El hijo del viejo conserje

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Summary

Fil creció bajo la sombra de un amor que desafió todos los prejuicios. Sus padres demostraron que incluso el hombre más rechazado podía ser amado… pero esa historia también dejó cicatrices imposibles de ignorar. Ahora, enfermo y enfrentando su propia fragilidad, Fil toma una decisión fría y desesperada: casarse sin amor. No busca compañía, sino control. Una esposa que acepte sus condiciones y no haga preguntas. Laura es la elegida. Más joven y marcada por años de abuso, aceptar el trato parece ser la única forma de escapar del pasado que la persigue. Entre ellos no hay promesas, sólo un acuerdo nacido de la necesidad. En una casa llena de lujos, pero vacía de afecto, ambos descubrirán que las cicatrices que intentaron ocultar son las mismas que los obligan a mirarse de frente. Porque a veces el amor no es un cuento de hadas, sino un proceso incómodo, imperfecto y profundamente humano que nace cuando alguien decide, por fin, sanar aquello que nadie más quiso tocar.

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Capítulo 1 P1


PVO FIL

El día que murió mi madre, también murió la esperanza de algún día poder encontrar a la mujer que compartiría su vida conmigo.

Mariana Rivas fue una gran mujer y no existirá otra igual a ella en esta vida, pues era de esas raras personas que no le daba importancia al físico, sino al interior. Fue su amable alma la que le permitió a mi padre Filomeno Cruz, encontrar la felicidad cuando pensó que esta no llegaría por lo viejo y feo que era. Un conserje nada agraciado y pobre, logró superarse para corresponder al amor que mi madre le profesaba. Su esfuerzo rindió frutos y junto a ella creó el pequeño imperio del que ahora gozamos mis hermanos y yo.

La empresa Cruz Rivas, es el legado que nuestros padres nos heredaron. De una tiendita en la universidad a la que mi madre asistía en su juventud, se conformaron otras cinco en distintos puntos del país, y yo, como buen aprendiz de mi madre, acabo de acrecentar los activos de la empresa y hoy en día está a la par de la compañía Rivas, la empresa más famosa en la ciudad natal de mi madre, (perteneciente a mi abuelo materno).

Actualmente administro no sólo las tiendas de mis hermanos, también me encargo de abastecerlas por medio de una empresa extranjera con la que hice un convenio al comprar una parte de sus acciones, (prácticamente soy un socio importante con el 45%).

Me siento muy orgulloso de mis logros y sé que mis padres lo estarían si estuvieran vivos.

Desafortunadamente no podemos tener todo en la vida.

A mis cincuenta años sigo soltero y virgen. Mi apariencia física no es tan mala como la de mi padre a mi edad, sin embargo, tampoco soy un hombre guapo, es más, de tantos desvelos por los negocios, me veo más viejo y acabado que cualquiera de mis otros hermanos, pero si eso no fuera suficientemente malo, la razón de seguir siendo virgen es que en mi juventud fui rechazado cuatro veces cuando iba a tener relaciones.

El tamaño de mi pene es una herencia maldita de mi padre, y de sus cuatro hijos varones, soy quien tiene un grosor mucho mayor y eso en lugar de parecer atractivo a las mujeres, las ahuyenta.

La última vez que intenté tener relaciones fue hace unos días. La chica estaba dispuesta, pero sus besos y caricias me habían excitado tanto que mi erección era mucho más grande que las veces anteriores y cuando apenas iba a empezar a meterlo dentro de su vagina, me empujó y confesó que Armando, (mi hermano), le había pagado para que me estrenara, pero que viendo lo monstruoso que es mi pene, ni loca se arriesgaba a que la lastimara.

La humillación que sentí fue demasiada para mi salud mental y decidí nunca más volver a intentar estar con nadie.

Recuerdo que al llegar a casa, Armando estaba ahí con su esposa y sin importarme nada, le reclamé por su cruel broma. La ira me dominó a niveles inimaginables y lo aventé a la pared, pero su mujer se interpuso y me dijo que lo hicieron para ayudarme a dejar de estar solo.

Sus palabras destrozaron el último rastro de mi orgullo de hombre y por primera vez me emborraché.

Estando solo en el despacho con la botella en la mano, me pongo a analizar mi patética vida.

