marina logró escapar de Egan Nikolaou, pero su cuerpo aún arde con el recuerdo de sus manos. Ahora, escondida bajo una identidad falsa, descubre la verdad más cruel: extraña al demonio que la quebró. Egan no perdona traiciones. Cuando otros quieren dañarla, la traerá devuelta a su lado, sabiendo que ella es más peligrosa y deseable que nunca—, pero aquí solo una regla importa: "NADIE JUEGA CONMIGO Y SOBREVIVE". ADVERTENCIA: Este libro contiene: -Un juego de venganza y lujuria donde el odio y el placer se confunden. -Un secreto que destruirá todo lo que Egan cree saber. Escenas +18 donde la sumisión es una trampa... y la rendición, una victoria. ¿Hasta dónde llegarías por alguien que ya te rompió el alma una vez?"💥 —Tranquila, es una alucinación, no es real—repito cubriendo mis ojos. Quito mis manos y ahora la figura se inclina hacia delante. —Los demonios son reales pajarito. Un golpe eléctrico me recorre por completo al oír su voz. «Es él, es él. Realmente es él» —Egan…—susurro con asombro. Registrado propiedad intelectual de Chile N° inscripción 2023-A-12143

Status
Ongoing
Chapters
55
Rating
4.9 19 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

Perspectiva de Marina

Canción: Pero me acuerdo de ti, Cristina Aguilera.


Han pasado 4 meses desde que obtuve mi libertad, 4 meses que en realidad me han parecido 4 largos años. Todos los días me despierto empapada en sudor y gritando, tengo pesadillas constantemente y sufro de ataques de pánico, incluso a plena luz del día.

Se supone que soy libre, pero no me siento así. El demonio me atormenta cada segundo de cada día. Él incrustó sus garras en mí, de una forma aterradoramente profunda y ahora ya no tengo escapatoria. La culpa por lo que le hice me persigue y no me permite vivir en paz.

Desde ese día… el día …mi nombre es Katherine García. Vengo de Latino América y me trasladé a la isla de Melantos en búsqueda de nuevas oportunidades. Anton, el abogado de… de él, me otorgó una nueva identidad y todo lo que se pueda necesitar para iniciar desde cero, papeles, un departamento y una tarjeta de crédito sin límite.

En un principio viví en ese departamento y usé su dinero, pero después de hallar una fuente de ingresos, me mudé y devolví todo lo gastado a la cuenta. No quiero deberle nada, no quiero que nada me vincule con… él.

Actualmente tengo un trabajo de media jornada como mesera en un cafetería y complemento renta apoyando en un club nocturno. En el club literalmente hago de todo, desde atender la caja hasta prepara los tragos, barrer y limpiar. También bailo y animo al público ciertos días, cuando el ambiente decae o está un poco flojo.

Sé que por mi historia trabajar en un lugar así no parece ser una buena idea, pero es el trabajo que más disfruto. Me encanta cuando la música y la gente estallan en el lugar, ese es momento cuando mi mente al fin está en calma. Todo ese ruido no me deja pensar y la tensión de mi cuerpo desaparece.

También imparto clases de baile gratuitas a niñas pequeñas. Es un acuerdo muy bueno, yo imparto algunas clases y a cambio me permiten usar el estudio a mi antojo. Realmente me he esforzado por vivir una vida normal, pero ya nada es normal…

Me había sentido muy sola al llegar a la isla, hasta que conocí a Hanna. Ella se ha convertido en mi bote salvavidas y creo que yo en el suyo. Tiene 23 años y viene desde Rusia, pero habla mi idioma a la perfección, pues su madre era española. Llegó a la isla casi al mismo tiempo que yo y apenas nos conocimos compatibilizamos. Acordamos vivir juntas y así apoyarnos con los gastos.

Ella sabe que atravesé por una situación difícil, que viví algo que me dejó una gran cicatriz, pero jamás me ha presionado para que se lo cuente y se lo agradezco. La verdad es que es una excelente amiga. Yo también sé que ella carga con heridas del pasado, pero yo tampoco he querido preguntar. Sinceramente creo que ninguna conoce realmente a la otra, pero el dolor que escondíamos en nuestras almas nos hizo entendernos de una forma única y muy especial. Nos apoyamos como si fuéramos familia.

—Tierra llamando a Kathy — me llama la atención mi jefe, mientras yo estoy perdida en mis pensamientos.

—¿Sí? — pregunto al volver a la realidad.

—Mesa 4. — Me extiende la bandeja con el pedido.

—Claro. Lo siento, estaba en las nubes. —Me disculpo sacudiendo mi cabeza.

Jack me mira con una sonrisa mientras niega con su cabeza. Tengo mucha suerte que mi jefe sea una persona tan comprensiva. Es un hombre de unos 50 años, regordete y algo calvo. Sin lugar a duda, una de las personas más amables que he conocido.

—¿Otra vez soñando despierta? —me pregunta Hanna al pasar a mi lado, llevando su bandeja.

—Estoy agotada, apenas dormí anoche.

Voy a la mesa cuatro y entrego el pedido, para luego volver a la cocina y esperar la salida de los próximos platillos.

—¿No te ayudaron las nuevas pastillas? —me pregunta Hanna cuando he regresado.

—Creí que ayudaban, pero nada resulta. —Recuesto mi cuerpo sobre la barra para descansar.

«Estoy agotada»

He estado probando todas las mezclas de ansiolíticos, antidepresivos y somníferos posibles, pero nada surte efecto. No puedo dormir, siempre tengo pesadillas o sufro de insomnio. Los recuerdos me atormentan, el dolor y el peso por la pérdida de Julia se han vuelto más fuertes desde que estoy en la isla. Durante todo el tiempo que permanecí a su lado… solo me enfoqué en escapar y lograr mi libertad… Me enfoqué en estar junto a él, en perderme en sus ojos… Realmente no había aceptado la muerte de Julia, no había procesado ni siquiera todo lo que me había sucedido, pero ahora cada vez es más real.

Nuevamente debo dejar mis sentimientos guardados bajo llave, en una enorme caja fuerte, una bien reforzada. No puedo liberar estos sentimientos, no ahora… no sin…yo sola... me derrumbaría y esto aún no ha acabado.

Mi psiquiatra se volvió algo fastidioso al repetir una y otra vez que la única forma de frenar las pesadillas y los ataques de pánico era acudiendo a terapia y poniendo de mi parte, ya que el tratamiento únicamente con medicamentos no sería suficiente. Él me dijo que debo liberar lo que tengo encerrado. Lástima que eso es algo imposible, yo no puedo hablar con nadie de lo sucedido, lo que viví, se irá conmigo a la tumba.

Cuando fue claro que no mejoraba y que incluso empeoraba, intentó convencerme de hablar con él, pero me negué. Su insistencia fue demasiada, tanto que tuve que dejar de asistir. Ahora consigo fármacos en otros lugares, gracias a la ayuda de Hanna.

—Quizás un masaje mío te relaje — propone Liam.

—Estoy tan desesperada que acepto — digo exhausta del dolor en mi cuerpo.

Siempre estoy tensa, siempre alerta y con los nervios destrozados. Solo espero a que él vuelva por mí, el demonio. Es él quien provoca terror en mí, él es la causa que despierte gritando por las noches, esos furiosos ojos celestes. En cada pesadilla vuelvo al dominio de Martín, pero esta vez él no llega por mí. Él me abandona, está molesto conmigo y solo me mira mientras mi corazón se destroza por dentro. Yo intento acércame a él, quiero poder volver a estar entre sus brazos, pero él solo se aleja, me desprecia.

«Lo siento tanto…»

—Mejor yo te daré ese masaje. Este tarado solo te dejará más tensa. — Se ríe Hanna alejando a Liam de mi lado.

—Kathy, por favor ve a ordenar la bodega. Tu sector está lento, Liam puede encargarse—habla mi jefe.

—Claro, ya voy.

Me dirijo a la bodega para poner todo en orden. Adoro que mi jefe me de estas tareas cuando he tenido una mala noche. Muchas veces confundo los pedidos o me quedo perdida en mis pensamientos. En una ocasión me llamó a su oficina y me preguntó si me drogaba. Me dijo que a veces se me veía cansada y algo desorientada, también había ocasiones en las que me llamaba, pero yo no respondía. Bueno, eso último tiene una explicación muy lógica, me tomo cierto tiempo adaptarme a mi nuevo nombre. Ese día me excusé diciendo que sufría de trastornos del sueño y que mi médico me había recetado pastillas muy fuertes. Jack se mostró muy comprensivo y cada vez que estoy en las nubes, me otorga tareas donde pueda estar a solas para concentrarme mejor.

Cuando he terminado de limpiar y reorganizar toda la bodega, vuelvo a atender mis mesas. A esta hora siempre acude más público.