Hace tres años, dos de mis hermanos me habían dejado atrás en la soltería. Ellos se casaron el mismo año de la muerte de mi madre y para su buena suerte, sus esposas no sólo son bonitas, sino también amables, (tal parecía que desde el cielo, mi madre se las mandó).

Ver la felicidad con la que viven, me hace sentir miserable.

Armando tenía cuarenta y cuatro cuando conoció a Emilia, (a la que apenas le lleva diez años). Ernesto tenía cuarenta y uno y su esposa Sandra, treinta y cinco.

La juventud de sus mujeres les dio la oportunidad de darles hijos casi enseguida de haberse casado, (Armando tiene tres niños varones. Ernesto tiene dos y su esposa está esperando una hija).

Siendo hijos de mi padre Filomeno, se supone que todos llevamos a cuestas el problema de sus dimensiones en el órgano sexual, pero en mis tres hermanos el grosor no es demasiado como el mío y han podido tener relaciones sin lastimar a sus parejas, (incluso Gerardo me ganó en ese aspecto a pesar de ser el más joven).

El sonido de la puerta me saca de mis cavilaciones y veo que Gerardo entra con un sobre en la mano.

Yo giro el rostro porque no tengo ganas de conversar y se lo hago notar por medio de una mueca, pero el muy tonto la pasa de largo y se sienta frente al escritorio donde me encuentro.

–Los Cruz jamás bebemos –dice con un tono de reclamo que decido ignorar y doy un gran trago a la botella –Fil, si nuestros padres vivieran, estarían muy decepcionados de lo que estás haciendo.

–¿Cómo puedes saber que nuestro padre estaría decepcionado si ni siquiera lo conociste?

El rostro de Gerardo se descompuso ante mis palabras y me sentí mal por haberle dicho esa tontería.

–Hermano, ¡perdóname!, no quise decir eso.

–Fil, de todos soy el único que no tuvo la fortuna de conocer a nuestro padre, pero estás olvidando que mi madre siempre me contaba su vida con él. Ella era feliz recordándolo y aunque terminaba llorando con cada relato, nunca me sentí capaz de impedirle hablar de quien fue el amor de su vida. Ser el menor me dio la ventaja de acompañarla esos años tan duros y comprendí que a pesar de que por fuera ustedes la veían fuerte, por dentro ya estaba muerta y el día en que dio su último suspiro, fue alegría la que sintió porque se volvería a encontrar con papá.

–Definitivamente la conociste mejor que cualquiera de nosotros y veo que también conociste a papá gracias a ella –tapé la botella y la dejé a un lado –tienes razón, ninguno de los dos estaría contento de verme así.

–Me alegra que comprendas –me sonrió cálidamente y me pareció que heredó la sonrisa de mamá –Ahora que estás más calmado, quiero informarte que me caso con Sofía la próxima semana.

–¿Tan pronto?, la conoces apenas hace un año –un malestar en el pecho me hizo consciente de que la noticia no era muy buena para mí.

–Lo sé, pero es igual de amorosa y dulce que nuestra madre. Si la dejo ir, me arrepentiré toda la vida.

–Si es tan buena como dices, entonces te felicito –el tono no fue muy feliz que digamos, pero parece que Gerardo no lo notó.

–¡Gracias, hermano!, y ahora me vas a perdonar, pero voy a viajar al pueblo donde vive Angélica y como es muy lejos debo irme temprano –se levantó y me extendió el sobre que supongo es la invitación a su boda –¡cuídate!

Con renuencia sujeto el sobre y cuando Gerardo sale del despacho, lo aviento a la bandeja de papeles que nunca leo.

Sé que debería sentirme feliz por él, pero no puedo evitar sentir envidia y coraje. Con la boda de Gerardo, mi desdicha será mayor, puesto que voy a ser el único en toda la familia que jamás sabrá lo que es ser amado y mucho menos tendré la dicha de perpetuarme a través de un hijo.

–Mentiste madre, nunca nadie va a amar a un fenómeno como yo y menos a mi edad.

Mi desdicha es insoportable y aunque Gerardo tiene razón respecto a que mis padres se decepcionarían si vieran que me emborracho, abro la botella y bebo todo su contenido.

Las lágrimas de perdedor que salen de mis ojos, es otra característica que heredé de mi padre y me odio por ser tan sentimental.

Abatido, aviento la botella y esta se rompe en mil pedazos.

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