Liam, Hanna y yo somos los únicos meseros en este turno. El jefe se encarga de la caja y administra todo junto al Chef, Don Patricio. Este último en un hombre muy voluptuoso y lleno de tatuajes. Desde que lo conocí hasta ahora me sigue dando un poco de miedo. Nunca habla mucho y solo utiliza gruñidos como respuesta. Es muy diferente al jefe, pero es un Chef de maravilla, cada uno de sus platillos es mejor que el anterior. Él se incorporó su puesto dos días después de que yo ingresará. El chef anterior simplemente renunció y Don Patricio estaba disponible. Fue una gran bendición, el chef anterior apestaba. El primer día lo vi lamiendo la cuchara para después volver a meterla en la olla. Un asco.

Durante la tarde todos debemos correr de un lado para otro, atendiendo las mesas sin descanso. Termino de recoger del desastre sobre la mesa cuatro y vuelvo a la cocina para dejar todo en la zona de lavado.

—El tipo de la mesa dos es un imbécil—me susurra Liam acomodando su pedido sobre su bandeja.

—¿Te la cambio?

—No, tranquila que estoy bien.

Muchas veces la gente se mete con Liam por ser algo excéntrico, por lo que lo vigilo mientras llega a la mesa y sirve los platos. Solo un segundo y ya estoy paralizada. Lo veo sentado de espaldas a mí. Su cabello sujetado en un moño, su cuello, su espalda, es él.

«Volvió por mí, me va a matar, me va a matar por lo que le hice. Me odia, me odia» pienso con las lágrimas corriendo por mis mejillas

—Kathy, Kathy, Kathy. —Me llama Hanna.

Su voz se siente como a un kilómetro de distancia.

Poco a poco el chico se gira y detallo su rostro.

«No es él»

La realidad me golpea de frente y siento el fuerte agarre de Hanna sobre mi brazo.

—Kathy, tranquila — dice viéndome con preocupación.

El ataque de pánico es inminente y debo correr a los vestidores. Una vez allí, me derrumbo y lloro a todo pulmón, mientras mi corazón late en mi cabeza. Hanna llega a mi lado y me abraza con fuerza, como hace cada vez que sufro una crisis. Sus brazos me ofrecen el consuelo que tanto necesito. Ella es una chica realmente fuerte, solo me saca unos centímetros de estatura, pero su fuerza me supera por mucho.

—¿Volviste a pensar que era él? —me pregunta sin aflojar su agarre sobre mi cuerpo.

Hanna solo sabe que tuve una “relación” algo difícil y que tuve que huir. Es solo “él”, jamás he revelado su nombre.

—Estoy bien, ya pasó— digo soltándome de sus brazos.

Me obligo a ponerme en pie y camino hasta mi casillero para tomar un ansiolítico.

—¿Quieres que le diga al jefe que estás enferma?

—No, estoy bien, ya pasó. Solo creí… me confundí, no fue nada —aseguro suspirando y limpiando mis lágrimas—. Vamos o el jefe se enojará. — Le regalo mi mejor sonrisa y ambas volvemos a atender las mesas.

Al terminar la jornada estoy agotada, pero hoy tengo turno en el club. Eso no es del todo malo, pues podré botar toda la tensión bailando.

—Quizás es mejor que no vayas hoy— me habla Hanna mientras estamos los casilleros cambiándonos de ropa.

—Tengo que ir. Es mejor que quedarme viendo televisión sin poder dormir.

—Entonces te acompaño.

Hanna ha estado trabajando de forma gratuita en el club. Hizo un acuerdo con mi jefa, ella acude ciertos días como apoyo y a cambio se lleva las propinas que gana.

—Hanna, estaré bien, tranquila— digo entrando en el cubículo del baño para cambiar mi camiseta.

Jamás he dejado que Hanna ni nadie vea mi espalda. Siempre llevo camisetas o blusas que cubran mi marca, su marca.

—Sabes que me gusta ir y me siento muy sola en el departamento sin ti.

—Bueno, vamos entonces.

Ambas salimos del café y nos despedimos del jefe y de Liam, quienes se encargan de cerrar el local.

Al llegar al club, mi jefa sonríe entusiasmada al verme junto a Hanna. Que mejor que un empleado al que solo debes pagarle con las propinas que se gana.

—Kathy, Hanna, que alegría verlas juntas.

—Hola Mara, no me quería aburrir en casa —dice Hanna.

—Voy a limpiar las mesas —anuncio saludando a Mara, mi jefa.

Ella es una mujer 48 años, pero aparenta unos 10 años menos. Es muy sociales y extrovertida, en cuanto me conoció me trató como una madre y me ayudó en todo lo que pudo.

Junto a Hanna nos dirigimos a la bodega y cogemos todos los implementos para comenzar a limpiar el club. Nos unimos a los demás trabajadores del lugar y después de una hora, tenemos todo listo. Cuando llega Pablo, el barman, me voy tras la barra para apoyarlo.

—Hola hermosa, ¿lista para animar la fiesta? — me saluda con un gran abrazo.

—Sabes que si — respondo sonriente.

—¿Quieres hacer algo después?

—Ehh…

— Dime que sí, por favor. Ya te has negado muchas veces.

—Mañana tengo clases con las niñas, tengo que dormir.

—Kathy, esa clase es por la tarde, puedes salir conmigo por unas horas. No me rechaces —súplica sonriendo con coquetería.

—¿Cuántas veces tiene que decirte que no para que lo entiendas? —lo enfrenta Hanna.

En definitiva, Hanna se ha vuelvo mi protectora. Siempre está tras de mí, cuidándome de todo. Es como si me hubieran puesto un ángel guardián.

—¿De nuevo aquí? Hanna tú no trabajas en el club, ya lárgate —le responde sacándole la lengua.

Hanna y Pablo siempre se enfrentan. Les encanta pelearse por todo.

—Kathy y yo somos inseparables, donde va ella, voy yo.

—Entonces salgamos los tres. También podemos invitar a los demás chicos. Teníamos la idea de hacer karaoke —propone Pablo entusiasmado.

Inmediatamente los ojos de Hanna se iluminan. Ella tiene la voz más hermosa que he escuchado en mi vida y le encarta el Karaoke, mientras que yo lo odio

—Detesto el Karaoke —digo con desagrado.

—Vamos Kathy, me parece una gran idea — afirma Hanna, cambiando totalmente su actitud.

—Vamos Kathy, somos dos contra uno.

Los observo y sé que me será imposible zafarme de esta.

—Vale, pero no pienso cantar. No incitan.

Acepto su invitación porque también sé que lo necesito para distraerme. Mi cuerpo aun tiembla por el encuentro que tuve en el café. No es la primera vez, muchas veces antes me he confundido y me han dado ataques de pánico al pensar que ha vuelto por mí.

Llegada la hora de apertura del club, la música atruena por los parlantes. En solo una hora el lugar se llena y alcanzamos a la capacidad máxima. Se va vuelto increiblemente popular.

—Kathy, tu turno — me anuncia Carlo, el dj del club.

—¡VOY! —grito por sobre la música.

Cuando la gente no baila o se ven aburridos, es mi turno de ir a la pista de baile y animar un poco las cosas. Solo cuando bailo me siento liberada y vuelvo a ser Marina, mi disfraz de Kathy se queda atrás y soy yo otra vez.

Bailo feliz atrayendo la atención de la gente, mientras me animan y aplauden. Cuando alguien se me acerca con malas intenciones, Pablo o Hanna siempre me rescatan. Me siento muy segura en esta isla, tengo a gente que me quiere y me cuida. Es una lástima que ellos no sepan quién soy realmente… y que nunca lo sabrán.

—Estuviste fantástica —dice Pablo, ofreciéndome un vaso de agua al volver a la barra.

—Público difícil, pero pude lograr que las cosas se animaran— digo bebiendo todo el contenido— ¿Cuánto falta?

—Solo tres horas más y seremos libres.

Las horas restantes me las paso limpiando mesas junto a Hanna y sirviendo tragos. A las 4 de la mañana, la gente por fin se retira. Limpiamos y recogemos todo para cerrar.

—Estoy muy cansada —digo con pereza mientras barro la pista.

—Nada de excusas, haremos el karaoke— sentencia Pablo conectando todo junto a Carlo.

—Tragos para todos, la casa invita —ofrece Mara alzando sus manos.

Todos aplaudimos y celebramos la invitación de la jefa. Pablo vuelve a colocarse detrás de la barra y prepara cocteles.

—Daikiri de frambuesa para bella sirenita, para ver si te endulzas un poco —dice entregándole la copa a Hanna.

—Ja ja, que gracioso — le responde—. Tienes suerte que seas un buen barman o te golpearía.

—Y una piña colada para la dulce chica. — Me ofrece el trago y me quedo pasmada.

Los recuerdos vuelan por mi cabeza. Yo bailando con Eg…él, la piña colada, nuestro beso.

—Kathy, kathy, te quedaste pegada —dice Pablo agitando su mano ante mis ojos.

—No bebo, muchas gracias.

—Está suave, te encantará —insiste.

—No puedo, es que…tomo algunos medicamentos. — Lo rechazo de la forma más cortés que puedo.

—Prepárale uno sin alcohol y solucionado —propone mi jefa acercándose y dándome un abrazo.

—Gracias — le respondo sonrojándome.

Cuando ya todos tenemos nuestros tragos, nos sentamos y encendemos el proyector para comenzar a cantar. Las primeras canciones son entonadas, pero con los tragos, todo se animan y gritan en vez de cantar y apenas siguen las letras. Todos reímos relajados.

—¿Estás mejor? —me pregunta Hanna.

Se sienta a mi lado, aprovechando de aparatar a Pablo.

—Sí, escucharte cantar es la mejor terapia.

—Muchas gracias.

—Lo hiciste muy bien “Sirenita”—dice Pablo al levantarse.

Le colocó ese apodo desde la primera vez que la escuchó cantar. Ese cabello y esa voz, Hanna es la sirenita de la vida real.

—Jódete Pablo. Te he dicho miles de veces que no me llames así. —Hanna le muestra el dedo medio —¿En serio estás mejor? —pregunta cuando estamos solas.

—Sí.

—Si alguna vez llego a ver a tu ex, te juro que le patearé el trasero.

—No lo llamaría mi ex. —Se me escapa una pequeña sonrisa—. Solo tuvimos una relación complicada, muy complicada —comento mirando mi copa vacía.

Una canción romántica interrumpe nuestra conversación. Pablo canta muy feliz junto a los demás trabajadores del club. La canción es empalagosa y me observa con mucha intensidad. Puedo sentir mis mejillas encenderse y me disculpo para huir al baño.

—Muy sutil con su declaración de amor —comenta Hanna al seguirme.

Se sienta sobre el lavamanos viéndome con las cejas alzadas.

—Solo quiere ponerme nerviosa.

—Kathy por favor, el chico se derrite por ti.

No respondo, solo lavo mi rostro con agua fría.

—Yo no puedo corresponderle—digo observando mis ojos en el reflejo del espejo.

Estos ya no son mis ojos. Desde que soy Kathy llevo lentillas de color café. Solo Hanna me ha visto sin ellas. Una mañana desperté y olvidé colocármelas. Agradecí cuando no me hizo muchas preguntas y simplemente me dijo que podía confiar en ella.

—Está bien si no estás lista. Puedes tomarte todo el tiempo que quieras. Llegado un momento, podrás dejarlo atrás y olvidar.

—No sé si alguna vez pueda—admito reteniendo las lágrimas.

«O si quiero hacerlo»

Aun puedo escuchar sus palabras. Soy libre, pero el demonio me acecha, llevo su marca y siempre seré su propiedad. Mis ojos están centrados en mi reflejo, pero mi mente solo puede mostrarme ese profundo y brillante celeste.

—Kathy, tú… ¿tú aún sientes algo por él verdad? — me pregunta acariciando mi espalda.

—No sé qué es lo que siento, yo…yo le hice algo horrible y me odio por eso, pero él… él también me lastimó mucho.

—Está bien si lo extrañas, incluso si aún mantienes sentimientos por él. No siempre el corazón es listo y a veces queremos lo que nos hace daño.

—No lo entiendes, él es un demonio, yo no… no debería…

—Kathy, créeme que te entiendo. Yo también amo… amé… a un demonio. Él me rompió el corazón cientos de veces y como estúpida yo siempre volvía tras él, pensando en que ahora si cambiaría, que sería un mejor hombre por mí, pero eso nunca ocurrió. Sé que no fácil, el despertar de ese hipnótico sueño. Yo soy tu amiga, no te voy a juzgar y a pesar de todo el mal que te haya hecho, tienes derecho a extrañarlo y llorar por él, incluso de aun amarlo. Yo no podría juzgarte por eso—añade al final con pesar.

«¿Amarlo? ¿Amor?»

Sus palabras liberan un gran peso en mí y me permito sentir. Recuerdo todas las veces en que él fue dulce, todas esas veces que aceleró mi corazón y me hizo sentir única, dichosa y hermosa.

—Gracias —digo abrazándola.

Salimos del baño cuando la música romántica ha terminado. Los chicos están sirviéndose tragos y mi jefa canta una canción a dúo con Carlo.

—Bueno, es tu turno Kathy— anuncia Mara cuando finaliza su canción, extendiéndome el micrófono.

—No, no, yo dije que no cantaría.

—Vamos, no seas así, solo una canción.

—¡Kathy, Kathy, Kathy! —Me comienzan a animar entre todos.

No se detienen y creo que no lo harán, así que, rendida, me levanto refunfuñando. Camino hacia el aparato de Karaoke para escoger una canción. El dispositivo solo cuenta con canciones antiguas, pero Carlo se ofrece buscar alguna que me guste en línea.

—No, tranquilo, hay una que conozco y me agrada —digo tímidamente.

Selecciono la canción “Pero me acuerdo de ti” de Cristina Aguilera. Canto sintiendo a flor de piel cada palabra. Canto con el alma, siendo coreada por Hanna y Mara.

Al terminar todos me aplauden felices menos Pablo, quien tiene una expresión muy seria. Cuando ya todos hemos cantados, ordenamos el lugar y nos preparamos para cerrar el club.

—Organizamos la barra con Pablo y podemos irnos a casa —anuncio a Hanna, la cual está medio dormida sobre una silla.

Seco rápidamente todos los vasos mientras Pablo los lava.

—¿Cantabas para él?

«De nuevo él»

—¿Qué? —pregunto haciéndome la desentendida.

—Sabes a quien me refiero. La canción que cantaste en el karaoke, era para él, ¿no es cierto?

Todos en el club son muy cotilleros, bueno, en la isla. Una chica que llega sin un propósito claro a este lugar, obviamente llama la atención. Hanna y yo fuimos tildadas como las muchachas que llegaron huyendo de un pasado.

Luego de sufrir algunos ataques o congelarme llorando, todos en el club supusieron que viví un quiebre amoroso muy tormentoso, que me dejó tan afectada como para escapar a una isla. Yo jamás he negado o confirmado nada.

—Solo es una canción—digo sin apartar la vista del vaso que tengo entre mis manos.

—Kathy —dice Pablo girándose enfrentarme de frente —. No todos somos malos. Yo puedo demostrarte que hay hombres buenos. Yo puedo hacer que lo olvides y seas muy feliz —afirma decidido.

—Pablo, solo era una canción, no te pongas tan serio. —Rio dándole la espalda.

—Hablo en serio. — Me sujeta de los brazos para voltearme.

—Pablo —digo bajando mi mirada—. Yo… no puedo.

—Kathy, ¿ya nos vamos? —pregunta Hanna llamando la atención de ambos.

Me remuevo nerviosa, separándome de Pablo.

—Bueno, ya está todo listo. Me retiro, que duerman bien.

Me despido de todas las personas que aún se mantienen en el club y salgo disparada junto a Hanna hacia nuestra casa. Por suerte no me interroga sobre mi conversación con Pablo. Adoro que Hanna siempre sepa cuándo guardar silencio y dejarme tranquila con mis pensamientos.

Llegamos a casa y ambas caemos rendidas sobre las camas. A las dos de la tarde despierto y comemos nuestro “almuerzayuno”. Cuando ya estamos listas, me arreglo para ir a impartir mi clase de danza a las niñas.

Doy clases dos veces a la semana y lo adoro, es lo mejor de mi semana. Las niñas se apresuran en recibirme lanzándome besos apenas me ven.

—¿Están listas para una clase extra divertida? —digo abrazando a las pequeñas.

Todas asienten y gritan eufóricas.

Realizo la clase dejándome llevar por la música. Diez minutos antes de finalizar la sesión, todos los padres aparecen para observar y grabar la práctica coreográfica.

—¡Así se hace Marina! — grita una de las madres a su hija.

Siempre que escucho mi nombre mi corazón se acelera. No puedo evitar sobresaltarme cada vez que llaman a mi alumna. Sé que ahora soy Kathy, pero tantos años siendo Marina no se pueden olvidar de un día para otro.

Realizamos la típica ronda final de aplausos antes que todos se retiren. Ordeno el salón y me estiro, lista para comenzar a bailar y relajarme cuando llega Hanna.

—Hola amiguita, ¿ya nos vamos a casa? — me pregunta interrumpiendo mi meditación.

—¿Hanna? ¿Qué haces aquí?

Me sorprendo de verla. No es común que acuda a buscarme después de las prácticas.

—Viene por ti, quiero ir a comprar algunas cosas y luego podemos ver películas recostadas en el sofá.

—Ve tú por las compras, tengo el estudio para mí por dos horas más. Quiero bailar.

—Vamos, no seas así conmigo, acompáñame. Es nuestro día libre, pasémoslo juntas, además anoche bailaste.

—No es lo mismo. Ya te alcanzo.

—Es que no me siento muy bien. — Realiza pucheros.

Hay ocasiones en las que Hanna solo quiere permanecer a mi lado las 24 horas del día, solo las dos, recluidas en el departamento. No entiendo muy bien que es lo que le provoca ansiedad, pero yo no soy nadie para juzgar. Ella me ayuda y yo a ella. Si quiere que esté abrazándola y viendo películas por 24 horas, yo se lo concedo.

—Está bien. Solo esperarme un poco. Lo necesito—solicito cerrando mis ojos.

—Vale, te espero.

Hanna toma asiento y me observa mientras yo coloco la música. Siempre bailo la misma canción. Unstoppable de Sia resuena alto por los parlantes.

Sé que es raro y algo loco, pero me gusta bailar esa canción y recordar cuando la baile para él. Sus ojos provocaron en mí un calor tan placentero, que quiero revivirlo cada vez que puedo. Siempre la bailo para él, como un regalo, como una disculpa…

—Listo. Vamos a casa.

Caminamos juntas a la tienda y compramos un montón de chucherías.

—Noche de chicas—exclama Hanna mientras vamos camino a nuestro departamento.

Este no es tan grande como el que tenía en un principio, pero me encanta. Solo tiene dos piezas pequeñas, un baño y una la sala de estar con cocina americana. Es más de lo que podría desear.

Abrazadas en el sofá, comemos y vemos películas hasta quedarnos dormidas. A las dos horas me despierto sobresalta por una pesadilla. Intento controlar mi respiración sujetando mi pecho.

—Hanna…Hanna… despierta. Nos quedamos dormidas en el sofá. Ve a dormir a tu cama.

—Sí, voy—dice bostezando y frotándose los ojos—. ¿Otra pesadilla? —pregunta al notar el sudor de mi frente.

—Estoy bien.

Hanna se levanta y camina hacia el baño. Vuelve con mis pastillas y un vaso con agua.

—Gracias. —Ingiero la pastilla y bebo el agua.

Me sonríe en respuesta y cada una se refugia en su habitación. Supongo que ella duerme mientras yo permanezco despierta, esperando que el medicamento surta efecto.

Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a trabajar en el café. Apena dormí en la noche y tengo una contractura en mi hombro derecho. Requiero de un relajante muscular para poder lidiar con mi día.

—¿Qué tal si nos quedamos? No tengo ganas de ir a trabajar. Quiero dormir un poco más.

—Créeme que yo igual, pero no podemos dejar a los chicos solos. Haré un poco de yoga, el cuello mata. Después te prepararé un café delicioso.

Después de unos 15 minutos de práctica de yoga, voy a la cocina y preparo café para ambas. Desayunamos y cuando estamos listas, caminamos hasta el trabajo. Este se encuentra a solo unas cuadras.

La mañana se pasa tranquila y solo ingresan unos pocos clientes al local. Al terminar nuestra jornada, volvemos al departamento, preparamos la comida y cenamos tranquilas.

—Buenas noches —digo bostezando.

—¿Tan temprano? ¿Cómo es que no tienes insomnio?

—Me tomé un relajante muscular en la mañana y otro hace una hora.

—Ten cuidado con la mezcla de medicamentos.

—Lo sé—digo caminando hacia mi habitación.

Me derrumbo sobre la cama y me duermo sin siquiera sacarme la ropa. Me despierto con el tono de llamada de mi teléfono.

—¿Si? —contesto sin siquiera chequear de quien se trata.

—¿Estabas durmiendo? Lo siento Kathy —habla Mara.

—No, tranquila. ¿Qué sucede?

—Quería preguntarte si quieres hacer unas horas extras. Un chico está celebrando su cumpleaños y exige que la chica que baila anime su fiesta. Sus amigos son los niños más escandalosos y destructivos del mundo. Necesito tu ayuda.

—Claro. Me arreglo y voy.

—Gracias linda.

Corto la llamada y me levanto de la cama para alistarme. Paso por el dormitorio de Hanna y la veo durmiendo sobre la cama. Decido no despertarla, volveré a casa antes que note que me he ido.

Solicito un auto con mi teléfono y me dirijo al club.

—Llegó la ayuda—anuncio sonriente, colocándome detrás de la barra junto Pablo.

—Eres un ángel—me responde preparando cocteles.

Bailo unas cuantas canciones, dejando conforme a los clientes y regreso a la barra para trabajar muy concentrada.

—¿Qué se le ofrece? — pregunto al hombre que tengo frente a mí.

Pablo prepara los cocteles elaborados al otro extremo de la barra, mientras yo me encargo de servir las bebidas simples.

— Una cerveza bien fría—solicita sonriéndome con malicia.

Frunzo el ceño al escuchar su acento.

—Aquí tiene. —Coloco la cerveza sobre la barra después de abrirla.

—Exquisita—afirma después de darle el primer sorbo.

Lo observo incómoda frotando mis ojos. Estoy agotada.

—¿Te molestan las lentillas?

—Algo —respondo pestañando varias veces para acomodarlas.

Luego de un segundo me quedo impactada. Nadie, salvo Hanna, sabe que llevo lentillas. Lo miro sorprendida y el hombre solo me sonríe.

—Me habían comentado que tenías unos ojos muy interesantes. Es una lástima que los ocultes… Marina.

Me siento mareada, todo da vueltas en mi cabeza. Mi vista recorre mi alrededor, pero no logro encontrarlo, él no está aquí.

—¿Quién eres? —pregunto en apenas un susurro.

«¿Quién es este hombre!?» grito aterrada en mi cabeza.

No tengo idea si trabaja para él, pero quien sea, la verdadera pregunta es ¿qué quiere?

—¿No te recuerdo a nadie? —pregunta ladeando su cabeza.

Ni siquiera puedo verlo, tengo los ojos rojos por las lentillas y ahora llenos de lágrimas. Ya no respiro, no hay oxígeno en este lugar y la oscuridad me abruma. No lo resisto y salgo corriendo lejos.

Anton me entregó un número de emergencias. Me dijo que ante cualquier necesidad lo llamara. Corro hacia la sala de casilleros sin mirar atrás. Al llegar al lugar, alcanzo mi teléfono, pero antes que pueda marcar el número, escucho la horrible voz del hombre de antes.

—Deja eso allí.

Me giro y lo veo tras de mí. Cierra la puerta y lentamente llevo el teléfono devuelta al casillero.

—¿Kathy? ¿Todo bien? — pregunta Pablo al otro lado de la puerta.

El hombre saca un arma y me apunta con ella mientras se lleva un dedo a los labios, haciendo una señal de silencio. Trago grueso intentando calmar el temblor de mi cuerpo.

—¿Kathy? —vuelve a insistir Pablo, moviendo la perilla de la puerta.

El hombre se coloca detrás de esta y me indica que avance hacia él. Cuando estoy cerca, susurra.

—Abre y dile que todo está bien, que no se preocupe. Dile que vuelves en un minuto. Si dices algo más, le disparo— finaliza apuntando su arma hacia la puerta.

Asiento con mi cabeza y entreabro la puerta, dejando al hombre armado oculto detrás de esta.

—Todo bien, no te preocupes. Me había olvidado de algo. Vuelvo en un minuto— hablo intentado disimular mi nerviosismo.

—Segura. ¿Necesitas algo?

—No, todo bien. Ya voy —insisto nerviosa.

—Vale. Cualquier cosa sabes que puedes contar conmigo.

No puedo responder, solo asiento con mi cabeza y cierro puerta.

—Muy bien Marina—dice el hombre bajando su arma —. Tranquila, que no vengo a hacerte daño.

—¿Y a qué has venido? ¿Quién eres?

—Vine por ti preciosa. Soy familiar de alguien que se muere por verte.

«¿Se muere por verme?... ¿él?»

—¿De quién…?

—Mi nombre es Lucas Ruiz.

Vuelvo a sentir como todo mi mundo da vueltas y se derrumba. Él no ha sido quien ha venido por mí.

—Martín…



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Holowas! Ya extrañaba publicar.¡ GRACIAS POR LEER ESTA SEGUNDA PARTE DE LA HISTORIA!

Ahora si les permito continuar.

Cariñitos 💕